Los Caballeros de Galanthus CUATRO #3
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CUATRO #3

La puerta de la biblioteca cedió con un suave gemido de madera envejecida y un aroma familiar —una mezcla de pergamino antiguo, tinta seca y polvo iluminado por el sol— envolvió a Albion de inmediato como una bienvenida silenciosa.

La estancia se extendía en una circunferencia amplia, siguiendo la forma de la torre, con estanterías que trepaban hasta perderse en la penumbra del techo abovedado.

Las vigas que sostenían la estructura, talladas con motivos de hojas de acanto y símbolos de la Orden, daban al lugar un aire de santuario intelectual.

Por los ventanales estrechos se filtraban haces de luz que caían en columnas casi sagradas sobre mesas de estudio, como si el propio Deus fuese capaz de leer junto a los caballeros que ocasionalmente iban allí en busca de conocimiento.

Aunque, mirándolo bien, pensar en Deus después de todo lo que había averiguado le resultaba un tanto ridículo.

Albion avanzó despacio, dejando que sus dedos rozaran los lomos de los volúmenes a ambos lados.

Entre tratados de teología, crónicas militares y códices engalanados con oro desgastado, se ocultaban obras más discretas, protegidas de miradas imprudentes.

Los libros sobre ciencias naturales, astronomía y medicina —estos últimos solo eran meras copias de los que estaban en la enfermería y la botica— ocupaban una sección más baja, al alcance de quien buscara sabiduría más útil.

Pero lo que él deseaba se encontraba en otro lugar.

Dirigió la mirada hacia la galería superior: un corredor estrecho con barandillas de hierro forjado que circundaban la sala, accesible por una escalinata lateral.

Allí, tras una reja que solo se abría con llave, estaban los textos menos ortodoxos: cosmología antigua, mitología, estudio de lenguas muertas y diferentes formas de auspicios, todas ellas artes prohibidas por exceso de curiosidad de aquellos que no eran capaces de comprenderlas.

Y entre ellos, si los rumores eran ciertos, algunos manuscritos prohibidos que tal vez mencionaban la alquimia.

O eso era lo que había descubierto examinando por primera vez los diarios de Blanchester, algo a lo que había dedicado largas jornadas durante los dos últimos días.

Entre sus páginas, había encontrado citas que aludían a aquellos manuscritos, así que Albion esperaba poder acceder a ellos libremente.

Blanchester hablaba de una alquimia más antigua, seria y peligrosa, la que buscaba comprender la estructura íntima del mundo, su pureza y, por tanto, su correspondiente corrupción, la que trataba de transmutación, del alma y de los cuerpos, de la fe y las creencias.

En definitiva, de la verdadera alquimia y no la que los charlatanes prometían hablando de oro y juventud eterna a cambio de unas monedas.

Pero antes siquiera de que Albion pudiese acceder a toda aquella información, que previamente había podido examinar Cloud, la bibliotecaria —una novicia joven y vivaracha— levantó la vista cuando el caballero se acercó al atril de registro.

—¿Sir Soligant? —se extrañó al verlo allí—. Me alegra ver que muestra interés en los libros. Bienvenido... —lo recibió la chica en voz baja, pero firme.

Inmediatamente, Albion le mostró el acceso especial que el Gran Maestre le había concedido. Una autorización que le permitía disponer de los libros de la biblioteca cuanto quisiera.

—Nunca es tarde para adentrarse en los misterios que esconden los libros —comentó él.

—El permiso especial es válido. ¿Qué asunto lo trae hoy aquí? —le preguntó la novicia. Su nombre era Neeve Lucis y, al igual que Roswitt, ella también usaba el mismo apellido para identificarse como una novicia de Lux—. ¿Es por lo mismo que trajo a sir Blanchester?

Le sostuvo la mirada con respeto, aunque sintió un leve nudo en la garganta al escucharla mencionar al caballero. No se sentía orgulloso de tener que mentir a todo el mundo, pero tampoco podía revelar sus inquietudes a la primera de cambio, ya se había arriesgado demasiado al confiar en Darclan.

—Busco conocimiento sobre las artes que estudian la naturaleza de la materia —respondió con cuidado—. Aquellas que aspiran a comprender la esencia de lo creado. Necesito acceder a los tratados alquímicos —adornó su explicación para no sonar desesperado o, peor aún, sospechoso.

La novicia lo observó unos segundos más, sopesando el motivo real de la búsqueda que estaba llevando a cabo el nuevo caballero. Finalmente, asintió. Tomó de un cajón una llave larga y oscura, que parecía tan antigua como la torre misma, y se la entregó sin dudarlo.

—La claridad es una luz que no todos pueden soportar. No fuerce los ojos más allá de lo que alcancen a ver —le dijo ella de forma críptica, muy propio de alguien que ejercía como bibliotecaria.

Albion aceptó la llave con una inclinación de cabeza.

Cuando subió la escalera y alcanzó la galería superior, el silencio se volvió más profundo, casi expectante.

Abrió la reja con un chasquido leve y, al cruzarla, tuvo la sensación de estar entrando en una cámara donde el conocimiento no se ofrecía, sino que ponía a prueba a quien lo buscaba.

Se detuvo frente a un estante especialmente discreto.

Entre los lomos oscuros leyó títulos que nadie osaba pronunciar en voz alta en los pasillos de la Orden: Tabula Alquímica , Corpus Alchemicum , De Natura Transmutatio , eran solo algunos de ellos.

Su mano tembló, apenas perceptible, cuando tomó el primero.

Había ido a buscar respuestas sobre la alquimia y las obtendría, aunque le llevase días examinar todo aquel material. Aunque, en el fondo, temía descubrir que las respuestas ya estaban esperándolo mucho antes de decidirse a ir allí.

Lo primero que descubrió al examinar Tabula Alquímica fue que la Alquimia, como ciencia prohibida, se trataba de una disciplina química, metalúrgica, física, medicinal en algunos casos, astrológica, semiótica, mística y, sobre todo, mágica.

Nunca había oído hablar de algo así, tan alejado de la fe, pero al mismo tiempo tan próximo a ella.

Lo siguiente que descubrió fue que tenía como objetivos la comprensión de la vida y el funcionamiento del cosmos y, visto desde un punto de vista filosófico, la aplicación de principios naturales primordiales que pudiesen conducir a la materia imperfecta a alcanzar la perfección.

«Si Deus no existe y no hay nada tan perfecto y puro como creemos, significa que hemos nacido imperfectos… quizá no fue un error. Quizá la imperfección es el último don que merecemos todos», recordó Albion.

En cierto modo, todo aquello tenía bastante sentido para él.

Si Cloud estaba en lo cierto y el maná los transformaba de alguna manera al beber del Sagrado Grial y recibir emanaciones, era como si los caballeros de la orden sufriesen aquella transformación que buscaba la alquimia.

Dejaban de ser seres imperfectos y pasaban a ser algo superiores, semidivinos, con dones que nadie más poseía.

La pregunta era: ¿Por qué? ¿Para qué querría la Orden tener a caballeros capaces de emplear poderosas emanaciones?

¿Acaso solo era por el simple hecho de sentirse superiores, o había algo más que a Albion se le escapaba?

¿Es que acaso eran simples experimentos de la alquimia?

Era demasiada información para él, necesitaba la ayuda de Darclan y compartir aquella carga como se habían prometido el uno al otro.

Se preguntó qué estaría haciendo en la torre de Obssidyan y si el Gran Maestre Moonstone habría dado por finalizada la investigación sobre la muerte de Blanchester y su autopsia.

Tenía tantas ganas de preguntarle cosas, que Albion hubiese hecho cualquier cosa por verle de nuevo.

Siguió indagando un poco en el ejemplar de Tabula Alquímica , pero después de un buen rato leyendo y releyendo párrafos sin sentido, decidió cambiar y darle un vistazo rápido a Corpus Alchemicum , por si podía encontrar algo que completase la información que ya disponía.

Estaba tan absorto en la lectura, que apenas escuchó las voces de la bibliotecaria, alguien más había entrado en busca de conocimiento y conversaba con Neeve.

Al darse cuenta de que ya no estaba solo, Albion despegó la cara de las páginas del nuevo libro y echó un vistazo abajo.

Le sorprendió encontrar a sir Seraffyn Lushienn allí, aunque más le sorprendió ver el afecto con el que estaba tratando a la novicia bibliotecaria y las caricias que le hacía con sutileza en una de las manos.

Si no supiera que las relaciones entre caballeros y novicias estaban prohibidas, pensaría que Seraffyn pretendía algo con ella.

Allí agazapado en la galería de libros, bajo la privacidad que le otorgaban aquellos ejemplares sobre alquimia, Albion espió a su hermano caballero y a la novicia Neeve como quien escucha conversaciones privadas tras la puerta, solo que la novicia enseguida detuvo a sir Lushienn y le susurró algo al oído, probablemente la advertencia de que no estaban solos en la biblioteca y Albion Soligant se encontraba en la galería superior.

De pronto, Seraffyn alzó la vista hacia él y lo descubrió husmeando tras los libros. Automáticamente, carraspeó disimulando, se apartó de al lado de la novicia Neeve y se ajustó el pañuelo del cuello para fingir mantener la compostura y el decoro propios de un caballero luminoscuro.

«Por favor, que no decida subir a hablar conmigo», pensó Albion irremediablemente.

Pero eso fue justo lo que Seraffyn Lushienn hizo.

Comenzó a dirigirse a la escalinata y a subirla dando grandes zancadas, lo suficientemente lento como para que Albion pudiese guardar sus anotaciones en el bolsillo secreto de su levita y fingir que no estaba tomando sus propias notas y simplemente estaba disfrutando de un momento de lectura.

Al llegar arriba, Seraffyn lo saludó amistosamente.

—Veo que has encontrado un modo de pasar el tiempo... —le dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.