ONCE #4
Celestia giró sobre sí misma, pálida. La doncella Zelmira se pegó instintivamente a su señora y la protegió como su guardiana que era.
Darclan simplemente apretó los dientes.
En la entrada del Archivo, bloqueando la única salida, se alzaban el Gran Maestre Moonstone y su senescal. Sir Wolfram Umbert sostenía una lámpara de gas que iluminaba la escena con un brillo casi inquisitorial.
—Gran Maestre… hay cosas que deberíais ver. La líder… —intentó decirle sir Registhorn. Era evidente que los habían descubierto infringiendo las normas, pero tal vez si les mostraba lo que habían descubierto, no pagarían las consecuencias de aquella infracción.
—¿Registrando documentos sellados sin autorización? —preguntó el Gran Maestre, cada palabra que pronunciaba sonaba como una piedra cayendo al suelo—. Caballero Darclan, me has decepcionado... Creía que alguien como tú jamás se dejaría influenciar por una novicia como Stella.
Darclan retrocedió medio paso, pero no bajó la mirada.
—¡La oscuratriz Sinistra Von Dusk nos ha mentido a todos! ¡Estas pruebas lo confirman! —se atrevió a decir él, desafiando finalmente la autoridad de sir Erebus Moonstone.
—¡No pronunciéis su nombre con tal insolencia! —tronó el hombre—. ¡Estás cometiendo una herejía!
El senescal Umbert avanzó y, en un movimiento rápido, tomó a la doncella Zelmira del brazo, evidentemente siguiendo las órdenes de su maestro y de la propia Sinistra. El artificio dejó escapar un jadeo casi infantil.
—¡No! —protestó la dama Celestia, dando un paso adelante—. ¡Ella no ha hecho nada malo!
—No tiene autorización para seguir recorriendo esta torre —escupió el senescal, tirando de ella con fuerza—. Nunca debió entrar aquí. Es una orden de la oscuratriz, las criaturas artificiales no tienen lugar en una torre sagrada como esta.
—¡Soltadla, sir Umbert! —Darclan se abalanzó sobre ella, pero el Gran Maestre extendió una mano y le impidió poder ayudarla.
Sir Registhorn sintió un aura oscura brotar de Erebus, incluso chocando contra él mismo y empujándolo hacia atrás como una ráfaga de viento helado.
Sus botas patinaron sobre el suelo de piedra.
Nunca antes había presenciado un aura así de corrompida en nadie, y mucho menos en un caballero.
Era como si Sinistra pudiese manipular a Erebus a su antojo, y a saber a cuántos más.
Estaba ciego, era incapaz de ver la verdad, aunque se la mostrase con evidencias claras.
—Si vas por ese camino, Darclan, descubrirás que no te espera nada bueno al final —le advirtió Erebus—. Haz lo que se te dice y olvida lo que has visto aquí.
Pero él no iba a darse por vencido.
—La oscuratriz ha estado jugando con nosotros, maestro... El maná que bebemos del Sagrado Grial es un destilado alquímico. Producido a partir de una sustancia llamada piedra alcahestal. Debéis saber la verdad.
—No volveré a repetirlo, caballero —advirtió el Gran Maestre, su voz reflejaba una autoridad que no admitía discusión—. Nuestra líder ha decretado que Zelmira sea expulsada de inmediato. Y no seré yo quien cuestione su mandato. Ni tú tampoco.
La doncella Zelmira tembló, aferrándose al brazo del senescal, que la arrastraba hacia el corredor.
—Sir Moonstone, por favor… —suplicó con voz pequeña—. Yo solo quiero servir a mi señora —dijo Zelmira.
Su mano se extendió hacia su creadora intentando aferrarse a ella desesperadamente, como si temiera perderla para siempre en cuanto la separasen de su lado. El miedo a no volver a verla se apoderó de Zelmira.
—¡Basta! —ordenó el Gran Maestre, perdiendo la paciencia.
La dama Celestia cayó de rodillas, desesperada.
—¡Ella no ha hecho nada! ¡Yo soy la responsable! ¡No la apartéis de mí, os lo suplico!
Pero el Gran Maestre ni la miró.
—Zelmira será expulsada inmediatamente. Y si la joven novicia sigue intercediendo por ella… consideraré que la corrupción de la alquimia ya la ha tocado también. Igual que a sir Registhorn.
Darclan sintió un fuego ascender por su pecho. Pero no podía enfrentarse a su maestro. Una parte de él sabía que un paso en falso significaría una sentencia… no solo para él, sino para Albion y para todos los que sabían de su relación, para todos los que habían decidido no decir nada al respecto.
El senescal Umbert volvió a tirar de la doncella una última vez.
—Darclan… —susurró ella, con una voz tan humana que dolía. En sus ojos pudo ver cómo le pedía que protegiera a su señora, que velara por Celestia Arkanides en su ausencia.
Y, entonces, desapareció por el pasillo, arrastrada como un objeto que ya no pertenecía a aquella torre.
El silencio que se quedó en aquella diminuta sala fue sofocante.
Celestia ocultó el rostro entre sus manos, sollozando ante la separación de su doncella, aunque por encima de eso fuese su amiga Zelmira.
Darclan apretó los puños hasta clavarse las uñas. Si hacía algo, si iba en contra del Gran Maestre Moonstone, cavaría su propia tumba en la Fuerza Tenebris.
El Gran Maestre lo miró con ojos fríos, tanto como el aura que lo rodeaba y que emanaba de él. Tan solo Darclan podía verla gracias a su don.
—Caballero sir Registhorn —dijo—. La oscuridad exige obediencia. Recordadlo.
Acto seguido, le arrebató los documentos de la mano y se los escondió debajo de la axila, ocultos por la capa que llevaba.
Pero, en un afán por impedir que se llevase las únicas pruebas que habían encontrado y sin pensar en las consecuencias, Darclan se abalanzó sobre su maestro e intentó arrebatárselo de nuevo.
Ni siquiera supo por qué lo hizo, o qué esperaba conseguir, pero después de ver cómo Wolfram Umbert, su amigo, se llevaba a rastras a Zelmira —a quien también podía considerar su amiga—, la ira nubló su juicio y algo totalmente incontrolable se apoderó de su cuerpo.
—¡No lo comprendéis, maestro! ¡No puedo dejar que se lleve estos papeles! —exclamó él desesperadamente.
Celestia observó la escena con los ojos llenos de lágrimas sin comprender por qué Darclan estaba yendo en contra de su propio maestro y arriesgándose.
Los dos forcejearon hasta que Erebus lo tocó con una de sus manos y empleó su don de la cronofagia para combatir a Darclan.
Poco a poco, el caballero notó cómo su maestro le arrebataba su tiempo, fracciones de él que absorbía como si drenara un pedacito de su vida.
Cuando comprendió que era imposible enfrentarse a él, Darclan cayó de bruces al suelo.
—Has cometido un grave error, caballero. —El Gran Maestre desenvainó la espada y lo amenazó con ella—. Yo os confino a las mazmorras para que vuestra penitencia sea igual de comparable a la afrenta que habéis cometido contra mí.