Los Caballeros de Galanthus DOCE
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Donde se celebra el Concilio del Día y la Noche y los caballeros pueden exponer cualquier cuestión relativa a su fe sin importar las consecuencias. Aparentemente.

I

La noche había caído por completo sobre la ciudad Cair Galad, envolviéndola en un resplandor azul oscuro, tan solo teñido por la luz vacilante de los faroles de gas y los destellos anaranjados de los hornos industriales.

La ciudad, ya a esas horas, vibraba con otra clase de vida: aquella que no caminaba por los bulevares principales, sino por los márgenes, los sótanos, las pasarelas ocultas entre edificios y por los rincones donde se reunían quienes no debían ser vistos.

Albion avanzaba raudo montado en su caballo, con la capucha de su capa sobre su cabeza, protegiendo su propia identidad por miedo a ser visto en lugares en donde un respetable caballero de la Orden no debía estar.

La doncella Zelmira, aferrada a su cintura tras él, miraba a su alrededor con la fascinación y el miedo de quien ve el mundo sin la protección de una torre o un amo, especialmente, tan lejos de casa.

No conocía Cair Galad como su añorada Arkanhold, pero incluso siendo una forastera entre aquellas calles, Zelmira debía reconocer que era un lugar más seguro que su hogar.

Al menos, allí no existía una Alianza del Acero que quería verla muerta.

Allí, un artificio como ella no era absolutamente nada.

Su silueta delicada contrastaba con la rudeza áspera de los talleres y los silos de carbón por los que fueron pasando.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella en voz baja.

Albion observó el callejón que tenían delante. Estrecho y saturado de humos que provenían de calderas y chimeneas de las casas aledañas. Un lugar donde nadie miraría dos veces a un par de sombras como ellos.

—Si el caballero Nightingale te envió a buscar a los Revelados y a ese tal Maskwell, deben dejar señales para quien quiera encontrarlos —respondió él—. Marcas, símbolos… trazas de aquellos que se rebelan en silencio.

La muchacha alzó la vista y un instante después señaló algo.

—¿Igual que eso?

En la pared, casi borrado entre hollín y humedad, había un símbolo dibujado con tinta negra: una máscara rota en dos mitades, como si hubiese sido arrancada del rostro de alguien.

En la fortaleza del emperador no era extraño encontrar grabados como aquel en alguna esquina o rincón, sin ningún sentido aparente, así que Albion supuso que podía ser una señal de que andaban por buen camino para dar con los misteriosos Revelados.

—Exacto, como eso... —asintió Albion.

Caballero y doncella siguieron los símbolos —a veces una máscara, otras un filo envuelto en plumas y, en una ocasión, un simple círculo con una grieta atravesándolo—.

Los signos se repetían siempre en lugares donde la autoridad raramente inspeccionaba: debajo de puentes, junto a los almacenes donde los carros descargaban mercancías ilegales, o en callejones donde solo los huérfanos y los vagabundos dormían.

Porque incluso en la fortaleza del emperador había esa clase de personas, al margen de la sociedad.

Errantes y nómadas que iban en busca de ese Deus del que todos hablaban y que no eran capaces de encontrar entre sus calles.

Los muertos de espíritus que Aurelyan y las líderes de la Orden tanto temían.

Finalmente, entre pista y pista, el camino dejado a vista de todos por los Revelados los condujo a un edificio abandonado: la vieja Biblioteca de los Peregrinos, cerrada desde hacía décadas por órdenes del emperador después de un incendio sospechoso.

La biblioteca había sido un vano intento de acercar el dogma del Primordial y Único a todo el mundo, pero sin el resultado que esperaban.

La fe impuesta a la fuerza no suele ser bien recibida, tan solo aquella que invita y abraza a los que quieran conocerla.

La fachada estaba cubierta parcialmente por andamiajes y placas de cobre corroídas. Sus ventanales, rotos, permitían ver luces débiles moviéndose en su interior, como luciérnagas atrapadas entre sombras.

Albion se detuvo.

—Aquí es. Debe serlo... Es muy posible —sus palabras no parecían reflejar demasiada seguridad, pero no tenían nada que perder por intentarlo. Si realmente los Revelados y su líder, el señor Maskwell, estaban allí, pronto lo averiguarían.

La doncella lo miró, temblorosa.

—¿Crees que si realmente ahí dentro hay Revelados nos recibirán?

—Puede que a ti sí..., pero a mí no. Y menos vistiendo el uniforme de la Fuerza Lux.

—Si te ha resultado tan fácil seguir las pistas que han dejado por la ciudad, ¿por qué ningún caballero los ha encontrado hasta ahora? ¿Y cómo lo has logrado tú? —quiso saber Zelmira.

—No lo sé, pero supongo que ni la luminatriz ni la oscuratriz, y mucho menos el emperador, habrán creído importante encontrarlos por ahora.

Puede que para ellos no sean una amenaza real, tan solo algo más que sortear de cualquier forma y mantener alejada a la Orden de ellos.

En cuanto a cómo he podido encontrarlos...

Mi padre me enseñó a hacerlo. Una vez me dijo que, si alguna vez lo necesitaba, recordara que el enemigo del dogma es la duda, pero a su vez es la aliada de la verdad.

—¿Qué significa eso? —se extrañó Zelmira.

—Significa que mientras creamos lo que nos dicen y nunca dudemos de ello, jamás hallaremos la verdad.

Ahora que conozco un poco mejor a mi padre y su vida anterior a conocer a mi madre, comprendo que sus ideales distaban mucho de lo que la doctrina Luminoscura profesa.

Él creía en la verdad y por eso se aseguró de mostrarme un modo de dar con ella, sabiendo seguir las huellas que los Revelados habían dejado a la vista de aquellos que realmente querían ver.

—En ese caso, debes acompañarme al interior. Quédate conmigo, Albion, y ayudemos a liberar a la dama Celestia y a todos los que necesitan encontrar la verdad con un poco de ayuda —le dijo ella, desesperada por no quedarse sola en aquella ciudad desconocida.

—Sabes que no puedo, no mientras Darclan siga en Obssidyan.

—Él intentó oponerse a la decisión de sir Moonstone, ¿crees que habrán pasado por alto el hecho de querer ayudarme?

—Razón de más para regresar y asegurarme de que está bien —insistió Albion.

—Pero no podrás verle... Él está en otra torre, ¿cómo vas a hacerlo?

—El Gran Maestre Braithwhite es mi amigo, mi mentor, y vamos a celebrar un Concilio que nos reunirá a todos, incluido a Darclan. Debo volver y asegurarme de que se lleva a cabo, expondré ante mis hermanos de la Fuerza Lux y de la Fuerza Tenebris todo lo que he averiguado.

—¿Y qué pasará después? —quiso saber la doncella—, ¿eso no te pondrá en peligro?

—No, el Concilio del Día y la Noche es el único lugar en el que la duda está permitida, siempre y cuando sea para sostener a la Orden y sanarla desde dentro —le explicó Albion—.

Creo que todos mis hermanos estarán de acuerdo en que es necesario llevar a cabo una.

Sea como sea. Mientras tanto, tú entra ahí y diles lo que ha pasado.

Si conocen tu origen… y saben que has sido expulsada de la torre por la oscuratriz, te mostrarán esa ayuda que sir Nightingale te ha prometido.

A los Revelados no les gustan los tiranos.

Ni en la corte imperial, ni en nuestras torres.

Albion llamó a la puerta en lugar de Zelmira y, al cabo de unos segundos, un chirrido grave y prolongado resonó por el vestíbulo de aquel lugar, levantando un polvillo que brilló bajo la luz tenue de unas lámparas colgadas del techo.

Adentro, estanterías derrumbadas formaban pasillos caóticos.

Algunas habían sido reparadas con piezas de metal soldadas, otras estaban reforzadas con tuberías de vapor.

No era una biblioteca. Ya no. Era un refugio, un cuartel improvisado para los Revelados, aquellos contrarios a la doctrina Luminoscura y a la Casa de Galadred.

Antes de que alguien apareciera para recibir a Zelmira, Albion se escabulló a lomos de su caballo por el callejón y desapareció sin dejar rastro, como un sigiloso gato blanco que explora la noche, pero con la esperanza de que realmente hubiesen dado con los únicos capaces de ayudar a un constructo como ella.

Lo último que pudo ver sir Soligant antes de dejar a su amiga allí sola —del mismo modo que alguien que abandona a un bebé recién nacido—, fue el collar que llevaba en torno a su cuello la persona que apareció para recibir a Zelmira.

Un collar hecho con fragmentos de máscaras rotas: un símbolo, un juramento, una advertencia.

La biblioteca estaba a punto de convertirse en su nuevo refugio, como si siempre la hubiese estado esperando, incluso antes de saber tan siquiera de su existencia.

La noche, afuera, seguía avanzando. Y con ella, el principio de una nueva guerra silenciosa que se fraguaba lentamente entre las calles de la ciudad.

~

No se enorgullecía de haber dejado a Zelmira sola, pero no podía hacer otra cosa por ella.

Al menos, no por el momento. Su regreso a Alabashtra significaba tener que olvidar todo lo ocurrido y retomar sus funciones como caballero de la Fuerza Lux, tal y como le había prometido al senescal Ivoriel aquella misma mañana.

Sus días de descanso habían finalizado y no había nada que Albion pudiese hacer por remediarlo.

Por suerte, la noticia de que el Concilio del Día y la Noche iba a celebrarse no tardó en llegar unos días después y eso solo podía significar una cosa: que todo lo que había estado preocupándole desde antes de ser nombrado caballero, saldría a la luz al fin.

Y eso incluía las circunstancias que rodeaban la muerte de sir Cloud Blanchester.