CINCO #3
Además de Cair Galad, había tres ciudades en las que Luxtenebris tenía sedes, todas ellas dirigidas por antiguas novicias que habían abandonado las torres y se dedicaban a predicar la fe Luminoscura.
Una de esas ciudades era Glassbury, la más cercana a la fortaleza del emperador, pero también estaban Pearlmont, que quedaba más al norte y Silverhall, su último destino antes de abandonar las regiones orientales, en las que ellos se encontraban.
—¿Cree que han cambiado el santo y seña? —le preguntó el Gran Maestre Braithwhite, ajustando la montura a su lado.
Los dos hombres se respetaban mutuamente, pero era evidente que cada uno velaba por sus propios intereses, los de Erebus eran cumplir con la misión encomendada por la oscuratriz y hacer todo lo posible por que fuese un éxito, mientras que a Endymion solo le parecía importar ir y volver lo antes posible y asegurarse de que Albion estuviese a salvo.
Erebus no era ningún necio y conocía bien la historia del maestro con el nuevo caballero, o al menos sabía que había intercedido por él para que abandonase la escudería y ocupase el puesto vacante dejado por Blanchester.
—En tiempos como estos —respondió Erebus con voz quedamente grave—, no conviene dar nada por sentado.
Ni siquiera entre los nuestros. Los rumores de falsos profetas han cobrado fuerza últimamente, gente que dice ser afín a nuestro dogma, que incluso suplanta nuestras identidades y afirma ser un caballero de Luxtenebris, así que debemos estar alertados durante nuestro camino a Glassbury y luego a Silverhall —les advirtió sir Moonstone.
El escudero de Lux tragó saliva. Aquella misión no iba a ser tan “fácil” como la de seguir el rastro de Cloud Blanchester, eso saltaba a la vista.
Luther había escuchado rumores: sedes de la Orden que habían dejado de responder, mensajeros desaparecidos en el trayecto, símbolos profanados.
Pero aquello era territorio de susurros, no de declaraciones en voz alta como las que acababa de hacer sir Moonstone.
Darclan, que cabalgaba en silencio como si el paisaje no fuese más que un telón de fondo, habló por primera vez desde que su hermano se dirigiese a Albion.
—Si Glassbury ha caído… y hay impostores defraudando la doctrina Luminoscura, lo sabremos antes de que nos reciban.
Albion no necesitó preguntarle cómo habían aprendido los caballeros formados por la Orden a saber si un hogar aliado seguía siendo santuario o si los muertos de espíritus habían corrompido un lugar sagrado.
No podía evitar pensar en las palabras de Jetson Registhorn y en la justificación de Darclan.
¿Realmente Jetson era poco amigable, o había algo de verdad en lo que había dicho de su hermano?
Sin poder evitarlo, Albion le lanzó una mirada a Darclan y este, al ver que apenas habían cruzado palabra alguna en toda la mañana, decidió avanzar y ponerse a su lado.
—Cuidado con tu hermano, parece que no le gusta que hables con otros caballeros y fraternices con ellos... —musitó Albion, un poco molesto.
—¿Vas a creer lo que Jet te diga? —gruñó Darclan, molesto por el comentario de Albion y, peor aún, por la desconfianza que mostraba hacia él—. Pensaba que éramos amigos, o empezábamos a serlo.
—Ya no sé nada... —repuso Albion—. ¿Por qué ha dicho tu propio hermano que no confíe en ti?
—Él siempre intenta molestarme, tenemos una relación muy complicada y si sabe que somos amigos, hará todo lo posible por separarnos —le explicó Darclan—. Creía que habías decidido confiar en mí. No puedo hacer esto sin tener un apoyo de verdad y me alegro mucho de que tú vengas con nosotros.
Albion lo miró y pudo ver que Darclan le hablaba con sinceridad y desde el corazón. Pero, aun así, le costaba entender cómo un hermano podía comportarse de ese modo. Él jamás sería capaz de decir nada malo de su querida Alva.
—No sé lo que es tener un hermano y vivir esa rivalidad como os ocurre a Jetson y a ti, pero sé lo que es tener una hermana.
Jamás podría hablar mal de ella delante de nadie.
No quiero saber los motivos que os han llevado a tener esta relación, pero no quiero estar en medio de vuestras envidias —le dejó claro Albion.
—Si realmente eres mi amigo, no tomarás en serio sus palabras. Esperaba que tuviésemos oportunidad de hablar sobre lo que hayamos descubierto en este tiempo, porque... has descubierto algo en estos días, ¿verdad?
—Lo he hecho... Y yo también esperaba poder compartir la información contigo. No sabía cuándo nos volveríamos a ver —le confesó Albion—, y también me alegro de que estemos juntos en esta cruzada, pero dudo de que Jetson nos dé una tregua.
A Albion se le escapó una mueca burlona y Darclan enseguida se la devolvió.
Su alianza, su amistad, seguía siendo un secreto solo para los dos.
Y aunque Jetson estuviese dispuesto a hacer lo que fuese por fastidiar a su hermano mayor, Darclan no iba a permitir que Albion fuese un daño colateral de los celos entre hermanos.
El día avanzó lentamente, recorriendo el camino que unía Cair Galad con Glassbury, una senda sinuosa llena de viejas ruinas abandonadas, casas de granjeros y, de vez en cuando, alguna posada pequeña para albergar peregrinos que se dirigiesen a pedir audiencia ante el emperador o ante las líderes espirituales de la Orden de Luxtenebris.
A media tarde, el camino se estrechó entre robles frondosos, lo que significaba que cada vez estaban más cerca de su primera parada.
Luther se esforzaba por no rezagarse, aunque el peso del equipaje lo obligaba a forzar a su caballo más de lo que podía soportar. Al darse cuenta de ello, Albion redujo la marcha para asegurarse de que el escudero estaba bien.
—Podríamos repartir el peso de la carreta y cargar un poco más las alforjas de los caballos —le dijo para intentar buscar una solución.
—Tengo la única tarea de cargar con los arcones, así que la llevaré a cabo de la manera en que me sea posible.
—No eres tú quien arrastra la carreta, sino tu caballo. No queremos que quede exhausto nada más partir. La primera jornada siempre es la más dura —le respondió Albion.
Al darse cuenta de que entre los dos parecía haberse firmado la paz, aunque fuese temporalmente, a Luther Quellcrist no le quedó más remedio que asentir ligeramente con la cabeza, al fin y al cabo, la posición como caballero de sir Soligant le concedía cierta autoridad sobre él.
Sin embargo, el gesto de preocupación de Albion, pequeño y humano, rompió por un instante la rigidez de Luther sin apenas darse cuenta.
—Supongo que podría funcionar, así aligeramos la carga de mi caballo —aceptó el escudero.
Cuando el sol empezó a inclinarse hacia las montañas, al atardecer, vieron las primeras casas de Glassbury.
El humo de las chimeneas ascendía recto, lo que significaba que era una señal de calma.
El pueblo parecía adormecido, con sus calles de tierra húmeda, corrales y un viejo campanario marcando el centro.
Al fondo, allí donde el camino daba un giro, se levantaba un edificio más sólido que los demás: una casa de piedra con puertas reforzadas y un estandarte mitad blanco y mitad negro ondeando en lo alto, marcado con el símbolo de la Orden de Luxtenebris.
Albion sintió cómo se aflojaba la tensión en su cuerpo. Habían llegado a su primer refugio.
—Recordad —murmuró sir Moonstone antes de que cruzaran el arco de piedra que daba la bienvenida a los visitantes del pueblo—: incluso en casa, la prudencia es virtud.
Y así, con el crepúsculo tiñendo el cielo de cobre, los seis viajeros avanzaron hacia la sede de su Orden en la ciudad de Glassbury, sin saber que aquel primer refugio no sería solo un descanso, sino también la primera grieta en el tejido de incógnitas con el que habían partido.
Al caer la tarde, las calles de aquella ciudad presentaban ya un aura de riguroso silencio, daba la sensación de que todos los habitantes del pueblo estuviesen conteniendo el aliento ante la llegada de los forasteros.
Solo el golpeteo rítmico de los cascos de los caballos rompía la quietud.
Albion sintió que la calma era demasiado perfecta, demasiado inmóvil, como un cuadro pintado para ocultar algo detrás.
La sede de la Orden se alzaba al final del camino principal, ligeramente apartado de las casas del pueblo.
Los seis jinetes detuvieron sus monturas frente a la entrada. No había guardias visibles. No se oía el murmullo de voces dentro, ni el chisporroteo de las brasas en la chimenea. Solo el crepitar lejano de las ramas de los árboles.
El Gran Maestre Moonstone desmontó primero.
Dio dos pasos hacia la puerta y se detuvo ante una pequeña placa metálica incrustada en la madera: lisa, excepto por un símbolo circular dibujado en relieve.
La marca de Luxtenebris. Extendió la mano y apoyó la palma sobre él, musitó unas palabras que nadie pudo escuchar, como una breve oración a Deus por haber llegado sanos y a salvo e intentó escuchar algo que lo alertase de si había alguien en el interior.
A continuación, llamó a la puerta con tres golpes secos y dijo:
—En la penumbra nace…
Hubo un instante de silencio. Luther tragó saliva; Darclan se irguió como un centinela.
Jetson clavó los ojos en la puerta, atento a cualquier respuesta.
Y Albion se limitó a observar con curiosidad el rostro inescrutable de su maestro, que parecía ser un poco escéptico al hecho de que allí hubiese alguien para recibirlos.
Finalmente, desde el otro lado de la puerta, una voz respondió, ronca pero firme, completando el verso ritual:
—…la verdad que la luz no revela.
Un suspiro colectivo —muy leve, casi imperceptible— recorrió a todos los caballeros. El santo y seña seguía siendo el mismo, incluso después de tanto tiempo sin que ninguno de ellos fuese por allí. Al menos, alguien que lo conocía estaba dentro.
Pero la puerta no se abrió.