TRES
De cuando sir Soligant celebra junto a sus hermanos su nombramiento y descubre sus nuevas capacidades por sorpresa.
I
Tras haber recibido la emanación, Albion había abierto los ojos y el mundo se había iluminado un poco más para él.
Donde antes hubo un muchacho agotado por la incesante necesidad de escapar de lo que era, de dejar de ser un simple escudero, ahora había un ser cuya mirada veía más allá de la materia, más allá del velo entre lo visible y lo oculto.
Podía percibir las corrientes que movían las almas, escuchar la memoria de las piedras, sentir el pulso del destino como una cuerda tensada bajo sus dedos.
La fragilidad humana se disolvía, sustituida por un poder que no era suyo, sino prestado, apenas tolerado por un cuerpo mortal.
Nada más aceptar el maná en su interior, las inscripciones antiguas del altar brillaron al reconocerlo, igual que si la misma losa blanca se inclinara ante el portador de aquel nuevo poder que había presenciado como un milagro, como tantos otros caballeros de la Fuerza Lux que habían pasado por allí.
Todos sus compañeros, hasta entonces silenciosos, habían caído de rodillas con un suspiro colectivo, mezcla de devoción y regocijo.
Porque aquel que bebía lo que el Sagrado Grial le ofrecía jamás volvía a ser el mismo; y aunque costase aceptar aquella gran verdad, tampoco volvía siendo enteramente humano, sino algo superior, semidivino, como también lo eran la luminatriz y oscuratriz.
Tendido sobre el altar, entre el temblor de su nueva grandeza y el vértigo de lo desconocido, Albion Soligant había comprendido al fin por qué tantos habían deseado lo mismo antes que él.
El don que fluía en su interior no era solo un regalo, sino una prueba.
Y esa sensación primordial que ahora emanaba de su cuerpo solo era el comienzo.
Tras finalizar el ritual, la luminatriz Hemera lo había invitado a unirse a sus compañeros en una celebración íntima, mientras se despedía de Sinistra Von Dusk y los caballeros de la Fuerza Tenebris.
Hasta en aquel momento tan importante para él, en donde Albion parecía totalmente embriagado por el maná que acababa de beber y su correspondiente emanación, intentó buscar con la mirada al muchacho de Tenebris que había causado tanto impacto en él.
Pero no pudo ni siquiera acercarse a saludarlo o saber su nombre, pues en seguida el Gran Maestre Endymion y sus compañeros se lo llevaron a toda prisa para brindar y comer en su honor.
El comedor y la cocina se encontraban en la cuarta planta de la torre, y era el lugar en el que los caballeros solían pasar más tiempo confraternizando los unos con los otros.
Aquel dichoso día, el gran comedor de la Orden Luxtenebris presentaba un aspecto digno de ser comparado con el comedor del Castillo del Trono Carmesí del emperador y, sin embargo, al mismo tiempo también mostraba una austeridad marcial propia de los caballeros de Lux.
Las paredes, recubiertas de tapices bordados con escenas de antiguas cruzadas y criaturas míticas sometidas por la espada de la fe, parecían cobrar vida a la luz de las hileras de candelabros que ardían con firmeza.
El humo dulce de la mirra se elevaba en volutas que rozaban las vigas de roble del techo, donde pendían estandartes blancos y dorados movidos por la brisa que entraba por los enormes ventanales, semiabiertos para poder airear el ambiente.
—¡Por sir Soligant! —exclamó el senescal Edelweiss alzando su copa de vino.
—¡Por sir Soligant! —clamaron al unísono Seraffyn y Cephirus, mientras el Gran Maestre brindaba desde un extremo de la mesa, observando a sus caballeros, gozoso por verlos felices.
Una larga mesa de madera maciza, lo bastante pesada como para resistir siglos de celebraciones y juramentos, se extendía de un extremo al otro, cubierta por manteles de lino impecables.
Sobre ella se alineaban bandejas de plata rebosantes de carnes asadas, panes especiados, frutas confitadas y copas de cristal tallado que solo eran dignas de contener el mejor vino de Galanthus.
Las capas de los cinco caballeros, colgadas sobre los respaldos de sus sillas reflejaban destellos dorados que danzaban entre risas contenidas y murmullos reverentes.
Despojarse de ellas era igual que despojarse de lo más parecido a una armadura que los caballeros de Lux poseían.
En la cabecera de la mesa, Endymion volvió a alzar su copa. Su rostro curtido por campañas y vigilias brillaba con un orgullo que rara vez se permitía asomar. A su derecha, su fiel senescal, sir Ivoriel Edelweiss, le lanzó una mirada de soslayo.
—¡Por los caballeros de Lux! —dijo el hombre—, y el nuevo hermano que hemos ganado. Que tu nuevo destino a nuestro lado te depare mucha dicha, joven Albion.
—Juraría que estás bastante contento por haber sumado a Albion a nuestras filas —observó Ivoriel. Conocía bien a Endymion para saber que él nunca se tomaba aquellas libertades, y mucho menos con un nuevo juramentado—. ¿Hay algo que debería saber?
—Solo me alegro por el muchacho, Ivoriel... —le respondió Endymion.
De nuevo, los cinco caballeros brindaron y, al hacerlo, un coro de copas repletas de vino chocó al unísono, seguido de largos sorbos y un aplauso que retumbó como golpes de escudos en un patio de armas.
Albion, enrojecido por tanto vino y celebraciones, pero firme todavía, inclinó la cabeza con respeto y sonrió de oreja a oreja a su maestro. Frente a él, sobre un cojín de terciopelo azul, reposaba tumbado sir Seraffyn Lushienn, que observaba la escena con una mueca burlona.
—Le caes bien a Braithwhite —le dijo el caballero.
Seraffyn llevaba muchos años en la Orden, puede que casi tantos como Ivoriel, pero no había alcanzado el mismo grado de confianza que había logrado el actual senescal.
A sir Lushienn le gustaba despreocuparse de vez en cuando de sus tareas y eludir responsabilidades.
Para él, formar parte de aquella Orden era un trabajo y no tanto un credo, tal vez por eso el Gran Maestre no lo había tenido en consideración a la hora de elegir a su mano derecha.
Sin duda, a Ivoriel Edelweiss se le daba mejor cumplir con lo que se esperaba de un caballero juramentado.
Pese a todo, sir Lushienn destacaba por encima de otros caballeros.
Especialmente en lo relativo a su porte, y no por extravagancia, sino por una elegancia serena poco habitual entre hombres acostumbrados al acero y al deber.
Era de estatura esbelta y movimientos ligeros, casi felinos, parecía que cada gesto estuviese guiado por una música que solo él escuchaba.
Su rostro, de facciones suaves y simetrías armoniosas, conservaba una calma que parecía impermeable al tumulto, incluso cuando el salón comenzó a vibrar con cánticos y el clamor de las copas recién rellenadas.
—Siempre le he caído bien, aunque no sé por qué —le confesó Albion estando un poco borracho.
Rara vez había bebido tanto vino como en aquella ocasión, pues en la escudería Luther y Elian nunca habían compartido el vino con él. En aquella ocasión, celebrando su nombramiento como caballero, Albion había descubierto lo que era el buen vino, el reservado para momentos como ese.
—Es difícil caerle bien a Braithwhite, así que puedes sentirte muy afortunado —le aseguró Seraffyn.
Su cabello, oscuro y lacio como un hilo de tinta, caía recogido en una coleta alta sujeta por un cordón tejido con hilos blancos, detalle que él lucía más por coquetería que por protocolo.
Los ojos, completamente rasgados y vivaces, brillaban con un ingenio pícaro que anunciaba travesuras antes de que sus labios curvasen su sonrisa inevitable.
—No agobies al muchacho, Seraf, ya tiene bastante con haber recibido su emanación y haber subido de allí abajo a aquí arriba —intervino sir Cephirus Highclere.
A diferencia de su compañero sir Cephirus, Seraffyn vestía la levita de la Orden con cierta despreocupación, llevaba las mangas arremangadas, el cinturón ladeado y las botas a medio abrochar.
Donde los demás caballeros se movían con rigidez de disciplina, él lo hacía con la ligereza del viento que no reconocía fronteras.
Si había una fiesta, él estaba en el centro; si había un entrenamiento arduo al amanecer, era el último en aparecer…
o no aparecía en absoluto, alegando filosofías sobre el valor del descanso o citas confusas de antiguos sabios que solo él parecía conocer.
Pero a pesar de su tendencia a esquivar tareas y escaquearse de las responsabilidades con una habilidad casi artística, Seraffyn poseía un encanto que desarmaba el enojo de sus compañeros.
Era el primero en brindar una carcajada cuando el ánimo flaqueaba, en arrancar una sonrisa cuando los ánimos estaban en horas bajas o en convertir un castigo en anécdota memorable.
A menudo los caballeros se quejaban ante su actitud indisciplinada, pero cuando la sombra de la preocupación caía sobre la Orden de Luxtenebris, su mera presencia bastaba para hacer el mundo parecer menos pesado.
—¿Y qué hay de eso, Albion? —le preguntó sir Seraffyn—, ¿qué puedes decirnos de tu emanación? ¿Notas algo distinto, muchacho?
Lo cierto era que Albion sí que se notaba distinto, pero dudaba si sería capaz de revelarle a sus compañeros la emanación que había recibido gracias al maná , o en su defecto, al poder del Primordial.
—Supongo que no tardaré en averiguarlo —masculló él dándole un nuevo sorbo a su copa de vino y un bocado a las deliciosas viandas que las novicias habían preparado para aquella velada.