Los Caballeros de Galanthus CINCO #5
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CINCO #5

El viaje será largo, pero os ruego que no dudéis.

La mera existencia de la Mesías es un halo de esperanza para nuestra doctrina y para nuestra Orden.

Cuando la encontréis, recordad: ella no es un estandarte ni un arma.

Es un alma joven, y puede que se muestre asustada por su destino.

Tratadla con compasión, pues incluso la elegida puede quebrarse si la rodean presiones humanas. Regresad con ella.

Deus est Lux et Tenebris.

Oscuratriz, Sinistra Von Dusk

Orden de Luxtenebris».

El silencio que siguió a la lectura de la carta fue más denso que el humo de un hogar.

Las palabras de la oscuratriz parecían haber quedado suspendidas en el aire del comedor, parecía que la sala misma contuviese el aliento.

Los seis permanecieron inmóviles unos segundos, cada uno procesando el peso de la misión revelada, aunque Erebus Moonstone era el único que no parecía muy sorprendido.

Plegó la carta con un cuidado reverente, como si temiera profanar el mensaje con un gesto brusco y todos se fijaron en su rostro, el cual habitualmente parecía imperturbable, pero que tras la lectura de la carta reflejaba solemnidad y desconcierto.

Había encabezado campañas, negociado treguas y sobrevivido a emboscadas, pero jamás había conducido una peregrinación para escoltar a una supuesta Mesías.

—Una joven… —musitó Endymion—. No un arma, no un artefacto, no un enemigo. Una muchacha capaz de hablar con el propio Deus .

A su lado, sir Jetson entrelazó los dedos, apoyando los codos sobre la mesa. Sus ojos, de un tono casi plateado, brillaban con algo difícil de descifrar.

—Si lo que dice la oscuratriz Von Dusk es cierto, ella no solo escucha al Absoluto —reflexionó en voz baja—. Sino que es capaz de hablar en su nombre. Guiar a las masas. Cambiar aquello que está podrido tanto en la luz como en la oscuridad.

—Por eso dice que su destino es ser nombrada Suma Adoratriz de la Orden, eso suena a que ocupará un escalafón más alto en la jerarquía, por encima de la luminatriz Morningstar, de la oscuratriz y del mismísimo emperador —añadió Darclan.

Su comentario provocó un estremecimiento en el joven escudero Luther, que bajó la mirada hacia su plato. No era miedo lo que sentía, sino la opresión de saber que algo santo —demasiado santo— iba a cruzarse con sus manos mortales. ¿Y si cometían un error? ¿Y si fallaban en su misión?

Albion y Darclan se miraron entre sí, cada uno desde su propio conflicto.

Sin embargo, sir Soligant frunció el ceño, su expresión estaba cargada de dudas nacidas de los descubrimientos que había hecho sir Blanchester.

Había sido arrastrado a una cruzada para llevar a una supuesta Mesías ante la Orden para a saber qué...

Dudaba de cada una de las palabras de la oscuratriz e incluso de quién era aquella presunta novicia.

Todo era demasiado extraño, incluso para los caballeros luminoscuros.

«La historia está llena de falsos elegidos. ¿Y si esa joven no es lo que les estaban haciendo creer? ¿Y si se trataba de otro engaño más, incluso uno mucho peor que todos los anteriores?», pensó Albion.

—Me surgen muchas dudas respecto a la misión —logró decir él, sabiendo que era exactamente lo que la oscuratriz les había pedido que no tuviesen. Dudar de sus palabras era dudar de la fe misma—. ¿Realmente podemos creer en la existencia de una Mesías?

Darclan se apresuró a responder antes de que Albion suscitase sospechas en sir Erebus Moonstone.

Sus ojos ardían con una convicción casi dolorosa, pues sabía que al intentar convencerle de algo que ambos sabían que no era cierto, solo por fingir ante los Grandes Maestres y su propio hermano, enfurecería a su amigo.

—Comprendo tus dudas, caballero, pero ¿y si sí lo es? ¿Y si la dejamos en manos equivocadas y el mundo pierde la oportunidad de escuchar la verdad divina? Si existe, aunque sea una posibilidad, debemos actuar...

Darclan tenía que protegerse a sí mismo, pero también a Albion. Era demasiado imprudente e impulsivo y, si demostraba que dudaba de la misión o que tenía intenciones ocultas, sir Moonstone lo tacharía de hereje como había ocurrido con Cloud Blanchester.

Su hermano Jetson no dejaba de observar con atención a Albion, era bastante perspicaz para saber que Darclan mostraba un extraño interés en aquel caballero y debía averiguar el motivo de la conexión entre ambos.

—Yo no temo a la misión… pero temo por esa joven —declaró Jetson—. Somos caballeros. Sabemos movernos entre amenazas, no entre almas frágiles.

—Está bien. Si esa novicia es realmente quien la oscuratriz describe en la carta… su destino tendrá más enemigos que aliados —dijo Albion—. Y nosotros… ¿Seremos la guardia que necesita, o sus primeros carceleros?

La pregunta quedó flotando en el ambiente. Nadie respondió.

Justo en aquel instante, la novicia Morna Noctis apareció de nuevo y les avisó de que las habitaciones estaban listas.

—Dos caballeros por alcoba, ni uno más, ni uno menos —les advirtió.

Albion se levantó y fue el primero en subir a la habitación de arriba, visiblemente molesto por las palabras de Darclan por no haberle apoyado.

—Sabed, hermanos... —habló sir Moonstone—, que nos han confiado esta misión por nuestras emanaciones, todas y cada una de ellas harán que traer a la muchacha a Caird Galad sea un éxito.

Sir Braithwhite asintió, levantándose también del banco.

—Partiremos al amanecer. Esta cruzada ya no es solo un viaje… es una prueba de fe para la Orden. Y para nuestro propio juicio —dijo Endymion—, dormid, descansad y reponed fuerzas.

Luther respiró hondo, como si su pecho hubiera retenido aire desde el primer instante de la lectura del pergamino. Los demás se pusieron en pie, unos con determinación reforzada, otros con una inquietud que no habían sentido jamás al entrar en batalla.

Darclan fue el siguiente en abandonar el comedor a toda prisa para ir tras Albion, pero Jetson lo interceptó.

—¿Prefieres ir con él antes que con tu hermano? —le espetó.

—Creo que lo mejor será que compartas alcoba con el escudero Quellcrist antes que conmigo... —le respondió Darclan, sin darle pie a réplica.

Jetson miró de soslayo a Luther y este hizo una mueca, como si él no tuviese voz ni voto en aquella decisión.

Darclan subió a toda prisa y pasó por delante de una de las habitaciones, que Albion ya había ocupado. Estaba tendido en una de las camas envuelto en su capa.

—¿Vas a dormir con el uniforme puesto? Convendría que cogiésemos algo del equipaje para pasar la noche aquí... —le dijo Darclan para intentar limar asperezas entre ellos.

Albion se giró enfurecido y le reprendió sin piedad.

—¡Eres un cobarde! —le gritó—, has preferido fingir que crees en esa estúpida carta, en esta misión sin pies ni cabeza, antes que darme la razón y sembrar la duda entre ellos.

—¿Es que te has vuelto loco? ¿Has perdido la cabeza o algo por el estilo? —le respondió Darclan, sorprendido por la reacción de su amigo—. ¿Realmente esperas que descubra las falsedades de la Orden sin más? ¿Y delante de los Grandes Maestres y de mi propio hermano, nada menos...?

—Pues no... —reconoció Albion—, pero me ha molestado que me rebatieras, esperaba tu apoyo y... Yo... No lo sé, creo que todo esto me supera. Me viene demasiado grande.

Darclan cerró la puerta del dormitorio y se aproximó a la cama de Albion. Parecía que los dos estaban destinados a encontrarse una y otra vez en la misma situación.

—Te hice una promesa, ¿lo recuerdas? Estamos juntos en esto y, aunque la misión haya tomado un sentido que no esperábamos, creo que es una buena oportunidad para descubrir la verdad, si hay un lugar en el que podemos hallarla es en Arkanhold... Estoy convencido. Todo surgió allí.

IV

Albion respiró hondo y vio que Darclan parecía muy convencido de sus palabras.

La seguridad que desprendía se la contagió enseguida y lo convenció de que no debía temer nada mientras estuviesen juntos.

¿Cómo podía tener aquel poder sobre él? Apenas lo conocía, llevaba poco tiempo considerándolo un amigo, pero cuando estaban cerca, sentía que por fin había encontrado un alma afín. Alguien con quien poder ser él mismo.

—¿Quién debe ser esa chica? —se extrañó Albion.

—No lo sé, pero lo averiguaremos cuando lleguemos a la torre de Hyperion, sea lo que sea ese lugar y quienes lo habiten. Creo que no será fácil, pero necesito saber que cuento contigo y que seremos aliados, pase lo que pase.

—Ya lo somos —le recordó Albion—. ¿Y qué pasa con tu hermano?

—Nos fastidiará todo lo que pueda y más, pero por el momento, he logrado deshacerme de él al menos durante esta noche. ¿Te parece bien si duermo contigo hoy? —le preguntó Darclan.

Albion se puso rojo al instante.

—Si es lo que quieres... —masculló tímidamente.

—Es lo que deseo —le respondió Darclan con una calidez en su tono que puso un poco nervioso a Albion—, bajaré a por tu equipaje y el mío.

—¡No! —le dijo Albion—, no me dejes aquí solo, tengo un mal presentimiento con este lugar, Darclan. ¿Tú no lo sientes?

En efecto, Darclan había notado algo extraño, su emanación le advertía de que en aquel lugar habían existido muchas auras antes, pero ya apenas quedaban rastros de ellas.

—¿Crees que tiene algo que ver con que la novicia Morna esté sola? —le preguntó él.

—Es demasiado extraño —afirmó Albion—. Y ese olor... me recuerda a la carnicería a la que solía ir mi madre, cuando traía carne recién cortada. Olor a... ¡Sangre! —descubrió finalmente él—. Es olor a sangre seca. Un ligero tufillo a hierro, a vida... ¿no lo notas?

Al decirlo, Darclan supo que era cierto y que aquella casona estaba impregnada de ese olor.

—Algo debió ocurrir aquí y nadie lo ha sabido hasta este momento. Deberíamos avisar a los Grandes Maestres. Tal vez la novicia nos haya ocultado algo terrible.