Capítulo 10 #2
—Mi escuadrón, hasta que usted llegó a reincorporarse esta mañana —declaró Skinner con amargura—, estaba formado por el viejo Calliope, en dique seco para una necesaria reparación, y tres pequeñas balandras: Herald, Electra y Fancome.
Como usted bien sabe, están navegando en este momento.
Entre todas, cuentan con treinta y cuatro cañones.
Y tenemos una reciente incorporación: el barco de vapor Acheron, de cinco cañones.
¿Sabe lo que la Armada Imperial Rusa podría enviarnos si el zar se lo propusiera?
—No esperó la respuesta de Red. Empezó a contar los barcos rusos con los dedos—: En Valparaíso o navegando por el Pacífico, nadie parece saberlo bien, hay un buque de guerra de ochenta cañones y otras cuatro fragatas de sesenta, además de, al menos, una docena de bergantines y balandros.
Y en Vladivostok, tres buques de guerra y catorce fragatas…
¡Maldita sea, Broome, tienen la capacidad para entrar con toda frialdad en este puerto y nosotros no podríamos hacer gran cosa para detenerlos!
—Pero ¿hay alguna probabilidad de que entren, señor? —El tono de Red era escéptico, y el capitán Skinner lo miró con ira.
—¡No lo sé, por Dios! El gobernador considera que es posible y la Oficina Colonial insiste en que debemos preparar nuestra defensa.
He tenido que enviar al Electra al puerto Phillip, lo que me complica aún más las cosas.
Y ahora, gracias a este infernal asunto entre usted y el capitán Lucas, ¡tengo que ocupar a mis oficiales superiores en una maldita comisión de investigación!
Le digo, Broome, que no podría haber llegado en peor momento.
Eso, pensó Red con resentimiento, no era culpa suya. Habló con tono moderado:
—La corte podría posponerse, señor, ¿no?
Skinner negó con la cabeza.
—El capitán Lucas no quiere ni oír hablar de ello.
Es seis meses mayor que yo, un hecho que no para de recordarme.
—Miró a Red y, por un instante, sus ojos oscuros se iluminaron con lo que, sin duda, era un destello de adhesión.
Pero el brillo se desvaneció de inmediato.
Sin intentar ocultar su molestia, Skinner continuó—: El gobernador quiere que se instale una batería en South Head con cañones largos de treinta y dos, y anoche me dijo que cree que también deberíamos instalar cañones en Dawes Point, George’s Head, la isla de Pinchgut y en Middle Head.
¡Pero no tenemos esos malditos cañones, a menos que los saquemos de los barcos!
Y, si tal hiciéramos, ¿cómo demonios podríamos luchar contra una escuadra rusa, si llegara a aparecer?
—Volvió a mirar a Red con aire inquisitivo—.
El Galah y el Calliope son los únicos barcos armados con cañones de treinta y dos, Broome; y ya he tenido que coger el cañón de proa del Calliope para la batería de South Head.
Red le devolvió la mirada con tristeza.
—Si se llevara mis cañones de treinta y dos, señor, el Galah quedaría indefenso. ¿No tendría más sentido colocar un barco de guardia en los Heads, quizá un vapor, por su maniobrabilidad, y dejarme patrullar fuera para avisar si se aparece alguna escuadra hostil?
—Por desgracia, usted ha sido relevado de su mando —le recordó Skinner.
—Sí, señor, lo sé. Pero, sin duda…
—Y si el tribunal de investigación fallara en su contra, no se le permitiría recuperar el mando, salvo, quizá, en caso de un ataque ruso, solo como cuestión de conveniencia.
—El capitán Skinner pasó su taza para que se la volviera a llenar.
Mientras esperaba, sacó del bolsillo su pitillera—.
Acompáñeme —invitó a Red con repentina afabilidad.
Red le dio las gracias, pero negó con la cabeza.
—No tengo ese hábito, señor. De vez en cuando fumo en pipa, pero eso es todo.
—Ayuda a calmar los nervios —le aseguró el capitán Skinner— y el temperamento.
—Encendió el cigarro, inhaló hondo y volvió al tema de las defensas del puerto—.
Estoy de acuerdo. Lo que sugiere tiene más sentido, pero no es lo que quiere sir Charles Fitzroy.
Podría enviar al Acheron como barco de guardia, por supuesto, respaldado por lanchas patrulleras.
Además, tengo entendido que hay algunos cañones antiguos de calibre bastante pesado en Dawes Point, por lo que debería ser sencillo construir ahí una batería y fortificaciones.
Pero tendría que quedarme con sus dos cañones largos si queremos instalar una batería en George’s Head, y con los del Calliope para Pinchgut, esa maldita isla.
Además, tendré que privarlo de su oficial de artillería y de sus mejores artilleros si quiero cumplir con eficacia los deseos de Su Excelencia.
No me queda opción, ¿verdad? Como no hace falta que se lo recuerde, la atracción de los yacimientos auríferos ha dejado a Sídney y a todos los municipios vecinos sin hombres en edad militar.
Incluso si pudiéramos reclutar voluntarios, no habría tiempo para entrenarlos en artillería.
Así que me temo que la marina debe proporcionar tanto los hombres como los cañones, y no será fácil.
Nos enfrentamos a una plaga cada vez mayor de deserciones de los barcos atracados en el puerto.
Los marineros huyen y es una tarea infernal intentar recuperarlos de los yacimientos auríferos, ya que los esconden.
Skinner siguió hablando, como si le resultara un alivio poder enunciar sus ansiedades y hablar de los problemas que lo acosaban.
Todo rastro de su anterior animadversión se fue desvaneciendo poco a poco.
Red escuchó, ofreció las sugerencias que pudo, y, cuando por fin el comodoro apagó su cigarro y se levantó con dificultad, su actitud era todo menos hostil.
—Supongo que vendrá a tierra en su propia lancha, ¿no?
—dijo. Recibido el asentimiento de Red, le tendió la mano—.
Convocaré a la comisión de investigación tan pronto como pueda, comandante.
Que esto se resuelva sin demora será lo mejor para todos.
Le agradezco su hospitalidad. Ah, ¿se alojará en casa de su padre, supongo?
—Podrá encontrarme allí cuando quiera, señor —le aseguró Red.
—Bien —aprobó Skinner. Cogió su sombrero, pero no se lo puso de inmediato.
Frunció el ceño y añadió con una franqueza inesperada—: Si de mí dependiera, ¿sabe usted?
, habría dejado que todo este desagradable asunto quedara en nada.
Es usted un buen oficial y tiene un historial excelente, Broome, y lo necesito al mando de este barco.
Pero el capitán Lucas se ha mostrado inflexible y no está dispuesto a dejarlo pasar.
—Sometió a Red a un escrutinio crítico, vaciló y luego, con vehemencia, dijo—: Maldita sea, hombre, ¿se ha liado con su mujer?
Quiero la verdad, y no saldrá de aquí, le doy mi palabra.
Red se irguió.
—No, señor, le doy mi palabra.
—Y estoy dispuesto a creer en su palabra.
Pero… —El hombre mayor volvió a dudar, aún con el ceño arrugado—.
¿Hubo algún… lío durante la travesía?, ¿con uno de los oficiales, tal vez?
Muy bien, comandante… —no quiso pasar de allí cuando vio que Red, a su vez, dudaba—, no lo presionaré sobre ese punto, aunque supongo que la comisión de investigación tendrá que hacerlo.
Pero, desde que conocí al capitán Lucas y, mmm, a la señora Lucas, confieso que no me siento sorprendido.
Ella es una joven muy atractiva, y él… ¡Maldita sea, tiene edad suficiente para ser su padre!
Casarse con una chica así, a su edad, y luego viajar con ella en un barco de la Armada es buscarse problemas.
Suspiró, como si estuviera a punto de decir algo más, pero cambió de opinión y se puso el tricornio.
Red lo acompañó a su lancha y él bajó por la escalera de embarque al son de pitidos protocolarios.
La fila de marineros en la barandilla permaneció en posición de firmes hasta que la lancha se hubo alejado.
Red esperó lo suficiente, apenas para notificar a su primer teniente de lo que había sucedido entre él y el comandante de la estación. Tuvo que silenciar los comentarios indignados de Tim con una sonrisa mordaz. Al final, lo dejó al mando y pidió que bajasen su lancha.
—Confío en que estará dispuesto a declarar cuando se convoque al tribunal de investigación…, si llego a necesitarlo.
—Por supuesto que sí, con mucho gusto, señor —respondió Tim, y añadió enfadado—: ¡Me gustaría romperle el cuello a ese miserable renegado!
Bien nos hemos librado de Francis De Lancey, señor; y si me lo encontrara en el tribunal, tendré que concentrarme en mantener las manos alejadas de él, ¡se lo aseguro!
—Aquí, entre nos, yo también me siento tentado, Tim —admitió Red—.
Pero es esencial mantener la compostura.
—Su sonrisa se hizo más amplia—. Entenderá que, por el honor del servicio y todo lo que conlleva, me esforzaré por decir lo menos posible.
¿Sería tan amable de hablar con nuestro ayudante médico y advertirle de que también es posible que le pida que declare ante la comisión de investigación?
—Sí, señor —asintió Tim—, lo haré. —Se dirigió hacia la plancha de embarque—. Su lancha está lista, señor. —Una vez más, se formó una línea en la barandilla y el contramaestre de guardia se llevó a los labios el silbato de plata. Red descendió a la lancha que lo esperaba.