Los Caballeros de Galanthus CINCO
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CINCO

Donde los elegidos para la cruzada se preparan y emprenden el largo viaje a Tierra Santa, Arkanhold, la cuna de la doctrina Luminoscura.

I

Albion estaba nervioso por su próxima partida, solo que aquella vez lo haría siendo un caballero y no un simple escudero.

Tenía ciertas dudas sobre los motivos reales por los que lo habían escogido de entre sus compañeros, pero por las palabras de la luminatriz y la oscuratriz, la única razón era su emanación.

Tal vez, los Grandes Maestres a cargo de la cruzada podían valerse de su inmutabilidad para lograr con éxito la misión, fuese cual fuese.

Odiaba los secretos que se llevaban entre manos, le hacían sentir un títere siendo manejado sin voluntad propia.

En cierto modo, los caballeros de la Orden de Luxtenebris eran una especie de soldados autómatas como los del Castillo del Trono Carmesí, solo que con habilidades concedidas “milagrosamente” tras beber de una reliquia ancestral.

Tal vez, durante aquel viaje a Tierra Santa, al lugar donde comenzó todo, Albion pudiese hacer algunas averiguaciones acerca del Sagrado Grial, del maná y de su verdadero origen, supuestamente alquímico, según la creencia de sir Cloud.

Albion encendió una vela más en su aposento, aunque la hora exigía silencio.

Era la noche previa a la partida y los nervios no le dejaban dormir.

Si encendía un quinqué, la luz alertaría a alguna novicia que pasara por delante de su habitación, así que la llama de una vela le otorgaría la suficiente luz para no llamar la atención.

Sobre la mesa del escritorio descansaban los objetos que debía llevar consigo, dispuestos con el esmero de quien comprende que cada decisión puede significar vida o muerte lejos del hogar.

En primer lugar, guardó en el arcón de viaje una cota de malla plegada, envuelta en tela para evitar la humedad.

En la torre nunca la había necesitado, pero tal vez en Arkanhold sí.

Luego, un par de túnicas blancas para dormir, levitas nuevas y un frasco de aceite para el arma, vendas, una pequeña piedra de afilar y algunos enseres más.

En el fondo del arcón, guardó una daga corta, no la oficial de la Orden, sino una más antigua, anterior a su juramento —la había conservado durante los tres años que estuvo en la escudería y le recordaba el camino que había tenido que emprender hasta llegar allí—.

Por último, añadió un pequeño paquete envuelto en lino: pan negro, frutos secos y algo de fruta poco madura que aguantaría el viaje.

Albion cerró el arcón sin apretarlo del todo. Le quedaba algo aún más difícil que elegir lo que llevarse, decidir qué decirle a quien dejaba atrás. A su amada hermana Alva.

Se sentó ante la mesa, preparó una hoja de pergamino y mojó la pluma en tinta.

Dudó un instante antes de escribir. En su mente, emergió la imagen de su hermana recibiendo aquella carta aún en blanco y viendo su expresión de decepción al saber que pasaría un tiempo hasta volver a ver a su querido hermano Albion y que, por tanto, incumpliría la promesa de visitarla en las próximas semanas.

Por suerte, las tareas que le mandase la señorita Childermass la distraería de su pena.

La pluma comenzó a deslizarse:

«Mi querida Alva:

Sé que Childermass habrá reprendido tu costumbre de leer mis cartas más de una vez, pero confío en que esta llegará a tus manos incluso si debes fingir que es parte de tus lecciones.

Debo partir de la torre antes del amanecer. Es una misión que no puedo detallar, pero me llevará lejos, más lejos que cualquier viaje con el que haya soñado. Si pasan semanas sin noticias, no temas por mí; piensa que sigo el camino que juré proteger.

Quiero que sigas con tus estudios y que escuches a tu institutriz incluso cuando te parezca exagerada. Quiero que recuerdes las palabras que acostumbraba a decirnos nuestro padre: la verdadera valentía no es empuñar una espada, sino mantener la bondad cuando el mundo se vuelve oscuro.

Viajaré con sir Braithwhite, así que podré pedirle que me muestre tu bello rostro con el poder de sus ilusiones cada vez que te eche de menos, que seguro será en todo momento. Solo tu recuerdo será capaz de guiarme de vuelta a casa.

Te prometo regresar. Y cuando lo haga, te contaré historias que ningún libro se atrevería a relatar.

Tu amado hermano,

A. S.».

Al terminar de escribirla, la dejó secar unos segundos.

La dobló con cuidado, marcándola con lacre y el sello de la Orden y la dejó sobre la mesita.

Se la entregaría al senescal Edelweiss por la mañana para que se la hiciese llegar a Alva lo antes posible.

A continuación, se levantó, abrió ligeramente la ventana y dejó que el aire nocturno refrescara la habitación.

La torre de Alabashtra dormía, igual que la de Obssidyan, pero él no podía permitirse el lujo del sueño.

Sin poder evitarlo, se sentó en el alféizar de la ventana y observó a través de ella la magnificencia de Cair Galad, la fortaleza del emperador, la ciudad que lo había visto nacer y crecer.

Se preguntó cómo sería Arkanhold y si sería igual de imponente que su hogar.

«Espero que Darclan venga con nosotros», deseó Albion como quien pide un deseo a las estrellas.

Se lo imaginó en su alcoba, en la torre gemela al otro lado de los tres puentes que conectaban Alabashtra con Obssidyan, preparando su equipaje y, tal vez, pasando su última noche allí despierto como él.

Tras un rato respirando el aire fresco nocturno, Albion apagó la vela que había encendido para escribir la carta y su alcoba se quedó en completa oscuridad.

Luego, con un suspiro profundo —en el que se entremezclaban deber, duda y un deseo prohibido que no tenía cabida entre los muros de la Orden—, se tumbó en su catre y cerró los ojos, anhelando poder dormir, aunque fuesen un par de horas antes de la partida.

A la mañana siguiente, Ivoriel Edelweiss lo despertó bien temprano.

Sin apenas darse cuenta, se había quedado dormido finalmente, algo que agradeció para poder emprender el viaje mínimamente descansado.

Albion se vistió lo más rápido que pudo, tomó su equipaje y la carta, y salió al pasillo sin armar demasiado ruido.

Fuera, un nuevo amanecer aguardaba. Y con él, un destino que ni siquiera la carta más honesta a su hermana podía anticipar.

—Tus compañeros han querido despedirse de ti, Soligant —le dijo el senescal Ivoriel.

Albion no dijo nada al respecto, pero se sintió dichoso de que Seraffyn y Cephirus se hubiesen tomado la molestia de levantarse tan temprano para desearle suerte en su cruzada. A él y al Gran Maestre Endymion.

Siguió por el pasillo del décimo piso a Ivoriel hasta un elevador de poleas con el que subían y bajaban por toda la torre objetos de mucho peso, en aquel caso, el arcón de viaje.

Albion lo situó en la plataforma y activó el mecanismo de poleas para que descendiera hasta la escudería, donde seguramente Luther y Elian también les estarían esperando.

Se preguntó cómo habría reaccionado Quellcrist al hecho de haber sido elegido para ir con ellos.

Mientras su equipaje bajaba por el elevador, Albion e Ivoriel bajaron por la escalera con un riguroso silencio. Ninguno dijo nada en todo el descenso, pero Albion pudo notar que el senescal no parecía muy contento.

Al llegar a la base de la torre de Alabashtra, los dos se dirigieron al portón que conectaba con la escudería y conectaba con el patio de armas.

Allí, tres caballos ya estaban listos para ser montados.

Al primero que vio nada más salir al exterior fue al Gran Maestre Endymion, que aguardaba impaciente la llegada de Albion.

Junto a él, estaban sir Seraffyn y sir Cephirus. Y tras ellos, Luther y Elian.

Todos clavaron sus miradas en Albion cuando lo vieron aparecer acompañado de Ivoriel.

—Qué honor que todos hayáis acudido a despedirnos —masculló Albion.

—Es un día dichoso para la Fuerza Lux, sir Soligant —le dijo su maestro.

—Sin embargo, no puedo evitar sentir ciertas expresiones de inquietud en todos vosotros, hermanos —dijo Albion.

Era evidente que Seraffyn y Cephirus no solo estaban allí para desearles buena suerte, sino para intentar comprender los motivos que había tenido la luminatriz para elegir a Albion en lugar de a alguno de ellos.

Incluso Ivoriel parecía descontento con aquella decisión—.

Sabéis que yo no he tenido nada que ver con esta decisión, ¿verdad?

—Comprendemos la elección del Gran Maestre y que no me hayan elegido a mí para la cruzada —intervino Ivoriel—, ya que en ausencia de Endymion, yo ocuparé sus funciones al ser el senescal.

Así que, evidentemente, debo quedarme en la torre...

Pero sir Seraffyn y sir Cephirus llevan más tiempo siendo caballeros y consideramos que cualquiera de los dos está mejor preparado para esta misión —juzgó Ivoriel.

Todos parecían bastante descontentos y eso apenó profundamente a Albion, pensaba que sus nuevos compañeros serían distintos a Luther y Elian, especialmente después de haber celebrado todos juntos su nuevo juramento.

Al parecer, se equivocaba y, tanto Seraffyn como Cephirus, incluso el propio Ivoriel, no distaban mucho de los escuderos.

—La decisión no fue de la luminatriz —intervino de pronto Endymion—, fue la propia oscuratriz Von Dusk, con la aprobación del emperador Aurelyan, quienes propusieron a sir Soligant.

—¿Solo por su emanación? —se quejó Seraffyn.

—Así es... —confirmó Endymion.

—Nuestras emanaciones también son útiles, lo han sido todo este tiempo, ¿qué hay de nuevo en la suya? —siguió quejándose sir Lushienn.

Albion pensaba que Seraffyn hubiese preferido quedarse en la torre y no hacer absolutamente nada que le supusiese un esfuerzo fuera de lo común, antes que lanzarse a la aventura y recorrer una larga distancia para llevar a cabo una misión peligrosa.

Además, si se quedaba, podría retozar y dedicar toda su atención a la novicia Neeve Lucis.