SIETE #2
A su izquierda, otro edificio captó su atención: un colosal templo civil destinado —según decía un cartel en letras de bronce— a «La Hermandad de Ingenieros y Arquitectos de Arkanhold».
Sus columnas recordaban a los antiguos salones ceremoniales de la Orden, pero aquí estaban fusionadas con engranajes, válvulas y ornamentación metálica que hacía que la estructura pareciera un santuario donde lo sagrado y lo científico se abrazaban sin conflicto.
Sobre la puerta principal, un enorme compás y un martillo cruzado coronado por un ojo de cristal azul parecían observar a cada transeúnte con conocimiento profundo.
Las calles bullían de vida. Carruajes tirados por caballos compartían espacio con vehículos autopropulsados por motores de vapor; señoras elegantemente vestidas protegían sus sombreros del hollín que caía desde los raíles aéreos con parasoles; obreros cubiertos de grasa conversaban animadamente con comerciantes recién enriquecidos gracias al auge del acero y la fortuna ganada en Silverhall y en las ciudades del norte, como Brightcliff, Oathgate o Shineridge, que habían progresado de igual forma que la propia Arkanhold.
Por doquier hervía una sensación palpable: allí podía ocurrir cualquier cosa.
Los seis caballeros avanzaron entre la multitud, con sus capas ondeando ligeramente como vestigios de una época que parecía desvanecerse ante sus ojos.
Sin embargo, no pasaron desapercibidos: la mezcla de sus uniformes impolutos y refinados, junto a los símbolos de su Orden, contrastaba con los atuendos modernos de los habitantes de la ciudad.
Un niño con una boina y manos manchadas de tinta de imprenta los observó con maravilla, igual que si acabara de salir de una novela de aventuras.
—No dejéis que las maravillas de este lugar os tienten, caballeros —les dijo Erebus—. No olvidemos por qué hemos venido. —Aunque su voz le traicionó con un ligero matiz de fascinación.
—Lo recordamos —respondió sir Jetson Registhorn—, pero… ¿quién podría ignorar lo que está ocurriendo aquí?
—Nosotros —le aseguró su maestro—, no hemos venido aquí para explorar Arkanhold, por mucho que nos sorprenda. Todos sabéis el motivo de nuestra cruzada.
Mientras buscaban un carruaje libre que poder contratar, el sol comenzó a ponerse. La luz dorada se reflejó en los ventanales de los rascacielos, y por un instante pareció que las torres ardían en fuego líquido.
Albion dudó una vez más de aquella misión. Los caballeros de la Orden de Luxtenebris, guardianes de antiguas tradiciones, entraban ahora en un mundo que se construía con hierro, vapor y ambición. Un mundo que, quizás, no necesitaba ya caballeros, como ellos creían.
—¡Disculpe, buen hombre! —exclamó Endymion Braithwhite a un cochero que estaba esperando a algún viajero que lo quisiese contratar—. ¿Sería tan amable de aceptar a estos forasteros?
El cochero le lanzó una mirada desde la parte delantera del carruaje y los analizó concienzudamente. Nunca antes había visto a hombres como ellos, así que solo por eso les hizo un gesto y aceptó llevarlos.
—¿A dónde quieren ir? —quiso saber.
—Vamos a la torre de Hyperion... ¿la conoce? —le dijo Endymion mientras se subía a la parte delantera junto a él.
—Todo el mundo conoce Hyperion, es el corazón de Arkanhold. Todo parte de allí —les explicó el cochero.
Mientras el Gran Maestre Braithwhite conversaba, el resto colocó el equipaje en la parte superior del carruaje.
Una vez estuvo todo subido, Erebus, Albion, Darclan y Jetson entraron en la cabina, mientras que Luther se tuvo que conformar con ir de pie en la parte trasera, como solían ir los lacayos del emperador cuando este salía del Castillo del Trono Carmesí.
El cochero tiró de las riendas y los caballos hicieron ademán de moverse, pero lo cierto era que el carruaje pesaba demasiado a causa del exceso de equipaje.
—¿Se puede saber qué diablos traéis ahí dentro? —maldijo el cochero.
—Armas, mi buen señor y mucha fe... —respondió sir Braithwhite, esbozando una sonrisa amigable—.
Pero el peso solo está en la imaginación de los caballos, si me permite...
—Endymion cogió las riendas de los caballos y utilizó su emanación con ellos, gracias a la cual pudo hacerles creer que el peso del equipaje era ligero y no había razón alguna para no emprender la marcha—.
Las ilusiones normalmente nos limitan, pero yo puedo moldearlas a mi antojo —reconoció el Gran Maestre, solo para que en el instante después, el cochero olvidase lo que había hecho.
El carruaje se puso en marcha de una vez rumbo a la torre de Hyperion.
Atravesaron grandes avenidas llenas de edificios, torres deslumbrantes unas al lado de las otras.
Torres con relojes incrustados en sus cumbres, con plantas que albergaban a personas viviendo o toda clase de negocios que escapaban a la comprensión de unos caballeros versados en la fe como ellos y no en los negocios y la riqueza.