Los Caballeros de Galanthus DIEZ #3
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DIEZ #3

Darclan esbozó una sonrisa breve, melancólica, que apenas duró un instante antes de quebrarse en algo más amargo.

—No es el final. Solo… una pausa. Una distancia entre nosotros. —Sus ojos oscuros buscaban los de Albion con desesperación—. Volveremos a vernos, presiento que más pronto de lo que imaginamos.

—El Gran Maestre Braithwhite quiere convocar el Concilio del Día y la Noche. Así que supongo que hasta que ese momento no llegue, no nos veremos... —se lamentó Albion.

El viento del atardecer arrastró ceniza y olor a carbón entre ellos.

Albion dio un paso adelante.

Darclan hizo lo mismo.

No podían tocarse. No allí. No donde las sombras de sus respectivas torres los observaban. Pero la cercanía bastó para que el aire vibrara entre ambos, caliente y doloroso como una cuerda tensada al límite.

—No dejes de pensar en mí —le pidió Albion entre susurros, que solo Darclan pudo escuchar.

—Ni tú en mí —repuso Darclan.

Una última mirada. Una respiración compartida. Un mundo interior rompiéndose.

Luther Quellcrist tiró de Albion esta vez, apartándolo bruscamente de Darclan.

—Debemos ir a la torre, sir Soligant —le espetó.

—Ni se te ocurra, Luther... —le espetó Albion apartándose de él—. Ni se te ocurra tocarme.

Jetson intervino de igual forma.

—Vamos, hermano. Debemos llevar a Zelmira a la torre y aguardar el regreso de sir Moonstone y la novicia Stella.

Albion mantuvo la vista clavada en Darclan, como si intentara memorizar cada detalle de él: la forma de su barbilla, la línea de su nariz, el brillo quebrado de sus ojos. Darclan hizo lo mismo, con una intensidad que quemaba más que cualquier fuego.

No hubo beso esta vez. No hubo caricia furtiva. Solo el silencio de la despedida, pues era lo único que podían permitirse… y la promesa de lo que no querían perder.

Finalmente, Albion giró el rostro hacia la torre de Alabashtra, siguiendo al escudero sin articular palabra alguna entre ellos. Por su parte, Darclan, Jetson y la doncella se dirigieron a la torre de Obssidyan.

Los caballeros de ambas Fuerzas empezaron a alejarse, arrastrados por quienes eran y por lo que representaban.

Y, cada paso que dieron, pareció pesar más que el anterior.

Sir Darclan Registhorn se volvió un instante, apenas un latido.

Al otro extremo, sir Albion Soligant hizo lo mismo ya a media distancia.

Sus miradas se encontraron por última vez. Una chispa tenue entre dos caballeros que soñaban con ser ellos mismos. Y, luego, las torres los engulleron. Uno hacia la luz. El otro hacia la oscuridad.

Cuando Albion se adentró en el patio de la torre de Alabashtra con Luther, el escudero Elian les estaba esperando. Había visto llegar la aerogóndola, así que había dispuesto un caballo con una carreta para ir a buscar el equipaje.

—Será mejor que ayudes al escudero Risewind —le ordenó Albion a Luther.

—Bienvenido a casa, sir Soligant —se apresuró a decirle Elian.

—Gracias... —masculló él con desgana.

—¿Va todo bien, Luther? —le preguntó Elian a su amigo.

Pero Luther se limitó a bufar y a coger las riendas del caballo que había preparado el otro escudero y regresar a la aerogóndola a por la carga.

Por su parte, Albion subió directo a la sala de recepción y antecámaras del primer piso, pero no encontró a nadie allí.

Así que siguió subiendo por la torre, su hogar, hasta llegar al tercer piso.

Tampoco encontró a nadie en la sala de reuniones —la misma donde el Gran Maestre Endymion y el senescal Edelweiss los habían entrevistado a los escuderos y a él tras su misión a Amberdeen.

Siguió subiendo un piso más hasta el comedor y, allí, cuando abrió los portones, se encontró a sir Ivoriel, Seraffyn y Cephirus, que aguardaban su llegada con expectación.

Al ver que Albion iba solo y no había rastro de la presencia de Endymion, Ivoriel se temió lo peor y su expresión cambió al instante.

—¿Dónde está el Gran Maestre? —le preguntó con tono quebrado.

Albion se apresuró a tranquilizarlo.

—Ha ido al Castillo del Trono Carmesí con el Gran Maestre Moonstone. Debían llevar a la joven novicia que hemos traído desde Arkanhold.

—Así que la cruzada se trataba de eso... ¿de una simple novicia? —comentó Seraffyn un poco decepcionado.

Desde luego, Celestia Arkanides no era una simple novicia, pero Albion no iba a ser quien desvelase aquella información a sus compañeros, especialmente tras ver el poco entusiasmo con el que lo estaban esperando y la inexistente alegría de volver a verle.

—Te veo defraudado... ¿acaso creías que la misión era más importante? —le respondió Albion.

—Ciertamente, así es... Me alegro de que no me eligieran a mí para tan tediosa misión ahora que sé de lo que se trataba —se sinceró sir Lushienn.

—¿Cómo ha ido? ¿Ha ocurrido algo? —quiso saber Cephirus, más proclive a buscar un acercamiento con Albion y dejar atrás el posible resentimiento o envidia que en algún momento pudo tener hacia él.

—Demasiadas cosas, supongo... Cuando vuelva sir Braithwhite podremos compartirlas con vosotros, si es lo que queréis —les dijo Albion para intentar acercar posiciones.

Ivoriel se acercó a él y le tocó el hombro.

—Me alegro de vuestra vuelta, sanos y a salvo —le dijo él, aunque Albion ya desconfiaba hasta del propio senescal.

—¿Pudisteis llevarle la carta a mi hermana? —quiso saber Albion.

—Así lo hice. Tal y como me pediste —le confirmó sir Edelweiss.

—Gracias, mi señor... —masculló el caballero.

—Será mejor que comas un poco, se te ve mala cara. ¿Cómo ha sido el viaje en ese transporte? ¿De dónde lo habéis sacado? —le preguntó Cephirus.

Al parecer, los detalles de la cruzada sí que parecían interesarles, así que Albion se dejó abrazar por sus hermanos y enterrar el hacha de guerra, al menos por aquella noche todo volvería a ser como antes de su partida.

Apenas llevaban un rato allí, cuando por fin Endymion apareció, hecho que sorprendió mucho a Albion.

—¿Ha ido todo bien en el castillo, maestro? —le preguntó él.

El primero al que saludó fue a Ivoriel, que acudió a saludarle y a darle un abrazo. A ninguno de los presentes les resultó extraño, pues acto seguido tanto Seraffyn como Cephirus hicieron lo mismo y fueron a saludar a su maestro. A Albion también le hubiese gustado el mismo recibimiento.

—Me alegro de veros... A todos —masculló Endymion, dichoso de volver a casa—. En cuanto a la novicia Stella, ha quedado en manos de la Orden y del emperador. Nos han pedido que nos fuésemos a celebrar el regreso con los nuestros.

—¿Habéis dejado a la novicia con la luminatriz, la oscuratriz y el emperador? —se extrañó Albion.

Endymion se limitó a asentir con la cabeza.

—¿Por qué te preocupas tanto por esa nueva novicia, Albion? —le preguntó Seraffyn, esbozando una mueca burlona—, ¿es que acaso te ha gustado la chica y te preocupas por ella? Has tenido mala suerte si se la han quedado en la Fuerza Tenebris, dudo mucho que la vuelvas a ver...

—No es eso —se defendió Albion.

—Bueno... No te preocupes por ella, seguro que alguno de los caballeros de Tenebris se fija en ella y le ofrece su calor... No hay mejor compañía que la de una novicia, ¿verdad, Cephirus?

Aquel comentario de Seraffyn ofendió a Albion, pero más aún a Cephirus.

—¡Cállate, Seraf! —le espetó su compañero—, estás metiendo la pata hasta el fondo. Que no se te suba a la cabeza, nuestro maestro está delante y le debemos un respeto.

—Haya calma, por favor... —les dijo Endymion, intentando calmar los ánimos de sus caballeros como si fuese un padre que quiere evitar la riña de sus hijos a toda costa.

—El Gran Maestre tiene razón. No es momento para bromas ni para hacer comentarios de este tipo.

Esa novicia no es nuestro problema ahora, sino el de los Tenebris —añadió Ivoriel, como si fuese la madre de todos, en contraposición a Endymion—.

No te preocupes por ella, Albion, en Obssidyan estará bien.

—¡Brindemos por nuestro regreso! ¡Y por haber visto todas las maravillas de las que hemos sido testigos en Arkanhold! Que, sin duda, os contaremos a todos... —dijo Braithwhite visiblemente emocionado.

Ivoriel sirvió copas de vino para los cinco y las fue repartiendo.

—¡Por los caballeros de Lux! —exclamó orgulloso.

—¡Por los caballeros de Lux! —gritaron al unísono los demás.

Pero por mucho que hubiese que celebrar, las cosas que había dicho Seraffyn Lushienn le habían hecho pensar a Albion. ¿Y si era cierto que no volvería a ver a Celestia? ¿Cómo iba a devolverle el frasco del ingrediente secreto que ella necesitaba como seguro de vida?

La preocupación le abrumó de golpe, pero sobre todo, la incertidumbre de haber aceptado ser el aliado de la supuesta Mesías que, en realidad, no era más que la enemiga declarada de la Orden de Luxtenebris y del autoproclamado emperador de Galanthus.

~

La torre de Obssidyan recibió a sus caballeros con un silencio solemne, casi ritual.

A diferencia de Alabashtra, cuyo interior resplandecía con cristales capaces de aumentar la luz solar de dentro, su hermana gemela había sido construida sobre sombras nobles: mármoles negros, columnas de hierro bruñido y lámparas de gas azuladas que proyectaban un resplandor tenue, como si la penumbra fuese un huésped más al que convenía respetar.

Sir Darclan Registhorn cruzó la entrada con paso firme, aunque el cansancio le tensaba los hombros y el recuerdo de Albion seguía adherido a su mente como un susurro que se negaba a disiparse.

Su hermano caminaba a su lado, silencioso, pero atento.

Cada uno de sus gestos estaba marcado por el contraste entre su habitual severidad y el alivio de volver a casa ileso.

Tras ellos, la doncella Zelmira observaba todo a su alrededor buscando recabar toda la información posible para cuando su señora regresase.