Los Caballeros de Galanthus DIEZ #4
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DIEZ #4

La sala de recepción del primer piso se abrió ante ellos: una antecámara amplia, pentagonal, con altos ventanales cubiertos por cortinas de terciopelo gris oscuro.

En el centro ardía una gran lámpara suspendida de cadenas oscuras, cuyo interior contenía unas llamas de fuego palpitantes.

Las paredes exhibían tapices de batallas históricas, bordados en hilos metálicos que brillaban como cicatrices bajo la luz.

Y allí, esperándolos con impaciencia, se encontraron a dos figuras familiares.

—¡Por fin! —exclamó el senescal Wolfram. Se había recortado la barba e intentado peinarse para resultar presentable, pero lo cierto era que seguía conservando su habitual aspecto desaliñado que tanto lo caracterizaba—. Pensábamos que vuestra misión se alargaría semanas... —reconoció.

El joven caballero Raynear Nightingale dio un paso adelante, más entusiasta que elegante, aunque escondiendo su timidez.

Se había quedado en la torre bajo la tutela del senescal y, aunque se alegraba del regreso de los hermanos Registhorn, lo cierto era que no había echado nada de menos a Jetson.

Con él de vuelta en la torre, los entrenamientos desmedidos volverían a ser un infierno para el pobre Raynear.

—Sir Darclan... Sir Jetson —les saludó inclinando la cabeza—. Bienvenidos a casa. La torre no ha sido la misma sin vosotros.

La doncella artificio se asomó desde detrás de Darclan sosteniendo con cuidado el cofre que contenía las pertenencias de la futura novicia, que había cargado desde extramuros hasta allí, y esbozó una sonrisa ante Wolfram y Raynear.

Su figura delicada contrastaba con la gravedad del lugar; su vestido gris plateado, simple pero impecable, parecía casi brillar en la penumbra.

Wolfram la observó con interés y sin un ápice de hostilidad. Más bien con una curiosidad comedida. Zelmira pensó que parecía un sabueso olfateando a su nueva presa.

—¿Quién sois, joven doncella? —quiso saber el senescal Umbert.

—Es Zelmira, ha venido con la novicia Stella Noctis —le informó Jetson, que se adelantó a que ella pudiese responder.

—Así que ese fue el motivo de la cruzada... Traer una nueva novicia a la Fuerza Tenebris —meditó Wolfram—. Y ella es la doncella de la muchacha. —Wolfram se inclinó ligeramente—. Bienvenida también a nuestra torre...

La doncella respondió con una reverencia suave y precisa, gesto que evidenciaba su exquisita educación occidental. Ni Wolfram ni Raynear apreciaron ninguna señal que les hiciese sospechar de su verdadera naturaleza.

Sir Nightingale, más curioso que prudente, se inclinó hacia Zelmira.

—¿Hablas nuestro idioma? ¿O solo cumples órdenes?

—¡Raynear! —lo reprendió Jetson con un gruñido bajo—. No la examines como si fuese un objeto de feria. Entiende nuestro idioma perfectamente.

El joven se enderezó, ruborizado.

—Perdón… yo solo… —intentó disculparse él.

Darclan sonrió levemente. Esa camaradería, ese torpe entusiasmo juvenil de Raynear era una bienvenida que aliviaba el peso del viaje.

Y, al mismo tiempo, lo apretaba: porque allí, rodeado por su hermandad, debía ocultar la mitad de su alma, la que le había entregado a Albion durante su estancia en Tierra Santa.

—Es bueno estar de vuelta —dijo finalmente él, y sus palabras resonaron sinceras en la piedra oscura.

Antes de que Wolfram pudiera responder o iniciar todas las preguntas que tenía acerca de la cruzada, la puerta del fondo de la sala de recepción se abrió con un susurro de engranajes.

El fuego de la lámpara tembló sobre sus cabezas, como si la antecámara respirara a la par que el recién llegado.

El Gran Maestre Moonstone entró con expresión de pocos amigos, algo bastante frecuente en él.

Envuelto en una capa oscura ribeteada con hilos plateados ennegrecidos, su figura imponía respeto sin necesidad de alzar la voz.

Su rostro, marcado por la orden de la oscuratriz de abandonar la sala del Trono Carmesí, mantenía una expresión serena y firme, aunque tanto Wolfram como Raynear no tardaron en darse cuenta de que parecía un ápice más joven, resultado de haber empleado su don de la cronofagia durante su misión.

—Hermanos —saludó, su voz profunda resonó en la piedra—. Veo que estabais aguardando nuestro regreso con impaciencia.

Tanto sir Umbert como sir Nightingale se inclinaron ante su maestro.

—Gran Maestre... —respondió Wolfram—, nos alegra vuestro regreso, en efecto... —reconoció. A pesar de ser nombrado senescal, a sir Umbert no le gustaba tener que ocuparse de las funciones del Gran Maestre cuando estaba ausente.

—Veo que ya habéis conocido a la doncella Zelmira, que su naturaleza no os cause desconfianza, ha demostrado ser una hábil capitana a bordo de la aerogóndola y, según tengo entendido, una compañera fiel en los peores momentos.

Era extraño que Erebus Moonstone hiciese un halago como aquel, y más si guardaba relación con una criatura como Zelmira.

Darclan agachó la cabeza y la mantuvo así un segundo más de lo necesario, respirando hondo para controlar la turbulencia que aún sentía tras volver, mezcla de nervios, culpa y algo más preocupante.

Estaban dando cobijo a un ser viviente creado a partir de alquimia, algo que la Orden de Luxtenebris rechazaba por completo, pero aun así, Zelmira estaba allí con ellos y no sabía cómo reaccionaría la oscuratriz Von Dusk cuando lo supiese o si Wolfram y Raynear podrían comprender lo que era.

En el fondo, sir Darclan Registhorn temía por la doncella.

—¿Su naturaleza? —se extrañó Wolfram.

—¿A qué os referís con eso, maestro? —preguntó Raynear.

—¿Es que acaso no se lo habéis dicho? —Erebus se dirigió esta vez a los hermanos Registhorn.

El Gran Maestre los observó evaluando, midiendo y reconociendo las diferentes maneras que tenía para explicar a sus caballeros lo que Zelmira era en realidad.

—Creo que me compete a mí revelar dicha información, sir Moonstone, si me lo permite —intervino finalmente la doncella—.

Todos habéis cumplido con honor la misión que se os encomendó, cada uno de vosotros se arriesgó de diferente forma para protegerme —declaró—.

Y vuestros hermanos de la Orden merecen saber que tienen grandes héroes como compañeros.

Wolfram intercambió una mirada rápida con Raynear y Zelmira pudo percibir una curiosidad contenida, pero al mismo tiempo un respeto absoluto por sus palabras.

—Está bien, como desees, Zelmira —le dio permiso Erebus.

—A lo que se refiere vuestro maestro es que no soy humana, sino un ser artificial creado gracias a las artes alquímicas, allí en Arkanhold, a la que vosotros llamáis Tierra Santa.

He estado velando por la seguridad de la novicia Stella Noctis y un requisito para que ella viniese era que yo lo hiciese también a su lado.

Soy lo que llaman un constructo, o un artificio.

—¿Es eso cierto, maestro? —se sorprendió Raynear.

—Lo es... Yo mismo los he visto allí. Como tantas otras cosas que jamás creeríais.

—¿Y dónde está la novicia? ¿Por qué no ha venido con vos, maestro? —quiso saber Raynear.

—Se ha quedado con la oscuratriz en la sala del trono. Tenía asuntos que tratar con la luminatriz Morningstar y con... el emperador —explicó sir Moonstone.

Aquella revelación sorprendió a Darclan, tanto que no pudo contenerse y habló.

—Nunca antes el emperador ha mostrado interés por una novicia de la Fuerza Tenebris, ni siquiera de la Fuerza Lux. ¿Qué tiene que decir Su Majestad Imperial acerca de nuestra Mesías?

El Gran Maestre avanzó hacia Darclan, apoyando una mano paternal sobre su hombro.

—Descansa, hermano. El viaje ha sido largo. Y sé que el regreso puede despertar muchas cosas en un caballero que ha visto tanto en tan poco —le aconsejó su maestro.

—¿Mesías? ¿A qué se refiere, Moonstone? —le preguntó Wolfram esta vez.

—Esta misión era especial por un motivo, la novicia Stella Noctis es en realidad nuestra Mesías y planean convertirla en la Suma Adoratriz de la Orden de Luxtenebris. Es un honor para Obssidyan tenerla en nuestra torre, así que no me defraudéis ninguno de vosotros cuando regrese.

Tal vez Erebus Moonstone pudiese engañar a su hermano Jetson, al senescal Wolfram o al joven Raynear, pero no a él.

Las sospechas de que la conspiración se estaba fraguando lentamente ante sus narices se evidenciaron tras saber que Stella se había quedado a solas con Hemera, Sinistra y Aurelyan.

No había que ser demasiado inteligente para darse cuenta de que esos tres tramaban algo, de hecho, siempre lo habían hecho, pero ninguno había tenido el valor suficiente para decirlo.

Darclan alzó la vista y, por un instante, quiso decirles a todos lo poco que sabía sobre la alquimia y sus sospechas aún por demostrar. Pero no contaba con el apoyo de su hermano, y mucho menos con el de Wolfram o Raynear. Todavía.

—Sí, Gran Maestre —respondió finalmente—, la trataremos como se merece.

El hombre asintió, como si la respuesta le complaciera más que cualquier otra. Erebus no ignoraba que algo en Darclan había cambiado, pero no sabía el qué exactamente.

—Esta noche tomadla para descansar. Mañana celebraremos vuestro retorno y hablaremos del futuro.

—Luego se volvió y, antes de retirarse, añadió—: Y aseguraos de que la doncella Zelmira se instale como es debido en los dormitorios de las novicias, ponedle un catre en la habitación que vaya a ocupar Stella.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, la sala quedó envuelta en un silencio reverencial.

Raynear soltó el aire después de haber estado conteniéndolo.

Wolfram palmeó el hombro de Jetson.

La doncella miró a Darclan con una mezcla de timidez y confianza, como si él fuese el único faro en aquel mar de sombras al que poder aferrarse en ausencia de Albion.

Él simplemente respiró hondo. Había vuelto a casa, pero la pena por no poder estar con su amado pesaba más que cualquier otra, más incluso que su afán por descubrir la verdad sobre lo que estaba ocurriendo realmente en la Orden. Nunca se había sentido tan dividido entre dos mundos.

III