Los Caballeros de Galanthus PRÓLOGO
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Los Caballeros de Galanthus

Los Caballeros de Galanthus

Por H. N. Abbott

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PRÓLOGO

Las dos torres

La gran fortaleza del emperador, situada al este de Galanthus, había sido antaño una simple ciudad de mercaderes, dada su proximidad al mar, pero con el paso de los siglos, Cair Galad —que era así como los cartógrafos imperiales la habían bautizado tras su crecimiento posterior— se había convertido en la joya del imperio.

Un remanso de paz y gloria en un mundo plagado de hostilidades.

Situada sobre una colina que dominaba el vasto horizonte del océano, la fortaleza que gobernaba el emperador Aurelyan de la Casa Galadred se alzaba igual que un gigante de piedra y acero que parecía haber sido esculpido por el mismísimo Deus .

Desde la distancia, sus murallas relucían con un tono dorado al amanecer, mientras las sombras de sus almenas se extendían igual que dedos vigilantes sobre los campos de alrededor cuando el sol se escondía y caía la noche.

Cair Galad era una ciudad de contrastes, donde la luz y la oscuridad reinaban por igual.

El hogar del emperador era considerado el corazón de la ciudad imperial, el cual se hallaba justo en el centro de aquellas murallas, formando un conjunto de patios, jardines y torres que respiraban historia.

Su edificio principal dentro de la fortaleza era el Castillo del Trono Carmesí, el cual acaparaba todas las atenciones de los hombres y mujeres cuando acudían allí para pedir audiencia ante su emperador.

La estructura central, coronada por techumbres de cobre ennegrecido y estandartes de rojo escarlata y ribetes de oro, servía de residencia a la Casa Galadred, que llevaba gobernando Galanthus durante varias generaciones, y cualquiera era bien recibido allí siempre y cuando respetase las tradiciones.

Para el emperador Aurelyan, la fe era el pilar fundamental al que todos sus súbditos debían rendir pleitesía, mucho más que a él mismo.

Para él, el credo y la doctrina Luminoscura sobrepasaban cualquier autoridad que una figura terrenal como él pudiese tener y, por tanto, el respeto a las tradiciones era su máxima preocupación.

Mientras todo el mundo respetase a Deus por encima de todas las cosas, el imperio los respetaría a ellos.

Sin embargo, pese a la magnificencia de la fortaleza del emperador, si había algo que pudiera competir con el Castillo del Trono Carmesí, y asombraba aún más a quienes las contemplaban, eran las dos torres gemelas que flanqueaban la entrada a la ciudad.

Se alzaban tan altas que sus cimas desaparecían entre las nubes los días de niebla.

Cualquiera en todo el imperio galanthino había oído hablar de las dos torres más que del castillo o de su trono, pues eran la prueba tangible en el mundo de que Deus existía y había creado aquellas torres para gobernar por encima del mismísimo emperador.

Así lo decían las sagradas escrituras de la doctrina Luminoscura y eso mismo se encargaban de promulgar sus máximas representantes, dos mujeres que gobernaban al mismo tiempo que el emperador, pero no a su lado.

Ambas eran las representantes de lo divino en la tierra y, por tanto, no podían involucrarse con los asuntos mundanos y terrenales que atendía Aurelyan; a ellas se les tenía encomendada la misión de velar por las almas de las personas, desde un punto de vista más espiritual.

Una de las dos torres, la que vigilaba el oeste y el sur, era la Torre de Alabashtra, y era una de las dos sedes de la Orden Luxtenebris.

Allí se guardaba la luz, la pureza del alma y el resplandor eterno.

Su máxima representante era la luminatriz Hemera Morningstar, líder espiritual de los Caballeros de la Fuerza Lux.

Era una torre construida con piedra blanca, con ventanas llenas de vidrieras que dejaban pasar la luz y grandes ornamentos que decoraban cada una de las plantas, veinte en total.

La otra, la que vigilaba el este y el norte, era la Torre de Obssidyan, la segunda sede de la Orden Luxtenebris.

En ella, se vigilaba la oscuridad, las sombras capaces de encontrar la verdad del espíritu humano y la mismísima noche.

Su máxima representante era la oscuratriz Sinistra Von Dusk, líder espiritual de los Caballeros de la Fuerza Tenebris.

En contraposición con su gemela Alabashtra, esta era de piedra negra, pulida hasta conseguir un brillo especial, con rejas de hierro en sus ventanas que impedían entrar la luz por el día, pero que recibían la oscuridad de la noche con los brazos abiertos.

Sin duda, era mucho más tenebrosa, pero incluso a pesar de su aspecto, los caballeros que la habitaban lograban apreciar su calidez.

Ambas fuerzas —Lux y Tenebris— formaban un todo, una misma orden encargada de mantener el equilibrio en el imperio y difundir el poder de Deus .

Se dedicaban, entre muchas otras cosas, a proteger reliquias sagradas y lugares de peregrinación como Cair Galad, financiar hospitales y orfanatos en nombre de la caridad, predicar la pureza y obediencia al dogma, pero lo que más se preocupaban por predicar era la salvación de todos aquellos que donaban dinero en nombre de la fe y aceptaban someterse a la doctrina Luminoscura.

La Orden había sido creada hacía trescientos años, tras una guerra santa sin precedentes; de ella habían surgido las dos fuerzas, Lux y Tenebris, que daban nombre a la orden.

De carácter espiritual y militar, su principal objetivo y lema era proteger la fe y la pureza del alma, ya que esta estaba formada tanto por luz como por oscuridad.

Ninguna era mejor que la otra, y la oscuridad no se consideraba negativa, sino parte de la luz.

Sin una, no podía existir la otra. Por eso, en lugar de verlas como conceptos opuestos absolutos, los practicantes de la fe Luminoscura debían ver la doctrina como dos aspectos de un mismo todo, interconectados y formando una fe armónica y dual.

Las dos torres gemelas estaban unidas por tres pasarelas de piedra y hierro, que se extendían entre ellas —unas encima de otras— igual que puentes suspendidos en el aire.

La más cercana al suelo era la pasarela que usaban los miembros de ambas fuerzas cuando querían acceder desde una torre a otra.

La pasarela que estaba por encima de esta estaba destinada a los dos grandes maestres; mientras que, la que estaba por encima de las otras dos y coronaba las cimas de ambas torres, solo podían usarla la luminatriz y oscuratriz.

Por las noches, lámparas de gas colgantes iluminaban las tres pasarelas, y el resplandor de la luz que desprendían parecía flotar en el vacío, creando la ilusión de un sendero luminoso entre las alturas.

Desde allí, se divisaban las murallas exteriores, los barrios nobles, los puertos y las callejuelas que descendían hacia la llanura; no había un lugar en todo Cair Galad que pudiese evadir la vigilancia que se podía llevar a cabo desde lo más alto de la tercera pasarela.

Galanthus era un rico dominio cubierto por ríos que serpenteaban hasta perderse en el horizonte, de bosques infinitos, aldeas diminutas como puntos de luz y montañas grises que protegían todo el valle.

Cualquier rincón se podía otear desde la pasarela más alta de las tres, unida por las dos torres, por eso, como únicamente a la luminatriz y oscuratriz se les permitía acceder allí, se las consideraba seres prácticamente divinos, pues estaban en comunión constante con Deus y servían de nexo entre su poder en el cielo y la tierra, representada esta última por el emperador Aurelyan.

—Malaventuradas son las circunstancias que nos obligan a vernos en esta noche tan intempestiva —le dijo Hemera Morningstar a su semejante, la oscuratriz Sinistra Von Dusk.

—Ciertamente —respondió la otra mujer.

Se habían encontrado en el puente reservado para ellas, la pasarela que conectaba las dos torres y que solo empleaban en casos de emergencia para poder verse alejadas de las miradas indiscretas de los miembros de la Orden.

Los miembros de las dos fuerzas no solían relacionarse muy a menudo, pero en determinados momentos a lo largo del año, Luxtenebris se unía para honrar a Deus en las festividades.

Hemera era una mujer alta y esbelta, muchas personas afirmaban que era la más bella de todo el imperio, más que la propia emperatriz; sus largos cabellos rubios y rizados casi rozaban el suelo, y su rostro cincelado en porcelana blanca era capaz de iluminar a cualquiera que se le pusiese delante y osase contemplarla.

A cualquiera menos a Sinistra Von Dusk, a ella nada ni nadie conseguía iluminarla.

La oscuratriz era todo lo contrario, a pesar de su piel pálida y cenícea, su cabello era del más oscuro azabache posible —sin brillo alguno—, sus ojos eran grises y penetrantes y solía pintar sus labios de kohl negro.

Vestía de riguroso oscuro y joyería de plata.

Cuando estaban juntas, eran la representación misma de la luz y la oscuridad, dos personificaciones perfectas de las dos partes que conformaban la doctrina Luminoscura.

—Tenemos un grave problema, Sinistra —le dijo Hemera con tono apesadumbrado.

Era evidente que había un problema, de lo contrario, Hemera nunca la hubiese citado en el puente más alto de todos.

—¿Por qué siempre los de Lux andáis metidos en aprietos?

—se quejó la oscuratriz. Cualquiera esperaría que fuesen los de Tenebris quienes se metiesen en serios problemas, pero a menudo eran los caballeros de la Fuerza Lux los que hacían tambalear la Orden—.

Empiezo a cansarme de vuestras transgresiones —le espetó con cierto desdén.

A pesar de todo, ambas se llevaban bien y se preocupaban la una por la otra; no tenían más remedio que hacerlo, pues al ser sumas representantes de la fe y de Deus , debían aliarse para poder dirigir con eficacia la Orden.

—Se trata de uno de mis caballeros, me temo que ha escapado... —reveló Hemera con el semblante serio.

—¿Por qué desertaría uno de tus caballeros? Nadie en su sano juicio osaría cometer un acto de tal herejía —se extrañó Sinistra.

—Temo que haya descubierto alguno de nuestros secretos y no haya sido capaz de soportarlo —se sinceró Hemera—. No podemos permitir que avise de ningún modo a los otros caballeros de la Orden, o que nuestros secretos sean desvelados. Hay mucho en juego.

—¿De quién se trata? —quiso saber Sinistra.

—Del caballero Blanchester —le respondió Hemera—. ¿Qué podemos hacer?

La desesperación con la que hablaba la luminatriz era evidente, así que no tenía más remedio que escuchar las palabras de Sinistra, a la que se le daba mejor solucionar crisis como aquella.

Hemera había acudido a su semejante sabiendo que su buen hacer las salvaría, una vez más, de las transgresiones cometidas por alguien de su orden; de lo contrario, podría haber pedido ayuda al Gran Maestre de Lux y haber arreglado aquel asunto internamente.

Pero la gravedad de la herejía de sir Blanchester obligaba a Hemera a involucrar a la oscuratriz, contra todo pronóstico.

Con la calma que caracterizaba a Sinistra, se acercó peligrosamente a Hemera y la miró a los ojos.

—¡Qué lástima!, siempre vi mucho potencial en él. Pero, como has dicho, no podemos arriesgarnos a ponerlo todo en riesgo. No ahora... Envía a un par de caballeros a buscarlo, que lo arresten y lo traigan de vuelta. Le diré al Gran Maestre de Tenebris que interceda y arregle vuestro desastre.

—No puedo enviar a dos caballeros de Lux a por uno de los suyos, se harán muchas preguntas. Sería demasiado arriesgado involucrarlos en todo este asunto.

Hemera conocía bien a sus hombres para saber que ninguno de ellos sería capaz de hacerle nada malo a Blanchester, así que debían pensar en una alternativa.

—Pues entonces envía a tres escuderos, ellos no osarán cuestionar a la luminatriz, envíales en misión sagrada y promételes que uno de ellos ocupará el puesto de Blanchester si consiguen traerlo de vuelta —le propuso Sinistra.

Tal y como ya esperaba Hemera, su análoga en la Fuerza Tenebris le había dado la solución a la transgresión de Blanchester.

Ningún caballero de la Orden Luxtenebris podía desertar jamás, así que la herejía que había cometido debía ser castigada.

Para ello, enviar a tres escuderos era la mejor opción, o al menos una que permitiese traerlo de vuelta a Cair Galad sin levantar demasiadas sospechas entre los otros caballeros.

Enviar a algún caballero de la Fuerza Lux podría haber puesto en peligro la mismísima doctrina Luminoscura, así que mandar tras su rastro a tres escuderos les daría tiempo para pensar en cómo castigar a Blanchester y silenciarlo. ¿Qué podía salir mal de todo aquello?

—Gracias, oscuratriz Von Dusk. Sin la oscuridad, la luz estaría perdida —le dijo Hemera—. «La luz purifica, aunque queme» —citó a modo de despedida.

—«La noche nos guía, las sombras nos guardan» —le dijo Sinistra—. Trae de vuelta a Blanchester y mi Gran Maestre se encargará de todo lo demás —insistió.

Aunque no lo demostrase, Sinistra Von Dusk estaba mucho más preocupada que Hemera; al fin y al cabo, ella sabía cómo manejar a sus caballeros, en cambio, los de Lux estaban hechos de otra forma y a menudo solían ser impredecibles.

Las dos mujeres se despidieron en lo alto del puente y regresaron a sendas torres, Hemera a Alabashtra y Sinistra a Obssidyan, con la incertidumbre de que uno de los suyos, uno de los caballeros, podía hacer tambalear los cimientos de su orden y descubrir ante todos la verdad.

Una verdad que se había mantenido oculta durante trescientos años.