Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 9 #5
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Capítulo 9 #5

Así que solo quedaba el bobo, el sordomudo Dickon.

Tenía un rifle y, desde el principio, había mostrado una hostilidad apenas disimulada…

Morgan frunció el ceño al mirar la funda vacía.

Sacó el catalejo para inspeccionar con cuidado el bosque que bordeaba el camino.

No había movimientos, no había ni rastro de nadie que él pudiera ver, y tampoco más disparos.

El asustado caballo de carga lo alcanzó por fin, así que se guardó el catalejo en el bolsillo del pecho para poder sujetar las riendas del animal.

Siguió adelante con determinación, abandonado ya su propósito original de pasar la noche en Bathurst. Cabalgó en la oscuridad a un ritmo que dejó a sus dos caballos exhaustos, pero no les dio respiro.

Se detuvo solo cuando se vio obligado a darles de comer y beber y en una ocasión en que tuvo que prepararse una comida improvisada para su propio consumo.

Fue un viaje desagradable bajo una lluvia intensa que no parecía tener fin.

Llegó al río Nepean solo para encontrarlo inundado, con largas filas de carros tirados por caballos y bueyes, a ambos lados del cruce en el vado Emu.

Morgan no esperó más que el tiempo que le llevó vender, con un beneficio considerable, el caballo de carga y parte de su equipo minero a uno de los propietarios de los carros, un nuevo inmigrante inglés.

Luego, al amanecer, cruzó montado en su caballo.

Los viajeros varados lo observaban y animaban entre gritos obscenos.

Incluso los más osados empezaron a seguir su ejemplo cuando lo vieron salir sano y salvo, aunque empapado hasta los huesos.

Al estilo de los buscadores de oro, siempre generosos con sus colegas, los espectadores le ofrecieron comida, bebida y un lugar junto al fuego donde secar su ropa empapada, pero él solo aceptó un vaso de aguardiente.

Luego, entre negativas ante las sugerencias de que debía de haber encontrado un filón, espoleó su cansado caballo.

A regañadientes, el animal continuó su camino.

Morgan llegó a Sídney a última hora del domingo por la noche.

Al amanecer de la mañana siguiente, se puso manos a la obra.

Vendió al Union Bank las pepitas que había sacado de la concesión Tempest por un poco menos de lo que había previsto, pero sus ganancias le bastaron para liberar al Banshee del embargo.

No quedó descontento con los suministros que pudo comprar, a pesar del aumento vertiginoso de los precios provocado por la alta demanda.

Tenía mucha prisa por dejar atrás Sídney. Tenía miedo de que Rick Tempest hubiera intentado seguirlo para exigir su arresto. Aún más alarmante era que lo estuviera persiguiendo el impredecible Dickon. Pero los días pasaron sin más incidentes y su aprensión comenzó a desvanecerse.

Encontrar tanto tripulantes como pasajeros decididos a pagar el pasaje le llevó tiempo, pues quiso elegir con mucha cautela a unos y otros.

Por otra parte, el viejo capitán que había empleado para traer el bergantín desde San Francisco, un buen hombre en la mar pero borracho empedernido en tierra, le resultó más difícil de localizar de lo previsto.

Aún más trabajo le costó devolverlo a la sobriedad.

Pero, al fin, los preparativos estuvieron terminados.

A los dieciocho días de su regreso a Sídney, ordenó al Banshee que zarpara con la bodega cargada al máximo, once pasajeros de pago y una tripulación improvisada, eso tenía que reconocerlo.

Le pareció conveniente volver a cambiarse de nombre: el propietario registrado del bergantín era el capitán Jonathan Humphrey, otrora miembro de la Tercera Guardia de Infantería de Su Majestad.

Mientras estaba en la cubierta de popa, conversando con algunos de los pasajeros, Morgan se encontró sonriendo, contento por fin de poder relajar su cautelosa vigilancia.

Como por casualidad, sacó la Cruz de Oro Española del bolsillo de su impecable chaqueta azul y comenzó a contar la bien ensayada historia de cómo la había recibido de manos de la reina de España.

Solo que tuvo que detenerse a mitad de la frase, consciente de que la atención de su audiencia se había desviado.

Todo el mundo había ido a agolparse en la barandilla de babor.

Los tripulantes y los pasajeros exclamaban emocionados ante el magnífico barco que, a toda vela, acababa de trasponer el cabo de South Head.

Aunque Jasper Morgan no era marinero, sí que podía reconocer la belleza única de sus líneas: la proa incisiva, la popa dorada y los imponentes mástiles.

Era una goleta y, aunque estaba demasiado lejos para alcanzar a leer el nombre, enarbolaba la bandera británica.

—¡Un clíper! —exclamó el viejo maestro, con los ojos llorosos y, de pronto, iluminados y enrojecidos de placer—. Es una goleta clíper del astillero de McKay, podría jurarlo. Qué belleza, ¿verdad, mayor?

—Capitán —le recordó Morgan—, capitán Humphrey, señor Jones. Y le agradecería que no lo olvidara.

—Ah, sí, si usted lo dice. —Septimus Jones permaneció indiferente ante la reprimenda.

Con ayuda de su catalejo, observó cómo la goleta recién llegada viraba con elegancia y empezaba a recoger las velas—.

Vaya, daría el brazo derecho por poder comandar un barco de ese tipo —comentó con nostalgia—, ¡por Dios que sí!

Y me parece recordarla, ahora que lo pienso.

Hizo una travesía muy rápida desde Boston a San Francisco, apenas por detrás del récord del Sea Witch.

Acababa de atracar cuando nosotros zarpamos.

Es el Dolphin, si no me equivoco, mayor…

, capitán Humphrey. Su capitán y propietario es un tipo de apellido holandés: Van algo, pero, por lo que yo sé, este es su puerto de origen.

Tiene otros cuatro o cinco barcos y una gran casa en la ciudad de Sídney.

—Van Buren —completó Jasper Morgan con más que un toque de envidia en la voz.

Había oído hablar de Claus Van Buren y había pasado más de una vez frente a la elegante casa de dos pisos de la calle Bridge.

Fue a la barandilla y se llevó el catalejo al ojo cuando el Dolphin viró y pasó cerca.

Le fue posible ver con cierta claridad a quienes estaban en la cubierta superior.

Una cara se hizo nítida. Morgan contuvo una exclamación de sorpresa, pues era el rostro de la chica a la que había abandonado en la barranca Windy, en el río Sacramento, hacía casi un año.

Mercedes…, Mercy Bancroft. Se sintió inquieto por un momento, pero enseguida se sacudió el desasosiego.

Ha de ser un truco de mi imaginación, se dijo a sí mismo; no puede ser otra cosa; o mi conciencia, que ha venido a atormentarme.

Se dirigió a grandes zancadas hacia sus pasajeros con una sonrisa natural mientras, a su vez, el Banshee viraba y los dos barcos empezaban a distanciarse.