Los Caballeros de Galanthus DIEZ
55%

DIEZ

Donde los caballeros son recibidos como auténticos héroes tras su cruzada y deben afrontar la realidad de todo lo que han vivido.

I

La aerogóndola avanzó por los cielos como un pez dorado deslizándose entre corrientes invisibles.

El globo superior respiraba a intervalos regulares, expandiéndose y contrayéndose con un pulso cálido, mientras las velas alquímicas capturaban los vientos helados de la altura y los transformaban en un impulso elegante y silencioso.

Solo el leve repiqueteo de los engranajes internos, como un corazón mecánico, recordaba a los viajeros que el milagro del vuelo era obra de esa ciencia prohibida que la Orden de Luxtenebris rechazaba.

Debajo, las ciudades parecían simples miniaturas.

Primero, dejaron Arkanhold atrás, incluso las vías de hierro que la unían con Silverhall.

Desde el aire, las chimeneas de las casas desprendían columnas de vapor que se enroscaban como serpientes diminutas; los rascacielos de la Tierra Santa parecían pequeñas lanzas metálicas; y los raíles de la locomotora de vapor, iluminados por faroles de gas, formaban cicatrices brillantes sobre la piel del paisaje bajo ellos.

A cada minuto que pasaba, el mundo se hacía más pequeño.

En la cubierta, los seis caballeros, la novicia y la doncella se acomodaban en silencio, cada uno procesando a su modo el final de su misión y el incierto regreso al hogar.

Albion y Darclan, sin embargo, permanecieron juntos en la parte central de la aerogóndola, cerca de una caldera ornamentada que mantenía la temperatura de la nave.

Una luz anaranjada les bañaba el rostro y, por un instante, sus sombras se proyectaron juntas sobre el suelo de madera barnizada.

No hablaban. No necesitaban hacerlo. El silencio entre ellos era suave, lleno de significados nuevos.

Albion observó cómo el viento despeinaba a Darclan, arrastrándole algunos mechones oscuros hacia atrás.

Podía ver la curva suave de su cuello, la tensión en su mandíbula, mientras intentaba aparentar compostura ante los demás, y el tenue rubor que el frío no lograba disimular.

Ambos eran incapaces de olvidar su último momento a solas en la ciudad. Su momento más íntimo.

Mientras tanto, a lo lejos, el sol comenzaba a elevarse entre nubes teñidas de rosado y cobre.

La luz atravesaba las membranas del globo superior haciendo que este se iluminara desde dentro como una linterna celestial.

Algunas runas inscritas en el casco de la góndola brillaron en respuesta, activadas por la energía solar, y los motores de vapor emitieron un murmullo.

Si conseguían controlar el flujo de las corrientes aéreas, llegarían antes de lo previsto, mucho más rápido que con la locomotora que los había llevado a Arkanhold.

Los silbidos del viento, el rugido lejano de una tormenta al norte y el crujido de las velas tensándose los acompañaron durante todo el viaje.

A aquella altura, daba la sensación de que el mundo se abría ante ellos, lleno de caminos nuevos e inciertos.

Albion no sabía qué les esperaba en la Orden, ni cómo afrontarían lo que habían descubierto en Arkanhold.

Pero allí, en medio del vuelo, sin nada más que cielo alrededor y una esperanza cálida golpeándole la piel, sintió que podía desafiar cualquier sombra.

La aerogóndola de la dama Celestia siguió su curso, ascendiendo hacia nubes doradas y, antes de que pudiesen darse cuenta, dejaron atrás también la ciudad minera de Silverhall, lo que significaba que volvían a estar en tierras orientales, cada vez más cerca de casa.

Tras sobrevolar Glassbury, no tardaron en divisar los amplios pastos de galantos —las flores que daban nombre al imperio—, que se extendían por todo el valle, hasta alcanzar la fortaleza del emperador.

Solo entonces iniciaron el descenso. Los engranajes principales redujeron su frecuencia, pasando de un zumbido vibrante a un murmullo grave, casi ritual.

Las velas, que durante horas habían capturado las corrientes superiores, comenzaron a plegarse solas gracias a una compleja red de poleas y correas que relucían bajo los últimos destellos del sol, tras todo un día de largo viaje.

Abajo, extendiéndose como una sombra ordenada, surgía la imponente ciudad amurallada de Cair Galad que, vista desde los cielos, parecía un gran organismo vivo: la muralla exterior, de piedra oscura, serpenteaba creando hexágonos perfectos; las torres de vigilancia coronadas por faroles de gas exhalaban columnas de luz ámbar; y, entre las calles, las chimeneas arrojaban el vapor denso que daba la sensación de ocultar la ciudad a ojos de los enemigos.

En medio de ella, el Castillo del Trono Carmesí parecía destacar por encima de cualquier otra edificación, hasta que finalmente vieron las dos torres de la Orden de Luxtenebris, más magnánimas que la residencia del emperador.

Una de color blanco y la otra de color negro. Alabashtra y Obssidyan. Sus hogares.

La capitana Zelmira ajustó una última válvula.

—¡Aseguraos bien! —advirtió—. ¡Entramos en una corriente descendente!

La nave respondió con una ligera sacudida. Albion, apoyado en la baranda, observó cómo las murallas crecían ante sus ojos. Darclan se situó a su lado, manteniendo el equilibrio con una mano firme sobre el pasamanos.

—Había olvidado lo pequeña que es Cair Galad en comparación con Arkanhold —murmuró Albion.

Darclan asintió, también se había percatado.

Ante ellos, la entrada principal a la fortaleza del emperador se abrió igual que la mandíbula de un coloso.

El globo superior de la aerogóndola exhaló su último chorro de aire caliente, reduciendo la altitud en un suave deslizamiento.

Las membranas alquímicas palidecieron, perdiendo su brillo, y las boquillas laterales escupieron vapor para estabilizar el descenso.

Los caballeros se balancearon ligeramente cuando la nave descendió lo suficiente como para rozar el suelo.

Cair Galad se abrió ante ellos en toda su magnitud.

Los barrios exteriores eran un mosaico de tejados rojizos formado por talleres humeantes y casitas que se entrecruzaban como si creasen —sin querer— un complejo y letal laberinto.

Más al centro, podían verse las tiendas de los artesanos, cuyos hornos de alfarería lanzaban chispas anaranjadas.

Y al fondo, dominando el paisaje como dos faros, se alzaban las torres gemelas, el hogar de los caballeros.

La aerogóndola maniobró hacia una amplia explanada fuera de los muros, ya que no disponían de ninguna plataforma de aterrizaje como en la cima de la torre de Hyperion.

A medida que fueron descendiendo, el ruido de la ciudad comenzó a recordarles que ya estaban en casa.

El murmullo de cientos de voces, al ver aparecer aquel vehículo por el cielo, evidenciaba que las buenas gentes de Cair Galad jamás habían visto una maravilla de la ingeniería así.

Finalmente, el casco de la góndola rozó la explanada de tierra y hubo un estruendo suave, seguido del suspiro profundo del motor apagándose. Las velas se replegaron por completo y los cables de anclaje saltaron desde el suelo, abrazando el casco como tentáculos entrenados.

—¡Hemos llegado! —anunció Zelmira, orgullosa por el aterrizaje.

Sin poder evitarlo, el Gran Maestre Braithwhite se lanzó en una ovación, que solo siguieron el escudero Luther y la dama Celestia.

Los caballeros se alinearon para el desembarque. En cuanto desplegaron la pasarela y abandonaron la aerogóndola, un viento impregnado de carbón, aceite y tierra húmeda les golpeó el rostro. No era un viento agradable, pero era familiar. Era su hogar.

Albion descendió el último. Darclan, unos pasos por delante, se volvió hacia él con una expresión que mezclaba añoranza y un poco de tristeza. Habían regresado, pero ahora, su vida en la Orden nunca volvería a ser la misma.

—¡Descargad el equipaje! —les ordenó el Gran Maestre Erebus, ligeramente mareado por el viaje y los vaivenes de la aeronave—.

Sir Braithwhite y yo escoltaremos a la novicia Stella hasta el Castillo del Trono Carmesí, avisaremos a las torres gemelas para que los escuderos manden caballos y una carreta para trasladar el equipaje.

Endymion ayudó a bajar a la dama Celestia de la nave, mientras que Zelmira aseguraba que todos los dispositivos mecánicos de la aerogóndola estaban desconectados.

—¿Ha dicho al Castillo del Trono Carmesí? —se sorprendió la muchacha—, ¿es que acaso voy a conocer al emperador?

—Órdenes directas de la oscuratriz Von Dusk, debíamos llevarla a ver a Su Majestad Imperial nada más traerla con nosotros... —le explicó Erebus.

Celestia le lanzó una mirada furtiva a Albion, pero él no podía hacer nada por evitar el encuentro con el emperador Aurelyan. Ellos tenían la orden de bajar el equipaje y volver a sus respectivas torres mientras tanto.

—En ese caso, me gustaría que mi doncella Zelmira viniese con nosotros —se apresuró a decir la muchacha.

—He permitido que viniese con nosotros, pero su presencia no será bien recibida en la sala del trono. Así que se queda con los caballeros... —se apresuró a rebatirle sir Moonstone, sin darle ninguna opción a réplica.

—Os esperaré en la torre de Obssidyan... —le dijo Zelmira.

Los dos Grandes Maestres se posicionaron uno a cada lado de la novicia y la invitaron a que avanzase, pues el trayecto hasta el castillo le serviría para meditar detenidamente sus opciones.

Y, los tres juntos, avanzaron hacia la residencia del emperador, mientras la aerogóndola descansaba detrás de ellos como un leviatán dormido que aguardaba su próxima travesía de regreso a Arkanhold.

La dama Celestia echó un último vistazo a Zelmira y a Albion, sus únicos aliados allí, y comprendió que, en manos de la Orden, ella solo era una nueva novicia recién llegada. Ella solo era quien ellos querían: Stella Noctis.