Capítulo 10 #3
Con vela al tercio, la pequeña embarcación empezó a deslizarse por las aguas azules del puerto.
Red observó al teniente Robert Fayrer, del bergantín Herald, ocupado en el muelle de piedra mientras se montaban cañones de bronce de doce libras en su media docena de lanchas patrulleras de ruedas de paletas.
Detrás de él se paseaba impaciente el capitán Skinner.
Fayrer levantó una mano en señal de saludo, pero la bajó de inmediato.
Como comandante del Herald, sería miembro de la comisión de investigación que estudiaría las quejas de Lucas.
Era evidente, pensó Red con tristeza, que el teniente ya había sido advertido de sus obligaciones, así como de la naturaleza de las quejas.
La lancha se abrió paso a lo largo del vasto puerto, cuyos diversos fondeaderos seguían abarrotados de embarcaciones; la mayoría de ellas, desprovistas de vida en apariencia.
En el muelle de Van Buren, en contraste con los demás, había amarrada una bonita goleta de proa clíper, cuya cubierta superior era un hervidero de actividad debido a la descarga de mercancías. Red la observó con interés.
Luego, la barca lo dejó en tierra en el estrecho embarcadero de madera de la bahía Elizabeth. Red caminó la corta distancia hasta la casa de su padre con el sol regalándole un dulce calor en la espalda y el aire cargado del aroma de arbustos en flor de los frondosos jardines.
En casa solo estaba Jenny. Al parecer, su hermano Johnny estaba trabajando para su periódico en una nueva mina de oro en el río Meroo.
No se esperaba que regresara hasta dentro de, al menos, diez días.
Y su padre… El pequeño y dulce rostro de Jenny se ensombreció.
La sonrisa con la que había recibido a Red se desvaneció en un instante.
—Papá está en el astillero naval. Hace una semana que debería haberle pasado el mando al nuevo superintendente, pero… —Contuvo un suspiro—. El capitán Lucas está poniendo dificultades. Es un caballero muy arrogante y desagradable, Red, pero, claro, lo conoces, ¿no? Tú lo trajiste de Inglaterra.
—Sí, yo lo traje —confirmó Red un poco turbado—. Por el amor de Dios, ¿qué dificultades está poniendo?
—No lo tengo muy claro —confesó Jenny—. Solo sé que tiene que ver con el dinero. El capitán Lucas insinúa que papá malversó fondos del gobierno. ¡Papá, que es la honradez personificada! Está muy dolido y, por supuesto, las acusaciones no tienen ni una pizca de verdad. ¿Cómo podrían tenerla?
¿Cómo?, se repitió Red en silencio sin poder ocultar su indignación. Jenny añadió que Lucas había llevado sus acusaciones ante el gobernador.
—Allí no le harán mucho caso. Sir Charles Fitzroy siempre ha tenido en muy alta estima a papá, solo que…
Ah, deja un sabor muy desagradable en la boca, ¿no es así?
Y cuando piensas —continuó Jenny indignada— que nuestro querido y honorable padre ha supervisado la construcción del astillero y lo ha comandado durante más de un año, ¡a media paga!
… Y todo mientras esperaba la llegada del capitán Lucas. Te hierve la sangre.
Red miró con tristeza a su joven hermana.
—Lamento decirte que nuestro querido y honorable padre no es el único que ha provocado la ira del capitán Lucas. También me tiene en el punto de mira. Y… —Se encogió de hombros, ante una repentina sospecha—. Es probable que le esté causando problemas a papá solo porque es mi padre.
Durante el almuerzo juntos, le contó a Jenny la visita del comodoro a su barco ese mismo día. Le dio algunos detalles sobre la investigación judicial pendiente, aunque tuvo cuidado de tratar el asunto con ligereza para no aumentar su ansiedad.
—Así que estoy relevado de mi mando hasta que se reúna la junta. ¿Puedo contar con una cama aquí hasta que se complete la investigación?
—Ay, Red, no hace falta que lo preguntes —lo reprendió Jenny—.
Por supuesto que hay una cama para ti, siempre la habrá.
Pero tú… —Se sonrojó, avergonzada, pero se sentía obligada a formular una pregunta—.
No habrás… Es decir, la señora Lucas es una joven muy superficial y sus modales dejan mucho que desear. Seguro que no te has…
—¿… Enamorado de los dudosos encantos de Dora Lucas? —concluyó Red por ella—. Es evidente que ya la conoces, así que confío en que me creerás si te digo que no. Tengo más sentido común que eso, Jenny, te lo aseguro.
—Pero hay… ¿Hay alguna razón?, ¿algo que haya provocado las acusaciones del capitán Lucas? Lo habrá, sin duda. ¿Alguien más…?
—Sí —admitió Red—, lamento decirte que alguien se enamoró de la dama. Alguien con menos sentido común que yo.
La criada entró con el segundo plato. Jenny esperó hasta que, con la comida ya servida, la chica se hubo retirado. Entonces, dijo pensativa:
—Creo que empiezo a entenderlo. ¿Te refieres a Francis De Lancey?
¿Se enamoró de…?, ¿cómo has dicho? ¿De los dudosos encantos de Dora Lucas, pero luego mintió al respecto con la esperanza de involucrarte?
Porque si eso ha hecho, ahí tenemos la explicación de por qué Magdalen ha estado tan fría y hostil…
con todos nosotros. Y… Ay, Red, te rechazó en la cena del gobernador, justo antes de que zarparas, ¿no fue así?
—Sí, así fue. —Red sintió que los colores se le subían a las mejillas. Apartó el plato y se inclinó sobre la mesa para coger la mano de su hermana—. Digamos que estás bastante cerca de la verdad, Jenny. Pero…
—Creo que he dado en el clavo, Red —corrigió Jenny.
—De acuerdo, hermanita —concedió Red, y le soltó la mano—.
Y te contaré el resto, siempre y cuando esta conversación quede estrictamente entre nosotros.
Ese joven idiota de Francis estaba dispuesto a abandonar el servicio por culpa de Dora Lucas, y yo, como un estúpido, intenté salvarlo de las consecuencias de su locura por el bien de su familia.
—¿O por Magdalen? —sugirió Jenny con delicadeza.
—Bueno, algo de eso hubo, quizá. Pero yo era el comandante de Francis.
Sentí que se lo debía a toda su familia.
Lo puse bajo arresto para impedir que huyera, es decir, para impedir que desertara del barco en Perth solo con el fin de quedarse con Dora.
Habría arruinado su carrera de haber desertado, y, por supuesto, habría tenido que pagar un alto precio ante el capitán Lucas.
—¿Y te ha pagado mintiéndoles a Magdalen y a sus padres?
—Los ojos de Jenny brillaban de resentimiento, como cuando hablaba de la difícil situación de su padre poco antes—.
¡Ay, Red, lo siento mucho!, pero me alegro de que me lo hayas contado.
Eso explica por qué Magdalen ha estado tan extraña en estos últimos días; y el tío George y la querida tía Rachel también.
—Se levantó y fue al salón, donde tenían café ya preparado—.
No podía entender por qué se comportaban de ese modo, ni siquiera con papá.
Y papá tampoco. Creo que deberías contárselo, Red.
—Sirvió el café y le llevó una taza—. Esto tendrá que salir a la luz ante el tribunal de investigación, ¿no?
Red dejó la taza y se acercó a la amplia ventana que daba a la bahía Elizabeth. Trataba de poner orden en sus pensamientos.
—Es posible —dijo por fin—. Dependerá de lo que yo decida contarle al tribunal.
Jenny lo miró con cierta consternación.
—Pero les dirás la verdad, ¿no? Francis De Lancey ha dejado la marina. No puedes arriesgar tu carrera por ese pequeño sinvergüenza desagradecido. Red, ¡no debes hacerlo! Ni siquiera por el bien de Magdalen, por mucho que la quieras.
Él volvió a guardar silencio. ¿Cuánto quería a su prima Magdalen?
, se preguntó. Lo suficiente, bien lo sabía, como para querer volver a verla, romper la barrera que el infeliz asunto había interpuesto entre los dos y continuar con el cortejo interrumpido.
Y… Sí, lo suficiente como para querer desposarla si la joven accedía, por fin, a casarse con él.
Mientras contemplaba las aguas resplandecientes bajo el sol de la pequeña y cerrada bahía que se extendía a sus pies, Red recordó el rostro hermoso y sereno de Magdalen, la calidez de su sonrisa, cómo brillaban sus ojos azules cuando reía.
Ambos habían reído a menudo durante el tiempo, demasiado breve, que habían pasado juntos en aquel glorioso junio inglés, en la amable y discreta compañía de la robusta y bondadosa tía de Magdalen.
Habían sido días felices, los más felices que él había pasado desde su infancia, pero…
A regañadientes, volvió a centrar sus pensamientos en el presente y en los problemas que plantearía el tribunal de investigación. Y no solo para él.
—Jenny —dijo con torpeza—, hay otras personas involucradas, ¿sabes?
Si solo fuera Francis, lo dejaría asumir sus propias consecuencias y que se fuera al infierno.
Pero no es así. No quisiera defender al capitán Lucas, te lo aseguro; de hecho, lo detesto con toda mi alma, más aún después de lo que me has dicho que le está haciendo a papá.
Pero, si dijera toda la verdad, arruinaría su matrimonio, y él es un viejo.
Además, un viejo bastante frágil. También causaría un daño inconmensurable a los De Lancey.
—Sí, pero ¿y tú? ¿Qué va a pasar con tu carrera si los investigadores fallan en tu contra? —replicó Jenny.
Red le sonrió.