SIETE
Donde se adentran en los misterios de la torre Hyperion y conocen a la Mesías, la cual recibe una oferta difícil de rechazar.
I
La tensión entre los hermanos Registhorn fue palpable durante el resto del viaje, pero ni Darclan ni Jetson volvieron a hacer mención al pasado familiar ni a nada que pudiese ocasionar otra trifulca entre ambos.
Habían decidido ignorarse el uno al otro por el bien de la misión.
En el fondo, Albion lo agradeció, ya era bastante difícil lidiar con todo lo relacionado con la cruzada y la investigación sobre las circunstancias que desencadenaron la muerte de Cloud Blanchester como para que tuviese que estar preocupándose por ellos.
La locomotora de vapor llegó a Arkanhold tras un día entero de viaje y, aunque el compartimento privado les permitió descansar un poco —lo que no habían descansado durante su estancia en la sede de Glassbury—, lo cierto fue que estar los seis allí apiñados tampoco les dejó mucho espacio para la comodidad.
La estación de ferrocarril de la ciudad se alzaba ante los viajeros del mismo modo que un coloso de hierro y cristal, un templo erigido en honor al movimiento, al vapor y a la promesa de un mañana diferente.
A primera vista, recordaba vagamente a las grandes plazas cubiertas que, en otro tiempo, sirvieron como mercados o foros públicos —en Goldmeer todavía quedaban—, pero aquí la sacralidad había cambiado de objeto: ya no se veneraba a emperadores ni a Deus , sino a las máquinas que impulsaban el progreso.
El edificio principal de la estación estaba construido sobre un esqueleto de vigas de acero remachadas entre sí, formando arcos monumentales que se entrelazaban de forma casi titánica.
Grandes paneles de vidrio se extendían entre los pilares metálicos, atrapando la luz del sol y haciéndola vibrar en tonos dorados y ámbar, daba la sensación de que el interior de la estación ardiese con un fuego controlado.
En el interior, el bullicio tenía vida propia.
Altavoces de latón en forma de cornucopia emitían anuncios con una voz mecánica modulada por rudimentarios fonógrafos, que crepitaban con interferencias propias de la tecnología naciente.
Las diferentes plataformas que formaban los andenes estaban iluminadas por farolas de gas que chisporroteaban cada cierto tiempo, rodeadas de halos de vapor ascendente que les daban un aire casi fantasmagórico.
El olor era una mezcla embriagadora de carbón, perfume caro de los viajeros, cuero nuevo, sudor de obrero y papel de periódico fresco.
El aroma mismo de una ciudad en ebullición.
Algunas otras locomotoras, auténticos gigantes de acero, resoplaban en las vías como bestias vivientes.
Sus calderas humeantes parecían corazones palpitantes y algunas estaban adornadas con escudos heráldicos y motivos ornamentales: alas metálicas, cabezas de león mecánicas o figuras mitológicas sosteniendo antorchas.
Entre la multitud, vendedores ambulantes ofrecían desde panecillos calientes rellenos de queso fundido hasta pequeños inventos, mientras que periodistas con gafas de cristal tintado anotaban frenéticamente todo aquello que pudiese convertirse en noticia, gracias a los pasajeros que llegaban o se iban todos los días desde aquel punto.
Aquella estación no era simplemente un punto de tránsito. Era un símbolo. Una frontera entre lo antiguo y lo nuevo, entre las tradiciones aún presentes en la Orden de Luxtenebris —en oriente— y la revolución industrial que rugía a través de cada tornillo —en occidente—.
El tren de vapor llegado desde Silverhall detuvo su avance con un chasquido de válvulas y un bufido prolongado que escupió nubes grises sobre el andén.
Los seis caballeros descendieron uno a uno y quedaron inmóviles ante el espectáculo que se desplegaba ante ellos.
Desde dentro de la estación apenas se podían apreciar las maravillas que les esperaban en Arkanhold, aunque ya se podían hacer una idea clara de que no era una ciudad cualquiera, o la que ellos creían hasta ese momento.
La Tierra Santa se había convertido en la cuna de una nueva era que no tenía nada que ver con Cair Galad y pronto se darían de bruces con una realidad que ninguno esperaba, ni siquiera los Grandes Maestres.
A un lado del vestíbulo, carteles propagandísticos ilustrados con dirigibles, ferrocarriles acorazados y héroes mecánicos proclamaban lemas como «El Vapor es Libertad» y «Hacia el Futuro Marchamos Juntos».
—¿Habéis visto estos carteles? —les dijo Luther—, ¿qué significarán?
—Estamos muy lejos de casa —respondió Erebus—, creíamos que Arkanhold solo era el destino final de nuestra cruzada, pero me temo que acabamos de descubrir una realidad que ninguno creíamos posible.
—Lo mejor será que nos mantengamos juntos, buscaremos el equipaje y lo cargaremos en el primer carruaje que podamos coger. Pediremos al cochero que nos lleve a la torre de Hyperion —sugirió Endymion.
Allí nadie sabía quiénes eran los caballeros de la Orden de Luxtenebris, allí solo eran unos viajeros más, como tantos otros, que partían a Silverhall o llegaban.
Los seis juntos fueron al vagón del equipaje y esperaron pacientes a que el mozo encargado de bajar los arcones les atendiese.
Una vez recuperaron todas sus pertenencias, seis baúles en total, el Gran Maestre Endymion le preguntó al muchacho dónde podían encontrar un carruaje libre.
Este les indicó que en la puerta de la estación acostumbraban a esperar carruajes que poder contratar para viajes, así que cada uno se hizo cargo de su propio arcón como pudo y los caballeros salieron del edificio portando lo que traían del viejo mundo.
Nadie aparte de ellos se hubiese atrevido a llevar cofres tan pesados, ya que allí cualquiera que tuviese la intención de viajar lo hacía con equipaje de mano, maletas de diferentes tamaños donde guardar la ropa y sus enseres personales.
—Creo que todo el mundo nos mira —masculló Albion, no solo por el equipaje, sino por los uniformes, tres vestían de blanco y otros tres de negros.
De pronto, lograron captar la atención de un periodista, que corrió raudo a hablar con ellos.
—Mis buenos señores, no he podido evitar fijarme en ustedes —comenzó a decirles él—, ¿acaso vienen de más allá de las montañas de Silverhall? No tienen pinta de mineros... sino de caballeros. Corren rumores en Arkanhold de unos caballeros que...
Sir Erebus Moonstone le interrumpió.
—No sé quién es usted, ni por qué está haciéndonos tantas preguntas, pero de donde nosotros venimos, las preguntas las hacemos nosotros —le espetó con mala gana.
El periodista anotó aquellas palabras en un cuaderno con una pluma cargada de tinta, demasiado sofisticada para que Moonstone la comprendiese.
—Por sus uniformes, sus capas, las espadas y las armas... Juraría que son ellos... Los caballeros de las leyendas.
—Somos caballeros, mi buen señor, pero para nada leyendas. Estamos muy vivos para considerarnos como tal —le respondió Endymion esta vez.
—¡Oh, comprendo! Pero deben saber que no llegan demasiadas noticias desde la fortaleza del emperador, es como si él no existiese para los habitantes de Arkanhold —les confesó el periodista, desatando la furia de Moonstone.
—¡Blasfemia! ¡Es del emperador Aurelyan de la Casa Galadred de quien estás hablando! —le espetó él—. ¡El emperador de todo Galanthus!
—Puede que Aurelyan sea el emperador de Galanthus, pero aquí en Arkanhold las cosas son un poco distintas... Pronto lo averiguaréis —le respondió el periodista muy ofendido por la acusación de blasfemia.
—Será mejor que no nos metamos en problemas, Gran Maestre Moonstone —le aconsejó Endymion—, no sabemos lo que está pasando aquí ni por qué nadie parece saber quiénes somos.
Es como si la doctrina Luminoscura no existiese para ellos, incluso el emperador no parece tener apenas poder entre esta gente.
Aquella situación no pasó inadvertida para Albion y Darclan, tal vez la conspiración en torno a la muerte de Cloud Blanchester tuviese algo que ver con todo aquello. La Tierra Santa que ellos creían —la que llamaban de ese modo— no parecía ser demasiado sagrada después de todo.
Al salir al exterior de la estación, el aire olía diferente, a carbón ardido, aceite mecánico y lluvia reciente sobre metal caliente.
Una bruma dorada se elevaba entre los edificios, iluminada por farolas de diseño industrial que parecían recién arrancadas de la mente de algún inventor visionario.
El sonido del progreso era inconfundible: martillos neumáticos repiqueteando sin descanso, locomotoras urbanas chirriando sobre raíles elevados y el zumbido constante de máquinas que alimentaban los nuevos prodigios que prometían cambiar el mundo.
La ciudad de Arkanhold estaba en pleno auge, no era la Tierra Santa que la Orden les había hecho creer.
Los caballeros levantaron la vista y vieron, por primera vez, torres que desafiaban el cielo.
Allí los llamaban “rascacielos”, construcciones que se alzaban con la audacia de gigantes modernos, sostenidos por esqueletos de acero visible allí donde los obreros aún trabajaban a decenas de metros sobre el suelo.
Por fin, comprendieron a dónde iba a parar todo el hierro y acero que extraían de las minas de Silverhall.
Al principio, aquella visión abrumó terriblemente a Albion, pues incluso el primer edificio que se toparon de bruces era más imponente que cualquiera de las dos torres gemelas de Cair Galad, más de veinte pisos que apuntaban hacia las nubes como un dedo metálico señalando al mismísimo Deus en el cielo.
Su fachada combinaba piedra tallada con vigas de acero remachado a la vista, y gárgolas mecánicas decoraban las esquinas, exhalando vapor con cada cambio de presión en la maquinaria que recorría su interior.
—Por todos los cielos… —musitó sir Albion Soligant, incapaz de ocultar su asombro.