DOS #2
Albion se levantó de la silla que ocupaba y Luther y Elian le siguieron sin decir nada al respecto. Una vez fuera de la sala de reuniones, Luther se acercó a él y lo acorraló contra la pared.
—¿Has conseguido lo que querías, verdad, mierdecilla? —le espetó él—, serás nombrado caballero mientras que Elian y yo seguimos abajo en la escudería... ¿Qué pasaría si le contase a Braithwhite toda la verdad?
Albion dejó que Luther lo retuviera contra la pared sin defenderse, se limitó a mirarlo a los ojos desafiante y a decirle:
—Si crees que diciendo la verdad harás que te nombren caballero en lugar de a mí, adelante... Hazlo. Pero lo único que conseguirás es que aquel que mató a Blanchester vaya a por ti también. ¿Quieres acabar muriendo rodeado de llamas, acechado por una proyección astral? —le espetó.
Luther aflojó y lo dejó libre.
—Te odio, Soligant... —le repitió él, como tantas otras veces había hecho.
—Es lo mejor para nosotros, Luther —le dijo Elian—, podremos seguir como hasta ahora, en el amparo de nuestra escudería. Deja que Albion ocupe el lugar de Blanchester.
—No soy un puto cobarde, Elian —le aseguró Luther.
—Sé que no lo eres... Pero tu momento aún no ha llegado... —repuso el muchacho.
—Estaré esperando impaciente que caigas tú también, Albion. Sé que harás algo que los enfurecerá y a quien acabarán matando es a ti. Entonces, mi satisfacción por ser nombrado caballero será aún mayor, pues ocuparé tu lugar sin ningún remordimiento. ¿Puedes decir tú lo mismo? —le amenazó Luther.
Albion había conseguido su propósito, y no se sentía especialmente orgulloso de cómo lo había logrado, pero solo podía pensar en su hermana y, fuera como fuese, el fin justificaba los medios.
Con Blanchester muerto, un puesto en la Orden Luxtenebris quedaba vacío y él había sido el elegido para ocupar su lugar.
—Haz caso a tu amigo... Lo mejor es que os quedéis al margen de esto, Quellcrist —le dijo Albion.
—De momento... —sentenció Luther.
Los dos escuderos se marcharon y dejaron a Albion solo en medio del pasillo.
La sala de reuniones de la orden se encontraba en el tercer piso, así que descender hasta la escudería no le llevaría mucho tiempo, sin embargo, se encaramó a la barandilla circular que ocupaba todo el interior de la torre Alabashtra y elevó su mirada hacia las alturas.
Diecisiete pisos más arriba se encontraba la azotea, donde estaba la plataforma ritual en la que se llevaban a cabo los nombramientos de los nuevos caballeros.
Su destino lo aguardaba en las alturas de la torre, en la cima de aquella torre, con la que tantas veces había soñado.
—No temas —le dijo de pronto el caballero Ivoriel—, todos hemos pasado por lo mismo —le aseguró.
Albion se giró y contempló su rostro afeminado, mientras el senescal le miraba del mismo modo que una madre mira a un hijo.
Ivoriel Edelweiss debía rondar la cuarentena, pero su aspecto era mucho más cuidado y pulcro que el de Endymion, tal vez porque no había luchado en tantas batallas, o porque se cuidaba mejor que él.
Por primera vez, Albion vio a Ivoriel como un chico muy atractivo, tanto que se puso un poco nervioso de estar a solas con él.
—No tengo miedo, llevo esperando este momento mucho tiempo, desde que entré aquí hace tres años —le respondió el muchacho.
—Entonces, es que no hemos errado al elegirte sucesor de Blanchester. Por cierto, quiero que sepas que tanto el Gran Maestre Braithwhite como yo lamentamos profundamente su muerte.
—¿Y por qué me dice eso, mi señor? —se extrañó Albion.
—Porque quizá creas que hemos parecido un poco insensibles ahí dentro. Lloramos su pérdida, solo que no podemos mostrarlo ante los demás... Blanchester pasará a la historia de nuestra Orden como un hereje, y ¿cómo vamos a llorar la muerte de un hereje? —le confesó Ivoriel.
—Porque antes de serlo, era vuestro amigo. Un caballero como los demás... Y lloráis su pérdida igual que haría un buen amigo —le respondió Albion.
—Empiezo a comprender lo que Endymion siempre ha visto en ti...
Eres noble de corazón, un poco estirado a veces...
Pero ambas son cualidades de un buen caballero, si me permites decírtelo.
—Ivoriel se acercó a él y le dio unas palmaditas en la espalda—.
Descansa por hoy, escudero Soligant, pronto serás besado por la luz.
El senescal Edelweiss lo dejó a solas y empezó a subir por la escalera de caracol hacia el séptimo piso, donde se encontraban el archivo y la sala de los escribas.
Allí, Ivoriel solía pasar mucho tiempo revisando los libros de cuentas, las anotaciones que siempre realizaba en sus cuadernos y los registros pertinentes que llevaba a cabo de forma continuada.
Albion comprendió que cuando se convirtiese en caballero, tendría que ir con sumo cuidado a la hora de manifestar sus pensamientos, especialmente delante de sus compañeros, pues tal y como Ivoriel le había advertido, no se les permitía expresar lo que realmente sentían o pensaban.
Dio media vuelta para bajar a la escudería junto a sus compañeros y, justo en ese mismo instante en el que pensó en su hermana Alva, le pareció verla desde el otro lado de la escalera, observándole con una sonrisa resplandeciente.
—¿Alva? —se extrañó él.
—Rara vez un caballero tiene alguien a quien amar, una familia que le espera fuera de esta torre... —le dijo de pronto la voz de Endymion.
Albion no tardó en comprender que aquella ilusión de Alva no era más que una manipulación del Gran Maestre, haciendo uso de su emanación.
—Mi hermana... —masculló él.
—Pronto podrá sacarla de esa escuela en la que se encuentra y darle una vida mejor —le aseguró el Gran Maestre—, cuando se convierta en caballero, señor Soligant, las cosas cambiarán para usted...
—¿Por qué me la ha mostrado? ¿Por qué ha creado una ilusión de mi hermana Alva? —dudó el escudero.
—Porque aquí dentro, en la torre de Alabashtra, solo nos quedan las ilusiones...
—dijo el hombre—. Es mejor que mantengas al margen a tu hermana una vez consigas darle una mejor vida, créeme, es lo mejor para los dos.
—Y tras hacerle aquella advertencia, el Gran Maestre Braithwhite se marchó del mismo modo que había hecho su segundo al mando—.
«La luz purifica, aunque queme» —citó antes de desaparecer por la escalera.
—«La luz purifica, aunque queme» —repitió Albion, pensando en el fuego que había abrasado por complejo a Blanchester sin piedad alguna y mucho menos, sin purificarlo.
II
La escalera de caracol del interior de la torre acababa en una puerta robusta y pesada y, al cruzarla, Albion Soligant sintió que el mundo entero se expandía ante él.
El vigésimo piso, la cúspide de la torre, no era una estancia cerrada, sino una azotea abierta al cielo, igual que si Alabashtra hubiese sido construida únicamente para alcanzar el punto exacto donde la tierra rozaba lo divino.
Cuando pasó al otro lado, contempló a los caballeros de la Fuerza Lux que le estaban esperando, pero también a los de la Fuerza Tenebris, que a causa de aquella celebración especial habían cruzado desde su torre para ser testigos del ritual y nombramiento de Albion.
El viento fue lo siguiente que lo recibió, frío y constante, obligándolo a sujetarse la capa a los hombros.
Llevaba puesto el mismo uniforme que los otros caballeros, un traje perfectamente hecho a medida, con ribetes dorados, botones en las empuñaduras, un pañuelo anudado al cuello y la capa cosida a los hombros, el símbolo indiscutible de que se había convertido en uno de ellos.
Bajo sus pies, las losas de piedra —alisadas por siglos de pasos rituales y temporales— formaban un amplio círculo.
Entre las juntas de la piedra, la noche había dejado pequeñas hebras de escarcha, que refulgían cual polvo de estrellas caído del firmamento.
A lo largo del borde de la torre, una hilera de almenas recortaba el horizonte, protegiendo a quien se atreviese a asomarse y contemplar la majestuosidad de la fortaleza del emperador.
Cair Galad se extendía bajo sus pies como una ciudad insondable, dispuesta a recibir a un nuevo caballero que jurase protegerla y, sobre todo, que jurase cumplir la voluntad de Deus .
A un lado, dos balistas ligeras reposaban cubiertas con lonas, parecidas a bestias dormidas esperando la orden de despertar.
El metal de sus mecanismos brillaba débilmente bajo el sol del amanecer, y cerca de ellas se alineaban cofres reforzados que contenían virotes, aceite inflamable y cuerdas tensadas.
Albion desconocía si alguna vez las habían usado, probablemente durante alguna guerra pasada, mucho antes de que Aurelyan Galadred se convirtiese en emperador.
En el centro exacto de la azotea, donde la luz del sol parecía más blanca, emergía un altar de piedra blanca, tan pulida que reflejaba el cielo como si fuese un espejo encantado.
A su alrededor, grabados en el suelo con trazo firme, símbolos circulares y una oración delineaban el espacio ceremonial.
Una frase que resumía lo que la Orden representaba:
«Deus est Lux et Tenebris», pudo leer Albion al acercarse.
El Gran Maestre Braithwhite le estaba esperando y, a su lado, estaba la luminatriz Hemera, con una expresión de complacencia al ver aparecer a Albion llevando el uniforme de caballero.
Parecía orgullosa de tener a un nuevo miembro en su Fuerza, a diferencia de la oscuratriz Sinistra, que observaba la escena con un riguroso rictus facial, seguramente descontenta por cómo habían ocurrido las cosas y la transgresión que Blanchester había realizado, poniendo en peligro la Orden.
A primera vista, Albion creyó ver latir aquellas palabras en el suelo con un brillo tenue, como si el mismo poder que las creó no las hubiera abandonado del todo.