OCHO
De cuando la ciudad de Arkanhold se convierte en un lugar peligroso cuando los caballeros deciden salir a explorarla.
I
Albion sabía que el viaje que pronto emprenderían de nuevo no sería únicamente de regreso a casa, sino el principio de algo mucho más vasto y peligroso.
Había demasiadas cosas en todo aquel asunto que no encajaban por sí solas y solo tenía que pararse atentamente a observar a su alrededor para darse cuenta de ellas.
Sin duda, se encontraba frente a una conspiración que el propio sir Blanchester había intuido a través de sus visiones y las pocas investigaciones que le habían dado tiempo a realizar.
Justo antes de que lo matasen, seguramente para acallarlo.
Tanto Darclan como él corrían el mismo riesgo, pero habían llegado demasiado lejos para detenerse y, ahora que conocían mejor Arkanhold, los dos sabían que las mentiras de la Orden eran más que evidentes.
Hyperion y la novicia Stella Noctis eran la prueba irrefutable de que sus líderes no les habían dicho la verdad sobre la misión.
Estaban rodeados por la alquimia que estaba terminantemente prohibida en Cair Galad, pero por algún motivo, los Grandes Maestres la pasaban por alto. Darclan y él no podían hacerlo.
La novicia no era, ni mucho menos, lo que les estaban haciendo creer. Ella era una fuerza incontrolable, alguien que era capaz de muchas cosas, pero Albion dudaba de que pudiese hablar en nombre de Deus . Seguramente, aquella era la mentira más descarada de todas.
Mientras tanto, Albion había decidido aprovechar su estancia en la torre para disfrutar de las comodidades que, ser huéspedes de allí, les brindaban.
Se encontraba en la habitación que la doncella Zelmira le había asignado, en el piso treinta.
Lo único que había deseado prácticamente desde que salieron de la torre de Alabashtra era poder darse un baño, así que aprovechó para relajarse un poco.
El vapor llenaba lentamente el baño, desdibujando los contornos del mármol oscuro y del metal bruñido.
Era un pequeño santuario de modernidad y misterio: una joya de ingeniería donde el lujo y la alquimia se entrelazaban con elegancia.
Las paredes estaban revestidas con azulejos esmaltados de un tono verde profundo, cada uno grabado con escenas pintadas a mano —una artesanía exquisita—, que, al contacto con el calor, desprendían una luz tenue, como si las pinturas mismas reaccionaran al vapor.
En el centro, se encontraba la ducha —una estructura de latón y cobre con tubos serpentinos y válvulas de cristal—, que resoplaba como una criatura viva.
El agua, al caer desde un anillo perforado suspendido en lo alto, brillaba con reflejos dorados; había sido tratada con una sustancia alquímica que purificaba la piel y dejaba en el aire un aroma a hierbas destiladas.
Albion creyó que estar allí era lo más parecido a disfrutar de los lujos de los que disponía un emperador.
Al accionar una de las válvulas, un zumbido recorrió el circuito.
Pequeñas columnas de vapor brotaron de las juntas y el agua comenzó a fluir.
Albion se colocó bajo la ducha, dejando que el calor envolviera su cuerpo joven y tenso.
Sintió el peso de todo el viaje disolverse entre las gotas, que parecían caer con una cadencia musical.
El agua descendió resbalando por los músculos del cuello y los hombros hasta desaparecer entre la espuma perfumada.
A través del espejo empañado, apenas se intuía su silueta: una figura bañada en luz y vapor, más espectral que humana.
Albion cerró los ojos y se imaginó a Darclan dándose una ducha como él.
Incluso, se lo imaginó brevemente allí mismo, a su lado.
Aquello logró excitarle, pensar en sus cuerpos desnudos bañados por las aguas de la ducha alquímica.
Por un momento, la torre de Hyperion, la Orden y sus juramentos parecieron desaparecer.
En su lugar, solo existía el murmullo del agua cayendo y el pensamiento —inevitable, insistente— de Darclan Registhorn.
Ese pensamiento tan íntimo se deslizó dentro de él como una corriente más caliente que el agua misma, confusa y necesaria, y no pudo evitar pasar sus manos por su cuerpo y fingir que eran las de Darclan las que recorrían cada una sus curvas.
De pronto, abrió los ojos y empezó a respirar profundamente a causa del aire saturado de vapor.
En la pared, una serie de tubos de vidrio se iluminaron con un resplandor tenue, midiendo su temperatura corporal y el ritmo de su corazón.
La ducha se detuvo automáticamente y el agua dejó de caer por todo su cuerpo.
Con el flujo de agua cerrado y el sonido de la ducha mitigado por los latidos de su corazón, Albion decidió salir de allí y secarse.
El vapor persistía, danzando en volutas que se alzaban hasta perderse entre los tubos de ventilación del techo.
Tomó una toalla blanca bordada con el emblema de la Casa de Arkanides —un círculo con un triángulo en su interior y, a su vez, un cuadrado con otro círculo— y la pasó por su piel aún brillante por las esencias que acompañaban el agua.
Al hacerlo, notó un leve temblor en sus manos, una mezcla de deseo y anhelo por haber pensado en Darclan de ese modo tan íntimo.
Levantó la mirada hacia el rincón del baño y un espejo de bronce lo devolvió a su realidad: el reflejo de un caballero que empezaba a cuestionar todo su mundo y quién era.
Se vistió con ropas más ligeras —una camisa blanca, un chaleco de viaje, botas de cuero encerado— y se deshizo, por una vez, de su uniforme blanco de la Fuerza Lux.
Estaba dispuesto a ir en busca de Darclan y pasar la noche juntos, tal vez fuera de la torre si lograban el modo de escabullirse de Hyperion.
Antes de salir de sus aposentos, volvió la mirada hacia la ducha.
El anillo de cobre aún goteaba lentamente, como si el agua —o quizá la máquina misma— guardara memoria de lo que acababa de sentir bajo ella.
Respiró hondo, cruzó el umbral de la puerta y se internó en los pasillos de la torre, de camino a la habitación de Darclan.
Fuera, la noche había descendido sobre Arkanhold con su habitual manto de vapor y oscuridad iluminada por globos de luz que flotaban por el aire.
Desde las alturas de la Gran Torre, la ciudad se extendía como un organismo viviente: un laberinto de acero, humo y luz.
Las calles inferiores hervían con el rumor de cascos de caballos y ruedas dentadas de los carruajes que arrastraban; los raíles eléctricos dibujaban destellos azules sobre el empedrado mojado por la llovizna, y en los cielos, unas góndolas aéreas impulsadas por velas —como las de los dirigibles aerostáticos— cruzaban lentamente entre las torres, con faroles que titilaban como luciérnagas mecánicas.
Albion llamó insistentemente a la puerta de Darclan y este se la abrió con impaciencia. Tenía el pelo mojado, pero ya se había vestido con otra ropa que tampoco era la del uniforme de la Fuerza Tenebris.
—¿Quieres salir a explorar la ciudad conmigo? —le preguntó Albion.
—No te lo vas a creer, pero te iba a sugerir lo mismo... —reconoció Darclan, ilusionado por la idea de poder pasar tiempo juntos fuera de las miradas de sus compañeros de la Orden—. Ven, pasa... Quiero enseñarte las vistas desde el balcón de mi dormitorio.
—Mi habitación no tiene balcón —se quejó Albion.
Los dos caballeros cruzaron los aposentos y salieron al balcón para, simplemente, observar en silencio el paisaje nocturno de Arkanhold que se extendía ante ellos.
Albion se aferró a la barandilla de hierro ornamentado, mientras la bruma de vapor le rozaba el rostro. A su lado, Darclan lo observaba con una mezcla de curiosidad y preocupación, aunque la segunda empezaba a disolverse en una sensación nueva, más peligrosa y dulce.
—Me ha dicho Zelmira que desde aquí se puede ver toda Arkanhold —murmuró Darclan sin apartar la vista del horizonte, donde los rascacielos se mezclaban con los tubos de humo y los engranajes gigantes de los astilleros—.
Pero yo solo veo torres apiñadas unas al lado de las otras. Parecen no tener fin.
Albion sonrió, inclinándose hacia adelante para poder mirar por el balcón mejor.
—Es demasiado abrumador, ¿no crees?
—Ve con cuidado, Albion, no te inclines tanto sobre la barandilla. Estamos a demasiada altura —se preocupó Darclan.
—¿Tanto te preocupas por mí? —le respondió Albion, coqueteando sin poder evitarlo.
Un silencio se extendió entre ambos. El viento arrastraba el sonido lejano de los silbatos de vapor y el canto metálico de las góndolas aéreas. Las luces anaranjadas de los faroles del balcón titilaban sobre sus rostros.
Darclan se volvió hacia él.
—Albion… —empezó a decir, pero vaciló al instante—. ¿Nunca sientes que te oxidas por dentro? Como si la Orden nos mantuviera en su maquinaria, girando, pero sin avanzar realmente. No sé si me explico... —reconoció él.
—A veces —admitió—. Aunque intento no hacer demasiado caso y avanzar por mi cuenta, ya lo sabes... —le dijo Albion.
Sin quererlo, las palabras de Albion hicieron sonreír a Darclan, que bajó la cabeza y esbozó una sonrisa con timidez. Cuando reaccionaba de ese modo, podía ver en él esa inocencia perdida a causa de lo que le había ocurrido con su padre y su hermano.
—Empiezo a pensar que la libertad no se encuentra en los juramentos, sino en lo que elegimos romper —le confesó Darclan.
—¿A qué te refieres? —dudó Albion.
—A nosotros dos... —musitó Darclan, rozando su mano con la de Albion encima de la barandilla.
Fue entonces cuando, desde las sombras de la habitación de Darclan, una figura se deslizó con paso silencioso. La doncella Zelmira se había colado en los aposentos para preguntarle si podía hacer algo por sir Registhorn, pero en lugar de encontrarlo a solas, lo hizo acompañado de sir Soligant.
—¿Puedo ayudarles en algo, mis señores? —les interrumpió ella.