SEIS #2
Viajar tan lejos de Cair Galad les demostraba que su pequeña fortaleza solo era la cúspide de un imperio que se extendía más allá de las tierras orientales y al que su propio emperador apenas tenía acceso.
La riqueza tanto material como espiritual de Aurelyan Galadred era incuestionable, y todo gracias a la Orden de Luxtenebris, pero fuera de sus dominios más próximos, la gente llevaba una vida totalmente diferente y ajena a la doctrina que se profesaba en las torres gemelas.
El simple hecho de ser consciente de aquello perturbó a Albion terriblemente.
En cierto modo, lugares como Silverhall reforzaban su teoría de que, en Cair Galad, vivían en una burbuja alejada de la realidad, un ecosistema hecho a medida para y por los fervientes fieles a Deus .
Mientras tanto, en la garita del jefe de la estación, los Grandes Maestres llevaban a cabo sus triquiñuelas para conseguir pasajes con destino a Tierra Santa.
—Buen día, señor... —le saludó Endymion—, somos caballeros de la Orden de Luxtenebris, venimos desde la fortaleza del emperador, la ciudad de Cair Galad —anunció él, creyendo que al jefe de estación le iba a importar lo más mínimo.
Pero él ni siquiera les hizo caso, pues estaba contando un buen puñado de monedas con mucho recelo.
El bullicio del andén casi ahogaba la conversación, pero los dos Grandes Maestres mostraron una actitud firme plantados ante la pequeña garita de madera que hacía las veces de oficina para aquel hombre.
El humo del carbón dibujaba remolinos en el aire, empañando el ventanal desde el interior.
Sobre la puerta, un letrero torcido rezaba:
«Estación de Silverhall – Acceso Restringido».
Sir Moonstone, que no era precisamente un hombre paciente, llamó con los nudillos para captar su atención. El jefe de estación profirió un gruñido y dejó de contar el dinero para poder atenderles, eso sí, de mala gana.
El interior de la garita olía a aceite de máquina y a tinta fresca del lacre que usaba para sellar los pasajes.
Tras un escritorio abarrotado de pergaminos, sellos metálicos y una campana para llamar a los últimos pasajeros, un hombre corpulento con chaleco de cuero levantó la vista.
Tenía la nariz roja, los bigotes manchados de nicotina y un humor claramente erosionado por tratar con viajeros impacientes.
—¿Sí? ¿Qué asunto les trae por aquí? —preguntó con voz ronca, fijándose en sus uniformes, sus capas y sus espadas.
No era habitual ver a hombres con espadas en Silverhall, y menos aún con aquellos trajes sumamente impolutos, tanto el blanco de Endymion como el riguroso negro de Erebus—.
¡Vaya! ¡Así que los rumores son ciertos!
La mítica Orden que profesa una extraña fe en la fortaleza del emperador.
¿Es cierto que tienen dos torres idénticas? —se sorprendió el hombre.
A los dos Grandes Maestres les sorprendió ver que su existencia era una mera historia para ellos, una leyenda que habitaba el extremo este del imperio.
—Debería visitar Cair Galad si tiene la ocasión, buen hombre —le dijo Endymion, adoptando un tono más diplomático que su compañero Erebus—. Somos peregrinos en misión urgente. Necesitamos seis pasajes para el convoy que parta antes.
El jefe de estación soltó una risa seca, como el crujido de una bisagra oxidada.
—¿Seis? Con premura y sin reserva previa…
Les saldrá caro. Extremadamente caro. —Se inclinó hacia ellos, entrecerrando los ojos—.
Y les advierto: no acepto promesas de pago ni bendiciones, aquí la fe reside en las montañas, las gentes de Silverhall solo creen en el dinero, en el hierro y en lo que las montañas les dan.
Moneda contante, o se quedan mirando cómo se va la locomotora —les advirtió el hombre.
Erebus dio un paso adelante. Sus ojos grises parecieron oscurecerse un matiz.
—¿Y es que acaso las montañas no fueron creadas por el mismísimo Deus ? ¡O los frutos que tanto veneráis aquí! ¡Ese hierro es del emperador Aurelyan de la Casa Galadred y permite su comercialización!, ¿con qué fin extraéis el hierro? —se molestó sir Moonstone.
—Tranquilo, compañero —intervino Endymion manteniendo la calma—, seguro que al emperador le gustará conocer las prácticas y comercios que se llevan a cabo en Silverhall, un lugar que forma parte del imperio galanthino como bien sabemos todos.
No obstante, creo que podremos satisfacer la tarifa que nos proponga, buen señor —dijo con voz aterciopelada, calmando los ánimos entre el jefe de estación y el Gran Maestre de Tenebris.
Sir Braithwhite desplegó su capa con un movimiento lento y controlado, revelando una bolsa de cuero. La dejó sobre el mostrador de la garita con un sonido metálico convincente. Al desatar el cordel, varios discos dorados rodaron despacio, brillando como si estuviesen recién acuñados.
El jefe de estación se quedó inmóvil. La luz parecía reflejarse con perfección hipnótica en cada moneda. Sus pupilas se dilataron con codicia inmediata.
—Eso… eso es más que suficiente —balbuceó, tragando saliva—. Con esta cantidad puedo… quiero decir, ustedes pueden viajar con la mayor comodidad. Un compartimento privado si lo desean.
Sir Moonstone inclinó la cabeza con satisfacción, no había tenido que usar la fuerza bruta para amenazarlo. Y eso, dadas las circunstancias, ya era todo un logro.
—Eso será perfecto, mi buen señor. Un compartimento privado para los seis...
—se apresuró a decir Endymion. Sostuvo la mirada del hombre un segundo más, fijando en él un susurro mudo de voluntad.
El jefe de estación parpadeó, como si un soplo de niebla hubiera cruzado su mente.
Emplear su emanación había sido la única manera de sellar el trato, pues no existía ninguna bolsa de cuero y mucho menos aquella cantidad ingente de monedas.
Era una ilusión proveniente de sus poderes—. Gracias por todo.
—Sellaré los pasajes ahora mismo. No se preocupen por nada, caballeros de la Orden de Luxtenebris —dijo con repentina diligencia, estampando los pasajes y escribiendo nombres sin mirar la tinta.
El jefe de estación se los entregó con gracilidad y se despidió de ellos con una sonrisa, la que no les había regalado en un primer momento.
Cuando se alejaron de la garita y volvieron con los demás, Endymion exhaló una bocanada de aire despacio.
—Lo has usado, ¿verdad? —quiso asegurarse Erebus con una mueca burlona—. No deberías abusar de crear ilusiones —advirtió con gravedad, sin detener el paso—, alguien podría darse cuenta de tus engaños.
Sir Braithwhite reacomodó su capa, fingiendo que nada extraordinario había ocurrido. Jamás había tenido una bolsa de cuero en su cinto, el dinero iba guardado en otro lugar, a mejor recaudo.
—No fue abuso. Fue necesidad. No podíamos perder esta locomotora y no iba a gastar prácticamente todo nuestro fondo de monedas en los billetes, puede que necesitemos el dinero en Arkanhold —le respondió Endymion.
A unos metros, Albion y los demás aguardaban cerca del andén. Antes de reunirse con el grupo, Endymion le lanzó una última mirada a Erebus.
—¿Qué te pasa ahora? —refunfuñó el Gran Maestre de Tenebris.
—La ilusión se desvanecerá en unas horas.
Cuando lo haga, ese hombre descubrirá que nuestro pago es una ilusión.
Pero, para entonces, ya estaremos muy lejos.
Y él, demasiado confundido como para estar seguro siquiera de lo que vio o de si realmente le pagamos.
De eso trata mi emanación, las ilusiones que generan solo crean confusión. Ahí reside mi verdadero don.
El silbato del tren cortó el aire como un presagio. El destino y las vías de hierro les aguardaban.
—¡Subid el equipaje!, ayudad al escudero Quellcrist con rapidez... La locomotora no espera a nadie.
Mientras tanto, los Grandes Maestres entregaron los seis caballos a los palafreneros locales con la promesa de regresar a por ellos. Esta vez sí, Endymion les entregó unas monedas de plata por resguardarlos y darles de comer en su ausencia.
Una vez cargado el equipaje en uno de los vagones, el grupo subió a la locomotora.
El vapor envolvió sus botas en una nube cálida y el silbido agudo del motor hizo que Albion sintiera que estaban a punto de cruzar un umbral invisible: dejar atrás el mundo que conocían para adentrarse en otro donde la fe y el progreso chocaban como espadas.
Ni siquiera podía imaginar lo que les esperaba al final de aquella vía férrea.
Silverhall era áspero, ruidoso y sin alma aparente, pero en aquel cruce de hierro y humo, donde la Edad Antigua besaba a la Nueva, comenzaba el siguiente tramo de su cruzada.
Resultaba extraño abandonar Oriente, lo conocido, para atravesar Occidente, lo desconocido, ya que por muy Tierra Santa que fuese Arkanhold, se quedaba fuera de su conocimiento.