Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 10
92%

Capítulo 10

Al amanecer, frente a los Heads, Red Broome encontró una brisa favorable y condujo al Galah al puerto Jackson, donde lo recibió el piloto con órdenes de llevarlo a atracar en la bahía Watson.

Apenas había echado el ancla cuando advirtió que una lancha zarpaba de la costa. Un cadete de guardia, joven de aguda vista, al ver al capitán Skinner sentado en la bancada de popa, gritó una estridente advertencia.

—Ponga una fila en la barandilla, señor Broome —ordenó Red a su primer teniente—. Parece que estamos a punto de recibir la visita del comodoro. ¡Solo Dios sabe qué quiere de nosotros a estas horas y con tanta urgencia!

Los tripulantes se reunieron a toda velocidad y bajaron una escalera de embarque. Enseguida, al son de los ceremoniosos silbidos de los contramaestres, el oficial naval de mayor rango de la estación de Sídney subió a bordo.

—Por fin ha vuelto, comandante Broome —observó Skinner con un tono cortante que aumentó el desconcierto de Red.

Habían pasado apenas tres semanas desde que saliera de Sídney con un nuevo grupo de prisioneros al asentamiento de Norfolk, una isla penal que permanecía abierta solo para recibir a los hombres condenados por delitos cometidos en la colonia.

Red no podía entender la evidente agitación de su oficial superior.

Desde el desafortunado incidente con el joven Francis De Lancey, el capitán Skinner había mostrado una actitud muy crítica hacia Red.

Hacía valer su rango dejando claro, incluso con humillaciones, que, a pesar de las negativas de Red, seguía sin estar convencido de que la conducta del comandante del Galah con respecto al capitán y la señora Lucas hubiera sido irreprochable.

De hecho, expresaba esa opinión sin disimulo, recordaba Red con pesar, acto que había provocado una ruptura entre el juez De Lancey y él.

Y Magdalen, leal a su hermano, se mantenía alejada y rechazaba con frialdad los intentos de Red de renovar el cortejo, e incluso de visitarla.

En la única ocasión en que habían vuelto a encontrarse, en una cena en la Casa de Gobierno, Magdalen se había comportado como si fueran completos desconocidos.

Luego el azar los reunió por un momento en el salón de sir Charles Fitzroy, donde ella se inclinó distante y se dirigió a él con formalidad, por su rango.

Al parecer, había olvidado que Red la había tenido en sus brazos como amante, había olvidado la felicidad que habían disfrutado en mutua compañía y las promesas que se habían hecho.

Por eso, él se había alegrado de abandonar Sídney, aunque la situación en la isla Norfolk…

Contuvo un suspiro, incapaz, incluso entonces, de reconciliarse con lo que había presenciado allí.

Sabía que la llamaban la isla de los Condenados, pero aun así…

El capitán Skinner, impaciente, dirigió sus pasos hacia el camarote diurno del Galah. Red no era un hombre que olvidara su deber. Hizo pasar al visitante, lo invitó a sentarse y llamó al mayordomo.

—¿Le apetece desayunar, señor? —preguntó con cuidada cortesía mientras el mayordomo esperaba expectante a su lado—. Puedo ofrecerle un excelente jamón o…

—No, no, solo café —respondió Skinner de mala gana. Esperó a que el mayordomo se marchara y luego, sin preámbulos, dijo—: Hace diez días, el capitán Lucas y su esposa llegaron de Australia Occidental, Broome. —Hizo una pausa, miró a Red con el ceño fruncido y se quedó esperando alguna reacción.

—Sí, señor —asintió Red, sin saber aún qué respuesta se esperaba de él—. Eh… ¿El capitán se encuentra mejor de salud? Eso espero, señor.

—En cuanto a eso, no tengo ni idea, parece estar en buena forma.

Quizás un poco pálido y de mal genio. Pero lo quiere ver muerto, Broome.

De hecho, está exigiendo una investigación sobre su conducta.

Si esa investigación se lleva a cabo y las conclusiones van en su contra, tendrá que enfrentarse a un consejo de guerra… Se da cuenta de eso, ¿no?

Red lo miró horrorizado. Lo último que había previsto era que Benjamin Lucas se aliara contra él.

A pesar de todas las dificultades de su viaje juntos, se habían despedido en los mejores términos y Lucas le había expresado su más sincera gratitud por haberle salvado la vida.

Era cierto que había habido una petición y que el hombre se la había hecho cuando creía que iba a morir…

Angustiado, Red recordó esa petición y la razón subyacente por la que se la había formulado: «Me preocupa mi esposa —le había dicho—.

Es joven y se quedará sin medios ni protección en caso de que yo muera.

Soy consciente del aprecio que siente por usted, capitán Broome. No lo ha ocultado en ningún momento».

Era evidente que Dora Lucas, pensó Red con amargura, había adornado la mentira y que su marido se la había creído. Respiró hondo. Eso recapacitaba cuando se dio cuenta de que el capitán Skinner había dicho algo y él no lo había oído.

—Perdóneme, señor —logró decir con la boca seca—. ¿qué ha dicho?

—He dicho —respondió Skinner irritado— que he accedido a la petición del capitán Lucas de realizar una investigación.

Reuniré una junta compuesta por los cuatro oficiales superiores al mando de los barcos que ahora se encuentran en esta estación, y yo mismo la presidiré.

Escucharemos los alegatos del capitán Lucas y, por supuesto, usted tendrá la oportunidad de refutarlos.

—Hizo otra pausa y, evitando la mirada de Red, añadió en tono seco—: Hasta que se conozcan los resultados de la investigación, será relevado de su mando. ¿Queda claro?

Red controló un impulso salvaje de rebelarse. No serviría de nada, se dijo a sí mismo. Más bien, si Skinner informara de un arrebato a la junta de investigación, todo iría en su contra. Respondió con sequedad:

—Comprendo, señor. ¿Debo entender que las acusaciones del capitán Lucas sobre mi conducta me serán comunicadas antes de que se reúna la junta, de modo que yo pueda preparar mi respuesta?

—Las escuchará cuando Lucas las formule —dijo Skinner.

Por un momento, pareció desconcertado, pero luego, con el ceño fruncido, continuó—: Aún no las ha puesto por escrito.

Todo lo que sé es que lo acusa de conducta impropia con respecto a su esposa y de insubordinación con respecto a él mismo.

Y… —El camarero llegó con una cafetera y tazas en una bandeja.

Skinner dejó de hablar y, cuando vio que el camarero se disponía a servir el café, le hizo un gesto para que se marchara—. Yo serviré. Desaparezca.

—Permítame, señor —intervino Red con tono mordaz—, pues sigo al mando de este barco y en posición de ofrecerle mi hospitalidad. —Cogió la cafetera. Para su desconcierto, la mano le temblaba un poco—. ¿Debo entender que desea que me considere bajo arresto?

El capitán Skinner se sonrojó.

—Es solo una pregunta, capitán Broome. Por supuesto, abandonará el barco. ¿Es su primer teniente competente para asumir el mando en su ausencia o no?

—Es competente, señor. Pero… —Red vaciló y luego se lanzó—. Tendré que llamarlo como testigo en mi favor. —Le ofreció a su superior la taza de café que acababa de servir y este la aceptó con un breve gesto de agradecimiento—. Quizás debería mencionar, señor, que el teniente Broome es mi primo.

—Al igual que el señor De Lancey, ¿no es así?

—Por primera vez desde que subió a bordo, el capitán Skinner se permitió esbozar una leve sonrisa—.

Quizá eso equilibre las cosas. —Dio un sorbo a su café y luego dejó escapar un suspiro audible—.

Este… desafortunado asunto no podría haber llegado en peor momento, Broome, ya lo sabe. Me encuentro al límite de mis fuerzas.

—¿Cómo es eso, señor? —preguntó Red. Se sirvió una taza de café y se recostó en su silla.

Intentaba relajarse o, al menos, aparentar cierta tranquilidad.

Pero acababa de recibir un fuerte golpe, pensó con tristeza, y un golpe asestado, si no se equivocaba, por una vengativa Dora Lucas, más que por su marido.

Dora no le perdonaba las órdenes de desembarcar en Fremantle con su marido enfermo ni haberla privado de la compañía de Francis De Lancey durante su estancia forzosa en Australia Occidental.

Tomó un sorbo de café e intentó concentrarse en lo que decía el comodoro de la base naval de Sídney. De repente, se dio cuenta de que el asunto era más que alarmante.

—Parece que las relaciones entre el gobierno central y Rusia han empeorado —le dijo Skinner—.

De hecho, la situación podría deteriorarse y desembocar en una guerra.

El gobernador ha recibido instrucciones del secretario colonial de poner Sídney a la defensiva.

Aquí solo cuenta con elementos del Sexagésimo Quinto Regimiento, apenas una compañía, y le han dicho que debe reclutar una fuerza de milicianos para reforzarlos.

Es más fácil decirlo que hacerlo, ya que la mayoría de los hombres sanos han abandonado sus empleos para ir a los yacimientos de oro.

Deas Thomson dice que se necesitarán meses para reclutar y entrenar a una fuerza civil, así que…

—El capitán encogió las anchas charreteras con exasperación—.

Mientras tanto, Su Excelencia ha considerado oportuno poner la responsabilidad sobre mis hombros. ¡Me ha pasado el testigo!

—¿A usted, señor? —repitió Red sin comprender.

—A la Armada de Su Majestad, Broome. Mi escuadrón se encargará de la defensa de Sídney y del puerto Jackson en caso de una embestida naval rusa.

—Pero…

Olvidada por un momento su propia situación infeliz, Red miró al visitante con incredulidad y sorpresa.