CINCO #4
—Somos los caballeros de la Orden de Luxtenebris, los Grandes Maestres Endymion Braithwhite y Erebus Moonstone dirigen esta sagrada cruzada. Rogamos nos abran la puerta... —dijo el Gran Maestre de los Tenebris.
Esta vez, la voz tardó en responder. Albion sintió cómo cada segundo se estiraba y tensaba el aire.
Finalmente, tras un buen rato de incertidumbre, un roce metálico les hizo saber que la persona al otro lado de la casa, fiel a la Orden, estaba retirando la seguridad para poder recibirles debidamente.
Una barra de hierro cubría la puerta, suficientemente pesada para no ser derribada a la fuerza.
Después, el sonido chirriante de las llaves.
La puerta se abrió apenas, dejando ver un pasillo oscuro iluminado por dos lámparas de aceite.
—Bienvenidos seáis, caballeros luminoscuros —dijo la voz ronca de la vieja novicia que estaba en su interior.
III
La novicia vestía una túnica negra de la Fuerza Tenebris, era bastante anciana, aunque probablemente el cansancio marcaba demasiado sus rasgos faciales y le hacían parecer más mayor de lo que era.
Sus ojeras eran profundas y sus ojos tenían el brillo inquieto de quien dormía poco y vigilaba demasiado.
Llevaba una mano apoyada en la empuñadura de un arma corta, por precaución más que por amenaza.
Sir Moonstone fue el primero en acceder a la casona, seguido de los hermanos Registhorn, que fueron los siguientes en desmontar. Tras ellos, entraron Albion y el escudero Luther. Y, por último, el Gran Maestre Endymion.
—¿Cuál es vuestro nombre, señora...? —le preguntó Darclan.
—Soy la novicia Morna Noctis, y ojalá hubieseis llegado en mejores circunstancias —se lamentó la mujer.
El apellido Noctis era el que las novicias de Tenebris adoptaban para demostrar su lealtad a la Orden, del mismo modo que las de Lux usaban el apellido Lucis.
La forma en la que la novicia pronunció aquellas palabras, hizo que cualquier sensación de alivio al llegar allí se transformara en preocupación .
Albion intercambió una mirada con Darclan. Ambos tuvieron la misma sensación de que algo no estaba bien en aquella sede de la Orden, como si algo se escapase a su comprensión.
La novicia Morna cerró la puerta tras ellos con un golpe sordo y les indicó el camino para acceder al comedor, donde podrían comer y beber algo tras su viaje.
Dentro, el aire olía a cera gastada, hierro y algo que ninguno supo distinguir.
El viaje solo acababa de comenzar, pero la sede de Glassbury ya anunciaba que su cruzada no sería un simple tránsito entre refugios: algo se había quebrado en la red invisible de la Orden, y esa grieta los esperaba al otro lado de cada puerta de aquel lugar tan espeluznante, y para nada acogedor como ellos esperaban.
—¿Se encuentra sola en la casa, novicia Morna? —le preguntó Albion.
Ella le fulminó con la mirada y esbozó una mueca, que ninguno supo cómo interpretar.
—Solo estoy yo, sí... —respondió apretando los dientes.
—Tendrá la ocasión de contarnos las circunstancias que la han llevado a estar aquí sola, hermana Morna, pero por el momento mis hombres y yo queremos reponer fuerzas, llevamos todo el día viajando y estamos ciertamente un poco cansados —intervino Moonstone—.
¿Cree que podría alojarnos esta noche aquí?
Mañana partiremos temprano a nuestra siguiente parada, Silverhall.
A la mujer no le hizo demasiada gracia la propuesta del Gran Maestre, pero era una novicia de la Orden, al mando de aquella sede, y no podía negarse a darles amparo a unos caballeros que acababan de emprender una cruzada.
—Hay pan recién hecho en el comedor, y vino caliente. Creo que me queda algo de caldo de pollo, suficiente para los seis —les dijo la mujer—. Iré a preparar las habitaciones...
La mujer los condujo hasta dicho comedor y, sin entretenerse mucho más, se marchó al piso de arriba a preparar las camas tal y como había dicho. Una vez los hubo dejado a solas, los caballeros empezaron a cuchichear sobre ella.
—Creo que esa mujer esconde algo muy oscuro —comentó Jetson.
—Todos nos hemos dado cuenta, hermano —añadió Darclan.
—¿Por qué parece que está sola, pero prepara caldo en tal cantidad? ¿Esperaba que viniésemos acaso? —dudó Albion.
—No sabía que veníamos, nadie sabe que hemos partido de Cair Galad —les aseguró el Gran Maestre Erebus.
—Será mejor que mantengamos los ojos bien abiertos —se apresuró a decir Endymion.
Luther se limitó a tragar saliva y a observar todo a su alrededor. ¿A dónde demonios le habían llevado aquella vez? Prefería el ambiente hostil de la taberna «El Cordero Descarriado» antes que aquella tétrica sede.
—Será mejor que entremos en el comedor y descansemos un poco —propuso Moonstone.
Los seis entraron en el comedor y se sentaron alrededor de una vieja mesa. De nuevo, notaron ese olor extraño que eran incapaces de descubrir y que se mezclaba con el olor a leña húmeda y a caldo recién servido, un contraste cálido frente al silencio inquieto de las calles de Glassbury.
La sala era rectangular y de techo bajo, sostenida por vigas de madera oscura impregnadas por el hollín del humo de muchos años.
La gran mesa central de roble ocupaba casi todo el espacio, larga y robusta, con marcas de cortes y quemaduras que contaban historias de incontables comidas, tertulias y debates nocturnos.
A su alrededor, bancos corridos de madera, gastados pero sólidos, invitaban a sentarse hombro con hombro, sin distinción jerárquica.
En un extremo, junto a la pared, ardía un hogar de piedra cuyas brasas estaban ya prácticamente extinguidas. Sobre él colgaba un caldero del que escapaba el aroma espeso de un guiso de carne y hierbas.
Estanterías de madera tosca flanqueaban la sala.
En ellas reposaban vasijas de barro, jarras de estaño y panaderas cubiertas con paños para mantener el calor.
Entre los objetos se intercalaban pequeños símbolos: fragmentos de obsidiana, cuentas de madera negra, un par de velas de cera oscura sin encender y una campanilla de hierro.
—Escudero Luther —le dijo Endymion—, sírvenos un cuenco de caldo a cada uno, y siéntate a nuestro lado después. Mientras estemos aquí, intentaremos permanecer todos juntos.
Luther asintió y llevó a cabo la orden de su maestro sin dudarlo.
Alrededor de ellos, el crepitar del fuego y el olor del guiso parecían envolverlos en una burbuja cálida, casi ajena al presagio que los había acompañado hasta allí.
—No hay mejor bienvenida que una mesa compartida —dijo Moonstone, tomando un sorbo de vino caliente.
Una vez hubo servido todos los cuentos, los seis viajeros empezaron a disfrutar de su merecida recompensa.
Luther comió en silencio, absorbiendo cada detalle como si quisiera retener para siempre ese instante de calma.
Albion, sentado frente a Darclan, dejó que el calor que desprendía su cuenco de sopa entibiara sus manos y su espíritu; pero mientras lo hacía, su mirada se posó en Jetson, que no les quitaba el ojo de encima a su hermano y a él, vigilante y desconfiado.
En otros tiempos, aquel comedor había sido un refugio, un hogar, pero sir Albion Soligant sospechaba que también era la antesala del primer secreto que los aguardaba en el lugar.
—Ahora que hemos repuesto fuerzas y tenemos el estómago lleno —comenzó a decir sir Moonstone—, creo que es el momento idóneo para compartir con vosotros la misión que nos ha hecho partir de nuestra amada Cair Galad.
—El hombre sacó el pergamino que le había entregado la oscuratriz y rompió el sello de la Fuerza Tenebris para poder desplegarlo, hasta incluso él sabía solo lo que Sinistra Von Dusk le había contado—.
Por lo poco que sé, se trata de una misión de vital importancia para la doctrina Luminoscura.
Todos se mostraron muy atentos a las palabras de sir Erebus, que a la tenue luz de las velas que iluminaban la estancia, comenzó a leer en voz alta la carta de la oscuratriz:
«A los enviados en misión sagrada:
Habéis sido designados para emprender una cruzada que no se asemeja a ninguna anterior. No marcháis a conquistar tierras ni a reclamar reliquias, sino a proteger un milagro viviente, una chispa divina que ha tomado forma humana.
Existe, más allá de Oriente y de nuestros dominios, en la Tierra Santa de Arkanhold, una joven novicia a la que es imperioso traer hasta Cair Galad.
Su nombre civil debe permanecer en secreto hasta que se encuentre bajo nuestro resguardo, pero debéis saber esto: ella escucha la voz de Deus allí donde los demás solo percibimos susurros.
Su alma es un puente entre lo divino y lo mortal; un faro en medio de un mundo que se hunde entre fanatismos ciegos, falsos profetas y guerras que invocan el nombre sagrado del Absoluto sin comprenderlo. Ella es nuestra Mesías.
La Orden, que reconoce a la oscuridad no como mal, sino como el manto que protege los misterios del Único y Primordial, ha sido elegida para traerla de vuelta y asegurar que su don no sea corrompido, silenciado o usado para destruir.
Con el apoyo de los hermanos de la Fuerza Lux, conseguiréis alcanzar la torre de Hyperion, cuna de los luminoscuros.
Es allí donde sus protectores la mantienen a buen recaudo.
La misión, por tanto, es clara: traerla con vida a casa, para que pueda ser instruida, protegida y, llegado el momento, incluso ser nombrada Suma Adoratriz de la Orden.
También me veo obligada a advertiros: no todos los que sirven a la luz son aliados y no todos los que se ocultan en las sombras son enemigos. El mundo se divide entre quienes desean escuchar la voz divina y quienes desean poseerla.