Los Caballeros de Galanthus DIEZ #5
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DIEZ #5

El carruaje avanzaba lento por el camino empedrado que conducía a las torres gemelas, dejando atrás los muros del Castillo del Trono Carmesí.

Sus ruedas apenas producían ruido, Celestia tuvo la sensación de que era como si se deslizaran por el pavimento; tan solo un leve zumbido, como el susurro de una brizna de viento bajo el suelo del vehículo.

A cada lado relucían dos faroles de cristal, uno con el símbolo de Lux y el otro con el símbolo de Tenebris, muestra de la dualidad que regía en la Orden.

Aquel era el carruaje de Hemera y Sinistra.

En el interior, envueltas por cortinas pesadas de terciopelo blanco y negro entrelazado, viajaban las dos líderes espirituales y la falsa novicia que habían traído desde Tierra Santa.

La luminatriz Hemera estaba sentada erguida, con las manos enguantadas en blanco reposando sobre su regazo.

Su piel, casi translúcida bajo la luz dorada que emitía el farol del lado derecho, dejaba entrever sutilmente el paso de los años que intentaba refrenar por todos los medios.

Su expresión, sin embargo, era impecable: solemne, maternal, casi divina.

Al igual que le había ocurrido al emperador Aurelyan, a Hemera Morningstar le estaba sobreviniendo su auténtica naturaleza.

Frente a ella, la oscuratriz Sinistra descansaba en una postura mucho más relajada, aunque la frialdad de su mirada jamás cedía.

Su capa oscura se deslizaba por el asiento igual que un charco de tinta viva, y cada cierto tiempo tamborileaba un dedo contra el anillo de ónice que portaba siempre con ella.

Bajo la luz azulada del otro farol, su rostro mostraba grietas mínimas, delicadas arrugas que la irritaban más que cualquier enemigo visible.

Tal y como le habían dicho a Celestia, usar la piedra alcahestal que le habían sustraído a Maximus Arkanides ya no les hacía el mismo efecto que antes, tal vez porque habían explotado hasta los límites a la Alkahest y esta ya estaba perdiendo sus propiedades después de prácticamente trescientos años.

En Cair Galad no había habido otras luminatrices y oscuratrices antes que ellas —como se creía— ni siquiera emperadores.

Como tantas otras cosas, aquello también era una mentira.

Ellos tres llevaban ocupando aquellos tres cargos desde que huyeron de Arkanhold y crearon la ciudad, Aurelyan se autoproclamó emperador e inventaron mentiras en Oriente para crear la fe.

Todo por el poder. Todo por la arrogancia de querer ser perfectos.

No existieron todas esas mujeres anteriores a ellas, toda esa larga lista de líderes espirituales.

Y la Casa de Galadred siempre había pertenecido a un mismo hombre.

Sentada entre ambas, casi devorada por los matices dorados y azules de la iluminación, iba la dama Celestia, la supuesta enviada divina, la Mesías renacida, el símbolo de esperanza que ambas líderes pretendían anunciar al mundo como un milagro.

Aunque, en realidad, todo fuese una mentira.

Una obra maestra de manipulación conjunta.

—Las multitudes querrán verte —dijo Hemera sin apartar la mirada del ventanal.

Su tono sonaba suave, bondadoso, pero cada palabra era una orden disfrazada de consuelo—.

Les hablaremos de la Mesías y crearemos de la nada unas profecías antiguas que anuncien tu llegada…

Todo estará medido para que tu aparición milagrosa sea el advenimiento de una nueva era en Galanthus.

—Es una gran idea, luminatriz —añadió Sinistra, sin quitarle el ojo de encima a Celestia—. Harás todo lo que te digamos, ¿verdad?

—¿Qué más se espera de mí? ¿Es que acaso no es suficiente crear una nueva Alkahest para satisfacer vuestros deseos?

La oscuratriz soltó una risa baja, elegante y afilada.

—Lo que se espera de ti es simple, querida. Que juegues tu papel. Detrás de toda la farsa, lo único que nos interesa… —sus ojos se entrecerraron— es lo que tus manos pueden crear. Hemos arriesgado demasiado enviando a nuestros caballeros hasta Arkanhold a por ti.

—Arriesgasteis que ellos pudieran descubrir la verdad —les espetó Celestia—. Que viesen la magnitud de Arkanhold y destapasen vuestras mentiras.

—Y dinos... ¿acaso alguno lo hizo?

Celestia quería proteger a toda costa a Albion Soligant, su único aliado, pero era evidente que Hemera y Sinistra sospechaban de los caballeros de la cruzada y de lo que sus ojos habían podido ver y sus corazones sentir en Tierra Santa.

Deberían andarse con cuidado y mantenerlos a todos muy vigilados.

—Ninguno... —mintió Celestia—, sin embargo, debéis saber que todos ellos han visto lo que la alquimia es capaz de hacer, esa ciencia prohibida que habéis esforzado en condenar aquí.

¿Qué dirían vuestros caballeros si supiesen que la luminatriz y la oscuratriz de la Orden han estado usando conjuntamente la alquimia con el emperador para satisfacer sus propios intereses?

—Nuestros caballeros son fieles a la Orden y la doctrina Luminoscura —le respondió Hemera—, la lealtad hacia nosotras es su única razón de existir.

A Celestia le sorprendió comprobar lo ilusa que podía llegar a ser Hemera Morningstar.

—Y en el caso de que traicionaran a la fe y llevaran a cabo una herejía... —añadió Sinistra—, serían excomulgados de la Orden.

—¿Y cómo se excomulga a alguien que ha descubierto la verdad? Esa que tanto os aferráis en ocultar... —la desafió Celestia.

—No tientes a la suerte, querida... Estamos siendo muy benévolas contigo —le reprendió Sinistra a modo de amenaza.

En cierto modo, la que en realidad estaba siendo benévola era la propia dama Celestia, quien tenía muchas más razones para odiarlas que ellas.

El carruaje giró en una curva suave. Por la ventana se divisaron las dos torres como colosos enfrentados: la torre de Alabashtra, bañada en reflejos blancos; la torre de Obssidyan, ascendiendo entre penumbras azuladas. Estaban cerca.

La luminatriz extendió una mano enguantada y tomó la de la muchacha con un gesto casi maternal.

—Querida… el destino de la Orden descansa sobre ti. Necesitamos que hagas lo que te hemos pedido, después te recompensaremos con lo que te hemos prometido. Podrás disponer del Arkanomicón original de Maximus y hacer lo que te plazca con él.

La muchacha sostuvo el contacto, pero la tensión tembló en su muñeca.

—¿Y podré volver a Arkanhold algún día? —les preguntó ella.

La oscuratriz intervino con una paciencia helada que hizo estremecer a Celestia.

—No vamos a empezar a hacernos las santas a estas alturas, Hemera.

Lo que ella es capaz de hacer, los conocimientos que posee sobre la Alkahest , no podemos dejarlos escapar.

Aurelyan jamás lo permitirá. —Alzó el mentón y sonrió con una mueca apenas visible—.

Para hacer la mentira creíble, tendrás que ocupar el puesto de Suma Adoratriz de los luminoscuros.

Deberías hacerte a la idea de que este va a ser tu nuevo hogar, Celestia Arkanides.

No vamos a dejar que te vayas... —le dijo Sinistra.

Celestia frunció el ceño y se apartó de Hemera con un gesto brusco.

Sabía fabricar piedras alcahestales, el propio Maximus Arkanides se había encargado de transmitir a sus descendientes cómo hacerlo y qué ingrediente secreto emplear.

Tenía conocimientos avanzados, sí. Pero, ¿quedarse en Cair Galad para siempre como Suma Adoratriz?

Eso no entraba dentro del trato. Era un secuestro mayor que el que ya estaba sufriendo.

—Es un proceso largo —murmuró, intentando medir sus palabras—. Y peligroso... Algo podría salir mal.

Sus palabras parecían más una amenaza que una advertencia.

—La juventud eterna siempre es peligrosa —replicó la líder de la Fuerza Tenebris—. Pero estoy segura de que lo harás bien, la promesa del Arkanomicón original es demasiado valiosa para perderla. Solo te lo daremos si llevas a cabo la fabricación de una nueva Alkahest .

—¿Y qué hay de la que robasteis? ¿Queda algo de ella que se pueda usar?

Hemera y Sinistra se lanzaron una mirada furtiva la una a la otra. Más de complicidad que otra cosa.

—Pedazos sin apenas poder... Me temo —se lamentó Hemera—. No te pedimos rapidez, querida. Solo… obediencia. Y discreción. El pueblo creerá que eres su esperanza. Deja que lo crean, deja que te demos un propósito mayor aquí, parecido al que tenías en Arkanhold. Se nuestra alquimista aquí.

La dama Celestia sentía el peso de ambas miradas clavadas en ella, como si la diseccionaran en silencio.

El carruaje redujo la velocidad.

Alabashtra se alzó ante ellas y, en la entrada, Celestia pudo atisbar a un par de novicias —eran Roswitt y Neeve— que aguardaban a la luminatriz con estandartes luminosos tras su vuelta del castillo del emperador.

Obssidyan, más allá, estaba flanqueada por una comitiva silenciosa de acólitos de capa oscura, como sombras ordenadas.

Eran tres escuderos y una novicia de Tenebris. No había rastro de ningún caballero.

El carruaje se detuvo y Hemera Morningstar se preparó para bajar de la calesa y dejar a Celestia a merced de Sinistra.

—Recuerda —murmuró la luminatriz justo antes de que el cochero le abriera la puerta—: a los ojos del mundo, eres un milagro.

—Pero para nosotras… —completó la oscuratriz, con una sonrisa cruel— eres la llave para recuperar lo que hemos perdido: los poderes inconmensurables de la piedra alcahestal.

La puerta se abrió. La luz y la oscuridad las aguardaban al otro lado en forma de torres gemelas.

Hemera bajó del carruaje y se despidió con un gesto amable de Celestia.

Sin embargo, la falsa novicia se quedó dentro de la cabina sentada, con el corazón encendido de miedo y pensando únicamente en su extraño e inevitable propósito.

—Vamos, querida... Sal... Hay que ir a la torre de la Fuerza Tenebris —le dijo Sinistra, invitándola a abandonar la calesa también.