NUEVE #3
Albion dudó. No conocía de nada a aquellas personas, pero lo que sí sabía es que gracias a Zelmira, por fin se había mostrado tal y como era ante Darclan.
—Seré tu aliado, novicia Stella.
—Puedes llamarme Celestia cuando estemos a solas, caballero. Los aliados deben conocerse tal y como son —le dijo la chica—. Ese es mi verdadero nombre, Celestia Arkanides.
II
A Darclan le había sorprendido la actitud de su hermano en lo relativo a descubrir a Albion y a él besándose en el Club Leonowen’s.
Especialmente porque, en todos los escenarios posibles de su mente, aquello se convertía en un arma que Jetson podía utilizar en su contra.
Pero, para su asombro, no los había delatado al Gran Maestre Moonstone y Darclan Registhorn necesitaba averiguar por qué.
Encontró a su hermano en la sala de entrenamiento que, por alguna extraña razón, también había en la torre de Hyperion.
Lord Rocklesby les había dicho que podían hacer uso de las instalaciones de la torre, así que Jetson había visto una buena oportunidad de ponerse en forma después de tantos días y, sobre todo, después de haberse enfrentado a la Alianza de Acero.
La sala de entrenamiento se hallaba en el ala este de la torre, bajo una gran bóveda de hierro y cristal donde las vigas se cruzaban como costillas metálicas de una criatura colosal.
Las paredes, cubiertas por planchas de bronce, reverberaban con el eco de los engranajes y los golpeteos rítmicos de las pesas automáticas, movidas por vapor.
Entre los aparatos, unas columnas de cobre exhalaban nubes de humo blanco que olían a aceite y ozono, y una gran lámpara de filamentos alquímicos colgaba del techo, lanzando destellos ámbar que se reflejaban en los cuerpos sudorosos de los constructos que estaban allí entrenando.
A Darclan le sorprendió comprobar que, además de Zelmira, había muchos otros como ella en la torre.
El aire estaba impregnado de fuerza, de disciplina y de una energía casi ritual.
En aquel espacio, la alquimia se mezclaba con la anatomía de aquellos seres vivientes.
Sir Registhorn cruzó la estancia con paso firme, su uniforme negro resaltaba entre tanto brillo y luz.
Varios artificios se apartaron para dejarlo pasar; todos sabían quién era —los rumores en la torre corrían igual de veloces que en Obssidyan o en Alabashtra.
Para todos ellos, Darclan era un héroe que había arriesgado su vida para salvar a una de los suyos, igual que su hermano Jetson, a quien habían permitido entrenar con ellos— y murmuraban su nombre con un respeto que rozaba casi la adoración.
Al fondo del gimnasio, junto a las ventanas empañadas por el vapor, su hermano golpeaba un saco de entrenamiento.
Cada impacto resonaba como un martillazo en una forja.
En comparación con aquellos artificios, Jetson era más corpulento y fornido; una versión más joven y disciplinada del propio Darclan. Aunque no por ello menos atractiva.
Darclan se detuvo a unos pasos de donde se encontraba Jetson.
—No cambias, hermano. Golpeas como si el enemigo te debiera algo —comentó él.
—Es la única manera de ganar una buena pelea —repuso Jetson.
—Y, por si eso no fuese suficiente, siempre encuentras la manera de evadirte... —añadió él—, incluso tan lejos de casa.
Jetson no dejó de golpear el saco, aunque una sonrisa fugaz cruzó su rostro.
—Y tú sigues hablando como si las palabras pudieran sustituir la práctica.
Estamos lejos de casa, como bien dices, pero eso no es razón para hacer lo que me gusta...
—El saco giró sobre su eje con un golpe final.
Jetson se limpió el sudor del cuello con una toalla que alguno de los constructos debía haberle prestado—.
¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó, sin mirarlo—. No me digas que has venido a entrenar.
—A diferencia de ti, yo solo entreno si no me queda más remedio. —Darclan cruzó los brazos, como si quisiera protegerse de la conversación que quería empezar con su hermano—. He venido a darte las gracias.
Jetson lo miró por fin, arqueando una ceja.
—¿A darme las gracias por qué?
—A estas alturas, ya podrías haberme delatado —dijo Darclan en voz baja—. Podrías haber ido al Gran Maestre Moonstone y contado lo que viste… lo que sabes de Albion y de mí.
No era fácil para él mantener aquella conversación con su hermano menor, especialmente después de todos los conflictos que habían tenido durante el viaje a Arkanhold y mucho antes, en su amada torre de Obssidyan. Incluso desde hacía años.
El aire pareció espesarse entre ellos. Solo el zumbido constante de los engranajes llenaba el silencio. Jetson apartó la mirada, volviendo a su saco.
—No es mi deber juzgarte —dijo al fin con voz firme, pero sincera—. Ya hay suficientes personas que lo hacen, que juzgan a los demás sin tener el derecho a hacerlo. No quiero darles pie a sir Erebus y a la oscuratriz Von Dusk a que te juzguen también ellos.
—Necesito saber por qué, Jet. ¿Qué es lo que te impide realmente no decírselo?
—le preguntó Darclan, acercándose un paso más—.
Siempre has querido ser el ejemplo perfecto de caballero de la Orden.
El hijo obediente, el soldado inquebrantable.
¿Por qué no me entregas y te alzas con la gloria de haber descubierto la transgresión que cometimos Albion y yo?
Sé que él no te cae bien y matarías dos pájaros de un tiro.
Jetson dejó caer la toalla sobre el banco de madera más cercano y lo miró directamente, con una mezcla de dureza y comprensión.
—Porque eres mi hermano. —Hizo una pausa respirando hondo—. Porque yo también amo a quien no debo y te comprendo.
Darclan frunció el ceño, sorprendido por la revelación de Jetson. Nunca antes le había confesado algo parecido, ¿su hermano menor enamorado? ¿De quién?
—¿Qué dices? ¿De qué estás hablando? —quiso saber él.
—Una novicia de Tenebris —respondió Jetson sin rodeos—. Su nombre no importa. Lo que importa es que me hizo comprender que el amor no es un crimen entre los caballeros de la Orden, aunque lo traten como tal. Que hay cosas… que simplemente ocurren. Sin planearse.
—Creo que sé a lo que te refieres, Jet —le respondió Darclan.
No podía disimular que la confesión de su hermano lo había tomado por sorpresa.
Siempre había pensado que Jetson era incapaz de desviarse del deber, un siervo perfecto al servicio de la doctrina Luminoscura.
Pero hasta en eso estaba equivocado. Sir Jetson Registhorn era más humano de lo que Darclan creía.
—Sorprendido, ¿verdad? —masculló Jetson.
—Nunca lo habría imaginado —admitió su hermano.
Jetson rio suavemente.
—Eso creíste siempre, ¿no? Que yo era un caballero de moral intachable. Pero no, Darclan... Tú y yo no somos tan distintos como crees, hasta nuestros poderes parecen provenir del mismo maná .
Darclan bajó la mirada.
—Al menos, tú estás enamorado de una chica. Lo mío con Albion no debería haber ocurrido. Pero cuando estoy con él el mundo parece menos insoportable.
Jetson se acercó y le puso una mano en el hombro, un gesto que rara vez se permitía tener con su hermano mayor.
—Entonces, ni se te ocurra lamentarlo. —Su voz fue grave, pero sin juicio—. Quizás la verdadera herejía sea negar lo que el corazón reclama.
Darclan asintió lentamente.
—A veces pienso que la Orden no entiende lo que nos pide que defendamos. Que la doctrina Luminoscura nos exige servir a la luz, pero nos obligan a vivir en la oscuridad. O viceversa —confesó Darclan.
—¿Y hay algo distinto en eso? Ambas cosas son lo mismo, luz y oscuridad, las dos caras de una misma moneda. El Deus Dual al que hemos jurado servir —le recordó Jetson.
Del mismo modo que Darclan podía contar con él para mantener su secreto, esperaba poder compartir también con su hermano las sospechas que tenía sobre la Orden y el misterio relacionado con la muerte de sir Blanchester, pero inmiscuirlo en todo aquel asunto solo evidenciaría que Albion y Darclan habían estado confabulando en contra de los luminoscuros y, tal vez por ese motivo, Jetson sí que podía delatarlos sin dudarlo.
Por mucho que lo quisiese —o no lo hiciese dependiendo del día, las relaciones entre hermanos eran muy complejas—, no podía confiar plenamente en él. Muy a su pesar.
El vapor de los conductos envolvió a ambos hermanos, bañándolos en un resplandor cálido y dorado. Por un instante, no fueron caballeros ni soldados, sino dos hombres marcados por el mismo dilema: el peso del deber y el deseo de ser libres.
—Me alegra haber mantenido esta charla, Jet. —Darclan sintió que no había rencillas del pasado, ni traumas que superar con su padre o lo que pasó para que acabara inválido. Aquello quedaba al margen por una vez—. Me ha gustado mucho hablar contigo.
Jetson volvió al saco de entrenamiento y, sin mirarlo, le dijo:
—Cuida de Albion mientras puedas. Nuestro regreso a casa traerá muchos cambios, lo presiento —le confesó Jetson.
—Y tú… cuida de esa novicia. No dejes que la Orden te la arrebate.
Su hermano asintió sin dejar de golpear el saco, pues no solo había mantenido aquel secreto en lo más profundo de su corazón, sino muchos otros que esperaba que Darclan no averiguase jamás.
Ese temido regreso a Cair Galad no solo iba a cambiar las cosas para la propia Orden, sino para todos sus caballeros.
Darclan se alejó de él y fue directo a la puerta de la sala de entrenamiento sin detenerse a examinar a los artificios, como en otras circunstancias le hubiese gustado hacer, debía ir a buscar a Albion y hablar con él.
La puerta de acero se cerró con un suave silbido hidráulico a sus espaldas y el sonido de los golpes volvió a llenar la sala, mezclándose con el susurro constante del vapor y el zumbido de las máquinas.