Los Caballeros de Galanthus NUEVE #4
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NUEVE #4

Encontró a Albion regresando del laboratorio, justo a punto de volver a llamar a la puerta de su dormitorio nuevamente, como la noche anterior.

Los dos cruzaron miradas en el pasillo y comprendieron que lo ocurrido entre ellos había dejado secuelas y que debían hablar y sincerarse el uno al otro para ver cómo afrontarían su regreso a la fortaleza del emperador.

—Tenemos que hablar —le dijo Albion.

—Coincido... —añadió Darclan, nervioso por lo que ambos amantes pudiesen decirse o no decirse.

Ambos entraron en la habitación de sir Registhorn y este cerró la puerta tras ellos para poder estar de nuevo a solas.

La habitación estaba envuelta en penumbras.

Albion se encontraba de pie junto a la puerta, dándole la espalda a su amante y la mirada perdida en la niebla que cubría la ciudad y que podía intuir a través del mismo balcón donde la noche anterior habían estado los dos asomados.

Donde había empezado su aventura por las calles de Arkanhold.

A través de los cristales empañados, un mar de torres se alzaba como lanzas en el aire frío, y las góndolas cruzaban el cielo con un resplandor que parecía de otro mundo.

Una imagen demasiado bella para olvidarla cuando regresasen a Cair Galad.

Darclan se acercó lentamente por detrás de él con pasos medidos y el sonido de sus botas resonando sobre el suelo.

Acababa de quitarse su capa dejándola caer sobre una silla al lado de la puerta, y la camisa también negra, abierta en el cuello, revelaba la línea firme de su garganta y el brillo leve del sudor que le había provocado estar en la sala de entrenamiento, donde hacía calor.

—Creo que mañana regresamos —dijo Albion, sin apartar la vista del cristal, notando la calidez de Darclan detrás de él—. La mesías me lo ha dicho, así que pronto estaremos de vuelta en nuestras torres, cada uno en la suya.

Darclan le acarició la nuca y acercó su boca, emitiendo un ligero aliento que hizo estremecer a Albion.

—Al menos, hemos aprovechado el tiempo para conocernos mejor, ¿no crees? —le dijo Darclan.

—¿Qué diremos si Jetson nos delata? —se temió Albion.

—No lo hará, he hablado con él —le aseguró el caballero.

Sir Soligant lo dudaba mucho, pero al menos no había sido tan raudo como el escudero Luther, que apenas había tardado unas horas en ir con el secreto al Gran Maestre Endymion.

—Quellcrist habló con sir Braithwhite. Pero tranquilo, yo me he encargado de hablar con él. Tampoco nos delatará. Y me ha prometido hablar nuevamente con Luther para disuadirlo.

—Hemos cumplido las órdenes. Hemos encontrado a Stella Noctis y la llevamos a Cair Galad como se nos pidió. Nuestra cruzada ha llegado a su fin.

—¿Y qué pasa con nosotros? —le preguntó Albion, girando apenas el rostro para mirar a su amante de soslayo por encima del hombro—. ¿Eso también ha acabado? ¿Lo que pasó en el Club Leonowen’s?

El silencio que siguió a la pregunta de Albion estuvo acompañado de latidos desbocados por ambas partes.

El simple hecho de estar cerca el uno del otro ya era suficiente para hacerlo latir de aquella forma.

Darclan extendió una mano, lenta, hasta rozar la tela de la levita de Albion, que no llevaba la capa puesta.

Su contacto fue leve, apenas un roce, pero Albion sintió que el mundo se detenía de nuevo.

—Lo nuestro no acaba aquí, te lo prometo —le susurró Darclan a la oreja, lo que consiguió excitar a Albion y ponerle los blanquecinos vellos de punta.

Finalmente, Albion se giró completamente hacia él.

La tenue luz que lograba entrar por el ventanal del balcón apenas iluminaba la estancia.

Reparó en los mechones húmedos de su cabello y en la sutil curva de sus labios.

Sentía unas irrefrenables ganas de besarlo de nuevo, pero no quería que aquel momento pasase tan rápido o, peor aún, que volviesen a interrumpirlos.

Quería que ese momento durase lo máximo posible.

—No puedo contener mis ganas de...

Darclan lo interrumpió poniéndole un dedo sobre los labios, incapaz de ocultar su deseo por él.

—Calla... —susurró Darclan.

Hubo un instante suspendido. Los dos permanecieron inmóviles, respirando el mismo aire o el vapor tibio que parecía envolverlos y borrar los límites que existían entre sus cuerpos.

Albion se percató de cómo el pecho de Darclan se alzaba al compás de su respiración, cómo sus ojos grises contenían un brillo que no era solo luz, sino puro deseo.

Ambos se fundieron en un beso largo y apasionado, mucho más intenso que el que se habían dado la noche anterior. Tal vez, ahora ya sabían lo que les esperaba si sus labios volvían a tocarse o sus lenguas saborearse.

Con las manos temblorosas por la duda, Albion rozó el cuello de la camisa de Darclan. La tela estaba caliente y sudada y debajo, el pulso le latía fuerte, vivo. Los dos jadeaban por la pasión contenida en aquel instante, pero dispuestos a liberarla si decidían seguir adelante.

—Te deseo —murmuró Albion—. ¿Me deseas?

—Sin contemplaciones... —admitió Darclan.

No hubo más palabras entre ellos, los dedos de Albion se cerraron sobre la nuca de Darclan, y los de este sobre la muñeca de Albion.

La distancia desapareció y, en ese encuentro, no hubo pecado ni promesa, solo la certeza de poseerse el uno al otro, de desearse y liberar aquello que llevaba encerrado dentro de los dos hasta aquel momento.

Tras admitir lo que sentían, los besos pasaron a ser un poco más lentos, contenidos, como si temieran romper algo sagrado si dejaban libres sus instintos.

Sus labios se buscaron de nuevo con una torpeza dulce, un reconocimiento antiguo.

La piel de Darclan era cálida, olía un poco a sudor, a metal y a lluvia; la de Albion, fría como el acero templado que encuentra su equilibrio al contacto con el fuego.

Y, dentro de aquella habitación, entre el zumbido de los engranajes y el murmullo del vapor, los dos caballeros comprendieron que no había retorno posible para ninguno de los dos.

Albion le quitó la camisa a Darclan y recorrió con las yemas de sus dedos su torso desnudo, invitando a su amante a que hiciera lo mismo con él.

Ambos se desnudaron el uno al otro hasta que sus cuerpos desnudos se encontraron por primera vez.

Dos cuerpos perfectos, dos cuerpos destinados a conocerse definitivamente.

—¿Estás seguro, Darclan? —quiso asegurarse.

—Sí, si tú lo estás... —masculló él.

—Lo estoy... —susurró Albion con un ligero resuello.

Darclan lo cogió de la mano y lo llevó hasta la cama, ambos se acostaron uno enfrente del otro y se quedaron observándose en silencio, sosteniéndose sus miradas como si aquel momento fuera el más especial del mundo o, como mínimo, el más especial de sus vidas.

Albion podía notar la virilidad de Darclan rozándole la pierna y la suya hacía lo propio con la de él.

A ninguno le importó aquella intimidad repentina; es lo que deseaban, es lo que anhelaban el uno del otro.

Se quedaron a disposición del otro, Albion no quería que se sintiera presionado, pero no fue así, cuando quisieron darse cuenta, sus labios volvían a besarse y, después de aquello, ninguno de los dos fue capaz de parar ya.

III

El día de la partida había llegado y Albion se aferraba a los momentos vividos con Darclan en Arkanhold como a un sueño del que no quería despertar. Sabía que cuando volviesen a sus respectivas torres, estarían de nuevo separados y ese pensamiento lo abrumaba enormemente.

Mientras todos terminaban de hacer sus equipajes, la dama Celestia Arkanides —el verdadero nombre de la novicia Stella Noctis— lo mandó llamar a su suite privada en la planta cincuenta y dos.

Del mismo modo que le había ocurrido a Erebus cuando había estado allí, Albion contempló una verdadera habitación de lujo, un santuario privado dedicado al estudio y la conjura que llevaba a cabo la heredera de la Casa de Arkanides.

La propia Zelmira, ya recuperada, lo había guiado hasta allí por petición de la dama Celestia.

Lo primero que Albion percibió fue el perfume: incienso de mirra, aceite de azufre purificado y un toque de lavanda cristalizada.

A Albion le pareció que la estancia podría asemejarse a los aposentos imperiales del Castillo del Trono Carmesí, o eso imaginó porque nunca había estado en ellos.

—Mi señora Celestia... —le dijo Albion nada más verla. Ahora que conocía su verdadero nombre, le resultaba extraño llamarla como a una novicia de Tenebris.

La dama Celestia estaba allí con el cabello recogido. No vestía su habitual bata de laboratorio, sino un vestido de viaje, cómodo para el largo trayecto hasta la lejana Cair Galad.

—Sir Soligant, gracias por acudir momentos previos a nuestra partida —le dijo ella, recibiéndole con una sonrisa de oreja a oreja.

Como Albion pudo comprobar, una enorme chimenea dominaba la estancia y, encima de ella, un retrato de enormes proporciones vigilaba a todo aquel que osase adentrarse en aquellos aposentos.

Él se quedó mirando al hombre retratado y atisbó algunos rasgos que le resultaron demasiado familiares, igual que le había ocurrido al Gran Maestre Moonstone cuando estuvo allí delante, igual que Albion.

—Este retrato... este hombre... ¿Quién es? —quiso saber el caballero.

Celestia lo miró con cierta añoranza, como siempre hacía cuando los ojos del cuadro se clavaban en ella. A veces, incluso la propia dama creía que cobraban vida.

—Fue uno de los Amos de la Alquimia que hubo en Arkanhold hace mucho tiempo...

Siglos —le desveló ella—. Fue quien construyó la primera torre de Hyperion, en cuyos cimientos se encuentra la actual, aquí mismo donde nos encontramos.

Él fue quien ideó todo lo que has podido ver durante tu estancia, quien descubrió el modo de crear constructos como Zelmira o quien investigó las propiedades de la materia, la transmutación y un sinfín de usos de la alquimia.

Por eso se le considera uno de los Amos.