Los Caballeros de Galanthus DOCE #2
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DOCE #2

Encontró a sus hermanos listos en el zaguán, perfectamente ataviados con el uniforme de la Fuerza Lux y a la espera de que el Gran Maestre Braithwhite y sir Edelweiss se sumasen a ellos en breve.

En el fondo, Albion estaba nervioso, pero Endymion le había asegurado que el Concilio era un lugar seguro para hablar sin miedo, así que no iba a dejar pasar aquella oportunidad para sacar a relucir todos los asuntos que amenazaban el libre albedrío de ellos mismos y de sus amigas, Celestia y Zelmira.

—Pareces un poco pálido, ¿te encuentras bien? —le preguntó Cephirus.

—Solo estoy un poco mareado... —masculló Albion.

—¿Y no será porque estás terriblemente muerto de miedo? —comentó Seraffyn con una mueca burlona, como de costumbre.

—Lo que le dijeras a sir Braithwhite ha resultado —le dijo Albion a su compañero Cephirus—. Te ha hecho caso y ha convocado un Concilio después de todo.

—Es lo que querías, ¿no? —repuso Cephirus.

—Supongo que sí, pero el hecho de saber que Moonstone estará presente también es lo que me pone nervioso.

Albion no les había contado a sus compañeros lo último que había averiguado respecto a la expulsión de la doncella Zelmira, pero esperaba que aquel asunto también surgiera durante el Concilio y poderle preguntar directamente a Erebus los motivos de aquella afrenta contra la doncella artificio.

—Estás completamente loco, Soligant —le espetó Seraffyn—, puede que ahí abajo te sientas respaldado por Braithwhite para hablar libremente y que el Concilio se crease para exactamente eso, pero si estamos en medio de una auténtica conspiración, tanto Morningstar como Von Dusk se acabarán enterando de todo.

—¿Y quién sería capaz de contravenir la ley del Concilio y vulnerar la seguridad de hablar libremente entre nosotros, como verdaderos hermanos y no como simples caballeros? —les preguntó Albion a sus hermanos.

Seraffyn y Cephirus lo miraron al mismo tiempo y entornaron los ojos.

—Pues cualquiera... ¿Que ninguna de nuestras dos líderes no esté presente no te resulta sospechoso?

—le dijo sir Lushienn—. Puedes estar seguro de que lo que se diga llegará a sus oídos, de una forma u otra.

Pero, ¡eh!, puedes estar tranquilo... mis labios están sellados, compañero. Y los de sir Highclere también.

—¿Y los de Ivoriel? —dudó Albion.

A ninguno de los dos caballeros les dio tiempo a responderle, pues Braithwhite llegó acompañado del senescal Edelweiss y los interrumpieron.

El Gran Maestre Endymion sacó una pequeña llave que llevaba colgada de su cuello y abrió la trampilla que conducía a los túneles subterráneos que se extendían debajo de las dos torres.

Un lugar clandestino oculto a la vista de todos, pero necesario para conectar de una manera única —que no fuese mediante los tres puentes colgantes— Alabashtra con Obssidyan y viceversa.

La sala del Concilio se hallaba en las profundidades mismas de las dos torres, más abajo incluso que las mazmorras donde los ecos parecían renacer con vida propia.

Aquella cámara no figuraba en ningún registro, ni en los planos oficiales, ni en las sagradas escrituras de la Orden.

Solo los altos mandos poseían la llave para acceder allí desde ambas torres y, aun así, muchos de ellos jamás habían cruzado su umbral.

Para llegar hasta la cámara del Concilio, los caballeros descendían por una escalera de caracol tallada en la propia roca.

La bajada era larga, tan larga que los caballeros más jóvenes siempre solían marearse, y los más viejos afirmaban que eran capaces de medir su propia fe por el paso firme con el que recorrían aquel descenso al abismo más absoluto.

Antorchas incrustadas en la piedra ardían con una llama pálida, casi azulada, a medida que las fueron encendiendo.

A Albion le resultó extraño que no desprendiesen calor.

Su luz temblorosa proyectaba sombras alargadas, deformadas, que parecían seguir a los presentes más que acompañarlos.

Era inevitable pensar que aquellas antorchas habían sido ideadas por alguna clase de alquimia, pero a nadie le importó.

Al final del descenso, aguardaba una puerta imponente: dos hojas de alabastro unidas por un relieve metálico que representaba el símbolo ancestral de la Orden de Luxtenebris.

Al otro lado de aquella sala, una puerta exactamente igual, pero de obsidiana, permitía de igual modo el acceso desde la torre de la Fuerza Tenebris.

Sin duda, ambas se encontraban en un equilibrio perfecto.

Cuando Seraffyn y Cephirus empujaban la puerta, esta se abrió sin chirridos, como si el alabastro pulido respondiera de buen grado solo a aquellos autorizados a pisar aquel suelo.

La sala subterránea era enorme, más vasta de lo que parecía posible dadas las dimensiones de la torre, aunque allí abajo todo parecía cobrar otra magnitud.

La cúpula excavada en la roca estaba sostenida por cuatro colosos de mármol negro, figuras humanoides sin rostro, cada una con un brazo levantado hacia el techo.

La luz provenía de un canal circular de cristal al rojo vivo, incrustado en el diámetro superior de la bóveda, como si un anillo de fuego suspendido iluminara la estancia desde lo alto.

En el suelo, el mármol alternaba franjas claras y oscuras, dibujando un patrón geométrico que reflejaba la dualidad de la Orden, aquello por lo que se regían, el equilibrio entre la luz y la oscuridad.

Ellos fueron los primeros en llegar, así que se situaron en uno de los lados; los cinco vestían sus uniformes, con las capas blancas perfectamente ceñidas a sus espaldas y los rostros tensos, iluminados por la claridad que los acompañaba incluso en los lugares más sombríos.

En el lado opuesto, justo frente a ellos, los lugares designados para la Fuerza Tenebris aguardaban la llegada de los caballeros que faltaban, y que no tardarían en aparecer del mismo modo que habían hecho los de Lux.

—Llegan tarde —dijo el Gran Maestre Braithwhite, mostrando su impaciencia.

—Calma, mi señor... Ninguno osará no venir al Concilio. Es su deber sagrado después de haber sido convocado formalmente —le tranquilizó Ivoriel, como de costumbre. Solo él era capaz de apaciguar sus nervios.

De pronto, las puertas de obsidiana del otro lado de la cámara se abrieron y, envueltos en sus capas negras, con las capuchas ocultándoles la mitad superior del rostro, los caballeros de la Fuerza Tenebris se sumaron al Concilio.

Pero, para sorpresa de Albion —y de todos sus compañeros— faltaba uno.

Y, sin poder evitarlo, se temió lo peor.

«¿Dónde está Darclan?, ¿por qué no lo han traído con ellos?», pensó.

Ambos grupos formaban un círculo imperfecto, una rueda rota por la ausencia de sir Darclan Registhorn, la cual, aunque no se expresaba en forma de palabras, vibraba en el aire como un latido incómodo.

Sin uno de ellos, el Concilio no estaba completo.

El centro de la sala estaba ocupado por una mesa de piedra circular, baja y maciza, sin adornos, tan solo el emblema de los luminoscuros grabado profundamente, como si hubiera sido tallado con una hoja colosal.

Los asistentes tomaban asiento en sillas de madera oscura, cada una marcada con runas antiguas para mantener la neutralidad. Allí, nadie tenía título, rango ni privilegio. En el Concilio, todos eran iguales ante la fe.

—He de preguntar por la ausencia de sir Registhorn —habló en primer lugar Endymion—. ¿A qué se debe?

Su igual, el Gran Maestre Erebus, lo miró con aire de superioridad.

—Solo es un ligero retraso. He mandado a un escudero a por él, lo traerá en breve.

—¿Un escudero? ¿Por qué? —quiso saber Endymion sin comprender nada de lo que estaba pasando.

A medida que los caballeros de Tenebris se fueron retirando las capuchas, la tensión aumentó en la cámara.

No había sonidos más allá del roce de las capas contra el suelo pulido, el susurro de las armas al acomodarse y el murmullo de los caballeros de Lux que, igual que su maestro, se preguntaban qué podía haberle ocurrido a sir Registhorn.

Las miradas iban y venían, evaluaban, juzgaban, temían.

Albion clavó sus ojos en Jetson, intentando averiguar antes de tiempo el motivo de la ausencia de Darclan.

Pero su hermano no tenía permitido hacer ni siquiera una mueca con la boca.

Finalmente, uno de los escuderos de Tenebris apareció en la sala; era poco habitual que alguien que no había sido juramentado bajase a la cámara del Concilio, pero nadie dijo nada al respecto.

El escudero se llamaba Cassien Valentine y arrastraba con una pesada cadena a Darclan, preso por haber osado enfrentarse a Erebus en pos de la verdad.

El avance de Darclan resonó con solemnidad en la cámara, y la atención de todos se volcó hacia él inevitablemente, siendo el objeto de todas las miradas, especialmente las de los caballeros de Lux, que lo contemplaron con auténtica incredulidad.

¿Qué podía haber hecho sir Registhorn para lucir unos grilletes como aquellos?

Caminó hacia la mesa central, donde un cáliz de plata aguardaba: símbolo de verdad y compromiso.

Cuando lo tomó entre las manos, su figura quedó bañada por la luz rojiza del anillo que ardía en lo alto de la cúpula, sobre sus cabezas.

Sin que nadie lo pidiera, el silencio se volvió absoluto. Un silencio expectante, tenso, casi sagrado. El escudero Cassien lo dejó en la sala y Erebus le hizo un gesto para que se marchara por donde había venido.