NUEVE #2
Sir Braithwhite colocó una mano sobre el hombro de Albion, un gesto que apaciguó los ánimos del caballero.
—La Orden siempre juzga. Es su naturaleza. Pero tú, muchacho… tú estás destinado a algo más grande que seguir atado con sus cadenas. Creo que este viaje nos ha abierto los ojos a los dos, pero solo Darclan y tú podéis lograr un cambio en la doctrina.
—¿Y qué hay de usted? ¿Ya se ha rendido?
—Lo hice... Hace demasiado.
A través de los cristales, el sol doraba el horizonte industrial y, por un instante, los rostros de ambos quedaron bañados en la misma luz, como si el pasado y el presente se fundieran en un mismo resplandor. El Gran Maestre retiró la mano y le pidió que le dejase a solas con sus pensamientos.
—Ve con Darclan, me preocupa más lo que su hermano Jetson pueda hacer y lo que sir Moonstone opine al respecto. En cuanto al escudero Quellcrist no tienes de qué preocuparte, yo me encargo de que mantenga la boca cerrada. Y, por lo que a mí respecta, Darclan y tú tenéis mi máxima bendición.
Albion asintió con un brillo especial de gratitud en su mirada.
Y cuando abandonó los aposentos del Gran Maestre y lo dejó a solas, Endymion se quedó velando el amanecer sobre las torres de vapor.
Durante un instante, creyó ver el rostro de Godric Soligant reflejado en el cristal, un eco de su propia emanación, una ilusión fugaz que le produjo una sonrisa. Pura melancolía.
Albion recorrió la planta de las habitaciones hasta que llegó a la de Darclan, pero justo cuando estaba a punto de llamar a la puerta, el señor Steelward lo sobresaltó apareciendo por una esquina.
—Sir Soligant —le dijo con su habitual tono apacible—, estaba buscándolo. La doncella Zelmira quiere verlo mientras se recupera de sus heridas. ¿Podría acompañarme? Le llevaré a verla si le parece bien.
Albion pensó que su charla con Darclan podía esperar.
Así que aceptó la propuesta de Tycho y lo acompañó hasta el laboratorio de los constructos, situado en la planta dieciocho de la torre.
Dicho laboratorio era un santuario prohibido para la mayoría de los científicos e ingenieros que trabajan para la Casa de Arkanides, y solo reservado a unos pocos elegidos de la máxima confianza de la señora de la torre, un lugar donde la ciencia y el misticismo se entrelazaban con la impunidad que les confería ser los amos de la alquimia.
Albion descendió por una escalera de hierro forjado, cuyos peldaños resonaban con ecos metálicos en el amplio laboratorio.
Las paredes estaban cubiertas de tubos de cobre y válvulas que exhalaban vapor con un siseo constante.
Una luz dorada, pulsante, se filtraba por los ventanales circulares de cristal grueso, iluminando símbolos grabados en los muros: fórmulas de transmutación, sellos de protección, plegarias escritas en idiomas ancestrales y alquimias arcanas.
El aire allí era cálido, denso, saturado del olor a aceite, metal y esencias vegetales.
Había frascos que contenían líquidos de colores imposibles, burbujeando bajo la vigilancia de retortas y serpentines.
Entre los bancos de trabajo, varios hombres y mujeres registraban datos en pergaminos o manipulaban engranajes que latían como corazones de bronce.
Albion siguió en silencio al señor Steelward, fascinado y perturbado a la vez.
En el centro de la gran sala, una serie de cámaras de cristal se alzaban en semicírculo, cada una llena de un fluido lechoso atravesado por filamentos de luz.
En su interior, flotaban siluetas humanas en distintas etapas de formación: cuerpos inertes que esperaban ser despertados por el hálito divino de la alquimia.
Algunos parecían casi humanos; otros, apenas sombras en proceso de devenir.
—Caballero sir Albion Soligant —lo llamó alguien con una voz armoniosamente dulce detrás de él.
Albion se volvió de repente y encontró a la novicia Stella Noctis mirándolo con los ojos muy abiertos.
Su piel pálida reflejaba la luz del laboratorio cual porcelana bruñida y sus ojos —dos esferas verdes atravesadas por un brillo interno— lo miraban con calidez, más propia de una mujer mayor que de una jovencita como se suponía que era ella.
Vestía un atuendo sencillo, una túnica negra con los bordes decorados formando florituras de color plata.
—No sé si ha sido buena idea venir hasta aquí —dijo él, con tono bajo, más por respeto que por miedo a lo que pudiese encontrar allí—, pero el señor Steelward me dijo que Zelmira quería verme.
Ella inclinó la cabeza a un lado, no era capaz de disimular que Albion le producía cierta fascinación. Hacía tiempo que alguien no le causaba aquello y Stella no era alguien que se sorprendiese con facilidad.
—Mi doncella Zelmira no estaría viva si no hubiese sido por ti —le respondió sin perder la dulzura—. Pero aquí está. Y quería verte...
Albion la observó en silencio unos segundos.
Detrás de ella, uno de los tanques dejó escapar un burbujeo profundo, como si respondiera a sus palabras.
Cuando se fijó más detenidamente en él, vio a Zelmira flotando, suspendida en ese líquido lechoso y completamente desnuda, mostrando unos pechos pequeños y un pubis rasurado.
Era la primera vez que veía a una mujer completamente desnuda, aunque fuese un artificio.
La supuesta novicia Stella le hizo un gesto a lord Delfos Rocklesby, que apareció de la nada igual que había hecho Steelward en el pasillo de los dormitorios y le hizo una reverencia a la muchacha. Era evidente que tanto el uno como el otro servían a las órdenes de la chica.
—Extraiga a Zelmira de la cámara regeneradora —le ordenó ella.
Lord Rocklesby hizo caso a su señora y drenó el líquido del interior de la cabina para liberar al artificio, al ser viviente que era la doncella.
La compuerta de la cámara se abrió y Delfos la ayudó a salir mientras la cubría con una toalla para secarse.
Estaba totalmente recuperada del balazo y no había ni rastro de él.
Ni una marca que le recordase el terrible encuentro con los anti-alquimistas.
—Gracias por venir, mi señor —le dijo Zelmira con las pestañas aún cubiertas de aquella sustancia—. Quería agradecerle haberme ayudado a regresar a la torre y no dejar que cayese en manos de la Alianza de Acero.
—Solo hice lo que creí que debía hacer. No iba a dejar que se te llevaran, no podía permitirlo —dijo él haciendo alarde de su galantería de caballero.
—Como dijo sir Moonstone, no teníais por qué inmiscuiros en nuestros asuntos —respondió la doncella, acercándose con pasos silenciosos, casi flotantes—.
Ahí fuera, en las calles de Arkanhold, me defendiste.
Sabías lo que era, y aun así… no apartaste la mirada y no flaqueaste.
Me llamaron engendro y tú les plantaste cara. Eso es ser muy valiente.
Albion desvió los ojos, incómodo ante la pureza de aquel artificio tan bello, pero también por la delicadeza del momento, al estar Zelmira completamente desnuda con solo una toalla que le cubría los hombros.
—Nadie debería ser condenado por el simple hecho de no ser como todos los demás. O no ser capaz de comprender la naturaleza de tu existencia —citó Albion.
Ella extendió una mano hacia él, temblorosa. Su piel parecía tibia, viva, aunque bajo la superficie se adivinaba el pulso artificial de los fluidos alquímicos que recorrían su cuerpo y que la habían restaurado.
—Entonces entiendes lo que la alquimia es capaz de hacer, ¿verdad? —comentó ella.
Albion tomó su mano. Fue un gesto instintivo, humano, y el contacto lo estremeció al instante, sentía su calor, su respiración pausada, su mirada serena.
En ese instante, comprendió que aquel ser —a medio camino entre lo humano y lo divino— encarnaba el dilema mismo de los fundamentos en los que la alquimia se basaba: la línea invisible entre el milagro y la blasfemia.
Entre la perfección y la imperfección, tal y como Cloud Blanchester había anotado en su ejemplar del Arkanomicón.
—Eso trato de entender... —admitió Albion.
—Veo algo maravilloso en ti, sir Soligant —intervino Stella—. No eres como los otros caballeros que viajan contigo, o al menos no como todos. Zelmira me ha contado lo que sir Registhorn y tú sentís el uno por el otro. Un sentimiento muy bello, si me permites el atrevimiento.
—Gracias, novicia Stella —le agradeció Albion, aunque era muy consciente de que aquel solo era el nombre que había adoptado como un subterfugio, un título que le habían impuesto para despojarla de quien realmente era: una Arkanides.
Ella sonrió y un brillo fugaz cruzó sus ojos; daba la sensación de que en su interior se estaba encendiendo una chispa de auténtica emoción.
—Los anti-alquimistas aseguran que los artificios que creamos no tienen alma, que solo son recipientes. Aberraciones de la naturaleza, pero si es así… ¿cómo podría Zelmira estarte tan agradecida?
El silencio se adueñó de la sala. Solo el zumbido de los mecanismos y el susurro del vapor llenaban el aire.
—Supongo que la alquimia puede dar vida... —meditó Albion unos instantes.
—Como se supone que hace vuestro Deus , al que adoráis y rezáis sin dudarlo. Por tanto, ¿qué opinión te merece la alquimia, sir Soligant? —le preguntó Stella.
Aquella pregunta sorprendió a Albion. Sabía que su respuesta jamás saldría de aquel laboratorio y que, tanto Stella Noctis como su doncella Zelmira, guardarían el secreto de lo que él opinaba realmente.
—Creo que la alquimia es la que mueve realmente la Orden de Luxtenebris, aunque la disfrazan de milagros provenientes de Deus . Es todo una mentira, ¿verdad? Nada de lo que dicen la luminatriz Morningstar y la oscuratriz Von Dusk es cierto... ¿no?
Stella se acercó a él y le cogió de las manos.
—Sé mi aliado en este viaje que estoy a punto de emprender, Albion Soligant. Si no cuento con ningún apoyo allí en Cair Galad, jamás regresaré con vida —le pidió la falsa novicia—. ¿Puedo confiar en ti?