Los Caballeros de Galanthus DIEZ #2
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DIEZ #2

Igual que le había ocurrido a Albion tras contemplar su ciudad, a Celestia se le hacía imposible no comparar Cair Galad con su amada Arkanhold.

A su lado, la fortaleza del emperador era una mínima porción de su hogar, como si fuese una copia de lo que podría haber sido y no fue.

O eso sintió ella cuando cruzó los muros del castillo y los Grandes Maestres la condujeron hasta la sala del Trono Carmesí.

Era imponente a su manera, pero jamás podría compararse con Hyperion.

La dama Celestia tuvo la sensación de que aquel lugar era como el juguete de un niño, creado solo para satisfacer su entretenimiento y un ego desmedido.

En el fondo, estaba nerviosa por conocer a Aurelyan Galadred y a sus dos líderes espirituales, la luminatriz y la oscuratriz de la Orden.

Había oído hablar de los tres y de lo que hicieron, pero una cosa muy distinta era conocerlos al fin y enfrentarse a ellos.

El poder que Celestia Arkanides poseía en su torre y en su ciudad no significaba nada allí.

—¿Estás bien, querida? —le preguntó Endymion al ver su expresión lastimera.

—Solo estoy un poco abrumada por el viaje y estar aquí... a punto de conocer al emperador —mintió ella. No estaba abrumada por eso, sino por haber sido obligada a presentarse allí con pretextos que solo ella conocía y que ni sir Braithwhite o sir Moonstone podían ni siquiera imaginar—. ¿Cómo es él?

—Es un hombre bastante afable, supongo... —respondió Endymion—. Y justo, añadiría...

—Has sido nombrada novicia de Tenebris, no tienes nada que temer.

Estás con nosotros —le dijo sir Erebus, aunque en realidad sus palabras estaban vacías y Celestia no podía confiar en que fueran ciertas.

Estaba a merced de la Fuerza Tenebris, de sir Moonstone y la de Oscuratriz Von Dusk.

De haberlo sabido, hubiese preferido haber sido nombrada novicia de Lux para estar cerca de Albion y del Gran Maestre Braithwhite.

Al llegar ante las puertas del salón del trono, uno de los autómatas del emperador les abrió paso y los tres pudieron acceder al interior con su permiso.

Celestia no pudo evitar fijarse en aquellos inventos que, en cierto modo, se parecían mucho a los que la Casa de Arkanides había creado en Hyperion, solo que aquellos atendían a las demandas de su emperador.

Recorrieron la alfombra roja hasta el trono doble, pero esta vez solo encontraron uno ocupado.

El emperador Aurelyan de la Casa Galadred reposaba impaciente en su trono con la mirada fija de un solo ojo en los recién llegados.

El otro ojo, que había sido sanado por Albion antes de su partida, ahora estaba oculto tras un parche de color rojo burdeos, lo que evidenciaba que el don de la inmutabilidad de sir Soligant no había logrado detener el avance de su degradación como todos esperaban que sucediese.

Tras él, como si fuesen sus propias guardianas imperiales, estaban la luminatriz Hemera y la oscuratriz Sinistra. No había ni rastro de la emperatriz Crisantha.

—Bienvenidos, Grandes Maestres, me alegra comprobar que la cruzada ha tenido el éxito esperado. —Aurelyan reparó en la muchacha—. Vos debéis ser nuestra Mesías... Aquella que restaurará el equilibrio de la fe Luminoscura.

Celestia no hizo ninguna reverencia ni se mostró extasiada por encontrarse en presencia del emperador y sus líderes espirituales. Sabía perfectamente que los tres eran unos farsantes y era así como ella esperaba tratarlos.

—Sabéis perfectamente, mi señor, que ni soy una Mesías ni restauraré ninguna fe en este lugar —le respondió ella, desafiando al mismísimo emperador.

—¡Blasfemia! —exclamó sir Moonstone—, discúlpate ahora mismo, novicia Stella Noctis —le exigió él.

—No será necesario, Gran Maestre —intervino finalmente Sinistra Von Dusk—.

A partir de este momento, nosotras nos ocuparemos de la recién llegada.

—Sinistra fue la primera en avanzar hacia Celestia y observarla atentamente—.

Podéis dejarnos a solas con ella y regresar a las torres gemelas, vuestros compañeros caballeros seguro que querrán recibiros como héroes.

—Pero, mi señora... Tenemos que custodiar a la novicia... —se apresuró a intervenir Endymion.

—La novicia Stella ha sido elegida por la Fuerza Tenebris, Gran Maestre —habló Hemera esta vez—, habéis hecho una gran labor acompañando en esta cruzada a sir Moonstone, pero la misión ha acabado.

Como ha dicho la oscuratriz, regresad ambos a las torres gemelas y atended a los caballeros.

Es momento de dicha y celebración. Una cruzada exitosa más en vuestros historiales —puntualizó la luminatriz.

Sin más alternativa que hacer lo que ellas les estaban mandando, los dos Grandes Maestres hicieron caso a sus señoras y se despidieron de ellas y del emperador con una reverencia.

Antes de marcharse, Endymion contempló el rostro de la dama Celestia, pero ya no vio en ella la misma seguridad que había tenido al conocerla, ahora realmente sí que parecía una simple novicia. Nada más que eso.

Endymion y Erebus abandonaron el salón del Trono Carmesí y dejaron a Celestia a merced de sus tres enemigos.

—Has crecido mucho desde la última vez que te vimos —reconoció Sinistra—. Aunque no lo suficiente... apenas aparentas veinte años, cuando deberías ser mucho más vieja... Supongo que has usado con maestría los mismos trucos que nosotros —reveló ella.

Celestia le lanzó una mirada furtiva a Sinistra.

—Así es... Todos parecemos haber hecho uso del mismo elemento para lograr la longevidad.

—Y la juventud eterna —añadió el emperador Aurelyan.

—¿Qué os ha pasado en el ojo derecho, mi señor? —le preguntó ella—. Parece que ha sufrido algún mal.

—¡No te hagas la tonta, Celestia Arkanides! —le espetó la oscuratriz—, el estado de Aurelyan es el motivo de que hayas venido hasta aquí.

—En contra de mi propia voluntad —matizó ella.

—Solo tú eres capaz de lograr fabricar un nuevo elemento que pueda evitar nuestro fin —habló Hemera, bajando del altar donde se encontraban los tronos y acudiendo al lado de Sinistra—. Llevamos demasiado tiempo usando nuestra «piedra alcahestal» y ya no nos sirve...

—La piedra que le robasteis a Maximus Arkanides, a vuestro maestro —reveló Celestia con tono acusatorio.

—En efecto —habló Aurelyan—, la piedra alcahestal que le robamos a Maximus y que nos ha permitido construir y llevar a cabo nuestro ideal.

Todo lo que ves a tu alrededor, Cair Galad, la Orden de Luxtenebris, todo lo que hemos creado aquí proviene de la Alkahest. Y tú, querida, vas a fabricarnos una nueva.

Solo tú conoces el ingrediente secreto que Maximus, nuestro maestro, jamás nos reveló.

—Hizo bien al no decíroslo... De lo contrario, no quiero imaginar lo que hubieseis sido capaces de hacer.

—Te hicimos venir para salvarnos, a cambio, te prometimos aquello que nos llevamos junto con la Alkahest de Maximus. El Arkanomicón original.

—Acepté acompañar a vuestros caballeros con la esperanza de recuperar lo que le pertenece a mi Casa por derecho, el Arkanomicón fue el texto sagrado que creó Maximus, y vosotros lo habéis mancillado, modificado y convertido en una falsa fe, disfrazada de doctrina y adornándola con mentiras.

Todo lo que habéis construido aquí es una completa farsa, una conspiración para ocultar que, en realidad, sois tres discípulos de alquimistas venidos a menos.

Víctimas de vuestras propias vanidades y ambiciones.

—Ese era el trato, Celestia —le recordó Sinistra, el cual había plasmado en su carta dirigida a ella, la que Erebus nunca llegó a leer—. Y si estás aquí, es porque esperas cumplirlo.

—Devolvedme el Arkanomicón original y yo os fabricaré una nueva piedra alcahestal —declaró Celestia finalmente, aunque sus planes iban mucho más allá de satisfacer las necesidades de sus enemigos.

Ella planeaba destruirlos y hacerles pagar la traición contra Maximus Arkanides, el Amo de la Alquimia, quien fue su maestro.

II

Volver a casa no solo implicaba alejarse de Darclan, sino tener que volver a ver a sus compañeros, quienes habían manifestado su desacuerdo con que fuese Albion quien emprendiese la cruzada junto al Gran Maestre Braithwhite y no ellos.

De hecho, fue una de las cosas que más temía sir Soligant tras su regreso.

¿Cómo iban a tratarlo después de las cosas que le dijeron antes de irse?

¿Había perdido la fraternidad con sus compañeros por haber sido elegido él en lugar de ellos?

Albion y Darclan apenas habían tenido un breve momento para despedirse antes de emprender los caminos que llevaban directamente a las dos torres.

Su hermano y él debían volver a Obssidyan junto a la doncella Zelmira, mientras que Albion se tenía que quedar con el escudero Luther, quien lo había traicionado a la primera oportunidad que le había surgido.

Los dos caminos divergían como arterias opuestas: uno ascendía hacia Alabashtra, blanca, rectilínea, bañada en luminiscencia dorada gracias a las lámparas solares que la coronaban.

El otro descendía hacia la torre de la Fuerza Tenebris, un bastión oscuro cuyos muros parecían absorber la luz, respirando un silencio mineral.

Los dos caballeros amantes se detuvieron justo donde los caminos se separaban.

A su alrededor, los demás ya emprendían sus respectivas marchas.

El escudero de Lux le lanzó una mirada furtiva a Albion, intentando recordarle que debían regresar a Alabashtra lo antes posible.

El hermano de Darclan, imponente como siempre, aguardaba a unos pasos, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

A su lado, la doncella Zelmira observaba la escena con un gesto triste, casi humano.

Sabía que la unión que ella había propiciado y logrado fraguar estaba a punto de romperse y eso le produjo cierta tristeza.

Pero ahí, en el centro, estaban ellos. Solos dentro del ruido. Silenciosos dentro del deber.

Albion tragó saliva.

—Parece que… este es el final del camino —murmuró con un nudo en la garganta.