Los Caballeros de Galanthus NUEVE #6
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NUEVE #6

—Necesitamos a una capitana, mi señor... Y no hay nadie mejor que Zelmira para llevarnos a Cair Galad con éxito. Se lo aseguro. No le confiaría dicha tarea a nadie más.

—Pensaba que vendría sola, sin ninguna doncella —le dijo Erebus con el ceño fruncido.

—En ningún momento se obvió la posibilidad de que una de mis doncellas me acompañase...

—La oscuratriz Von Dusk no aprobará su estancia en la torre de Obssidyan —le advirtió el Gran Maestre.

—Estoy segura de que podremos encontrarle un lugar a Zelmira en la fortaleza del emperador —le dijo Celestia, retomando su papel de una simple novicia.

El señor Steelward y lord Rocklesby terminaron de despedirse de su señora y esta no dudó en proferirles sendos abrazos a los dos.

Primero, a Tycho le susurró algo al oído.

Después, a Delfos, le cogió de las manos y le regaló una sonrisa.

Confiaba en ellos igual que en Zelmira y sabía que, durante su ausencia, la torre de Hyperion, así como la ciudad, se quedaban en buenas manos.

O, al menos, en manos de buenos hombres.

—Volveré, os lo prometo a los dos... —susurró ella, aunque solo pudieron escucharla ellos dos porque el viento soplaba cada vez con más intensidad allí arriba—.

Recuperaré el legado de Maximus y destruiré los cimientos que han construido esas personas, basados en mentiras y falsas doctrinas —les aseguró.

Dicho eso, la dama Celestia Arkanides cruzó la pasarela y se subió a la aerogóndola, ocupando un lugar cerca de su doncella, en la parte delantera del vehículo.

—¡Caballeros! —anunció Zelmira con una voz que parecía vibrar al ritmo de los pistones—, la aerogóndola está lista para emprender el vuelo. Ya pueden subir a bordo... Los vientos del este son favorables. Si embarcan ahora, alcanzaremos la primera corriente ascendente antes del mediodía.

El Gran Maestre Moonstone fue el siguiente en atreverse a dar un paso al frente y cruzar la pasarela tras la novicia. Del mismo modo que la locomotora de vapor era algo nuevo para él, emprender una travesía por los cielos también era toda una experiencia inimaginable.

—Ya habéis oído a nuestra capitana —les dijo Endymion a los tres caballeros y al escudero—. Será mejor que subamos y aprovechemos las corrientes ascendentes.

Los caballeros avanzaron uno a uno sobre la pasarela de metal.

Primero Jetson, que no dudó en seguir a su maestro, y luego Darclan, que no podía quitarle la vista de encima a Albion después de haberse acostado juntos.

Su momento más especial. Ambos habían podido hablar de su futuro, de lo que harían al regresar y de los obstáculos que tendrían que sortear para poder seguir adelante con su amor clandestino.

Pero, al menos, se iban con la seguridad de que todo lo que había ocurrido era real y que descubrir lo que ambos sentían el uno por el otro los hacía más fuertes.

Albion siguió a Darclan de cerca. Los últimos instantes juntos en Arkanhold estaban llegando a su fin.

El suelo vibró bajo sus botas con un murmullo constante, como si la aerogóndola los invitara a subirse en ella, como si cada engranaje celebrara a sus nuevos pasajeros.

Cuando terminó de cruzar la pasarela, rozó el dorso de su mano con la de Darclan por última vez.

Fue un gesto mínimo, invisible para cualquiera que no estuviese fijándose en ellos en aquel preciso instante, pues allí, en las alturas de la Gran Torre, donde las nubes casi podían tocarse, donde el viento arrancaba confesiones que nunca se atreverían a decir en tierra, ese último contacto cobró un significado distinto.

Un susurro de complicidad. De promesa. De algo que ya no podían ignorar.

Tras ellos, Luther subió arrastrando los pies.

Su plan de descubrir a los amantes no había salido como pensaba y lo único que había obtenido había sido una buena reprimenda por parte de Endymion por haber delatado a uno de sus compañeros de la Fuerza Lux.

Al regresar a Alabashtra, volvería a ocupar su lugar en la escudería junto a Elian Risewind.

Por último, el Gran Maestre Braithwhite cerró la comitiva y se sentó al final del crucero.

La aerogóndola vibró suavemente cuando los seis caballeros, la falsa novicia y la doncella estuvieron a bordo.

Las cuerdas se tensaron, las válvulas silbaron y las velas capturaron una ráfaga ascendente.

El señor Steelward y lord Rocklesby soltaron los cabos que amarraban el vehículo al suelo de la aerosuperficie y, lentamente, la nave comenzó a elevarse por encima de la azotea, dejando atrás la inmensa torre de Hyperion, cuyas runas centellearon como si estuvieran despidiéndose de su señora.

Del mismo modo que hicieron los dos guardianes.

—¡Adiós! —se despidió la dama Celestia de sus fieles guardianes, sin poder evitar emocionarse por dejarlos solos y con la esperanza de volverlos a ver muy pronto, tal y como les había prometido.

La travesía hacia el hogar de los caballeros luminoscuros acababa de comenzar. Y, con ella, el destino incierto que ninguno de ellos era capaz de prever.