NUEVE #5
—Es como Deus ... —masculló Albion, comprendiendo que su aspecto no distaba mucho de las representaciones iconográficas que tenían en la Orden sobre el Primordial y Único. Tuvo la sensación de que en realidad eran la misma persona—. ¿Cuál era su nombre?
—Maximus Arkanides —citó Celestia con orgullo.
—Igual que tú... Un Arkanides —añadió Albion.
Celestia asintió.
—En efecto... A él le debo todo.
—Si él era un alquimista de verdad... Sospecho que vos lo sois también, ¿no es así, dama Celestia?
—le preguntó sin tapujos él. Si iban a ser aliados tal y como ella le había pedido, quería saber la verdad sobre quién era—.
Y, por tanto, no tenéis nada que ver con la Orden de Luxtenebris realmente y no sois ninguna Mesías.
La cruzada no había sido más que una farsa, como tantas otras cosas. Albion estaba seguro, pero necesitaba que Celestia se lo confirmase.
—Es todo cierto. Yo soy un alquimista, como es evidente, y no soy esa Mesías que os han hecho creer.
Pero es imperioso que mantengas mi identidad como novicia para cumplir con las exigencias de vuestras líderes, de lo contrario...
—Celestia se detuvo. No estaba segura de si confiarle los secretos a Albion todavía, o al menos hasta que llegasen a Cair Galad.
—De lo contrario, ¿qué? Podéis decirme la verdad, mi señora... Necesito saberla para poder ser su aliado —le dijo él—. ¿Qué es lo que os han pedido que no habéis podido rechazar?
—Tendréis que confiar en mí, sir Soligant.
La dama se acercó a una gran mesa de nogal que ocupaba la pared opuesta, cubierta por retortas, frascos, tinteros de cobre, crisoles ennegrecidos y plumas metálicas conectadas a depósitos de tinta y comenzó a guardar en una caja maletín toda clase de esencias y elixires, que fue ordenando con delicadeza uno por uno.
Al lado de la mesa, Albion se fijó en un viejo libro que reposaba en un atril, sus páginas estaban iluminadas por una lámpara con lente de lupa y había muchas páginas escritas a mano.
No tardó en comprender que, del mismo modo que Arkanhold guardaba relación con la Casa de Arkanides, presumiblemente el Arkanomicón también podía estar vinculado al Amo de la Alquimia Maximus.
—¿Es por el Arkanomicón? —indagó él con astucia e ingenio.
Ella se giró y esbozó una mueca.
—No me equivocaba al creer que no eres como los demás, salta a la vista. Por eso sé que puedo confiar en ti. ¿Puedes hacerlo tú también?
—Estoy aquí... ¿no es eso bastante prueba de confianza ya? —le espetó Albion.
—Mi señora no puede revelar el pacto que ha aceptado con la oscuratriz Sinistra Von Dusk porque pondría en riesgo su propia vida. Es por eso, que necesitará amigos en la fortaleza del emperador —intervino Zelmira.
—Debe saber, dama Celestia, que al ser nombrada una novicia de Tenebris, no nos veremos a menudo. Mi lugar se encuentra en la torre Alabashtra, mientras que vos estaréis en Obssidyan.
—Pero yo estaré con ella —añadió la doncella—. Mi señora ha decidido que la acompañe y vele por su seguridad. Además, contamos con que sir Darclan Registhorn nos ayude en su ausencia.
—No quiero que Darclan se arriesgue sin saber la verdad... Tendréis que decirle quién sois y lo que vais a hacer en Cair Galad realmente, si no él nunca aceptará una alianza con vos, señora Celestia —le advirtió Albion.
—Me encargaré de convencerle... Pero, por el momento, he de confiarle algo, quizá lo más valioso que posea cuando esté lejos de mi hogar, una cosa que no puedo llevar encima y que espero pueda guardar por mí, sir Soligant —le pidió finalmente Celestia, el motivo de haberlo llamado a sus aposentos antes de su partida.
—¿De qué se trata exactamente? —dudó él.
En una repisa, filas de botellas contenían sustancias fosforescentes etiquetadas con caligrafía impecable; algunas brillaban en tonos violeta o turquesa, otras parecían contener pequeños torbellinos atrapados.
La que Celestia cogió con sumo cuidado fue una que tenía un brillo inusual, como si fuese oro líquido, aunque demasiado espeso.
—Es un ingrediente secreto, lo que le falta a la Orden para poder llevar a cabo la fabricación de un elemento singular —le explicó ella—.
Si saben que lo llevo encima, harán todo lo posible por arrebatármelo, pero si me anticipo y te lo encomiendo para su protección, estará a salvo hasta el momento en que realmente lo necesite.
Es como un seguro de vida... en tus manos, nadie podrá hacerse con él.
Celestia se lo puso en las manos enguantadas de Albion y él lo observó detenidamente. Era un frasco de cristal con aquel ingrediente secreto misterioso y tan valioso para ella. Estaba tapado con un pequeño corcho y no contenía etiqueta alguna.
—¿La fabricación de un elemento singular? —se extrañó el caballero.
—Es suficiente, sir Soligant. ¿Aceptas mi petición de protegerlo?
Sé que te pido demasiado y que estarías incumpliendo tu juramento como caballero, pero puedo percibir en ti un claro escepticismo hacia la doctrina Luminoscura.
Si me dejas, te ayudaré a despojarte de las cadenas de la Orden y a liberarte de su influencia.
Nadie debería consagrar su vida a una fe basada en las mentiras —le dijo ella para intentar convencerlo.
Lo que Celestia Arkanides no sabía era que la fe de Albion Soligant ya estaba completamente rota y que desde la muerte de Cloud Blanchester su único objetivo era descubrir la verdad.
—Está bien, mi señora... Lo haré... Lo haremos... —aceptó él, guardándose el frasco de cristal con el ingrediente secreto en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta.
—Puedes regresar con tus compañeros, nos vemos en la aerosuperficie de la azotea, nuestro transporte debe estar listo ya...
Albion echó un último vistazo al retrato de Maximus Arkanides y salió de la suite de Celestia con la sensación de que, si alguien descubría su traición, se arriesgaba a un juicio y a una excomulgación de la Orden.
Pero, de lo contrario, si no seguía adelante y aprovechaba aquella oportunidad que ella le estaba dando, jamás descubriría la verdad y la muerte de Blanchester quedaría impune.
De su asociación con Celestia dependía su futuro y, de algún modo, el futuro de Darclan.
La azotea de la Gran Torre de Hyperion emergía entre las nubes como la proa de un coloso de hierro y piedra.
A esas alturas, el viento tenía un timbre metálico, casi eléctrico, vibrando entre las barandas ornamentadas de latón bruñido y los mástiles que coronaban el edificio.
Los caballeros ascendieron por la escalera en espiral con sus capas agitándose como alas de pájaros —algunas blancas y otras negras—, mientras el rumor de los engranajes internos resonaba bajo los escalones.
Cuando empujaron la última compuerta, la visión que se abrió ante ellos les robó el aliento.
Después de todo lo que habían descubierto al emprender el viaje, de las maravillas de la locomotora de vapor y de los rascacielos de Arkanhold, todavía quedaba algo lo suficientemente impresionante como para captar sus atenciones.
En la azotea había una aerosuperficie —un amplio círculo de planchas de acero reforzado y runas antiguas—, que resplandecía bajo la luz rojiza del amanecer.
De ella surgían columnas esbeltas que sostenían lámparas de vapor, cada una expulsando volutas de neblina luminosa que dibujaban patrones en el aire.
Los indicadores barométricos vibraban, las brújulas aéreas giraban en silencio y la brisa traía consigo el inconfundible aroma de aceite y ozono.
La aerosuperficie solo era una zona delimitada para albergar un transporte único, el verdadero motivo de la sorpresa de los caballeros luminoscuros nada más verla.
Allí, cargado con todo el equipaje ya, les estaba esperando una aerogóndola, mucho más grande que las que surcaban los cielos de Arkanhold y mucho más majestuosa.
La aerogóndola era un tipo de embarcación, pero estilizada, de casco largo y oscuro como el ébano pulido, suspendida en el aire gracias a un enorme globo superior, no rígido sino compuesto por paneles metálicos y membranas alquímicas que latían suavemente, como si respiraran.
Refinados hilos de cobre recorrían la superficie del globo, transportando corrientes ígneas que lo mantenían firme y estable.
En los costados de la aerogóndola, unas velas verticales —finas, translúcidas y bordadas con símbolos alquímicos— se abrían al viento de la azotea, tensándose con un crujido suave, listas para atrapar las corrientes superiores.
A lo largo de la baranda, varias boquillas expulsaban ráfagas controladas de vapor, cada una conectada a pequeños motores de hélice que giraban con un zumbido grave.
Los caballeros se detuvieron ante la pasarela de embarque para echar un vistazo con más atención. La novicia Stella Noctis ya estaba allí, despidiéndose de sus guardianes. Y, subida al vehículo, se encontraba su doncella Zelmira, que ejercería las labores de capitana durante la travesía.
Albion fue el primero en acercarse. Le recorrió un escalofrío al sentir el viento frío golpear su rostro. A su lado, Darclan ajustó su capa, pero sus ojos no abandonaron el horizonte —ni a Albion—, cuando creyó que nadie lo miraba.
Los demás caballeros contemplaron en silencio el vehículo que los llevaría de vuelta a casa. Había algo solemne en ese momento: la conclusión de una cruzada, la promesa de otra que estaba a punto de comenzar, pero que no les expondría a tantos problemas.
—Novicia Stella —le dijo sir Moonstone—, ¿por qué está la doncella Zelmira a bordo de la aerogóndola?