Los Caballeros de Galanthus DOS #3
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DOS #3

La luminatriz le hizo un gesto para que se acercase al altar y Albion no tuvo más remedio que dar unos pasos hacia allí, bajo la mirada atenta del Gran Maestre y de los otros caballeros.

El senescal Ivoriel estaba entre ellos, acompañado de sir Seraffyn Lushienn y sir Cephirus Highclere, a los que pronto consideraría unos hermanos.

Albion había tratado con ellos innumerables ocasiones en los últimos tres años, pero siempre desde su posición de escudero.

Después de aquel nombramiento como caballero, Seraffyn y Cephirus serían sus iguales.

Esperaba que, a diferencia de su compleja relación con Luther y Elian, ellos sí que lo tratasen como a un amigo.

—Hoy estamos aquí para celebrar el Juramento del Velo —anunció la luminatriz Hemera, lanzándole una mirada orgullosa a Albion, pero también dirigiéndose a la oscuratriz y a los caballeros de la Fuerza Tenebris—. Gracias a todos por venir y ser testigos de la gloria de Lux.

Albion intentó contener la respiración y disimular sus nervios.

Imaginó las ceremonias que allí se celebraban con caballeros formando un círculo perfecto, antorchas alzadas y el Gran Maestre recitando palabras antiguas que el viento se llevaba para depositarlas entre las estrellas.

Aquella azotea no era solo el techo de una torre, sino la frontera entre el deber terrenal y lo sagrado.

Allí se bendecían las misiones más peligrosas, se despedía a los caídos, se juraba lealtad no solo a la Orden, sino a la doctrina Luminoscura.

Y, en cuestión de minutos, él pasaría por todo aquello.

—El nacimiento de un nuevo caballero siempre es un momento de celebración —le respondió la oscuratriz Sinistra Von Dusk, con un gesto más amable del que Albion había imaginado.

A ella la había visto en una ocasión anterior, aunque no alcanzaba a recordar cuándo exactamente.

Para Sinistra, los años apenas habían pasado.

A su lado, estaba el Gran Maestre de la Fuerza Tenebris, sir Erebus Moonstone, a él sí que era la primera vez que los veía, igual que a todos los otros caballeros.

Lucía un tricornio de color negro sobre su cabeza y su espesa barba se mimetizaba con el pañuelo negro que llevaba alrededor del cuello y con sus ropajes oscuros.

Parecía más un demonio salido de las entrañas del inframundo, que un caballero de la Orden.

Pero realmente, quien logró captar toda la atención de Albion fue uno de los caballeros de Tenebris, un muchacho no mucho mayor que él, tal vez de veinticuatro o veinticinco años.

Tenía el cabello negro y rizado y el flequillo le caía como una cascada encima de su cara, casi ocultando sus bonitos ojos.

Era un poco más alto que Albion, pero más ancho de espaldas e imponente.

Su mirada completamente perdida, evitando depositar los ojos en Albion, le llamó la atención.

Todos los otros caballeros estaban pendientes de él, pero aquel joven y apuesto caballero no. ¿Por qué no le estaba mirando?

Albion apartó la vista y volvió a fijar toda su atención en la luminatriz Hemera, dio un último vistazo al horizonte y le bastó para comprender por qué todo culminaba allí arriba.

Desde ese punto, el valle y las montañas se extendían bajo el cielo igual que un océano luminoso y silencioso.

Era imposible no sentirse pequeño y, al mismo tiempo, parte de algo enorme.

En ese equilibrio entre vigilancia y misticismo, entre acero y plegaria, residía el verdadero corazón de la Orden Luxtenebris.

Y, al contemplarlo, comprendió que quien se atreviera a subir hasta el piso veinte jamás descendería siendo el mismo.

—Aquí comienza tu nueva vida —le dijo Hemera.

—¿Estás preparado para convertirte en caballero de la Orden, Albion Soligant? —le preguntó el Gran Maestre Endymion.

—Así es, maestro —afirmó él, sin dudarlo un ápice.

Acto seguido, Endymion se acercó al muchacho, sacó una venda de tela blanca y se la ató a los ojos con cuidado.

—El Juramento del Velo te obliga a decir ante todos nosotros que has dejado de ver con tus ojos y que, a partir de este momento, solo puedes ver con la luz de la Orden —le explicó su maestro—.

Dinos, Soligant, ¿puedes ver a través del velo con tus ojos?

¿O lo haces gracias a la luz que desprende nuestra sagrada Orden de Luxtenebris? —le preguntó Endymion.

—He dejado de ver con mis ojos, ahora lo hago con la luz de la Orden —rezó Albion tal y como esperaban que hiciese.

El nombramiento de caballero siguió con la intervención de cada uno de los miembros que formaban la Fuerza Lux. El primero fue el propio Braithwhite:

—Obediencia eterna y disciplina para los caballeros —dijo con una voz solemne el Gran Maestre.

Con los ojos vendados, Albion notó su voz más sosegada, sin la carga de tener que interrogarlo acerca de la muerte de uno de los suyos.

—Pureza, control de la censura y las inquisiciones —siguió diciendo el senescal Ivoriel Edelweiss, con su habitual tono cantarín, pero muy melodioso.

—Justicia, supervisar los juicios y los castigos —añadió sir Cephirus Highclere.

—Sacrificio, asegurar las penitencias y combatir los rituales paganos —citó sir Seraffyn Lushienn.

Por último, cerrando el círculo de la Fuerza Lux, la luminatriz Hemera pronunció el último juramento:

—Fe, quien maneja la doctrina Luminoscura y la predicación de la misma.

Albion escuchó a todos con atención, sus voces resonaban en su cabeza como oraciones, como si tuviesen alguna clase de poder sobre él. Y, en cierto modo, así era. Había escuchado las voces de sus hermanos, de quienes tendría que proteger a partir de aquel momento.

Seguidamente, cuando los miembros de la Fuerza Lux acabaron, fue el turno de la Fuerza Tenebris, empezando por el Gran Maestre Moonstone:

—Fortaleza, caminar sin temor y con firmeza —dijo el hombre con una voz ruda y seca.

—Protección, custodiar a los vulnerables y lo sagrado —añadió su senescal, sir Umbert. Un caballero con el pelo enmarañado y completamente salvaje, más propio de un muerto de espíritu que de un senescal.

El tercero en hablar fue el muchacho en que Albion se había fijado antes de que le vendasen los ojos.

—Esperanza, mantener la mente serena y con claridad —dijo con una voz aterciopelada que consiguió erizar la nuca a Albion. Por algún motivo, deseaba escucharlo hablar de nuevo.

—Humildad, la oscuridad invita a callar y escuchar —añadió el caballero que estaba a su lado y que, casualmente, guardaba cierta similitud con el anterior, principalmente porque eran hermanos.

—Silencio, valorar la inteligencia y el poder transformador de las tinieblas —añadió el último de los caballeros, sir Nightingale, que había sido el último en pasar por aquel mismo ritual del Juramento del Velo hacía unos meses.

Por último, para cerrar el círculo de la Fuerza Tenebris, la oscuratriz puso fin al juramento:

—Aceptación de los misterios, respetar el secreto, lo desconocido e invisible —dijo con un tono cargado de intenciones y cuyas palabras no pasaron desapercibidas para Albion.