Los Caballeros de Galanthus ONCE #3
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ONCE #3

—Lo mismo podría decir de ti. Has conseguido sortear la tormenta y quedarte en la torre con... la novicia Stella —le respondió Darclan.

—No sabemos durante cuánto tiempo más, sir Registhorn —se apresuró a decirle Celestia—, por eso es importante que nos escuchéis atentamente.

—¿No deberíais acudir al caballero sir Soligant en busca de ayuda? —preguntó con cautela—. Además, el archivo de la Fuerza Tenebris y la sala de las escribas no es un lugar para mantener esta conversación. Demasiados ojos observando y orejas escuchando.

La joven suspiró, inquieta.

—No podemos contactar de ninguna manera con sir Soligant —le dijo Zelmira—.

Pero puede que tenga razón, mi señor, y lo que necesitamos de usted no debe ser escuchado por oídos ajenos.

Además —sus ojos brillaron levemente al decirlo—, estoy segura de que Albion querría que, si ocurría algo, contáramos con vos.

Eso logró que el corazón de Darclan diera un salto involuntario.

Seguramente, Albion querría que él las ayudase, confiaba en él para eso.

Lo sabía. Intentó disimular su entusiasmo volviendo a adoptar su habitual tono frío y funcional que le exigía la torre de Obssidyan, pero que solo abandonaba en presencia de su amado.

—¿Y de qué se trata? —quiso saber él, invitando a las dos a sentarse frente a la mesa que estaba ocupando al fondo de la sala.

La doncella observó a su señora, esperando permiso para hacerlo, y Celestia simplemente aceptó y ambas se sentaron con sir Registhorn, encomendándose a su ayuda desesperadamente.

—Lo que os voy a decir no debe ser registrado —murmuró la falsa novicia, mirando de reojo a las escribas—. Y menos aún escuchado por quienes vigilan las actividades de la Orden.

Darclan frunció el ceño.

—En ese caso, como ya he sugerido, deberíamos hablar en una sala privada. Aquí cada susurro queda atrapado en pergamino —insistió el caballero.

—Justo por eso este lugar es el idóneo, aunque debemos tomar precauciones —dijo la doncella modulando la voz—. Vos podéis acceder a los archivos sellados. Stella necesita… consultar algo que podría cambiar el rumbo de su estancia aquí.

Darclan sintió que los planes ocultos de las líderes de la Orden comenzaban a moverse alrededor de él, peligrosos y finos como agujas.

Nada era simple cuando se trataba de la fe Luminoscura y él lo sabía bien.

Había demasiadas cosas que no sabía sobre los verdaderos motivos de la presencia de Stella en Cair Galad o de quién era realmente.

—Decidme qué está pasando realmente —les pidió en voz baja—. Y os ayudaré.

La joven alquimista miró a su alrededor, asegurándose de que nadie prestaba atención; si decidía confiar en Darclan Registhorn era por el mismo motivo por el que había decidido hacerlo con Albion: por los consejos de su doncella Zelmira, quien parecía conocerlos a los dos muy bien.

—Necesito saber si hay registros de alguna clase que reflejen el uso de la alquimia aquí en la torre de Obssidyan —susurró Celestia—. O cualquier documento que sugiera que Sinistra Von Dusk ha usado un elemento conocido como Alkahest para sus propios fines.

De nuevo, echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que ninguna novicia los escuchaba confabular en contra de la oscuratriz.

Darclan tragó saliva. Aquellos eran términos prohibidos incluso dentro de la Orden. Materia prohibida, como todo el mundo bien sabía, y una herejía condenada con la excomulgación.

—¿Acaso sabéis lo que me estáis pidiendo? Si las líderes se enteran de que estoy involucrado con vosotras en este asunto o si me descubren buscando algún registro sobre esto, el cual dudo que haya, será mi fin —advirtió él.

—Lo sabemos —respondió Celestia—. Por eso necesitamos vuestra ayuda, sir Registhorn. No puedo confiar en nadie más aquí. —Miró a su doncella Zelmira y luego a él—. Si no nos ayudáis… vos tenéis más que perder de lo que creéis.

Él sintió un escalofrío.

—Habéis metido a Albion en todo esto, ¿verdad? —se temió. Lo único que podía perder y que realmente le importaba era él.

—Sir Soligant aceptó en pro de la verdad —añadió Zelmira.

—Muy bien —dijo al fin—. Os ayudaré. Pero seremos extremadamente cuidadosos. No quiero ponerme en peligro ni a Albion tampoco. Si voy a ayudaros, necesito saber quién eres en realidad, Stella...

La falsa novicia suspiró, aliviada por tener un nuevo aliado en aquel lugar tan hostil, y la doncella inclinó la cabeza en dirección a Darclan para agradecerle su implicación.

—Gracias, caballero —murmuró la joven alquimista—. Por supuesto, es lo mínimo que te puedo ofrecer por tu ayuda. Has de saber que mi verdadero nombre es Celestia Arkanides, señora de la torre de Hyperion y heredera de Maximus Arkanides, Amo de la Alquimia y autor original del Arkanomicón.

Aquella primera frase encendió algo en el pecho de Darclan, igual que una luz al final del túnel a la que poder aferrarse con fuerza; la explicación de lo que había estado delante de sus narices todo aquel tiempo.

Celestia le contó lo que las líderes de la Orden pretendían hacer, el motivo real de su presencia en Cair Galad, el estado de degradación de Aurelyan y, seguramente de las propias Hemera y Sinistra.

Le contó que robaron las pertenencias más preciadas de Maximus en Arkanhold y que huyeron para construir la fortaleza del emperador.

Todo cuanto sir Registhorn había temido, la conspiración orquestada por sus máximos representantes, cobraba vida propia a medida que la dama Celestia hablaba y exponía todo con detalle.

Había mucho que no podía contarle todavía, pero al menos, Darclan conocía la verdad.

—¿Sabe Albion todo esto? ¿Se lo contasteis antes de partir igual que habéis hecho conmigo?

—No... Tan solo le pedí que confiara en mí. Y lo hizo sin reservas. Por eso sé que puedo contar con él y que protegerá el ingrediente secreto que le encomendé.

Darclan intentó comprenderlo todo de la mejor manera posible, pero había muchas cosas que asimilar y poco tiempo para hacerlo. Se levantó, tomó un juego de llaves marcado con un sello y les hizo una señal para que lo siguiesen.

—Venid. Los Archivos Sellados están al final del pasillo… y, si hacemos esto, debemos hacerlo rápido.

Las dos mujeres —la alquimista disfrazada de novicia y su constructo— lo siguieron entre sombras, pergaminos y lámparas de gas, mientras en el corazón de Darclan empezaban a florecer nuevas esperanzas, tan peligrosas como inevitables.

Era el resultado de descubrir la verdad, pues para los alquimistas, la verdad siempre te hacía libre.

El corredor hacia los Archivos Sellados era más frío que el resto de las estancias que formaban la séptima planta, parecía que la piedra misma hubiese absorbido siglos de secretos, mentiras y silencios impuestos.

Darclan avanzó con paso firme, aunque el pulso le golpeaba en la garganta.

La dama Celestia caminaba detrás de él, envuelta en su hábito oscuro de novicia, mientras que Zelmira cerraba la marcha con movimientos suaves y atentos, igual que un ser que aprendía a ser humano imitando cada gesto.

Cuando Darclan introdujo la llave en la cerradura de bronce ennegrecido los engranajes internos —una combinación imposible de mecánica e ingeniería— giraron con un susurro casi orgánico. La puerta cedió ante ellos invitando a los tres a adentrarse en sus secretos.

Dentro de los Archivos Sellados, el aire olía a polvo, aceite y algo más…

algo metálico, afilado, como si la verdad misma hubiese dejado marcas en el ambiente.

Era una sala circular, bastante pequeña, rodeada de estanterías que se alzaban como muros interiores.

Cada estante rebosaba documentos viejos, cilindros de pergaminos, frascos de tinta petrificada y cajas marcadas con símbolos peligrosamente similares a los de la alquimia arcaica.

Una lámpara gigante colgaba del techo, oxidada por su desuso.

—Buscamos registros de experimentación prohibida —murmuró la alquimista disfrazada—. Algo que pruebe que la líder de esta torre ha utilizado matrices alquímicas… especialmente relacionadas con la Alkahes t, también conocida como piedra alcahestal.

Darclan y Zelmira asintieron y comenzaron a revisar las cajas marcadas con el símbolo de la alquimia que Celestia les había indicado con el dedo. La falsa novicia se movió con precisión, abriendo pergaminos, examinando sellos y dejando de lado los irrelevantes. Hasta que se detuvo de pronto.

—Aquí… —susurró—. Aquí hay algo... Esto prueba que la oscuratriz ha estado usando la alquimia para sus propios fines. No solo eso. Aquí detalla cómo se destiló algo llamado maná proveniente directamente de la panacea .

—¡¿Qué demonios es la panacea ?! —quiso saber Darclan.

—La panacea es una sustancia que solo puede ser extraída de la piedra alcahestal.

Está considerada por los alquimistas como la medicina universal, también llamada elixir de la vida, capaz de curar todo tipo de enfermedades y prolongar la vida humana.

Según esto, de la panacea destilaron otra sustancia bautizada como maná .

Darclan se quedó mudo. Sintió que la verdad era capaz de herirle físicamente.

Le arrancó a Celestia aquellos documentos de las manos y los examinó él mismo.

Había diagramas, nombres de personas en los que se habían realizado pruebas para ver si el maná era efectivo.

Hasta encontró órdenes firmadas con el sello de la Fuerza Tenebris y también por el de la Fuerza Lux.

Un sudor helado le recorrió la espalda. Todo lo que habían temido, todo lo que había dicho Cloud Blanchester era más cierto que nunca y tanto Albion como él andaban en lo cierto. Todo era una farsa.

—Debo enseñarle esto a Albion —dijo doblando el documento con cuidado.

Pero no pudo. Una sombra cayó sobre ellos justo cuando intentó abandonar los Archivos Sellados.

—No se puede estar aquí sin el permiso expreso del Gran Maestre —dijo una voz profunda y autoritaria.