CINCO #2
—¿No es el deber de un caballero cumplir con la voluntad de Deus ? —intervino Albion, haciendo alusión al dogma Luminoscuro—. Pues ha sido voluntad suya haber recibido este don. Y, por ende, también es voluntad del Absoluto que forme parte de la cruzada —sentenció Albion.
Seraffyn le lanzó una mirada furtiva, pero prefirió no decir nada respecto a su charla en la biblioteca acerca de la alquimia. Hacerlo en aquel momento solo complicaría las cosas aún más.
—Aceptamos la voluntad del Primordial, Albion, pero sentimos cierto celo a la hora de verte marchar con el Gran Maestre — reconoció Cephirus—. No negaré que me hubiese gustado haber sido elegido, pero lo acepto y te deseo buena suerte, compañero —le dijo él, estrechándole la mano.
Cephirus era mucho más comprensivo que Seraffyn, pero el hecho de saber que opinaba igual que él, aunque fuese honesto, le disgustó un poco.
—Gracias, sir Highclere —le respondió Albion.
Se giró nuevamente hacia el senescal Edelweiss y le entregó la carta que le había escrito a su hermana durante la noche.
—¿Podréis hacérsela llegar a mi querida hermana? —le preguntó a Ivoriel—. No me gustaría partir sin que supiese de mí. Eso la apenaría mucho. Por favor —le suplicó él.
Ivoriel la aceptó y se la guardó en el bolsillo de su abrigo.
—Cuidaos el uno al otro —le respondió él mientras miraba de soslayo a Endymion, su amante en secreto, y luego al propio Albion— y yo me encargaré de que tu hermana sepa que has partido en una misión para la Orden.
—Descuidad, mi señor —le respondió Albion—, el Gran Maestre y yo no nos separaremos... —le dijo para tranquilizarlo.
Era evidente que lo que más le preocupaba a Ivoriel era la partida de Endymion, aunque Albion no podía imaginar por qué.
—Dejémonos de tanta palabrería —intervino de nuevo Braithwhite—, subid a vuestro caballo, caballero.
Y los demás, cargad el equipaje en la carreta, los caballeros de la Fuerza Tenebris nos aguardan fuera de los muros de las torres gemelas.
No me gustaría hacerles esperar más de la cuenta.
Tú también monta ya, escudero Quellcrist.
Albion hizo caso a su maestro y se subió al caballo, mientras que Seraffyn, Cephirus, Ivoriel y el escudero Elian cargaban los tres arcones de Endymion, Albion y Luther en una carreta que iba anclada al caballo de este último.
—¿Me elegiste a mí? —le preguntó Luther, que parecía sorprendido. La luminatriz se lo había comunicado así a Endymion y este se lo había trasmitido a él—. ¿Antes que a Elian?
—Querían a un escudero, y me preguntaron cuál de los dos prefería que nos acompañara —le respondió Albion—, pensé que Elian no disfrutaría demasiado al marcharse del amparo que le ofrece la torre, pero tú sí...
—Supongo que acertaste al decir mi nombre —reconoció Luther, pero sin darle las gracias.
—¿Por qué no ha venido a despedirse de nosotros la luminatriz Morningstar? —se extrañó Albion.
—Asuntos imperiales requerían de su atención —respondió Endymion—, pero confía en nosotros y nos desea que la luz nos ilumine en nuestro camino.
Sin duda, Albion también lo esperaba, aunque fuese una luz en la que ya no creyese.
Las grandes puertas de la torre de Alabashtra comenzaron a abrirse.
Sus goznes, viejos como los cimientos mismos de la fortaleza del emperador, dejaron escapar un gemido profundo, casi un lamento.
El frío matinal envolvía el patio exterior, aún cubierto por la neblina que ascendía desde el valle.
Después de las palabras del Gran Maestre, nadie volvió a hablar.
Había algo sagrado en aquel instante preciso de su partida.
Endymion le dedicó una última mirada a modo de promesa a Ivoriel y el senescal contuvo las irrefrenables ganas de lanzarse a él y besarle.
Detrás de los tres elegidos de la Fuerza Lux, en la penumbra del portón, los caballeros que se quedaban custodiando la torre se alineaban unos al lado de otros, como un escudo fuerte y firme.
Albion, el Gran Maestre Braithwhite y el escudero Luther se colocaron las capuchas de sus capas de viaje y ajustaron las riendas de los caballos. Cruzaron el portón sin mirar atrás y partieron sin más dilación.
II
Cuando salieron al camino que rodeaba la torre de Alabashtra, ninguno volvió la vista atrás.
Sabían que el primer acto de valor era no mirar lo que dejaban, por temor a que el corazón titubeara más que los pasos que debían dar hacia adelante.
Sin embargo, cuando la bruma del amanecer comenzó a engullirlos, Albion sintió una presencia a sus espaldas.
—A partir de este punto… ya no hay regreso fácil —le dijo una voz familiar.
Al girarse, contempló el rostro de Darclan, que lo miraba con cierta emoción por emprender la cruzada juntos. Estaba montado en un corcel negro y a Albion le resultó especialmente imponente, vestido con su riguroso uniforme y llevando una capa oscura sobre las espaldas.
—Los caminos dignos nunca lo tienen —replicó Albion, como si entre ellos no existiera ninguna promesa clandestina.
Tras él, el Gran Maestre Erebus Moonstone tiraba de las riendas de su caballo, al que le habían puesto un carruaje como el que arrastraba Luther. Y, entre sir Darclan y él, un tercer caballero de la Fuerza Tenebris asomaba con una figura igual de imponente que la de su hermano.
Jetson pasó por al lado de Albion montado en su caballo y lo miró de arriba abajo. Había notado cierta conexión entre Darclan y sir Soligant, así que no dudó en dejarle clara una cosa a Albion.
—No te fíes de mi hermano en este viaje, caballero...
—le dijo con un ligero siseo. Seguramente, Jetson lo hizo para fastidiar a su hermano y provocar un poco de tensión entre ellos, como de costumbre, pero lo cierto era que recelaba mucho de las relaciones personales que mantenía Darclan con otros caballeros, así que no iba a dejar que se acercase a Albion tan fácilmente—.
Te sorprendería saber lo cabrón que puede llegar a ser.
Dicho esto, Jetson avanzó por delante del Gran Maestre Moonstone y se puso a la cabeza de la marcha, dejando a Albion con Darclan.
—Mi hermano Jetson —masculló él—. Descubrirás que no es una persona muy amigable.
Pero las palabras de Jetson Registhorn habían causado un enorme impacto en Albion, tanto que enmudeció y no fue capaz de responder a Darclan.
Después de haber deseado durante días volver a verle, por fin tenía la ocasión de estar con él y no podía obviar las palabras de su propio hermano.
¿Por qué había dicho algo tan vil sobre Darclan?
¿Acaso su falsa amabilidad era un pretexto para descubrir cosas sobre la muerte de Cloud?
La marcha se alejó de los aledaños de las torres gemelas, en fila y formando alrededor de los dos caballos que arrastraban las carretas.
La brisa golpeaba sus capas; el horizonte, tiñéndose de un rojo tenue a causa del amanecer, prometía calor, pero anunciaba también peligro.
El mundo despertaba y con él los rumores del conflicto que los esperaba más allá de los muros de Cair Galad.
El camino era largo y, su destino, incierto.
Solo cuando las torres quedaron difuminadas por la neblina, ya fuera de la fortaleza del emperador, Albion se atrevió a mirar atrás.
—Volverás con tu hermana —le dijo su maestro.
Albion deseaba que así fuese, pero su misión era todo un misterio y solo ansiaba el momento en que el Gran Maestre Moonstone les revelase su propósito.
Y así, las seis siluetas avanzaron hacia el oeste, donde la Tierra Santa les aguardaba. La cruzada había comenzado, no con el choque de espadas, sino con el silencio solemne de quienes saben que su destino se decide más allá de la luz de aquel día, y de los días venideros.
El camino que habían tomado —diferente al que conducía a Amberdeen— serpenteaba entre colinas cubiertas de hierba húmeda, aún perlada por el rocío del amanecer.
El grupo avanzaba en silencio, dejando atrás los últimos vestigios de la ciudad.
Ahora, las torres gemelas de la Orden eran apenas un punto oscuro sobre el horizonte, casi indistinguible de las nubes bajas que la circundaban.
Marchaban en formación contenida. Al frente, ahora cabalgaban los dos Grandes Maestres designados para la travesía, sir Moonstone, cuya mirada parecía evaluar cada detalle del paisaje, y sir Braithwhite, un poco más relajado que su igual, pero con un porte firme, como si en su interior ardiera un conocimiento vedado para la mayoría.
Tras ellos, manteniendo un ritmo constante, viajaban los tres caballeros seleccionados: Albion, Darclan y Jetson.
Cerrando la comitiva, ligeramente retrasado, pero atento a cada gesto, iba el escudero Luther, protegiendo parte del equipaje común, y con la mirada oscilando entre curiosidad y el nerviosismo.
La ciudad de Cair Galad había quedado atrás, con sus mercados, su bullicio y la ilusión de seguridad que ofrecían las murallas.
El paisaje ahora era más agreste; los árboles se agrupaban en pequeños bosques y los pájaros cantaban sin preocuparse por la presencia humana.
Albion respiró el aire fresco y, por primera vez desde la partida, permitió relajarse un poco sin notar esa presión que había tenido al ser reprendido por sus compañeros.
En cierto modo, haber sido elegido para aquella misión —fuese cual fuese— le permitiría seguir con su propia investigación, así que debía agradecer a la oscuratriz Von Dusk y al emperador que le hubiesen dado aquella oportunidad para desenmascarar la doctrina Luminoscura.
Tal vez, si hubiesen sabido sus verdaderas intenciones, jamás le hubiese permitido salir de Alabashtra.
El viaje recién comenzaba, pero el simple hecho de abandonar la torre hacía que todo pareciera distinto. Más real.
—Nos detendremos en Glassbury antes del anochecer —dijo el Gran Maestre Moonstone sin volverse—. La sede de la Orden en ese pueblo nos abrirá sus puertas… siempre y cuando el santo y seña se mantenga intacto después de tanto tiempo sin ir por allí.