OCHO #2
—¡Por todos los cielos, Zelmira! ¡Menudo susto nos has dado! —exclamó Albion. La mano de Darclan todavía reposaba sobre la de él, no la había quitado por miedo a no saber cuándo podría volver a tocarlo de nuevo.
—Tal vez puedas ayudarnos, Zelmira... —le dijo Darclan—. Nos gustaría salir de Hyperion y ver la ciudad.
—Si desean ver la ciudad —dijo con un tono casi musical—, este sería el momento adecuado. Los vigías de la torre cambian de turno en breve, y yo podría acompañarlos si quieren... No sería prudente dejarlos a solas en una ciudad desconocida.
Darclan arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Nos estás invitando a escapar?
La doncella apenas se inmutó.
—Yo prefiero considerarlo más bien como una guía a través de Arkanhold en lugar de un escape. Las calles están llenas de vida esta noche, y algunos secretos solo se revelan bajo el vapor y la lluvia.
Sin duda, era lo que ambos esperaban poder lograr aquella noche, aunque no contaban con la presencia de una carabina como Zelmira en su escarceo nocturno. Albion dudó, pero el brillo en los ojos de Darclan fue suficiente para convencerlo.
En cuestión de minutos, los tres descendieron por una escalera de servicio iluminada por tubos de gas azul.
Las paredes vibraban con el pulso de las calderas principales de Hyperion, y el aire se volvía más cálido a medida que bajaban por la escalera hasta llegar a un ascensor de servicio, que los conduciría hasta una de las salidas no vigiladas.
Tras un largo descenso desde la planta treinta, por fin emergieron a una calle lateral de la torre, en el Distrito del Carbón, donde el suelo temblaba con el paso de los tranvías neumáticos y el aire olía a aceite, hierro y lluvia reciente.
La doncella caminaba unos pasos por delante de ellos, sus talones resonaban con precisión rítmica y, a cada farol que pasaban, su brazalete brillaba en sincronía, como si se comunicara con la ciudad misma.
Las calles estaban llenas de inventores, obreros, músicos ambulantes y mercaderes de elixires.
En los escaparates se exhibían artefactos imposibles: relojes que medían el tiempo que les quedaba de vida a aquellos lo suficientemente valientes como para comprarlos, prismas que destilaban luz incandescente, frascos de cristal que contenían nubes en miniatura.
En los balcones de las casas, Albion y Darclan vieron a familias cenando ricos manjares tras una larga jornada de trabajo en alguna fábrica; un gato blanco con los ojos del color de los rubíes se escabulló entre las sombras por delante de ellos
—¿Has visto a ese gato que se ha escondido? Tenía los ojos rojos... —observó Albion.
—Es a causa de alguna sustancia alquímica que se habrá comido sin querer. A veces suelen crear algún efecto adverso en aquel que entra en contacto con ellas —les explicó Zelmira.
Albion miraba todo con fascinación infantil, como la que había demostrado Luther Quellcrist desde que partieron de Silverhall en la locomotora de vapor, pero también con una emoción más íntima, porque sabía que estaba compartiendo aquel instante con Darclan, lejos del peso de sus uniformes y del eco solemne de los juramentos de los luminoscuros.
—¿Puedes ver lo mismo que yo, Albion? —le dijo sir Registhorn, riendo suavemente mientras la lluvia comenzaba a caer en finas gotas sobre sus trajes anodinos.
Por una vez, solo eran dos chicos jóvenes, no caballeros de las Fuerzas Lux y Tenebris—.
Hyperion no es solo una torre de acero y metal, es el corazón de la ciudad. Y nosotros…
—Nosotros hoy tenemos la oportunidad de contemplarlo —completó Albion, mirándolo fijamente.
La doncella Zelmira se volvió entonces y en sus labios se dibujó una sonrisa que podrían haber interpretado como ligeramente maliciosa.
—Esta ciudad tiene la costumbre de revelar verdades a quienes se atreven a salir de las convenciones —dijo mirando primero a Albion y luego a Darclan—. Pero cuidado… Arkanhold siempre cobra un precio por cada deseo cumplido.
Siguieron caminando hasta llegar a una plaza circular, donde una fuente alquímica lanzaba chorros de agua luminosa que flotaban unos segundos en el aire antes de volver a caer, transformados en vapor dorado.
La música de una banda callejera, tocada por instrumentos de cobre, llenaba el ambiente de una alegría melancólica.
Albion y Darclan se detuvieron allí, bajo el resplandor de la fuente, observando cómo la luz jugaba entre las gotas de lluvia y el vapor.
Por un instante, el mundo pareció detenerse de nuevo, ni la Orden, ni el deber, ni el mañana existían para ninguno de los dos.
Solo el murmullo de la ciudad viva y la presencia del otro, tan cercana, tan inevitable.
Albion tuvo ganas de rozar la mano de Darclan del mismo modo que había hecho él en el balcón de su dormitorio, podría haberlo hecho, pues allí en aquella plaza no eran dos caballeros de la Orden de Luxtenebris, solo dos viajeros extraviados.
—Quiero tocarte del mismo modo que tú me has tocado en el balcón —le confesó Albion, sonrojado por la vergüenza de confesar tal cosa a su amigo.
—Hazlo si es lo que deseas, no me pidas permiso... —le respondió Darclan.
Albion le dio la mano y los dos entrelazaron sus dedos.
La doncella Zelmira, a unos pasos, observaba en silencio.
El reflejo de la fuente se proyectaba sobre su rostro como una constelación perdida.
Sabía, como la mayoría de las mujeres de Arkanhold, y en especial aquellas que servían en la torre de Hyperion, que la alquimia más pura de todas, la transmutación de la obediencia en deseo y del deber en placer, era el amor.
—Todavía hay mucho que ver, si os complace seguirme... —les dijo Zelmira.
—¿Adónde nos quieres llevar exactamente? —le preguntó Darclan, sin poder evitar una sonrisa escéptica mientras seguía aferrado a la mano de Albion sin ser capaz de soltarse de él.
—A un lugar donde las máscaras pesan menos —respondió la doncella, sin volverse—. Y donde las almas, si se atreven, se funden como metales al rojo vivo.