Los Caballeros de Galanthus CINCO #6
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CINCO #6

La noche había caído completamente sobre Glassbury y, en la sede de la Orden, un silencio demasiado rígido para ser natural se adueñaba de cada estancia, salón y rincón.

En el piso superior, donde los viajeros a los que la novicia Morna había dado alojamiento, los Grandes Maestres compartían una de las alcobas, mientras que sir Jetson y el escudero de Lux se habían refugiado en otra.

Quedando la tercera para Albion y Darclan.

Todas tenían dos camastros, un arcón, una mesa pequeña y un candil que ardía con una llama baja, casi tímida. Nadie se había molestado en decorar aquellas habitaciones, pues solo servían para recibir a peregrinos o a cualquiera que solicitase asilo.

Darclan se sentó en el borde de su lecho, se despojó de la capa, la levita y las botas y se quedó únicamente con la camisa y los pantalones puestos para meterse en la cama.

Albion, ya acostado, observaba el techo con los dedos entrelazados sobre el pecho, intentando descifrar un pensamiento que no quería pronunciar.

Estaba nervioso por pasar aquella noche allí, pero más aún por estar a solas con su compañero otra vez.

Había deseado aquel momento durante días y por fin estaban juntos.

La quietud se quebró al instante cuando Darclan se detuvo antes de meterse en la cama. Sus hombros se tensaron y la sábana se deslizó de entre sus dedos.

—¿Lo sientes? —susurró.

Albion giró la cabeza. No percibía nada, pero intuía a qué se podía deber esa expresión en el rostro de Darclan: el punto en que su don, su emanación, se activaba sin pedir permiso, igual que le ocurría a él.

El aire de la habitación descendió de temperatura, provocándoles un aliento repentino y antinatural.

La llama del candil osciló, estirándose hacia un costado como si algo invisible aspirara su calor.

De la esquina más oscura del aposento emergió una silueta pálida, apenas un trazo de luz mortecina suspendida en el aire.

Luego otra, y otra más. Tres formas femeninas, vestidas con lo que parecían túnicas de novicias deshechas por el viento y el tiempo, flotaban a un palmo del suelo.

Sus rostros eran vagos, sin rasgos demasiado definidos, pero el dolor impregnaba la curva de sus espaldas, pues parecía que llevasen demasiado tiempo lamentándose.

Albion se incorporó de inmediato y echó mano al mango de su espada, pero Darclan enseguida levantó un brazo para detenerlo.

—No podrás hacer nada contra las auras que dejan atrás los difuntos.

Él ya había visto algo similar a aquello, a la misteriosa figura que había perseguido hasta los bordes de la locura a Cloud Blanchester y le había arrebatado la vida.

Pero algo en aquellas auras de novicias le pareció distinto.

Brillaban con más fulgor y sus colores eran diferentes.

Había una tirando al azul, otra al verde y, la tercera, al naranja.

Albion creyó que se habían escapado del mismísimo arcoíris.

—Pensaba que solo alguien con tu emanación podía ver auras —dudó Albion.

—Estas auras son diferentes, no son como las de los vivos, las que yo puedo ver y tú no, por ejemplo. Estas son de difuntos... y quieren manifestarse por voluntad propia. Por eso las puedes ver tú también —le explicó Darclan intentando mantener la calma.

Las auras de aquellas mujeres muertas avanzaron lentamente, exhalando un lamento que no era sonido, sino sensación: tristeza ahogada, súplica y miedo. Una de las auras extendió una mano translúcida y, en el aire, vibró un susurro sin voz:

—Ayudadnos...

Albion sintió un escalofrío recorrerle la columna.

—¿Qué quieren? ¿Qué les ha ocurrido? —quiso saber el caballero.

Darclan cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, sus pupilas tenían un brillo oscuro, como si una sombra interior hubiera despertado. Era la manifestación de su emanación, oscura y vinculada a las sombras.

—No quieren hacernos daño. Están aquí porque alguien las arrancó de su descanso. Están atrapadas entre lo que fueron y lo que no se les permitió ser —dijo Darclan—, tal vez pueda ayudarlas absorbiendo sus auras y liberándolas de lo que las ancla a este mundo.

Las novicias comenzaron a acercarse más, casi desesperadas. El candil parpadeó antes de extinguirse. Albion dio un paso adelante, interponiéndose entre Darclan y aquellas auras espectrales.

—¡Atrás! —ordenó, aunque sabía que su voz no tenía autoridad sobre seres sin cuerpo—. ¿Cómo sabes que no te harán daño? ¿Cómo sabes que no te harán lo mismo que aquella proyección astral le hizo a Cloud? —temió Albion.

Darclan apoyó una mano en el hombro de su amigo, firme pero serena. No era la primera vez que lidiaba con auras y sabía exactamente lo que tenía que hacer para liberarlas de su tormento. Estaba seguro de que aquellas no le harían ningún mal, como Albion temía.

—Déjame a mí... —le dijo su amigo.

Apartó a un lado a Albion y respiró hondo.

Su don —o su carga— era único entre los caballeros de la Orden: podía percibir y absorber fragmentos de energía vital, ya fuera de vivos…

o de aquello que una vez lo estuvo. Y aquella habilidad, usada con cautela, podía dar descanso a los que aún no encontraban el suyo.

Sir Darclan Registhorn extendió sus manos sin llegar a tocar a los espectros.

No era necesario, pues su don podía fluir a través de su cuerpo sin necesidad de entrar en contacto con las auras.

Murmuró palabras en el antiguo dialecto de la Orden.

Las sílabas emergieron con una cadencia rítmica, casi melódica, cargadas de un eco que vibraba en las paredes de la estancia, como si los muros las reconociesen:

— Umbra… sede . Somnus… rede . Noctem nati , nocte cedite… Sine dolore… ite —citó Darclan.

Albion reconoció algunos fragmentos: Umbra sede —descansad en la sombra—, Somnus rede —regresad al sueño—; palabras antiguas usadas solo en ceremonias funerarias o en la despedida de almas que se negaban a cruzar al Más Allá.

Un devoto de la fe Luminoscura las había empleado en el funeral de sus padres.

Pero había más en el conjuro, algo que no pertenecía a ningún códice ni a los rituales que se aprendían en Alabashtra o en Obssidyan.

Noctem nati, nocte cedite … —Nacidos de la noche, entregaos a la noche—.

Era una frase prohibida, reservada a los caballeros de la Fuerza Tenebris, a aquellos capaces de absorber la última chispa que mantenía a un espíritu encadenado al mundo, como era el caso de Darclan.

Las auras se estremecieron al escuchar las palabras del caballero, igual que si una brisa invisible las atravesara.

Una luz tenue brotó de sus formas espectrales hacia él, envolviéndolo con un resplandor frío.

Albion sintió el impulso de detenerlo —absorber demasiado ese tipo de energía podía quebrar la mente o el alma—, pero se obligó a confiar en él.

Debía hacerlo si quería que su relación se fortaleciese.

Cuando la última hebra de luz se disipó, las figuras se diluyeron lentamente, no con violencia, sino con alivio. Antes de desaparecer, una de ellas pronunció, esta vez con voz tan leve como el roce de un pétalo:

—Nada es lo que parece...

Y se desvaneció.

El candil recuperó su llama, como si inhalara la vuelta a la vida de la habitación. Darclan, sin embargo, cayó desplomado al suelo, respirando con dificultad y provocando un terrible estruendo. Albion se apresuró a sostenerlo, ahora era él quien lo socorría y no al revés.

—¡Darclan! ¿Estás bien? —se preocupó Albion. Supuso que aquello mismo era lo que su amigo debía haber sentido al verlo desmayarse en la cocina el día en que usó su emanación por primera vez.

El caballero levantó la vista. En sus ojos, durante un instante, brilló la misma sombra plateada que en las auras que había absorbido. Luego parpadeó y se disipó.

—No del todo… —susurró—, pero están en paz ahora. Tranquilo, no me voy a desmayar como tú, he hecho esto alguna que otra vez ya...