Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—Podré limpiar mi nombre de cualquier relación inapropiada con Dora Lucas.

Tengo un montón de testigos a los que puedo llamar; de hecho, podría incluir a toda la tripulación de mi barco.

Y eso será suficiente, creo. Una vez que a Lucas se le ofrezca la prueba de que no lo he engañado, el hombre quedará satisfecho, y también el tribunal.

Me atrevo a esperar que así será. No hay necesidad de hacer pública la obsesión de Francis y, con el tiempo, es probable que el joven idiota termine superándola.

—Se acercó a Jenny y, con cariño, le rodeó con el brazo los delgados hombros—.

Dora ha cavado su propia tumba. Ahora debe apechugar con las consecuencias, y me imagino que lo hará cuando todo esto termine.

Puede que Lucas no sea un gran marido, pero es capitán de navío, lo que le confiere cierto prestigio social, además de una bonita residencia oficial y ninguna preocupación económica.

No creo que ella vaya a tirar todo eso por la borda después de que haya tenido tiempo de pensárselo.

Además, ¿qué puede ofrecerle Francis De Lancey?

El chico ha abandonado su carrera naval y no tiene trabajo ni dinero. Y Dora no es tan tonta.

—Espero que tengas razón, Red —le dijo Jenny, no muy convencida—.

Pero hablemos de algo más agradable, ¿vale?

Cuéntame sobre tu visita a la isla Norfolk.

Ya no es un lugar tan terrible como solía ser, ¿verdad?

Sé que el gobierno destituyó al buen capitán Maconochie porque lo consideraba demasiado indulgente.

El hombre concedía la libertad a muchos convictos si creía que se la merecían.

¿Cómo es el comandante actual? ¿Es un reformista?

—Si el látigo es capaz de reformar, entonces sí, supongo que lo es.

—Red se sirvió una segunda taza de café—.

No sé si el tema de la isla Norfolk es más agradable que el otro, Jenny.

Sigue siendo un infierno en la tierra para esos demonios, esos pobres desgraciados que son enviados allí a cumplir sus condenas.

Es cierto que ahora hay mujeres y niños en la isla, pero son solo las familias del comandante y su personal.

Las esposas de los convictos tienen prohibido entrar.

Y el comandante John Price es…, bueno, en mi opinión, un sádico: un caballero de modales impecables y gustos cultos que trata a los desdichados prisioneros con una crueldad refinada. Me horrorizó.

Red recordó que él y sus oficiales habían sido recibidos con lujo de hospitalidad.

De hecho, los Price no habían escatimado esfuerzos para hacerlos sentir bienvenidos.

En una ocasión llegaron incluso a ofrecerles una fiesta en el jardín de la residencia oficial, entre hermosos paisajes.

John Price no tenía carrera militar; de hecho, había sido el primer civil en recibir el nombramiento de comandante de la colonia penal.

Era un hombre alto y apuesto, de monóculo artificioso.

Su esposa, Mary, era sobrina de sir John Franklin, quien fuera gobernador de la Tierra de Van Diemen.

Red frunció el ceño. Al principio se había dejado engañar: el establecimiento penal funcionaba a la perfección y todas sus necesidades eran cubiertas por mano de obra penitenciaria.

Los convictos eran dóciles y se comportaban bien, cumplían con sus tareas serviles sin ningún atisbo de rebeldía ni, al parecer, resentimiento.

Pero luego asistió a un servicio religioso al que acudieron casi todos los convictos.

Los vio entrar arrastrando los pies con grilletes.

Eran gente de rostro inexpresivo, como máscaras de sufrimiento, y no levantaban la voz por encima de un susurro, incluso cuando el resto de la congregación cantaba los himnos.

Más tarde, inquieto por lo que había visto, habló con el capellán, el reverendo Adam Rogers.

Se enteró entonces de los repugnantes castigos y azotes, de los confinamientos en celdas demasiado diminutas para permitir que los ocupantes se pusieran de pie, de los hombres tendidos al sol hasta que gritaban pidiendo clemencia.

Y todo eso, y aún más, por las infracciones más triviales.

«El señor Price fue enviado aquí a restablecer el orden después de que los convictos se amotinaran bajo el mando del anterior comandante, el mayor Childs —le había dicho Rogers—.

Y lo ha conseguido. Aquí hay orden, sin duda, porque los pobres desgraciados están demasiado acobardados y asustados para rebelarse.

Pero lo ha conseguido con una brutalidad mayor que la que jamás se permitió su predecesor.

Y es odiado con mayor amargura incluso que el mayor Childs, créame».

Y había añadido con tristeza:

«Pronto seré destituido de mi cargo, capitán Broome, porque le escribí a mi archidiácono en Hobart para revelarle la verdad sobre este terrible lugar.

El señor Price ha refutado todas mis acusaciones y, por desgracia, sir William Denison ha decidido creerle a él, en lugar de a mí.

Según el señor Price, soy “demasiado susceptible y carezco de discreción”.

Pero juzgue usted mismo, capitán. Esta mañana ha visto en mi iglesia los rostros de hombres que han sido torturados con crueldad».

Y, en efecto, así había sido, pensó Red mientras revivía la repugnante lástima que había sentido durante aquella parodia de servicio religioso: cerca de trescientas almas perdidas, temerosas de alzar la voz para cantar alabanzas a su Creador.

No había aceptado más invitaciones a fiestas en el jardín de Orange Vale, además de que puso excusas cuando Price le propuso una partida de caza seguida de un picnic al otro lado de la isla, pero…

Jenny, que no dejaba de observar su rostro, le dijo:

—¿Acaso creías que este país se había librado por completo de su herencia de convictos, Red?

El hecho de que ya no se acepten transportes de convictos no significa que el fundamento criminal haya desaparecido.

Los que ahora son enviados a la isla Norfolk están clasificados como incorregibles.

Son culpables de delitos muy graves: asesinato y robo con violencia, la mayoría de ellos, pero también están quienes persisten en violar la ley.

—Siguen siendo seres humanos —objetó Red—, pero Price los trata como animales.

—Bueno —dijo Jenny—, según los informes de nuestros periódicos, es posible que la isla Norfolk cierre como colonia penal en poco tiempo.

Como sabes, está administrada por la Tierra de Van Diemen, no por Nueva Gales del Sur, y se dice que el gobernador, sir William Denison, está a favor de que los isleños de Pitcairn vuelvan a asentarse allí.

—¡Dios mío! —exclamó Red—. ¿Te refieres a los amotinados del Bounty ?

—A sus descendientes. Al parecer, todavía hay muchos viviendo en la isla Pitcairn, que es árida e inhóspita. Supongo que la idea es romántica, pero parece que son gente buena y merecedora de un hogar mejor.

—¡El almirante Bligh se revolverá en su tumba!

—exclamó Red—. En cambio, yo, por mi parte, me alegraría de ver el fin de ese infierno en la tierra que se ha montado el comandante Price.

Norfolk es una isla preciosa, Jenny, preciosa de verdad, con un suelo fértil y un clima templado.

Se merece algo mejor que ser utilizada para…

¿Cómo has dicho? ¿Incorregibles, condenados a una muerte en vida?

El capitán Cook, ya sabes, la describió como un paraíso terrenal, y me atrevo a decir que eso es lo que podría haber sido si nuestro gobierno la hubiera utilizado como un asentamiento normal.

Nosotros… —Cerró la boca al oír el sonido de las ruedas de un carruaje sobre la grava del camino de entrada a la casa—. ¿Tenemos visitantes, Jenny?

—No —Jenny se levantó de un salto, radiante—, es papá, que ha vuelto.

Ahora va al astillero en un coche tirado por un bonito par de trotones que le compró al señor Edward Hargraves.

Ese tipo, Hargraves, no perdió tiempo en invertir en una berlina, ya ves, tan pronto como el gobernador lo nombró comisionado de las tierras de la Corona.

—La joven borró su sonrisa y miró a su hermano con gesto grave—.

Red, le contarás lo de Francis De Lancey, ¿verdad? Tiene derecho a saberlo.

—Se lo diré si me lo pregunta, Jenny—le aseguró Red.

Pero su padre no estaba solo cuando entró en la habitación.

Tenía el brazo alrededor de los hombros de un hombre delgado, de rostro moreno.

El visitante vestía un elegante frac azul, botas hessianas y calzones blancos bien cortados.

Aunque Red fijó en él la mirada durante un momento, no pudo reconocerlo.

Entonces, el desconocido fue a estrecharle la mano, y Justin Broome dijo sonriendo:

—Este es mi hijo Red, comandante del buque Galah de Su Majestad. Red, este es un viejo amigo de tu infancia, Claus Van Buren, capitán y propietario de la goleta Dolphin. Sin duda, la habrás visto cuando has entrado esta mañana.

—La he visto —respondió Red—, ¡y se me han salido los ojos! —Estrechó cordial la mano al recién llegado—. Ha pasado mucho tiempo, Claus, mucho tiempo desde que mi hermano Johnny y yo te escondimos en pañol de velas para evitar que te enviaran a… ¿Timor?, si no me equivoco.