CUATRO
Donde sir Soligant intenta sobrellevar una pesada carga sobre sus hombros y lidiar con asuntos familiares, mientras que el emperador muestra un repentino interés por él.
I
Habían acordado que Darclan le diría al Gran Maestre Moonstone que Albion y los escuderos no habían visto nada más en Amberdeen.
Era la única manera de mantener a salvo los secretos de Blanchester y al margen de todo aquel asunto a Luther y Elian.
Erebus confiaba en sir Registhorn, así que creería cualquier cosa que le dijese, especialmente después de haberlo enviado expresamente a la torre de Alabashtra a interrogar a sir Soligant.
Las promesas, que se habían realizado el uno al otro en la soledad de la nueva alcoba de Albion, habían sido suficientes para que ambos chicos no pudiesen dejar de pensar en lo que implicaba, para ambos, haber tomado aquella decisión tan arriesgada.
No solo estaban poniendo en peligro sus propias vidas, sino la estabilidad de la propia Orden y de la fe de todos los creyentes, de aquellos que honraban la doctrina Luminoscura y a Deus .
Las visiones de Blanchester le habían mostrado los secretos más inconfesables de la Orden, por eso las sospechas de Albion de que había más de un implicado en su muerte cobraron mayor relevancia al leer las anotaciones que el pobre hombre había dejado en su ejemplar del Arkanomicón, el cual Albion había tenido que esconder en una losa hueca debajo de su cama.
Tenían mucha suerte de que ni Braithwhite ni el senescal Edelweiss hubiesen leído aquellas notas, de lo contrario, las cosas se hubiesen complicado mucho.
Albion no podía ni llegar a imaginar cuánto.
¿Acaso las personas que creían en la doctrina Luminoscura eran capaces de soportar una terrible verdad como aquella?
¿La Gran Mentira? Estaba seguro de que poner en duda el credo y los dogmas de las personas podía hacer tambalear no solo los cimientos de la Orden, sino los del propio imperio de Galanthus.
Sin embargo, por muy perturbadora que fuese la verdad, Albion tenía obligaciones que atender, especialmente las que incumbían a su hermana Alva.
Tal y como le había asegurado el Gran Maestre Endymion, podría sacarla de la escuela para señoritas en la que se encontraba y darle un techo bajo el que vivir.
La Orden de Luxtenebris tenía casas repartidas por toda la fortaleza del emperador, algunas de las cuales no usaba desde hacía tiempo, así que la propia luminatriz Hemera le había permitido elegir una de ellas e instalar a la pequeña Alva allí.
Eso sí, bajo la tutela de una institutriz ajena a la escuela.
El carruaje que había enviado Albion desde la torre para recoger a su hermana se detuvo frente a la casona al caer la tarde. El cielo estaba teñido de cobre y malva, y la silueta del edificio se recortaba contra el horizonte como un recuerdo de dos hermanos que nunca debieron separarse.
Él fue el primero en bajar, alisando su traje blanco y su capa. Respiró hondo antes de girarse para ayudar a descender a la joven institutriz, la señorita Odile Childermass, y luego a su hermana Alva, que miraba el lugar con ojos tan grandes como las dudas que escondía en ellos.
—¿Qué lugar es este, hermano? —se extrañó la niña. Guardaba una sorprendente similitud con él: mismos cabellos blanquecinos, prácticamente níveos, y misma expresión delicada. Ninguno de los dos podía negar que fuesen parientes—. ¿A dónde me has traído?
La casa había sido, siglos atrás, una pequeña encomienda de la Orden, una construcción vetusta, pero fuerte y sobria, de piedra gris y tejado a dos aguas.
Sin embargo, hacía apenas una generación, un benefactor había aportado fondos para modernizarla.
Ese mestizaje era visible desde el primer vistazo.
Una galería acristalada abrazaba el flanco sur del edificio —un añadido claramente reciente— diseñada para dejar entrar la luz del sol a las salas de estudio.
Sobre las ventanas, se apreciaban marcos de madera pintada con molduras finas, de un gusto mucho más cercano a la casa de los nobles que a una simple residencia de aquel barrio.
—No es demasiado grande, ni tampoco demasiado pequeña —le dijo Albion para intentar convencer a su hermana de que era un lugar idóneo para ella—, pero es un lugar seguro, te lo prometo —le aseguró.
El caballero se adelantó a la niña —que solo tenía trece años— y a la institutriz, y fue directo a la puerta, que abrió con una modesta llave.
En el interior, el vestíbulo conservaba su aire antiguo: suelo de losas de piedra, paredes gruesas, y un arco apuntado que conducía al interior.
No obstante, alguien había cubierto la piedra con tapices de tonos azul pálido y crema, estampados con motivos florales propios de las estancias personales de la emperatriz.
Las antorchas habían sido sustituidas por candelabros de bronce y lámparas de aceite finamente trabajadas, que ofrecían una luz cálida sin humo.
La señorita Childermass avanzó unos pasos, examinando el lugar con un particular ojo clínico.
—Tiene carácter —concedió—, y también serenidad. Será un buen hogar para una jovencita como ella… No debe preocuparse por su hermana, sir Soligant, yo me encargaré de que siga con su aprendizaje, pero alejada del bullicio de la escuela, si me permite decirlo.
Odile Childermass era una mujer que, a primera vista, lograba transmitir cierta disciplina, calidez contenida y una elegancia sobria más propia de una institutriz formada en un ambiente noble que de una simple profesora de escuela.
Tenía alrededor de treinta y siete años, de estatura media y porte recto, como si hubiese sido instruida desde joven para hacerse respetar en salones donde nadie estuviese dispuesto a prestarle demasiada atención.
Su figura era esbelta, pero no frágil, sin duda era capaz de poner límites sin alzar la voz.
Su rostro ovalado, pero de facciones delicadas, contrastaba con sus ojos, de un gris azulado.
Llevaba el cabello castaño oscuro con ligeros reflejos cobrizos, recogido siempre en un moño bajo y perfectamente sujeto con horquillas.
Pocos mechones se escapaban a su control, y cuando lo hacían, ella los colocaba de vuelta en su sitio con un gesto suave, pero inmediato.
Aunque su apariencia inspiraba respeto y compostura, había momentos —normalmente cuando Odile creía que nadie la observaba— en que sus rasgos se suavizaban, revelando una ternura prudente y una nostalgia que dejaba entrever que también ella tuvo una vida antes de convertirse en institutriz.
Una vida con sueños propios, tal vez aún guardados bajo llave.
A Albion nunca le había gustado que su hermana fuese enviada a aquella escuela, pero él no tenía dinero para poder mantenerla, ni para mantener su hogar familiar, del que habían sido despojados como dos huérfanos.
Así que tener la posibilidad de ofrecerle un nuevo techo era lo máximo a lo que Albion podía aspirar.
Y, por suerte, lo había logrado y su hermana podía tener un futuro alejado de aquella escuela y, en cierto modo, también de la Orden.
Jamás se hubiese perdonado que la convirtiesen en una novicia igual que a Roswitt Lucis. Él no quería eso para su amada Alva.
—No se parece en nada a nuestra antigua casa —se quejó la niña.
No parecía demasiado contenta de estar allí, pero sí de que su hermano la hubiese sacado de la escuela en pleno día, bajo la atenta mirada de todas sus compañeras y de las institutrices que la regentaban.
No todos los días un caballero luminoscuro salvaba a un joven de las garras de arpías sin escrúpulos.
El pasillo principal de la vivienda llevaba a una sala de estudio que antiguamente habría sido una sala común para reuniones.
La gran chimenea ornamentada seguía presidiendo el espacio, tallada con el escudo de la Orden de Luxtenebris, algo que sorprendió a Albion, pero frente a ella se extendía ahora un sofá tapizado en terciopelo verde oliva y dos butacas con patas curvas, de estilo más moderno.
Una biblioteca empotrada ocupaba la pared norte: estantes nuevos, barnizados, esperando libros que todavía no habían llegado.
—Mira, Alva... aquí podrás leer, bordar, estudiar… y recibir alguna visita si la señorita Childermass lo permite —le dijo Albion, intentando que todas aquellas actividades sonasen mínimamente atractivas para la niña, que solo se limitó a hacer una mueca de desaprobación—. ¿Es que no estás contenta?
La muchacha acarició sin palabras el respaldo de una de las butacas. Era la primera vez en mucho tiempo, años, que veía algo hecho con la intención de ser hermoso, no solo útil, como ocurría en la escuela.
—Estoy abrumada, solo es eso, hermano —repuso Alva.
En el piso superior, los dormitorios conservaban la estructura original, con vigas expuestas en el techo y ventanas estrechas, pero habían sido restaurados con cortinajes de muselina, colchas de tonos suaves y escritorios con cajoneras finamente elaboradas.
La habitación destinada a Alva daba al jardín trasero.
Desde la ventana se veía un huerto pequeño, cercado por un muro bajo y adornado con rosales blancos plantados recientemente.
El pozo antiguo seguía allí, cubierto por un tejadillo de madera oscura.
Inevitablemente, Albion imaginó a su hermana paseando por ese jardín, respirando aire limpio, lejos de las intrigas de la Orden y de sus propios secretos, de los que también quería mantenerla alejada.
—Intenté que fuese un lugar donde pudieras crecer tranquila —dijo Albion en voz baja, como un anhelo de un futuro mejor para, al menos, alguno de los dos.
Alva, que hasta entonces había permanecido meditabunda, se volvió hacia él. Había emoción en su mirada, pero también un brillo de temor. Albion le sonrió con suavidad, aunque el gesto le pesaba un poco por tener que dejarla de nuevo sola, aunque en compañía de Childermass.