Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Cuando se detuvieron en la parte trasera de la imponente granja, Morgan ya estaba seguro de que le pedirían su opinión profesional y lo instarían a prolongar su estancia todo el tiempo que le conviniera.

Sin embargo, no sería mucho: dos o tres días, como máximo deberían bastar para sus propósitos.

Luego se haría a la mar en el Banshee en busca de los nuevos y más ricos yacimientos de oro de Victoria.

Se adelantaría a la inevitable afluencia de marineros desertores, trabajadores fugitivos y nuevos inmigrantes que pululaban por miles en las verdes y fértiles praderas agrícolas de Nueva Gales del Sur.

—Dudo que los buscadores con licencia, los que tienen sus concesiones en mi tramo del río, se queden de brazos cruzados y me permitan construir una presa —dijo un resignado Tempest mientras desmontaba—.

Hay un gran campamento minero a menos de media milla río abajo de mi propia explotación.

Pero… —Entregó las riendas a su hijo e hizo señas a Morgan de que lo siguiera—.

Dickon alojará a sus caballos, mayor Lewis, y yo puedo proporcionarle ropa seca si lo desea.

—Aquí tengo todo lo que necesito —respondió Morgan de inmediato.

Rechazó con un gesto de la cabeza la oferta de Dickon de coger su alforja y se la colgó él mismo al hombro.

Dios mío, pensó, ¡no sería justo que Dickon tuviera que cargar con el peso de esa cosa infernal!

Esbozó una sonrisa. Con un gesto hospitalario, Tempest le indicó que entrara por la puerta principal, que estaba abierta.

—Entre, señor. Le presentaré a mi esposa y a mi hija. Comeremos tan pronto como usted se haya lavado la suciedad del viaje y se haya cambiado esa ropa húmeda.

La comida que le sirvieron media hora más tarde era apetitosa y sustanciosa.

Jasper Morgan, con el cuerpo reconfortado y el hambre saciada, se permitió relajarse en lo que resultó ser una compañía agradable en extremo.

Se enteró de que su anfitriona había nacido en Boston, pero había abandonado los Estados Unidos cuando solo tenía diecisiete años.

Era una mujer vivaz y atractiva, varios años más joven que su marido, según calculó, y aún dedicada a él con devoción.

Las miradas que intercambiaban eran prueba, para su ojo observador, de que cualquier intento de ejercer su encanto depredador en esa dirección sería una pérdida de tiempo.

La hija, sin embargo, era otra cosa. Se llamaba Elizabeth y tenía, tal vez, dieciséis o diecisiete años. Era una chica guapa, de ojos grandes e inocentes, con la esbelta figura de su madre y su precioso color claro en la piel, además de la sonrisa fácil de su padre.

Morgan no tenía ninguna duda de que le había causado una impresión favorable.

Pensó que la moza, oculta como estaba en esa granja aislada, no veía otros hombres que los rudos jornaleros y los viajeros ocasionales.

Y sus padres se estarían cerciorando de que no tuviera contacto con los hombres de las excavaciones, a pesar de la proximidad de su campamento.

Él sonrió y, para complacerla, disertó con erudición sobre diversos temas.

Se dirigía a sus padres, aunque sin dejar de observar a la joven, complacido y estimulado por su buena respuesta.

Sabía muy bien que tenía la voz de un hombre culto, pues ¿acaso no había pasado años perfeccionando su acento y la musical cadencia galesa que lo acompañaba?

Tempest era un caballero, por supuesto: un antiguo oficial de la marina, según le había dicho su informante.

La señora Tempest, Katie Tempest, era una mujer de buena educación.

Morgan sonrió con aire de suficiencia. A pesar de eso, no era difícil engañarlos.

Lo estaban calificando por su semblante, y él se cuidaba de mostrar una modestia que no le era propia.

Insinuaba, en lugar de alardear, sus logros militares y sus viajes por todo el mundo.

Reflexionó con impudor que, por el hecho mismo de que eran gente educada, sus instintos los impulsaban a confiar en alguien que suponían de su misma clase.

No era necesario prodigar afirmaciones falsas tan escandalosas como las que había derrochado en California en su intento de ganarse la confianza de Luke Murphy, de su hermano y los dos australianos.

Solo el torpe Dickon seguía mirándolo con el ceño fruncido desde otro lado de la mesa.

Era una hostilidad que podía descartar, pues era obvio que el bobo no podía oírlo.

La chica, Elizabeth, hablaba poco, pero, con los ojos azules brillantes, seguía atenta sus palabras.

Jasper Morgan se encontró deseando que las circunstancias fueran otras, ya que tenía debilidad por las chicas de su edad: esa belleza fresca y radiante lo atraía sobremanera.

Pero su cautela innata lo frenaba; sabía que no debía quedarse mucho tiempo en la propiedad de los Tempest.

Un descuido en lo que dijera o una inspección detallada de su alforja podrían despertar sospechas sobre su participación en el asesinato del maldito aborigen, ese viejo pastor al que, al parecer, toda la familia tenía en gran estima.

En cualquier caso, se recordó Morgan, quería ponerse en camino hacia los nuevos yacimientos de oro de Victoria antes de que se produjera la fiebre que, sin duda, seguiría a los recientes descubrimientos.

Dos días: ese era el plazo que se había fijado.

No debía permitir que nada, ni siquiera la dulce y joven Elizabeth, lo desviara del camino que tenía trazado.

Le llevó dos días extraer del agujero bajo el lecho del río, donde había encontrado la primera pepita, otras tres más grandes.

Lo consiguió sin que nadie lo viera, pero tuvo que echar mano de todo su ingenio para crearse la oportunidad.

Dickon le seguía los pasos. Solo una crisis providencial entre las ovejas de un prado lejano le permitió escapar de su sombra y, por un momento, librarse de la presencia amistosa pero inhibidora de Tempest y su hijo.

A pesar de todo, a Jasper Morgan le pesó marcharse.

Las manifestaciones de gratitud de Tempest por su experta ayuda y sus consejos fueron un consuelo para su conciencia, y un alivio, tras la persistente ansiedad que había soportado durante toda su estancia en Pengallon.

Perderían menos polvo en su esclusa gracias a su trabajo en los filtros.

Además, el balancín que Edmund y Dickon habían construido bajo su supervisión les sería muy útil, si es que todavía quedaba oro donde Tempest había reclamado su concesión.

—Lo echaremos de menos, mayor Lewis —le dijo la señora Tempest con sinceridad cuando él fue a despedirse de ella—.

Ha sido un huésped muy entretenido. A todos nos ha brindado un placer excepcional escuchar lo que ha estado sucediendo en el mundo exterior.

Para mí, en particular, ha sido grato tener noticias tan recientes de mi tierra natal.

Decidido a desempeñar su papel hasta el último momento, Morgan cogió la pequeña mano, gastada por el trabajo, y se la llevó a los labios.

A la señora Tempest le aseguró, con más sinceridad de la que ella habría podido advertir, que era él quien estaba en deuda con ella y su marido.

A Elizabeth, que escuchaba muy seria, le habló con consciente moderación; aun así, tuvo el gusto de hacerla sonrojar.

Por fin se despidió, seguido por su caballo de carga, para volver sobre sus pasos hasta Bathurst y, desde allí, emprender el largo viaje desde las montañas hasta Sídney.

Había recorrido una milla, más o menos, desde la valla que delimitaba Pengallon cuando, para su consternación, el estampido de un rifle, disparado desde muy cerca, provocó que su corazón se saltara un latido.

Morgan se dobló sobre la silla de montar y la bala pasó silbando sobre su cabeza, muy cerca, provocándole una pavorosa sensación.

De inmediato, un segundo disparo pasó a muy pocas pulgadas de su cuerpo.

En un movimiento instintivo, buscó su Colt.

No pudo reprimir un grito de turbación cuando descubrió que la funda estaba vacía.

No había limpiado el arma, recordó demasiado tarde; lo más probable era que la culata con incrustaciones de nácar aún conservara restos de la sangre del hombre al que había matado.

Se maldijo a sí mismo por semejante descuido y espoleó al caballo.

Después de soltar la rienda del animal de carga, galopó por el camino lleno de baches como si el mismísimo diablo lo persiguiera.

Hubo otro disparo que tampoco dio en el blanco.

En cuanto estuvo seguro de haber quedado fuera del alcance del rifle, se detuvo y miró atrás con la esperanza de ver a su atacante, pero una densa arboleda flanqueaba el camino por ambos lados, así que no descubrió a nadie.

Empezó a preguntarse si habría sido un nativo, un miembro de la tribu de Winyara que estuviera empeñado en vengarse o…

Jasper Morgan contuvo el aliento. No era un nativo; los nativos no tenían rifles.

Quienquiera que hubiera cogido su Colt era el sospechoso más probable.

Desde luego, la calidez de los Tempest al despedirse los excluía a todos.

Si Rick Tempest hubiera albergado alguna duda, la habría expresado y le habría exigido que negara su culpabilidad; y también su hijo Edmund, ya que ambos eran caballeros honrados y rectos, para quienes el engaño era impensable.