CUATRO #2
—Me alegro de que hayas sido nombrado caballero y lo que supone para nosotros que hayas podido darme una casa donde vivir, pero eso significa que no podré verte a menudo —lamentó ella.
—Sé que no es lo mismo que tenerme aquí contigo —repuso—. Pero haré todo lo que esté en mi mano para visitarte tan a menudo como me sea permitido. Ahora me debo a la Orden de Luxtenebris y he dejado de ser un simple escudero, ahora soy caballero.
La señorita Childermass, con una percepción que Albion agradeció, se retiró unos pasos para dejarles intimidad, examinando las cortinas como si su atención estuviera allí y no depositada en la conversación de los dos hermanos.
La casa no era un hogar perfecto, pero sí un refugio tejido de dos eras: piedra poderosa para resistir el mundo y luz moderna para permitir que una niña, todavía intacta por los asuntos de los adultos, pudiera soñar.
Albion quería mantener aquello a toda costa, no podía soportar que le ocurriese algo malo, por eso era mejor que estuviese allí.
Posó una mano sobre el alféizar de la ventana y, por un instante, sintió de nuevo a la emanación que le había sido entregada agitarse bajo su piel, tentándolo a corregir una grieta en la madera, a purificar y mejorar, si cabe, aquel lugar.
Pero retiró la mano antes de que el impulso se convirtiera en un milagro delante de Alva y la señorita Childermass.
Aquella casa debía ser un poco imperfecta para que Alva pudiera vivir de verdad.
—Está bien —aceptó finalmente la niña—, creo que podré acostumbrarme a vivir aquí, si recibo tus visitas a menudo, tal y como me has prometido —puntualizó.
Acto seguido, los dos hermanos se abrazaron y se reconciliaron después de mucho tiempo sin verse.
Tras un largo rato —horas— conversando y poniéndose al día de las últimas novedades que Albion sí podía contarle y no guardaban relación con los secretos de sir Blanchester, la señorita Childermass los interrumpió en la sala de reuniones.
—Creo que han venido a buscarle, sir Soligant —le dijo con un tono servicial.
—¿Quién es? —quiso saber él.
—Se ha identificado como su maestro, sir Endymion Braithwhite —le reveló la mujer.
—Hágale pasar, por favor, señorita —le pidió él educadamente.
Al cabo de unos breves minutos, Odile Childermass regresó a la salita acompañada de Endymion, que quería comprobar por él mismo cómo habían sido las primeras impresiones de los hermanos al llegar a aquella casa.
—Albion... —masculló el hombre al verlo, era el modo que tenía de saludarlo—. Y tú debes de ser la pequeña Alva, me alegro de conocerte al fin.
A pesar de no haberla visto jamás, Braithwhite había logrado crear una ilusión perfectamente idéntica a la niña el día en que entrevistó a Albion en la sala de reuniones del tercer piso.
Su emanación era tan poderosa que con tan solo unos pocos fragmentos de la memoria del chico, Endymion había logrado formar la ilusión de una versión inmejorable de Alva Soligant.
La niña parecía una figura escapada de un cuento invernal.
Su cabello, blanco como la nieve recién formada, caía hasta la mitad de su espalda en ondas suaves; no tenía el tono apagado de una niñez encerrada en una escuela para señoritas, sino el brillo etéreo de la luna sobre un lago helado.
A la luz de aquella estancia, los mechones parecían captar varios tonos parecidos a la plata y luego a las perlas.
Su piel pálida, de un blanco lechoso como la de Albion, le recordaba a Endymion la porcelana más fina que existía en el mundo.
Sin poder evitarlo, los recuerdos de su pasado con Godric Soligant le invadieron la mente, ya que el enorme parecido que tenía con sus dos hijos era abrumador.
Al ver a Endymion allí, imponente y demostrando cierta autoridad ante su hermano, Alva no pudo remediar encoger ligeramente los hombros, como si la vida la hubiese enseñado a ocupar el menor espacio posible por cortesía hacia los adultos que discutían asuntos demasiado graves para alguien de trece años.
—Es un placer conocerle, señor Braithwhite —le dijo ella con timidez.
En cuanto Alva se dirigió a su maestro, Albion comprendió que, pese a su apariencia de criatura hecha de invierno, su hermana buscaba un lugar donde poder derretirse sin desaparecer. Y aquella casa, con sus muros antiguos y su luz nueva, podía ser el primer atisbo de ese deshielo.
Para sorpresa de los dos hermanos, una ilusión se materializó delante de ellos, regalándoles una visión macabra del recuerdo de Godric.
La ilusión perpetrada por la emanación de Endymion solo duró unos instantes, sin querer. Pero el suficiente tiempo para que Albion y Alva lo viesen otra vez. Ambos habían olvidado prácticamente cómo era, pero Endymion podía devolvérselo, al menos durante un breve momento.
—Mi señor... —masculló Albion, completamente perplejo por aquella visión fugaz de su amado padre—. ¿Ha creado una ilusión a partir de nuestros recuerdos o de los suyos propios?
A Endymion le sorprendió comprobar lo perspicaz que podía resultar Albion, tal vez por eso lo había elegido para ser caballero.
Su emanación lo había delatado, así que al Gran Maestre Braithwhite no le quedó más remedio que confesar su secreto.
—Lo conocí, hace muchos años, cuando los dos éramos jóvenes.
La ilusión que he creado sin querer era una mezcla de mis recuerdos y los vuestros.
Lamento el daño que volver a ver a vuestro padre os haya podido ocasionar, no quería que esto sucediera...
Pero al ver a Alva, al veros juntos, no lo he podido evitar.
Por primera vez, Albion veía a Endymion como a un ser humano, un igual, y no como el Gran Maestre de la Fuerza Lux. Tal vez, el hecho de conocer a su padre podía acercarlos un poco más.
—¿Por qué ha venido realmente hasta aquí, maestro? —le preguntó Albion.
—Quería asegurarme de que los dos estabais bien, de que la Orden os había entregado un lugar bonito donde poder vivir. Aunque solo sea durante breves momentos como este, que podáis compartir —se sinceró el hombre.
—Venga, señor Braithwhite, siéntese y cuénteme más cosas sobre mi padre. No conozco a muchas personas que puedan hablarme de él —le pidió Alva con la ilusión propia de una niña que camina hacia la adultez poco a poco.
—Será un placer, querida... —aceptó él.
Endymion se sentó al lado de Alva y esperaron a que Albion los acompañase, eso sí, bajo la atenta mirada de la señorita Childermass, que no les quitaba el ojo de encima a ninguno de los tres, vigilante y expectante.
—Hay una cosa que me gustaría saber, maestro... ¿Realmente me eligió porque creía que podía ser un buen caballero, o solo lo hizo porque conocía a mi padre? —quiso saber Albion.
—¿Crees que no mereces ser el caballero sir Soligant? —le espetó él—, ¿que no merecías recibir el maná en tu cuerpo y tener tu propia emanación?
Por desgracia, el significado de aquellas cosas se había visto truncado por los secretos que Blanchester había desvelado en su Arkanomicón, así que Albion realmente sí que dudaba de los motivos que había tenido su maestro para elegirlo sucesor del caballero caído en desgracia.
—Dígamelo usted, ¿fue elección suya? ¿O Hemera Morningstar tuvo algo que ver en la decisión?
—¿A qué vienen estas dudas, caballero? —se sorprendió su maestro.
—Solo quiero que me responda, hágalo y creeré que realmente valgo para mi puesto —le desafió él.
—Tú siempre tan agradecido con todo el mundo, Albie... —le riñó su hermana.
—No, querida... Tu hermano tiene razón. Merece escuchar de mis labios que realmente el puesto era para él.
No te elegí por ser el hijo de Godric, si es lo que quieres saber, lo hice porque fuiste valiente y no tuviste miedo al aceptar la misión de la luminatriz.
Mi opinión solo corroboró lo que Hemera ya creía, que tú siempre fuiste un digno candidato a ser caballero.
Las palabras de su maestro no lo contentaron en absoluto, era imposible que lo hicieran después de saber que todo era una farsa. Sin embargo, todavía tenía mucho que averiguar y solo podría hacerlo investigando en la biblioteca de Alabashtra.
II
Lo que Albion tenía claro era que Cloud no estaba tan loco como pensaba.
Y que las cosas que había averiguado, ya fuesen a través de sus visiones —provenientes también de los poderes que el maná le había otorgado— o de sus propias averiguaciones, guardaban relación con una ciencia prohibida llamada alquimia y que nada tenía que ver con la doctrina Luminoscura o con la existencia de un Deus Todopoderoso, Primordial, Dual, Único y Absoluto, como les habían hecho creer a todos.
Según sir Blanchester todo eran mentiras perpetradas por la Orden, pero ¿con qué finalidad? Había muchas cosas que se escapaban a su comprensión y Albion tenía intención de averiguarlas todas y cada una de ellas. Empezando por saber qué era eso de la alquimia.
Tras asegurarse de que su hermana quedaba al buen cuidado de la señorita Childermass, Albion pasó los dos días siguientes releyendo las notas de Cloud y tomando sus propios apuntes en un pergamino, que escondía siempre en un bolsillo cosido en el interior de su levita.
Al tercer día de su propia investigación, logró un permiso para ir a la biblioteca aludiendo simple interés académico, como Darclan había manifestado al decirle que sabía muchas cosas sobre las emanaciones porque había leído sobre ellas.
Tal vez, podía tomarlo de ejemplo y encontrar algo que le fuese de utilidad en la biblioteca de la Orden, situada en la octava planta de la torre.
Recorrió el último tramo de escalones que conducían allí con el pulso levemente acelerado, no por los nervios de enfrentarse a lo desconocido, sino por la preocupación que le provocaba descubrir algo más sin la compañía de Darclan.
Era un verdadero fastidio que sir Registhorn fuese de la Fuerza Tenebris y no pudiese contactar con él de ningún modo.