ONCE
Donde los caballeros de la Orden intentan retomar sus vidas y seguir adelante, aunque las circunstancias no sean del todo favorables.
I
Habían pasado dos días desde su vuelta y Albion apenas había salido de su habitación, tan solo brevemente para comer.
Su estado empezaba a preocupar a sus compañeros, en especial a Ivoriel, quien esperaba que el nuevo caballero pudiese incorporarse a la rutina de la torre con la mayor celeridad posible.
Sus obligaciones no podían esperar a que a él le diese la gana salir de su escondite.
Albion permaneció sentado en el borde de su cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el pequeño frasco que reposaba sobre la palma de una de sus manos.
El líquido del interior —si es que podía llamarse líquido— tenía un comportamiento inquietante: parecía densísimo como el mercurio y, al mismo tiempo, tan ligero como el mismo aliento del amanecer.
Se movía por sí solo, describiendo remolinos lentos, pulsátiles, semejantes a respirar.
A ratos, destellos dorados se mezclaban con tonos rojizos y ámbar, como si una llama diminuta ardiera dentro. O incluso el mismísimo sol.
Durante su confinamiento voluntario, Albion había permanecido en el más estricto silencio, una evasión deliberada de sus obligaciones que le estaba permitiendo pensar en todo lo ocurrido en Arkanhold.
Un encierro que lo estaba consumiendo lentamente a cada minuto, hora y día que pasaba allí.
Tal vez empezaba a enloquecer como su predecesor, sir Blanchester.
Dos largos días pensando en Darclan de forma enfermiza, en su despedida, en el último día en Hyperion en el que apenas habían dormido, intentando memorizarse el uno al otro a través de sus cuerpos, antes de la separación obligada a la que habían estado destinados desde el primer momento.
Pero ahora, lo único que tenía ante sí era aquel frasco. Aquel regalo… o más bien, aquel peso. Como si ya no tuviera suficiente con intentar hallar la verdad de lo que le ocurrió al caballero Cloud y en cómo murió delante de él sin poder ayudarlo.
La falsa novicia —aunque para él siempre sería la joven alquimista que había conocido en Arkanhold— se lo había entregado en secreto, colocándolo en su mano con una expresión de necesidad urgente, asustada, pero también de confianza. Apenas le había explicado nada sobre aquella sustancia.
«Es un ingrediente secreto, lo que le falta a la Orden para poder llevar a cabo la fabricación de un elemento singular», recordó sus palabras.
«Si saben que lo llevo encima, harán todo lo posible por arrebatármelo, pero si me anticipo y te lo encomiendo para su protección, estará a salvo hasta el momento en que realmente lo necesite.
Es como un seguro, en tus manos, nadie podrá hacerse con él», le había confiado Celestia.
Pero en sus palabras no se especificaba lo que era —tan solo un ingrediente secreto, nada más—, ni para qué las líderes lo necesitaban —lo que le falta a la Orden para poder llevar a cabo la fabricación de un elemento singular—, ni por qué temía llevarlo consigo en realidad —si llegaban a saber que Celestia lo tenía, se lo arrebatarían a la fuerza—.
Celestia había confiado en él a ciegas, seguramente por lo que Zelmira le había contado acerca de Albion después de que lo salvara de la Alianza de Acero.
Albion sostuvo el frasco a contraluz.
—¿Qué eres…? —susurró, incapaz de apartar la vista—. ¿Para qué sirves realmente?
La sustancia respondió con un brillo interno, como si su voz la hubiese despertado.
Albion dio un pequeño respingo. ¿Era un simple ingrediente como Celestia le había dicho?
¿Una esencia en sí misma? ¿Un fragmento de algo mayor?
¿O acaso el germen mismo de algo vivo y muy poderoso?
Sabía que no debía especular sin pruebas.
Y, sin embargo, el frasco parecía pulsar con vida propia.
No como una criatura… sino como un corazón atrapado en un vidrio.
Alzó la otra mano y lo sostuvo con cuidado, temeroso de ejercer demasiada presión sobre el cristal y poder llegar a romperlo.
«Si eres tan importante como creo… ¿por qué confiarte a mí tan desesperadamente?», pensó Albion.
Un golpe seco en la puerta lo sobresaltó al momento.
—¡Caballero sir Soligant! —La voz del senescal se coló con firmeza, pero también con preocupación mal disimulada—. He llamado tres veces. ¿Te encuentras bien?
Apenas se había percatado de los golpes y Albion tardó unos segundos en reaccionar.
Guardó el frasco en un estuche metálico, que había pertenecido a Cloud, lo cerró con una diminuta llave y lo ocultó bajo su cama, entre las tablas de madera.
Solo entonces, cuando se aseguró de que permanecía a buen recaudo, acudió a abrir la puerta.
—Un momento… —respondió, intentando que su voz no sonara tan apagada.
Al otro lado de la puerta, el senescal Edelweiss lo observó con el ceño fruncido. Llevaba consigo una tablilla de tareas, como era habitual en él, donde apuntaba todo lo que acontecía en la torre.
—Dos días, Albion —dijo sin rodeos—. Dos días sin presentarte a las actividades de la torre. El Gran Maestre y yo estamos muy preocupados por ti. Todos lo estamos. He sido indulgente contigo, pero creo que es momento de que te laves, te vistas y salgas de aquí... ¡Ya!
Albion desvió la mirada un instante, como si el suelo fuera más fácil de encarar que a sir Edelweiss.
—Necesitaba… tiempo —repuso él.
El senescal suavizó un poco la expresión al ver que realmente estaba siendo un poco duro con el muchacho.
—Todos lo necesitamos después de una cruzada. Pero encerrarse no es la forma de restaurar la mente y el alma. La torre te requiere... No puedes evitarlo más —le dijo Ivoriel intentando convencerlo de salir de allí.
Albion apretó ligeramente los labios y asintió.
—Lo sé.
Hubo un silencio breve, en el que Ivoriel pareció debatirse entre insistir o dejarlo respirar. Finalmente, habló con más calidez.
—Puedo darte este día para tus asuntos, si lo requieres. Solo un día más. Mañana deberás presentarte al amanecer en la capilla. La torre no espera a nadie… ni siquiera a sus héroes. Ve a visitar a tu hermana y no dejes que lo que haya ocurrido en Tierra Santa te consuma... ¿me has entendido?
Albion asintió otra vez, aunque con cierto brillo en sus ojos por la indulgencia de Ivoriel.
—Gracias, mi señor...
El senescal se giró para marcharse, pero se detuvo en el umbral.
—Albion… —dijo sin mirarlo directamente—.
Si algo te preocupa… si cargas con algo tan pesado que no eres capaz de soportar…
es mejor que lo digas. La luz es para compartirla.
Puede que hayamos sido duros contigo, pero ahora que habéis vuelto, los caballeros de la Fuerza Lux tenemos que estar más unidos que nunca.
Albion meditó sobre aquellas palabras, pero no dijo nada. Era mejor mantener sus secretos alejados de ellos. Por ahora. El senescal inclinó la cabeza y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.
Él apoyó la espalda contra la puerta y, solo entonces, dejó escapar un suspiro tembloroso.
Sus ojos volvieron al escondite bajo la cama.
Aquel frasco parecía emitir un calor imperceptible, una llamada silenciosa.
Y Albion Soligant sabía, con absoluta certeza, que aquello —fuera lo que fuese— no debía caer en manos equivocadas.
Ni siquiera en las de sus hermanos de Lux.
Se dirigió a la tina con agua y se desnudó para lavarse las axilas y las partes íntimas. Una vez estuvo aseado, se vistió con el uniforme de caballero, se peinó como pudo y salió de su habitación para comer algo. Estaba terriblemente hambriento.
A esas horas de la mañana, encontró a los caballeros Seraffyn y Cephirus desayunando después de las oraciones en la capilla y el ejercicio en la sala de entrenamiento.
Al verlo aparecer como un alma en pena, no pudieron evitar dirigirse a él para intentar sonsacarle algo de información sobre el mal que lo asolaba.
—¡Dichosos sean nuestros ojos! —exclamó Seraffyn—, ¡Albion ha decidido salir de su cueva!
Él no dijo nada, se limitó a sentarse en un extremo de la mesa y a disfrutar de las viandas que las novicias encargadas de la cocina habían preparado.
—Hay algo que nos ocultas —le dijo Cephirus, mientras se metía una grosella en la boca—. Es evidente —añadió mientras masticaba.
Albion levantó la cabeza y observó el rostro de preocupación de su compañero, el cual no tenía nada que ver con el de Seraffyn. Al menos, sir Highclere no hacía bromas sobre su estado.
—Vosotros no lo comprendéis... —repuso Albion.
—Podríamos hacerlo, si nos dieras la oportunidad —le respondió Cephirus, entornando los ojos.
Pero ¿cómo iba a contarles que en realidad la nueva novicia de la torre de Obssidyan era una alquimista que habían traído obligada para llevar a cabo un experimento con una sustancia misteriosa, y que él escondía para que sus líderes no pudieran usarla?
¿Cómo les iba a decir que una proyección astral había matado a Cloud Blanchester y que tenía serias sospechas de que alguien la había mandado para impedir que revelara toda la verdad?
No podía compartir todo aquello con sus compañeros. Solo con Darclan.
—Había un grupo de personas en Arkanhold. Anti-alquimistas. Personas que rechazaban el uso de la alquimia para el beneficio de la población —les dijo Albion para alejar la atención de otras cuestiones.
—Supongo que esas personas se parecen un poco a los muertos de espíritus, aquellos que rechazan nuestra fe —comentó Cephirus—. A los Revelados.
En cierto modo así era.
—Ellos intentaron atacarnos una noche. Protegimos a la doncella que ha venido con la novicia Stella Noctis y descubrimos que ella era un artificio, un ser viviente creado gracias a la alquimia.
—O sea, una abominación... —comentó Seraffyn.
—¡No lo es! —exclamó Albion—, Zelmira siente y padece como nosotros. Creo que todos aprendimos una gran lección al ver su humanidad y darnos cuenta de que la alquimia no posee límites.