Los Caballeros de Galanthus NUEVE
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NUEVE

De cuando las consecuencias de haber salido en mitad de la noche amenazan con poner en peligro la permanencia de Albion en la Orden.

I

Albion no podía dejar de pensar en el beso que Darclan y él se habían dado.

En sus labios húmedos y tiernos, en cómo lo había cogido con delicadeza y en las mariposas en el estómago que había sentido al darle su primer beso a alguien.

A otro chico. En el fondo, Albion se sentía muy feliz, pero no podía llegar a imaginar las consecuencias de aquello, ni si Jetson o Luther los delatarían a sus Grandes Maestres.

La relación entre los hermanos Registhorn no era nada buena, pero Jetson no parecía enfadado por el hecho de haberlos descubierto besándose, sino porque habían salido en mitad de la noche y Zelmira los había llevado hasta aquel club, que al parecer él no aprobaba.

Por otro lado, Albion y el escudero Luther no eran amigos, aunque su pacto de no revelar lo que realmente le ocurrió a sir Blanchester todavía los unía de alguna manera.

Albion sabía que, de tener la oportunidad, Luther Quellcrist estaría más que dispuesto a ocupar su lugar, pero por suerte, seguía contando con el favor del Gran Maestre Endymion.

Tras echarse un rato a descansar en sus aposentos y apenas poder dormir un par de horas por la emoción de todo lo vivido, Albion decidió salir a buscar a sir Braithwhite.

Recorrió el pasillo en busca del dormitorio que le habían asignado, pero cuando llamó a la puerta, no obtuvo respuesta, lo que significaba que no debía estar en el interior.

Cuando se volvió y miró en dirección opuesta, lo vio salir del dormitorio de Luther. Las miradas del caballero y el escudero se cruzaron y Albion pudo atisbar que el temor a delatarle se había hecho realidad.

«Maldito bastardo de Quellcrist, se ha chivado a Braithwhite», pensó Albion.

El Gran Maestre le puso una mano en el hombro a Luther y le ordenó que volviera adentro. Una vez hubo cerrado la puerta de sus aposentos, Endymion empezó a avanzar hacia Albion con paso decidido.

—He ido a hablar con usted, pero no lo he encontrado en su dormitorio —le dijo él.

—Luther tenía algo importante que contarme...

Relacionado con lo ocurrido esta noche en un club de la ciudad.

Dice que no lo vio con sus propios ojos, pero que, al parecer, ocurrió algo entre sir Darclan Registhorn y usted, sir Soligant —le dijo Endymion sin andarse con evasivas.

Como si le lanzara un jarro de agua fría sin previo aviso.

—Comprendo... Me ha delatado... —admitió Albion con calma aparente.

—No le culpo, ha hecho lo que se espera de cualquier escudero con ínfulas de querer ascender a caballero —reconoció Endymion—.

Pero debes saber, mi querido Albion, que la fraternidad entre hermanos de la Orden es una virtud también y Luther Quellcrist es una persona sin escrúpulos, por eso nunca lo elegí para ocupar el lugar de Blanchester.

De un caballero se espera que sepa cubrirles las espaldas a sus hermanos.

Y sé que el escudero Luther jamás lo haría por ninguno.

—Entonces, maestro... eso sería como mentir. Ocultar la verdad por el bien de tus hermanos... ¿no?

—En cierto modo sí, pero vivimos tiempos difíciles en la Orden, y no podemos permitirnos el lujo de perder a otro caballero. No a uno tan bueno como tú —le aseguró Endymion, sonando un poco condescendiente.

Aquello sorprendió a Albion.

—Me gustaría poder explicarle lo que ha ocurrido, que conozca los detalles por mí, y no por lo que Luther creyó entender o lo que su mente ha maquinado —le pidió él.

—Por supuesto, si es lo que necesitas... —repuso Endymion—, un maestro también tiene que saber escuchar.

Sir Braithwhite le invitó a entrar en sus aposentos y Albion lo siguió al interior .

Las ventanas arqueadas filtraban la luz del día a través de cristales emplomados que representaban escenas de damas y caballeros de tiempos antiguos, similares a vidrieras, y los rayos del sol se refractaban en los tubos de cobre y los espejos de latón de la salita anexa.

Cada superficie brillaba con el lustre de los metales pulidos, pero el aire conservaba un olor antiguo: incienso y aceites esenciales.

Seguramente, Endymion también debía haber aprovechado para darse una larga ducha.

La calma del maestro contrastaba con la turbación del discípulo.

Albion estaba de pie frente a una mesita con un jarrón lleno de flores, con la cabeza gacha a causa de la vergüenza de confesarle sus sentimientos por Darclan a su maestro.

Sus guantes reposaban sobre la madera oscura, y su respiración era lenta, contenida.

Endymion se limitaba a observarlo desde el otro lado, envuelto en su túnica blanca, que solo usaba cuando estaba en la intimidad de su alcoba en la torre de Alabashtra.

—No sé por dónde empezar... —reconoció el caballero.

—Empieza por el principio, por ese club al que Zelmira os llevó —dijo él finalmente, con voz serena—. Debes saber que lugares como ese no son desconocidos para la Orden, aunque preferimos fingir lo contrario.

Albion asintió apenas, evitando mirarlo directamente.

—Ese no fue el principio, sino mucho antes. Desde el primer momento que vi a Darclan supe que había algo en él que me atraía. No fue premeditado, mi señor. Sir Registhorn y yo… no lo planeamos. Todo fue… —se interrumpió, buscando las palabras adecuadas—. Un impulso.

El Gran Maestre entrelazó los dedos y lo miró con ojos cansados, aunque no había ira en ellos. Solo comprensión, ya que él también sabía muy bien lo que era amar a otro hombre, a sir Ivoriel Edelweiss, y una sombra de nostalgia, por haber amado al padre de Albion, Godric Soligant.

—Los impulsos no son ajenos al alma humana, querido Albion. Ni siquiera a las almas consagradas al deber.

El joven alzó finalmente la mirada.

—Pero somos caballeros juramentados, mi señor. Hemos roto el voto de pureza y castidad de la orden —se sintió culpable, pero liberado a la vez por revelarle aquello a Braithwhite.

—¿Pureza? —repitió Endymion con una leve sonrisa amarga—.

¿Realmente cree que los caballeros luminoscuros somos puros?

Ese voto fue hecho por hombres que temían al fuego que habita en su propio pecho.

No es pureza lo que necesitamos, sino la paz que nos invade cuando uno se acepta tal y como es.

Y Darclan y tú os habéis aceptado. Del mismo modo, dudo que fuese un impulso lo que os llevó a encontraros el uno al otro, sino algo más puro.

El silencio cayó entre ambos, denso como el vapor que ascendía desde las tuberías de la torre. Albion se atrevió a dirigirse sin tapujos a su maestro.

—Sir Braithwhite… ¿usted alguna vez…?

Endymion lo observó como si llevase mucho tiempo queriendo confesar algo también y su expresión cambió al momento.

Por un instante, pareció debatirse consigo mismo, las palabras que estaba a punto de pronunciar habían sido guardadas durante demasiados años, los mismos que Albion llevaba en Alabashtra siendo escudero.

—Tu padre… —dijo al fin, en voz baja—. Era alguien de una nobleza que muy pocas veces se ve en un hombre.

Era impetuoso, brillante… y muy parecido a ti en muchos aspectos.

Cuando éramos jóvenes, como lo sois Darclan y tú, los dos traspasamos esa línea que a dos hombres no se les está permitido transgredir.

Albion frunció el ceño, confundido.

—Quiere decir que entre mi padre y usted... ¿hubo algo como lo que Darclan y yo tenemos?

—Mucho más de lo que imaginas —respondió Endymion, sin apartar la vista del ventanal—.

Nos unió algo que iba más allá del amor.

Nuevos ideales. Éramos jóvenes… creíamos que podíamos cambiar el mundo demostrándole a todos que una relación entre dos hombres era igual de válida que la de un hombre y una mujer.

El dinero de tu padre nos ayudó a poder luchar en contra de la sociedad de Cair Galad, pero la fe establecida por la Orden no perdonaba las desviaciones.

—¿Y qué pasó para que se separaran? ¿Cómo conoció a mi madre y decidió formar una familia con ella?

—Ni todo el dinero que la Casa Soligant poseía era capaz de detener la doctrina Luminoscura, así que Godric decidió guardar silencio. Él eligió seguir el camino de lo que se esperaba de él, como has dicho, el matrimonio con una mujer y formar una familia. Y yo… decidí el exilio del corazón.

—¿Y se unió a la misma Orden que no veía con buenos ojos cómo era usted en realidad? —se sorprendió Albion.

—Decidí que para comprender mejor quién era, debía conocer a ese Deus que negaba mi mera existencia. Y yo no era el único que pensaba así, en la Orden encontré a otros como yo, como nosotros...

Albion permaneció inmóvil. Sintió un nudo en el pecho, una mezcla de incredulidad y compasión.

—Entonces… ¿usted sabe lo que se siente? —murmuró.

Endymion asintió lentamente.

—Sé lo que significa amar y temer al mismo tiempo.

Sé lo que es mirar a otro hombre y reconocer en él el reflejo de todo lo que el mundo te prohíbe.

—El Gran Maestre se acercó a Albion, caminando hasta quedar frente a él.

Lo miró a los ojos con la solemnidad de un padre que revela un secreto demasiado grande para el peso de su voz, o así lo sintió el caballero.

En cierto modo, Braithwhite era lo más próximo a una figura paterna que él tenía en aquel momento de su vida—.

No temas lo que sientes, Albion. El amor no es una impureza, es la materia prima de toda creación.

Incluso la alquimia se basa en eso: unir dos fuerzas opuestas para alcanzar lo divino.

Desde que hemos llegado a este lugar, lo veo cada vez más claro.

La doctrina Luminoscura está fundamentada en la alquimia y sé que tú también te has dado cuenta.

—Así es, maestro... —le confesó él—. ¿Pero qué dirá la luminatriz Hemera si descubre lo que Darclan y yo hemos hecho? ¿O si sospechan de las cosas que nosotros hemos descubierto aquí?