Los Caballeros de Galanthus TRES #2
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TRES #2

La celebración continuó con historias de gestas pasadas, brindis por los caídos y cantos que mezclaban devoción y camaradería.

A ratos, la solemnidad daba paso a sonrisas francas, ya que, por una vez, los caballeros podían permitirse ser hombres y no solo símbolos.

Pero bajo la alegría, latía la gravedad de un juramento eterno, cada nuevo nombramiento era un recordatorio de que la luz que defendían tenía enemigos en sombras cada vez más audaces.

Y uno de esos enemigos era el que le había arrebatado la vida a sir Cloud Blanchester, aunque ninguno de sus compañeros lo supiese.

En el fondo, Albion se moría de ganas de contarles todo, pero hacerlo suponía destapar ante el Gran Maestre Braithwhite la verdad sobre su misión a Amberdeen.

Ante la sorpresa de todos, Albion levantó la copa una vez más, como tantas otras veces a lo largo de la celebración.

—¿Por qué quieres brindar ahora? —le preguntó Cephirus.

—Si no es demasiado inapropiado, me gustaría brindar por sir Blanchester.

Aquello sorprendió a todos, en especial al propio Endymion, que le lanzó una mirada furtiva al nuevo caballero.

—No brindamos por los herejes, Albion... Deberías saberlo —se apresuró a decirle el Gran Maestre.

—Lo sé —respondió él—, pero fue vuestro compañero hasta hace bien poco y creo que, solo por su memoria, por el juramento que hizo antes de quebrantarlo, deberíamos recordarlo en esta sala una última vez. Al fin y al cabo, yo estoy ocupando su lugar —les convenció el muchacho.

Seraffyn fue el primero en levantar la copa, seguido inmediatamente por Cephirus.

Al ver que los dos caballeros aceptaban la petición de brindis de Albion, sir Ivoriel hizo lo mismo y se unió.

Los cuatro esperaron a que el Gran Maestre se uniese y, después de una mueca de desaprobación, levantó también su copa y los cinco brindaron por el caballero caído en desgracia.

—¡Por Blanchester! —gritaron al unísono.

En ese comedor, donde el aroma del festín se mezclaba con el incienso y el destello de las armas consagradas, la Orden celebraba, sí… pero también velaba por su compañero difunto, aunque ninguno quisiese admitirlo.

—Aunque Braithwhite no quiera reconocerlo, lamenta la muerte de Blanchester —le dijo Cephirus a Albion, sentándose a su lado para charlar. Si iban a luchar codo con codo, quería conocerlo bien y, por primera vez, Albion agradeció que alguien se mostrase realmente interesado en él como un amigo.

—No niego lo que sir Blanchester hizo, pero lamento que le condenemos de esa manera, sobre todo porque encontró una muerte horrible, lejos de las personas que una vez fueron su familia, lejos de la Orden —se sinceró Albion.

—Debió ser duro encontrarlo, supongo que por eso la luminatriz envió a los escuderos en lugar de a nosotros, sus hermanos. Una carga demasiado pesada para alguien tan joven como tú.

La imagen de Cloud ardiendo entre las ruinas del castillo todavía se le clavaba en la mente, como un recuerdo de una pesadilla, aunque había sido muy real.

Sir Cephirus Highclere era todo lo que cualquier caballero esperaría ser, un hombre con la fortaleza templada, pero una bondad profunda.

A diferencia de sir Seraffyn, era de complexión robusta, con hombros anchos y brazos forjados por incontables jornadas de entrenamiento, pero su porte jamás imponía miedo, sino que inspiraba confianza.

Su piel era de un tono oscuro y uniforme, del mismo modo que la madera noble ha sido pulida por el tiempo, y en contraste con ella, brillaban unos ojos cálidos, de un marrón profundo donde uno podía encontrar consuelo antes que juicio.

Su rostro, enmarcado por una barba perfectamente cuidada y muy corta, irradiaba una serenidad que disipaba cualquier tensión.

Tenía una sonrisa amplia y contagiosa, de esas que parecían abrazar antes incluso de que él pronunciara palabra alguna.

Cuando reía —y lo hacía a menudo—, el sonido era grave y pleno, capaz de llenar el salón con más fuerza que el repicar de las copas o el coro de los juglares.

Del mismo modo que su compañero sir Lushienn lucía el uniforme de forma desgarbada y descuidada, sir Highclere lo hacía con impecable respeto por la tradición, cada pieza planchada y pulcra cual espejo, cada insignia ubicada con exactitud casi devocional.

No por vanidad, sino porque concebía la Orden como un ideal digno de honra.

Creía con fervor que servir como caballero significaba proteger, consolar y cuidar a los demás, y cada gesto suyo reflejaba esa convicción.

—Es mejor así, créeme Cephirus —le dijo Albion—, no fue fácil para los escuderos y para mí que la luminatriz nos encomendara esa misión. Tan solo hicimos lo que debíamos, nada más.

La expresión de lástima de sir Highclere irradiaba esa mezcla única de nobleza y cercanía que lo convertía en el pilar que muchos buscaban cuando la esperanza flaqueaba entre sus compañeros.

Porque si la Orden tenía espadas y rifles de pólvora para combatir a los muertos de espíritu, Cephirus era, sin duda, una de sus luces más humanas.

—Me alegra que hayas sido tú quien esté con nosotros ahora. Sé que tus compañeros escuderos no te lo han hecho pasar bien ahí abajo... Era evidente —le confesó Cephirus.

A Albion le sorprendió que un caballero como él supiese de los asuntos que acontecían en la escudería, pero le agradeció sus palabras.

—Y yo me alegro de estar aquí, bebiendo con vosotros, y no allí abajo teniendo que soportar un día más a Quellcrist y Risewind.

—¡Bueno, caballeros! —dijo de pronto el senescal Ivoriel—, será mejor que demos por finalizada la celebración de hoy, llevamos prácticamente todo el día festejando y mañana todo debe volver a la normalidad.

—¡Oh, Ivory! —exclamó Seraffyn—, no seas aguafiestas, por favor... ¡Deja que nos divirtamos un poco más con el muchacho!

—Nada de eso, Seraffyn... Ya me habéis oído, dad vuestros últimos sorbos a las copas y retiraos a descansar para reponer fuerzas y empezar mañana un nuevo día. ¿Me habéis escuchado?

Ivoriel se acercó a sir Lushienn y le quitó la copa de las manos, le dio un empujón y lo obligó a levantarse de encima de los cojines en los que descansaba plácidamente.

Seraffyn se colgó del cuello de su compañero Cephirus y los dos abandonaron el gran comedor entre cánticos y alabanzas a Deus . Mientras que Albion se quedaba rezagado.

—¿Cómo voy a ser capaz de descansar en un día tan dichoso como este, mi señor? —le dijo Albion a Ivoriel.

—Ve a tus aposentos, caballero... —le ordenó él—, y deja que el sueño repare tu embriaguez, seguro que mañana lo agradecerás.

Albion se despidió del senescal y del Gran Maestre y los dejó a los dos a solas en el comedor.

—No dejaré que te vayas sin que antes me digas qué es lo que te traes entre manos con el muchacho... He visto cómo te diriges a él, la preferencia que siempre has tenido por Albion. Dime, Endymion, ¿de qué se trata? —le dijo Ivoriel mientras se acercaba al Gran Maestre peligrosamente.

Endymion arqueó una ceja y bebió una última vez de su copa tal y como su mano derecha les había ordenado a los otros caballeros. Aunque sabía que aquella misma orden no se le podía aplicar a él.

—¿Es que acaso estás celoso, Ivory? —le provocó el Gran Maestre.

Con Ivoriel cerca de su rostro, prácticamente a escasos centímetros de sus labios, Endymion esbozó una sonrisa.

—¿Por qué te ríes? —quiso saber el senescal, notando latir fuertemente su corazón cuando ambos estaban tan cerca el uno del otro.

—Porque te tengo justo en el lugar donde quería —le dijo Endymion justo antes de abalanzarse sobre él y comerlo a besos.

Ivoriel no se resistió lo más mínimo; no era la primera vez que el Gran Maestre Braithwhite y él mantenían relaciones indecorosas de aquella clase, pero en el estado de embriaguez en el que se encontraban ambos, acabar de ese modo parecía lo más usual para los dos.

Ivoriel se dejó besar donde Endymion quiso, primero por el cuello, luego por los labios y nuevamente por el cuello. Era algo que no podía evitar cuando estaban juntos, pero en aquella ocasión debía pararle.

—Dime la verdad, Endo... Dime qué es lo que te une a Albion Soligant.

El Gran Maestre se detuvo y cogió delicadamente a Ivoriel de la cabeza para besarle en la frente. Un último beso antes de responder a sus preguntas.

—Amé a su padre hace mucho tiempo, antes de entrar en la Orden. Los dos éramos muy jóvenes, pero supongo que nos enamoramos. Sin embargo, Godric prefirió casarse y formar una familia y yo hice mi juramento para convertirme en caballero.

Aquella revelación pilló por sorpresa a Ivoriel.

—¡Oh, mi querido Endo! —exclamó él, mientras lo rodeaba con sus brazos y apoyaba su cabeza contra él—. Cuánto lo siento...

—Creí que, si convertía a su hijo en uno de los míos, estaría honrando la memoria de su padre, la muerte de Godric y su esposa es algo que lamentaré siempre.

—¿Por qué dices eso, Endymion? Tú no tuviste la culpa de lo que les pasó...

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro del Gran Maestre.

—Sí que la tuve...