SEIS
Donde los enviados a la cruzada prosiguen con su camino, logran alcanzar Silverhall y descubren un transporte capaz de llevarlos más rápido a su destino.
I
La noche transcurrió sin más incidentes y sin que volviesen a ver a la novicia Morna Noctis por allí.
Realizaron rondas de vigilancia cada dos horas entre todos para permitir que los demás descansasen mientras tanto.
El viaje apenas había comenzado, pero ya habían tenido que lidiar con algún contratiempo, así que los ánimos no eran demasiado optimistas precisamente.
Durante una de las rondas, cuando le había tocado el turno a Albion, había descubierto documentos y papeles que la Orden enviaba a aquella sede —así como a las otras situadas en Pearlmont y Silverhall, ya que en Amberdeen no había ninguna— para suministrarle toda clase de víveres y, lo más importante, cuantiosas sumas de dinero.
Las líderes espirituales de la Orden, así como el emperador, procuraban no abandonar las tareas que las novicias llevaban a cabo en las otras ciudades en las que la doctrina Luminoscura estaba presente, así que le resultó un poco extraño que hubiesen estado enviando todo aquello durante tanto tiempo y aquel lugar pareciese prácticamente abandonado.
¿Desde cuándo nadie iba por allí a echar un ojo?
¿Por qué los caballeros de ambas Fuerzas no realizaban visitas regularmente para asegurarse de que las cosas andaban bien?
Si se paraba a pensarlo, en los tres años en los que había estado en la escudería, solo había visto salir en misión a los caballeros media docena de veces.
Algo que le resultaba demasiado poco tras ver lo mucho que lugares como Glassbury necesitaban la presencia de aquellos que habían jurado protegerlos.
¿Acaso todo aquello también era alguna clase de experimento?
¿Por qué los caballeros no ejercían su labor de forma más continuada?
A la mañana siguiente, y después de haber logrado dormir un poco y asegurarse de que Darclan estaba bien, el grupo abandonó el pueblo bajo la atenta mirada de aquellos que los habían visto llegar —escondidos tras las ventanas y puertas de sus casas— y también marcharse.
Albion tuvo la sensación de que eran unos completos desconocidos para aquellas gentes y que, probablemente, muchos llevaban sin ver caballeros luminoscuros en mucho tiempo.
—¿Informaremos a la Orden de la situación en Glassbury? —le preguntó a su maestro.
La expresión de Endymion Braithwhite era una mezcla entre duda y terror. No había sido tampoco una buena noche para él, sir Erebus roncaba como un potro desbocado y apenas había podido pegar ojo, sumado al hecho de tener que estar vigilando la casona.
—Sin duda... Iremos hasta el fondo del asunto, si la novicia Morna se ha estado beneficiando de las arcas de la Orden, tal y como has averiguado revisando los papeles que guardaba, el emperador merece saberlo y nuestras líderes también.
Se marcharon de allí con una extraña sensación, pero con la esperanza de que cuando llegasen a Silverhall las cosas mejorasen para todos.
No tardaron en dejar Glassbury atrás, envuelto en una bruma matinal que parecía tragarse los recuerdos inquietantes de la noche anterior.
La tierra se volvía más seca a medida que avanzaban, y las suaves colinas dieron paso a montes pedregosos, salpicados de campamentos de mineros y chimeneas humeantes.
Habían repartido el peso de las carretas entre las alforjas de los seis caballos para que Luther no tuviese que arrastrar tanto peso con el suyo, así que el camino fue mucho más ligero en aquel segundo tramo.
El nuevo destino de la cruzada era un antiguo asentamiento que se había levantado a la sombra de las montañas, donde el hierro y el carbón dormían bajo la roca.
Desde lejos, el pueblo de Silverhall parecía una colección caótica de edificaciones improvisadas: tejados de chapa remachada, balcones de madera mal alineados y estructuras elevadas sobre soportes metálicos.
Un lugar nacido del polvo, de la ambición y del sonido constante del martillo golpeando el yunque.
Albion nunca había visto un pueblo igual.
Era más bullicioso, más crudo, y estaba impregnado de una energía distinta: la urgencia de los que creían estar construyendo un futuro nuevo, alejado de la apacible y tranquila vida en la fortaleza del emperador.
A medida que descendieron por el sendero principal, el sonido de los martillos dio paso a algo aún más extraño: un pitido largo, metálico, profundo…
seguido del retumbar de ruedas sobre rieles.
El suelo vibró levemente bajo los cascos de los caballos.
—¿Habéis oído eso? —se extrañó Albion.
Todos habían sentido el mismo retumbar del suelo y el pitido.
—Ese debe de ser el invento del que tanto se hablaba en Cair Galad —murmuró Luther, entornando los ojos—. El carro de hierro que se mueve sin caballos.
—La locomotora de vapor —le corrigió el Gran Maestre Endymion con un deje de fascinación—. Dicen que puede recorrer en horas lo que nosotros tardaríamos días a caballo.
Con un poco de suerte, esperaban poder disponer de unos pasajes en aquel vehículo capaz de llevarlos hasta Arkanhold con una velocidad nunca vista.
Algunos lo llamaban ferrocarril y decían que había sido creado para conectar todo el imperio de Galanthus y eliminar las distancias.
Con aquel invento, ya no había necesidad de cruzar occidente a caballo, pues la locomotora de vapor conectaba Silverhall con Tierra Santa en un abrir y cerrar de ojos.
Había sido aprobado por el emperador tras recibir unos diseños que su ingeniero principal e inventor le había hecho llegar con el fin de encontrar financiación, así que, de algún modo, tanto la construcción de la vía férrea sobre la que circulaba la locomotora como la propia máquina en sí, habían sido financiados con el dinero de la Casa Galadred.
Aunque ni siquiera Aurelyan había visto el resultado o sus asombrosas posibilidades.
—¿Por qué se ha construido en Silverhall? —preguntó Darclan.
—Las minas... —añadió sir Moonstone—, todo lo que extraen de las montañas es llevado a través de la locomotora de vapor hasta Arkanhold, donde la metalurgia ha prosperado...
La vía férrea atravesaba el borde del pueblo igual que una serpiente de hierro y madera, sostenida por travesaños de roble y reforzada con remaches brillantes.
A lo lejos, se aproximaba una locomotora negra coronada por una chimenea que escupía volutas de vapor blanco y humo oscuro.
Sus faroles delanteros parecían ojos encendidos y sus engranajes, pistones y ruedas dentadas chisporroteaban con un brillo aceitado.
Era como contemplar a una mítica criatura mecánica de las leyendas escupiendo brasa y vida.
En cierto modo, aquella ingeniería le recordó a Albion los soldados autómatas del Castillo del Trono Carmesí.
Los lugareños se apartaban del camino levantando polvo con sus botas.
Mineros cubiertos de hollín, mujeres con delantales manchados de aceite, comerciantes con sombreros de copa baja…
todos se movían con la prisa y desconfianza típica de los que sabían que el progreso podía dar tanto como quitar.
Silverhall no era un lugar santo, ni disciplinado, ni templado.
Era vivo, y su pulso estaba marcado por el compás del metal y el vapor.
La influencia de la doctrina Luminoscura había llegado hasta allí, pero después de lo ocurrido en Glassbury, ninguno tenía la garantía de que los habitantes de aquella ciudad en expansión reconocerían a la Orden de Luxtenebris o su autoridad.
La máquina de vapor se detuvo junto a una plataforma improvisada: tablones sujetos con tuercas enormes, donde un operario con chaleco de cuero revisaba unas válvulas mientras otro gritaba órdenes por encima del ruido constante.
Luther observó el tren con los ojos muy abiertos, atrapado entre el miedo y la maravilla.
—¿Vamos a subir a… eso? —preguntó, tragando saliva.
Albion sonrió ante la mezcla de pavor e ilusión del escudero.
—Míralo de este modo, ya no tendrás que arrastrar la carreta.
—Ganaremos tiempo si conseguimos subirnos a él, voy a averiguar qué tenemos que hacer para tomarlo como transporte —dijo sir Moonstone.
Erebus desmontó y dio una ojeada a su alrededor en busca de una señal que le permitiese preguntar acerca de la locomotora de vapor. Del mismo modo, Endymion bajó de su caballo y decidió acompañarlo.
—Iré contigo, puede que mi emanación nos sirva para poder negociar...
—¿Piensas usar una ilusión? —se sorprendió Erebus.
—Si hay una mínima posibilidad de subirnos a esa máquina, lo haremos hoy mismo —le aseguró sir Braithwhite, muy seguro de sí mismo.
Usar las ilusiones que era capaz de proyectar gracias a su don no era algo que soliese hacer para conseguir cosas, pero en Silverhall, tan lejos de su hogar, cualquier artimaña era válida con tal de conseguir llegar a Arkanhold lo más rápido posible.
Mientras los Grandes Maestres iban a probar suerte para poder subirse a la locomotora, los caballeros Albion, Darclan y Jetson se quedaron al cuidado de los caballos, mientras que Luther observaba anonadado todo a su alrededor.
La locomotora tenía vagones para transportar lo que los mineros extraían de las montañas, pero también había otros para pasajeros, con bancos acolchados, compartimentos estrechos, ventanas circulares como ojos de barco y tubos de cobre recorriendo las paredes, conectados a depósitos de vapor.
—¿La Orden tiene aliados aquí? —le preguntó Albion a Darclan.
—Creo que sí, nuestra influencia llega hasta aquí, pero después de ver el estado en el que se encontraba la sede de Glassbury, dudo mucho que la fe Luminoscura nos sirva de algo estando tan lejos de casa.
—¡¿Habéis visto todo ese hierro?! —exclamó Luther, señalando un vagón entero cargado hasta arriba, listo para fundir—, ¿para qué querrán tanto en Arkanhold?