ONCE #2
—Cuidado con esas palabras, Albion —le advirtió Cephirus.
—¡Siempre me estáis diciendo que tenga cuidado con lo que digo o pienso!
, pero lo cierto es que no todo lo que nos dicen es cierto.
¡No todo lo que nos hacen creer esconde la verdad!
Y Cloud Blanchester lo sabía... —dijo finalmente él, como un acto reflejo incapaz de controlar, aunque sabía que sus palabras traerían consecuencias.
—Otra vez con lo mismo, Albion... ¿no te cansas?
—repuso Seraffyn un poco molesto mientras daba un sorbo a su taza de té caliente—.
Pasé por alto tu interés repentino por la alquimia cuando te descubrí en la biblioteca revisando todos esos libros —le dijo el caballero—.
Incluso decidí no decir nada respecto a las investigaciones llevadas a cabo por la Fuerza Tenebris sobre lo ocurrido a Cloud porque no era asunto nuestro.
Sinceramente, creí que la cruzada te haría reconciliarte con la doctrina Luminoscura, pero veo que estás afectado por los mismos males que asolaron la mente de Blanchester.
—No es nada de eso, Seraffyn... —se intentó defender él.
—¿Cómo que la Fuerza Tenebris llevó a cabo una investigación sobre la muerte de sir Blanchester? —intervino Cephirus.
—Nuestro joven hermano Albion tiene la idea de que el maná que bebemos del Sagrado Grial está relacionado de alguna manera con la alquimia —le dijo Seraffyn a su compañero—.
Y aquí viene la idea más descabellada de todas: sir Soligant cree que alguien ha manipulado la reliquia y ha forjado falsedades en torno a ella para sostener su influencia sobre nosotros.
Y con “alguien” supongo que se refiere a nuestras líderes.
Cephirus observó el rostro desencajado de Albion. No necesitaba emplear su don para saber que lo que Seraffyn afirmaba sobre él era cierto.
—¿Realmente crees eso? —le preguntó.
—Le dije que tener esas ideas y fomentarlas podían poner en peligro su fe hacia Deus . Le insté a que lo dejase pasar y que se las guardase para él. Pero veo que la cruzada lo ha trastornado más de lo que ya estaba —sentenció sir Lushienn con crudeza.
Cephirus Highclere tenía el don de la sinestesia empática, la cual le permitía percibir emociones ajenas y transformarlas en colores, sonidos, sabores o texturas físicas que solo él podía sentir.
Observó detenidamente lo que Albion estaba sintiendo en aquellos momentos y percibió su pena, su miedo y su angustia como el color marrón, un sonido a eco y sabor amargo. Sin duda, el muchacho estaba sufriendo.
—No puedo evitar pensar en ello y en muchas otras cosas —confesó Albion finalmente, reparando en el rostro incrédulo de Cephirus.
Sabía que su fe era todavía más inquebrantable que la de Seraffyn, pero parecía dispuesto a escucharlo gracias a haber hecho uso de la sinestesia empática, así que Albion aprovechó aquella oportunidad.
Tal vez no volviese a tener otra igual—.
Creo que el maná que bebemos los caballeros durante el Juramento del Velo no proviene de Deus .
»Y que nuestras líderes han estado experimentando con lo que ellas nos hacen creer que es ciencia prohibida, la alquimia, pero que en realidad llevan usando desde hace mucho tiempo.
—Las miradas incrédulas de Seraffyn y Cephirus pasaron del miedo a la duda—.
Y han disfrazado los milagros provenientes de Deu s cuando en realidad solo son fruto del uso de las artes alquímicas.
Yo lo he podido ver en Arkanhold, al igual que el Gran Maestre Endymion, y ni una cosa ni la otra, fe y ciencia, son tan distintas... Os lo aseguro.
—Es una completa herejía, Soligant... —le dijo Seraffyn.
Sin embargo, la respuesta de Cephirus sorprendió a Albion.
—Pongamos que estás en lo cierto. ¿Crees que Cloud pudo descubrir esto mismo? —le preguntó él.
—Eso creo... Más bien, estoy seguro de que lo hizo —afirmó Albion.
—¿Y lo mataron? —indagó un poco más, aun con el miedo de acercarse a esa verdad que tanto temía.
—También estoy seguro de que alguien lo hizo.
—¡Por todos los cielos, Highclere! —exclamó Seraffyn completamente escandalizado—, no irás a creerle, ¿verdad?
Tú tienes una fe inquebrantable, nunca dudas de nada, cumples con la voluntad de Deus .
No puedes dejar que este muerto de espíritu quebrante tus creencias ahora... No después de tanto tiempo.
—No soy ningún muerto de espíritu, simplemente quiero descubrir lo que está ocurriendo aquí —repuso Albion.
—No negaré que me resulta difícil creer toda esta supuesta conspiración.
Pero que la propia Fuerza Tenebris esté involucrada en todo este asunto y que exista una mínima posibilidad de que alguno de nosotros, un caballero de Luxtenebris, pudiese matar a Cloud, me hace replantearme lo que Albion está diciendo —dijo Cephirus sabiamente—.
Además, he usado mi don y es evidente que nuestro hermano está sufriendo por todo esto y por otras cosas que no quiere contarnos.
—Entonces, ¿estás dispuesto a creerlo? —insistió Seraffyn—, ¿vas a dejarte arrastrar por toda esta locura?
—Todavía no... —masculló Cephirus—, pero tampoco lo descarto.
Al menos, Albion había dado un paso más en hacer partícipes a sus hermanos. No podía confiar plenamente en sus compañeros, pero sir Highclere estaba dispuesto a escucharlo.
—No mencionarás esto a Ivoriel, ¿me has entendido? —le dijo Cephirus—. Yo me encargaré de hablar antes con el Gran Maestre. Mi fe es fuerte, pero la del senescal Edelweiss todavía más.
—Braithwhite dijo que quería solicitar la celebración de un Concilio del Día y la Noche —le recordó Albion.
—Muy bien, le diré de celebrar ese Concilio, pero has de saber que la Fuerza Tenebris está obligada a asistir también.
Por eso es del Día y la Noche. Solo entonces expondremos todos estos asuntos, uno por uno, sin miedo a represalias.
En el Concilio del Día y la Noche cualquiera que haya jurado lealtad a la Orden puede hablar sin temor alguno.
Y lo que se diga, se quedará sellado en la cámara del Concilio para siempre —le explicó Cephirus.
Albion sintió una punzada de esperanza, aunque la mirada que le lanzó Seraffyn demostraba que él no estaba tan predispuesto a creerlo como Cephirus y eso lo inquietó. En el fondo, cualquiera de ellos podía haber sido el culpable de la muerte de Cloud.
Tras terminar el desayuno apresuradamente, Albion se despidió de los dos con ciertas dudas y ninguno se atrevió a decir nada más al respecto.
Lo que los caballeros tuviesen que opinar lo harían sin miedo alguno durante el Concilio.
Bajó hasta la escudería y le pidió un caballo a Elian Risewind, ya que Luther ni siquiera se inmutó en atenderle cuando lo vio aparecer por allí, seguramente todavía molesto por la reprimenda que se había llevado del Gran Maestre a causa de su chivatazo.
Sir Soligant salió a caballo de la torre y se dirigió veloz hacia la casa de su hermana Alva, ansioso por volver a verla después de tantos días y con muchas cosas que contarle.
II
El séptimo piso de la torre de Obssidyan tenía un silencio propio, distinto al de las criptas subterráneas o al del patio de armas.
Era un silencio meticuloso, hecho de plumas que raspaban pergaminos, de sellos calientes que chasqueaban al contacto con la cera, de papeles que se apilaban con un susurro seco.
Las lámparas suspendidas en el aire —mantenidas por pequeños engranajes que giraban sin tocarse— emitían una luz violácea que hacía brillar la tinta como si fuera recién destilada.
En largas mesas de roble oscuro, las novicias que ejercían como escribas trabajaban sin levantar la vista, moviéndose al ritmo de un mecanismo bien afinado.
Respiraban burocracia, historia y poder, pero lo único que hacían era crear copias del Arkanomicón —no el original que le habían prometido a la dama Celestia Arkanides, sino versiones modificadas de las sagradas escrituras—, que luego difundían entre los creyentes para lograr sumar adeptos a su fe.
Al fondo de la sala, de espaldas a todos, sir Darclan Registhorn se encontraba revisando un registro de campaña.
Llevaba dos días allí, refugiándose entre documentos y misiones pasadas para no pensar en lo que realmente lo atormentaba: la separación de su amado Albion.
El hueco que había dejado era tan preciso como una incisión quirúrgica, idénticamente punzante.
Pasó una página con la intención de fingir concentración, cuando escuchó el murmullo de telas y pasos inseguros acercarse a él.
—Caballero Darclan… —dijo una voz suave, demasiado suave para semejante sala.
Él levantó la vista con cierta desgana, esperando encontrarse a alguna novicia que solo buscaba molestarle, pero en lugar de eso se topó de bruces con el rostro de Stella Noctis.
Le costaba verla simplemente como a una novicia más, ya que la palabra “novicia” apenas encajaba con ella, si se la comparaba con las demás.
Su porte era más erudito que devoto, más analítico que piadoso.
Llevaba el hábito oscuro típico de las hermanas de la Fuerza Tenebris, pero bajo el tejido, su figura parecía sostener una energía que no correspondía a la devoción luminoscura, sino a la chispa inquieta de los alquimistas.
A su lado estaba la doncella Zelmira, de movimientos ligeros, casi perfectos, con un porte extraño, como si imitara la lo humano, pero no la poseyera por completo.
Darclan ya estaba acostumbrado a lidiar con ella.
La doncella artificio bajó la cabeza en un saludo impecable. Se alegraba de verle otra vez.
—Disculpad que os interrumpamos —dijo la joven alquimista, evitando llamar la atención de las novicias escribas—. Pero… necesitamos vuestra ayuda.
Darclan cerró el libro de cuentas que estaba revisando y decidió prestarles la atención que ambas se merecían.
—Ha sido difícil dar con vos, mi señor... Sabe esconderse bien —añadió Zelmira.