DOS #4
¿Acaso Sinistra Von Dusk sabía algo acerca de sir Blanchester?
¿Era posible tan siquiera que la oscuratriz estuviese involucrada de algún modo con lo que los tres escuderos habían presenciado en el castillo de Amberdeen?
De ser así, Albion tendría ocasión de averiguarlo ahora que estaba a punto de completar su nombramiento como nuevo caballero.
Una vez todos hubieron hablado, el Gran Maestre Endymion le quitó la venda de los ojos y Albion pudo observar los rostros de todos los hombres y de las dos mujeres allí congregados.
De nuevo, se fijó en el muchacho de la voz aterciopelada y mirada perdida que, por un descuido, reparó en el propio Albion.
Sus miradas se cruzaron durante unos instantes y sintió que se quedaba sin aliento.
Una mirada que nadie antes que él le había brindado, una sensación de curiosidad y deseo clandestino.
—Sube al altar, Soligant, para acabar el ritual y el nombramiento —le pidió sir Braithwhite como si fuese una orden.
Albion se subió al altar y se recostó ligeramente sin llegar a tumbarse del todo, mientras que Endymion le hizo un gesto a su equivalente en Tenebris, el Gran Maestre Erebus, que se aproximó al altar con el Sagrado Grial entre sus manos enguantadas de negro.
Del mismo modo que los de la torre Alabashtra vestían de impoluto blanco, los de la torre Obssidyan lo hacían de riguroso negro.
Y, como sir Nightingale había sido el último en beber de aquella copa, correspondía a la Fuerza Tenebris custodiar el Grial hasta el siguiente nombramiento, que por fin había llegado.
—He aquí el Sagrado Grial, reliquia divina de la Orden y tesoro del Altísimo y Único Deus —dijo Erebus Moonstone con su voz profunda y penetrante.
El Gran Maestre Braithwhite cogió la copa sin temor alguno y se la ofreció a Albion, que la sujetó con las manos temblorosas.
No era de oro ni de plata, sino de un material incierto, antiguo como el alba del mundo, que destellaba con un fulgor interno parecido al de una estrella contenida.
Le sorprendió comprobar que pesaba más de lo que parecía, al ser de un tamaño más bien pequeño.
Tras aquello, las dos líderes espirituales, Hemera y Sinistra, se acercaron al muchacho y todos los caballeros formaron un círculo en torno al altar. Unos al lado de los otros, como un todo.
—¿Juras cumplir con todas estas virtudes y honrar la doctrina Luminoscura, la sagrada Orden Luxtenebris y a Deus ? —le preguntó Hemera.
—Lo juro —respondió Albion con vehemencia mientras sujetaba con fuerza el Grial.
—Pues en ese caso, ya eres sir Albion Soligant, caballero de la Fuerza Lux —añadió Sinistra con un tono ceremonial.
—Ahora, caballero... Debes beber de nuestro Sagrado Grial para recibir una emanación directamente de nuestro Absoluto, Dual y Todopoderoso Deus — le indicó Hemera.
Albion respiró hondo y se acercó lentamente la copa a sus labios; al principio no había ninguna sustancia en su interior, pero no tardó en descubrir que cuando tuvo la intención de beber de ella, un líquido transparente y brillante empezó a formarse en su interior, igual que si se tratase de un milagro absoluto.
Con la copa casi rozando sus labios, Albion observó a todos, expectantes ante su primer sorbo y, de nuevo, reparó en el muchacho de Tenebris, que esta vez no podía quitarle la vista de encima. Ansioso de verle beber del Grial.
La sustancia, conocida como maná , inundó su boca y empezó a caerle por el interior de la garganta, llenándole al instante todo su cuerpo de un inconmensurable poder divino, una emanación entregada por el mismísimo Deus como regalo por haber jurado lealtad a la Orden Luxtenebris.
Dejó la copa a un lado del altar y, allí medio recostado, terminó de tumbarse por completo para que el maná pudiese recorrer todo su interior, alcanzando cada uno de los rincones de su cuerpo.
Al principio, Albion sintió miedo, pero una vez más, lo disimuló ante todos ellos, tal y como Ivoriel Edelweiss le había dicho, los caballeros no podían mostrar sus verdaderos sentimientos; no sabía lo que la emanación le provocaría o qué habilidades sobrenaturales adquiriría tras haber bebido del Sagrado Grial, lo único que sabía a ciencia cierta era que no había vuelta atrás y que, fuese cual fuese su destino, estaría vinculado para siempre a aquellas personas.
Su cuerpo cedió, vencido por la oleada ardiente que ascendía desde su pecho a cada poro de su piel.
Sus dedos se engarrotaron ligeramente, no de dolor, sino por la inmensidad del poder que recorría todo su cuerpo.
Entonces, surgió la transformación. El maná —más puro que la primera lluvia, más antiguo que cualquier plegaria— atravesó sus venas del mismo modo que un torrente de luz líquida.
Sus huesos vibraron con un canto silencioso, sus músculos se tensaron igual que si recordaran una fuerza olvidada desde antes del tiempo.
Sobre su piel, un resplandor tenue comenzó a desplegarse, primero como un reflejo, luego igual que un aura.
No era fuego, ni energía conocida, sino algo más sagrado, la huella palpable del poder de Deus .
Albion simplemente cerró los ojos y dejó que la emanación brotase de él y siguiese su curso sin oponer resistencia alguna.