UNO
De cuando tres escuderos emprenden una misión y
descubren un misterio que escapa a su comprensión.
I
A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol iluminaron Alabashtra, el Gran Maestre Endymion bajó a la escudería guiado por las órdenes de su señora, quien le había dado instrucciones de preparar a tres escuderos y enviarlos a buscar a un criminal del imperio, sin revelar que en realidad se trataba del caballero Blanchester.
Era mejor que Endymion no supiese la verdad, de lo contrario, jamás hubiese aceptado aquel plan, ni siquiera viniendo directamente de la luminatriz.
Del mismo modo que en lo alto de la jerarquía de la Orden Luxtenebris estaban Hemera y Sinistra, también había dos Grandes Maestres, uno para la Fuerza Lux y otro para la Fuerza Tenebris.
Por debajo de él estaba la figura del senescal, un caballero que atendía las órdenes directas del Gran Maestre y estaba considerado su segundo al mando.
Además de ellos dos, siempre había tres caballeros más, por eso era habitual que hubiera tres escuderos, dispuestos a ocupar el lugar de alguno de ellos si les ocurría algo malo.
En total había cinco caballeros y tres escuderos.
Y por debajo de todos ellos, estaban las novicias, doncellas que se encargaban de atender las labores del hogar en cada una de las torres.
El número de novicias dependía de varias circunstancias y también solían ejercer labores de asistencia de la luminatriz y oscuratriz.
Los escuderos solían ser muchachos sin recursos, a menudo huérfanos, pero en el caso de Albion Soligant, no era ni una cosa ni la otra.
La Casa Soligant había sido rica en otros tiempos, cuando el patriarca y padre de Albion poseía una extensa fortuna y su madre era una dama de compañía de la mismísima emperatriz.
Sin embargo, un desafortunado incidente había hecho caer a sus padres en la ruina y ambos se habían visto obligados a tener que exiliarse a tierras extranjeras, dejando atrás a sus dos hijos.
Por suerte, Albion había encontrado su lugar en la Orden, siendo uno de los escuderos mejor considerados, mientras que a su hermana Alva la habían internado en una escuela para jovencitas, con la intención de convertirse en institutriz algún día.
Albion soñaba con el día en que se convirtiese en caballero y poder sacar a su hermana de allí y darle un hogar como el que habían tenido los dos antes de la caída en desgracia de los Soligant.
—¡Vosotros tres! —les gritó el Gran Maestre a Albion y sus compañeros—. ¡Arriba!
Dormían en catres en la escudería, cerca de una chimenea que los mantenía calientes. A pesar de ser un lugar lleno de luz, a veces Albion creía que se encontraba en la torre Obssidyan en lugar de en Alabashtra por el frío que sentía por las noches.
La escudería de la Orden se hallaba en la base de la torre, una gran sala robusta de piedra gris que exhalaba el olor persistente del metal trabajado y el aceite de linaza.
Sus muros, ennegrecidos por el humo de una fragua, guardaban el eco constante del martillo golpeando el yunque: un ritmo solemne, casi litúrgico, que acompañaba la vida de los caballeros como una oración en hierro.
Allí, el aire era denso, cargado del calor del fuego y del brillo dorado de las chispas que saltaban al golpear el acero.
Filas de armaduras reposaban en penumbra, dispuestas con un orden casi monástico: corazas bruñidas, yelmos cerrados que parecían contemplar en silencio a quienes pasaban, igual que guardianes de una gloria antigua.
En los bancos de trabajo se apilaban guanteletes, escudos redondeados y espadas recién templadas, cada una marcada con el símbolo de la Fuerza Lux, representado por un escudo con una espada y dos dagas clavadas, rodeados por una aureola de luz resplandeciente.
Pero también había rifles, bayonetas y revólveres, armas de pólvora más modernas que los caballeros usaban indistintamente junto a las armas de filo.
Sobre una mesa de roble al fondo de la sala descansaban los libros de inventario, escritos con una caligrafía sobria, donde se registraba con precisión el destino de cada arma: quién la portaba, en qué batalla había sido usada y, a veces, en los márgenes, una nota piadosa por el alma del que no regresó.
La escudería no era solo un taller, sino un santuario. Allí, el metal se purificaba como el espíritu; los caballeros, antes de partir a la guerra, se arrodillaban un instante ante su espada, no por amor a la violencia, sino por reverencia al deber que aquella hoja representaba.
Albion se levantó de un brinco y contempló el rostro de su maestro.
Endymion Braithwhite no era alguien paternal ni cariñoso, y mucho menos con los escuderos, pero su temple le recordaba mucho al de su padre.
Lucía una barba canosa, pero bien cuidada, y el pelo recogido en una cola de caballo que caía larga y plateada sobre su espalda.
El Gran Maestre de la Fuerza Lux no era muy mayor, pero los muchos años dedicados a la orden le habían pasado factura y todo su cabello era blanco cuando de joven fue rubio.
—¿Ocurre algo, maestro? —le preguntó Albion, mientras se ponía los pantalones y se metía la blusa con la que había dormido por dentro para atarse el cinto.
—Órdenes directas de la luminatriz Morningstar, os envía a los tres a una misión.
Albion miró a sus dos compañeros, que parecían igual de sorprendidos que él. ¿Desde cuándo se enviaba a escuderos a misiones secretas?
—¿A nosotros? ¿Qué misión? —quiso saber él.
—Deprisa, coged todo lo necesario para salir en una hora, os daré instrucciones antes de partir —les dijo Braithwhite.
Sin demasiadas alternativas, Albion y sus compañeros hicieron caso al Gran Maestre y se ataviaron con el uniforme de escuderos y algunas armas lo más rápido que pudieron.
Tan solo tenía veinte años, pero Albion Soligant era obediente, disciplinado y metódico, cualidades que se valoraban mucho en la Fuerza Lux.
Su rostro parecía haber sido perfilado por los mejores escultores del imperio, pues sus facciones delicadas y femeninas lo convertían en un joven muy apuesto, más que los otros escuderos.
Tenía el pelo blanco, heredado de su madre, y los ojos verde esmeralda.
Parecía tener una mirada desafiante todo el tiempo, pero era un mecanismo de defensa que adoptaba para que los demás le tomasen en serio.
Rara vez sonreía o mostraba sus sentimientos en público, por eso Albion no tenía amigos.
Los otros escuderos no contaban nunca con él, ni siquiera le dirigían la palabra habitualmente, era como un fantasma para ellos y, al final, Albion los trataba de igual modo.
Tener que salir a una misión con ellos era lo peor que le podría haber pasado.
—¿No te resulta extraño que nos manden a nosotros en lugar de a los caballeros? —le preguntó el escudero Risewind a su amigo Quellcrist.
Risewind y Quellcrist eran un año mayores que Albion, dos jóvenes rudos y salvajes, sin familia y sin casa, que habían entrado en la orden buscando un hogar donde poder llenarse el estómago con comida.
Elian Risewind provenía del otro lado del océano, según solía presumir él, mientras que Luther Quellcrist había nacido en Cair Galad, y era hijo de una de las mayores harpías de la fortaleza, famosa por engañar y estafar a todo aquel que cayese en sus redes.
Tener allí a su hijo era igual que tener un poco de ella, de sus mentiras y de su falsedad.
Albion detestaba profundamente a Luther.
—Parecía que Braithwhite no tenía mucha idea tampoco, ¿por qué la luminatriz habrá querido contar con nosotros? —le respondió Quellcrist.
—Si no han querido enviar a los caballeros es porque no quieren involucrarlos, nosotros somos prescindibles, ellos no... —les dijo Albion mientras cogía un par de espadas y una silla de montar para su caballo.
—¿Y qué sabrás tú, Soligant? —le espetó Luther.
—Es evidente, solo digo eso... —se defendió él.
—Nos hace tan poca gracia como a ti tener que ir a una misión los tres juntos, así que será mejor que te metas en tus asuntos y nos dejes tranquilos, ¿entendido?
Albion le hizo un gesto de desdén y ni siquiera se dignó a responderle. No les tenía ningún miedo a Luther y Elian, pero sí al Gran Maestre, así que haría lo que le dijera sin atreverse a cuestionarlo.
Una vez estuvieron los tres preparados, salieron al patio de la torre Alabashtra y se encontraron de bruces con Endymion, que les estaba esperando con un rollo de papel sellado por la mismísima luminatriz.
—¡Ensillad vuestros caballos! —les ordenó el hombre.
El patio de armas era amplio y empedrado, rodeado por altos muros que devolvían el eco de cada sonido: el tintinear de las hebillas, el crujido del cuero, el relincho contenido de los caballos.
Una luz dorada, aún tímida, se derramaba entre las almenas, acariciando las lanzas apoyadas contra la muralla y las banderas que colgaban, inmóviles, a la espera del viento.
En el centro, los tres caballos de los escuderos aguardaban impacientes.
Eran animales nobles, de pelaje lustroso y mirada viva, entrenados para la guerra y la larga marcha.
Uno, castaño oscuro, movía las orejas con impaciencia; otro, blanco como la sal, resoplaba nubes de vapor que se confundían con la neblina matinal; el tercero, negro, permanecía inmóvil, con la cabeza erguida y los músculos tensos bajo el sol naciente.
A su alrededor, los escuderos comenzaron a ajustar las cinchas, revisar las herraduras y comprobar las alforjas con la precisión de quien sabe que un descuido, allá afuera, podía costarles las vidas.
Albion se quedó con el caballo blanco, Elian con el castaño y Luther con el negro.
El olor a heno y sudor se mezclaba con el de la piedra húmeda y el hierro, creando esa atmósfera densa y solemne que antecedía a la partida de los tres jóvenes, dispuestos a seguir las órdenes de la luminatriz, sin saber aún cuáles serían o lo que se esperaba de ellos.