Los Caballeros de Galanthus SIETE #3
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SIETE #3

El carruaje avanzó traqueteando sobre los adoquines del bulevar central, flanqueado por raíles elevados y tuberías de vapor que corrían como venas a lo largo de las calles.

A cada giro de rueda, el paisaje urbano parecía volverse más ambicioso, más desmesurado, como si la arquitectura compitiese por tocar el cielo antes de que el propio mundo estuviese preparado para ello.

Tal vez, por ese motivo, habían bautizado a esos edificios de ese modo.

Finalmente, tras atravesar un arco monumental decorado con estatuas de inventores y hombres con túnicas —con sus nombres grabados en placas de cobre—, el carruaje emergió ante la plaza donde se erguía la Gran Torre de Hyperion.

Albion asomó la cabeza por el ventanuco del carruaje y la visión lo obligó a inclinar la cabeza hacia atrás.

La torre dominaba las alturas con una autoridad incuestionable, como un monolito de acero y piedra nacido de un sueño demasiado vasto para la imaginación de un solo hombre.

Era la torre más alta de todo Arkanhold, el núcleo de la ciudad.

Se elevaba con un estilo nunca antes visto, imitando la majestuosidad de los antiguos templos, con arbotantes de hierro remachado que abrazaban las paredes exteriores, mientras que seres alados mecánicos con ojos de cristal vigilaban desde las cornisas, moviendo sus alas gracias a algún mecanismo similar al de los soldados autómatas del emperador, en intervalos precisos como si fuesen a emprender el vuelo en cualquier momento.

La base del edificio estaba revestida de piedra caliza finamente tallada, con relieves que narraban la historia reciente del surgimiento de Hyperion: huelgas obreras, la coronación del vapor cual fuerza motriz de la ciudad y el nacimiento de una ciencia moderna como nuevo estandarte del progreso.

La palabra «alquimia» volvió a surgir en la cabeza de Albion.

¿Y si todo aquello estaba relacionado con ella?

¿Y si la alquimia había hecho posible todas aquellas maravillas de las que estaban siendo testigos?

Pero cuanto más ascendía la torre, más la dominaba el metal.

Las ventanas se multiplicaban, estrechas y alargadas, recordando a los vitrales de los antiguos castillos, pero allí las vidrieras eran de cristal reforzado y teñido con tonalidades de cobre y azul eléctrico, reflejando la luz como si la estructura estuviera hecha de cielo líquido.

En la cúspide de la torre se alzaba una aguja de bronce coronada por una enorme antena, cuyos filamentos chisporroteaban con alguna clase de energía.

Los rumores que circulaban por la ciudad hablaban de que captaba corrientes eléctricas de la atmósfera —especialmente cuando había tormentas— y las almacenaba en enormes condensadores ocultos en los niveles inferiores, un conocimiento que pocos podían confirmar y muchos temían.

El carruaje se detuvo frente a la escalinata principal.

A ambos lados del acceso principal a Hyperion, estatuas de los mismos hombres encapuchados que Albion ya había visto, sostenían herramientas que no supo para qué servían.

Un alambique, para la destilación de sustancias mediante calor y vapores.

Un crisol, resistente al fuego para fundir metales y minerales, un vaso cornudo, sellado y usado para la putrefacción de sustancias.

Y viales y ampollas para almacenar elixires, tinturas, esencias o piedras alquímicas.

Albion había visto varios de esos objetos mientras leía los libros de la biblioteca, pero no había tenido tiempo de profundizar en sus usos.

Los caballeros de la Orden de Luxtenebris descendieron del carruaje y el contraste entre sus capas tradicionales y el bullicio mecanizado del entorno resultó casi poético.

—Hyperion —anunció el cochero, aunque era evidente que aquella se trataba de la torre que buscaban solo por su magnificencia. Si realmente existía una Mesías en su interior, no podía estar en otro lugar que no fuese aquel—. Serán doce monedas de plata.

Aquella vez, Endymion decidió pagar por los servicios prestados, especialmente porque los caballos estaban exhaustos tras tener que transportar tanto peso. Le pagó con las monedas y empezaron a bajar los arcones entre todos.

—Hemos llegado... ¿puedes creerlo, Albion? —le dijo Darclan, emocionado como un niño pequeño cuando recibe un regalo muy deseado.

—Parece increíble, ciertamente... —masculló Albion. Pensó en que a su hermana Alva le hubiese fascinado estar frente a aquella monstruosa torre y seguramente no hubiese podido resistirse a hacer algún comentario mordaz—. No tengo palabras...

La gran puerta de bronce de la torre se abrió con un siseo hidráulico, revelando en su interior un vestíbulo iluminado por lámparas eléctricas que colgaban como círculos solares invertidos.

Un mayordomo mecánico de rostro humanoide y engranajes visibles se inclinó en señal de bienvenida, invitando a los caballeros a adentrarse.

Pero lo que más les llamó la atención fue ver a un hombre que se abrió paso al lado del mayordomo y salió a recibirlos.

—¡Bienvenidos! —exclamó. Vestía de riguroso negro y su aspecto les recordó mucho a los caballeros de la Fuerza Tenebris o, mejor dicho, a la oscuratriz Sinistra Von Dusk—. Corrían rumores de vuestra llegada, así que creíamos que vendríais en primer lugar aquí... al hogar de la Casa de Arkanides.

Albion y Darclan se miraron el uno al otro.

—¿Casa de Arkanides? —mascullaron al unísono.