Los buscadores de oro (Los australianos 13) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—¡Ha encontrado oro! —declaró el aborigen, y señaló la pepita que, sin darse cuenta, Morgan sostenía a la vista de todo el mundo—. El oro pertenece a mi amo.

La reacción de Jasper Morgan fue a la vez de ira y consternación.

Actuó sin pensar. La pepita se le escapó de las manos y la pesada Colt que siempre llevaba consigo estaba, de pronto, fuera de su funda y en su mano.

Soltó un salvaje culatazo en la cabeza desprotegida del nativo, con lo que lo derribó al instante.

Otros dos golpes bastaron para destrozarle el cráneo.

El anciano no gritó. Quedó en el mismo lugar donde había caído, inmóvil, con los ojos ciegos mirando en mudo reproche a su asesino.

Morgan, temblando, incapaz de sostener esa mirada, se dio la vuelta.

Al cabo de un rato, recuperó la compostura perdida y, ya armado de valor, arrastró el cuerpo hasta un espeso matorral, a cierta distancia del río.

Pensó que ahí pasaría inadvertido, a menos que alguien hiciera una búsqueda muy exhaustiva, y…

¿Quién se molestaría en buscar a un viejo nativo, un hombre pasado de edad que, sin más, se había esfumado?

Los nativos se iban a lo que ellos llamaban sus «retiros espirituales».

Con respecto a ese, en caso de que alguien lo echara en falta, sin duda supondría que en algo así estaría.

Tempest no se preocuparía por su desaparición, ¿por qué iba a hacerlo?

Una vez completada la espeluznante tarea, Jasper Morgan se dirigió al recóndito barranco en el que había dejado sus caballos.

Con impotente furia, descubrió que solo estaba el caballo de carga.

El otro, un animal caro que había comprado en Sídney poco después de su llegada, se había soltado de su atadura y había escapado, solo Dios sabía adónde.

Era inútil buscar al animal perdido en la oscuridad de la noche.

Maldijo de mal humor, alivió de carga al caballo que le quedaba, montó su pequeña tienda de lona bajo el refugio de un retorcido eucalipto y preparó una hoguera.

No bien acababa de encenderla cuando una fuerte lluvia apagó las llamas titilantes.

Padeciendo frío y descontento, se vio obligado a retirarse a su tienda sin haber comido y muy consciente de los retortijones de hambre que atormentaban sus entrañas.

Sin embargo, una vez dentro de la tienda y envuelto en una manta de caballo, logró quedarse dormido. La pepita que la Providencia había desenterrado del lecho del río para él estaba escondida en la alforja que le servía de almohada.

Tuvo un despertar brusco. Un hombre irrumpió en la tienda y, sin mediar palabra, lo arrastró fuera sin ceremonias.

Morgan protestaba furioso cuando reconoció en su secuestrador al sordomudo Dickon, para quien sus protestas eran inaudibles.

Fuera de la tienda, sin embargo, y montando muy tranquilos sus caballos, estaban Tempest y su hijo.

Morgan fue a descargar su furia sobre ellos.

—¡Váyase al demonio, señor! —le espetó a Rick Tempest en cuanto recuperó el aliento—.

¿Con qué derecho trata así a un viajero respetuoso de la ley?

Sepa usted que soy un caballero, señor, no una escoria convicta.

Me apellido Lewis. Soy el mayor Joseph Lewis, antiguo miembro de la Caballería de la Casa Real.

Y si esta es su tierra, señor, yo solo estoy de paso, de camino a las minas de oro.

La iracunda bravuconada surtió efecto. Rick Tempest le pidió a Dickon que lo soltara, desmontó, se disculpó con toda cortesía y se presentó a sí mismo y a sus compañeros:

—Richard Tempest, señor. Estos son mi hijo Edmund y mi sobrino Dickon O’Shea.

Lamento mucho que Dickon lo haya maltratado, mayor Lewis, pero estamos buscando al asesino de mi pastor jefe, un aborigen llamado Winyara.

Le estoy hablando de un anciano, señor, que había estado a mi servicio desde su infancia y ha sido asesinado de una manera brutal.

Así que habían encontrado el cuerpo del miserable nativo, pensó Morgan con el corazón encogido.

Malditos. Debían de haber llevado a cabo una búsqueda muy minuciosa, ya que…

Levantó la vista al cielo y vio que el sol estaba alto en la bóveda azul y sin nubes.

Era mediodía. Había cometido la estupidez de quedarse dormido y, por ende, había perdido la oportunidad de escapar.

Decidió que lo mejor era hacer frente al problema con descaro.

Echando mano de toda la arrogancia que era capaz de mostrar, procedió a dar rienda suelta a su enfado.

Tempest lo escuchó en un silencio cortés y comedido. Cuando la diatriba terminó por fin, señaló con la mano un caballo que su hijo llevaba de las riendas.

—¿Es esta su montura, mayor? —preguntó.

—¡Sí, maldita sea, sí! —Morgan no se había fijado en el animal y se vio sorprendido por un instante—.

La maldita criatura se soltó cuando fui al río a por agua.

Por eso acampé aquí anoche. Estaba lloviendo y, por supuesto, no podía ir a buscarlo en la oscuridad.

¿Dónde encontró mi caballo, señor Tempest?

—Cerca de donde yacía el cuerpo de Winyara —respondió Tempest. Hablaba en tono tranquilo, sin mostrar sospecha alguna. Animado por ello, Jasper Morgan expresó su pesar por la pérdida del pastor nativo.

—No me cabe duda de que echará de menos su pérdida, señor, con tantos jornaleros blancos que han abandonado sus empleos para unirse a la fiebre del oro.

Lo mismo ha ocurrido con los barcos llegados a San Francisco desde Oriente.

Las tripulaciones desertan y los barcos quedan abandonados en el puerto, pudriéndose, sin que a nadie le importe.

—¿Estuvo usted en California, mayor? —preguntó Tempest.

Había mordido el anzuelo, se dijo Jasper Morgan, y sonrió.

Si jugaba bien sus cartas, esa reunión podría dar lugar a una invitación a comer y, tal vez, a la oferta de una cama para pasar una o dos noches.

Aceptaría, por supuesto, en parte para asegurarse de que se disiparan todas las sospechas sobre el pastor aborigen, pero, sobre todo, porque una breve estancia le permitiría hacer una segunda búsqueda en el lecho del río, con la esperanza de encontrar otra pepita, o incluso varias, en el mismo lugar donde había tropezado con la que escondía en su alforja.

Habló como un conocedor de sus acciones en California, dando la impresión de que siempre se esforzaba por adquirir experiencia.

Mencionó, por si acaso, que era propietario del bergantín Banshee.

Por supuesto, los Tempest quedaron impresionados y le hicieron la invitación, que él aceptó sin mostrar demasiado entusiasmo.

—Una comida caliente y la oportunidad de lavarme, afeitarme y quitarme esta ropa húmeda serían muy bienvenidas, señor Tempest. Pero, si eso le resulta inconveniente, seguiré mi camino de vuelta a la ciudad de Sídney. Le ruego, señor, que no se sienta en deuda con un extraño de paso.

—Le debemos alguna compensación por la forma en que lo ha tratado mi sobrino —dijo Tempest. A Dickon le dio una palmada juguetona en la cabeza y el gigante, sin avergonzarse ni un poco, le devolvió la sonrisa.

Los tres ayudaron a desmontar la tienda y, mientras Dickon la ataba a su caballo de carga, Morgan vio que llevaban consigo el cadáver del anciano nativo.

Mal cubierto por un abrigo, yacía sobre el lomo del caballo del sordomudo.

Morgan reprimió un estremecimiento al verlo.

Se apartó con un movimiento brusco mientras se decía a sí mismo que no había tenido alternativa. Aquel infernal nativo había observado sus movimientos y, sin duda, le habría contado todo a su amo.

—¡Pobre diablo! —exclamó, pues sentía que debía comentar algo—. ¿Quién habría tenido motivos para matarlo? ¿Alguien de su tribu, tal vez?

—Es muy improbable —respondió Tempest con los labios de repente apretados—. Nos llevamos bien con los negros de la zona y no ha habido ninguna incursión ni ataque en este distrito desde hace más de diez años, ¿verdad, Edmund?

Recurría a su hijo. El joven respondió con lo que, para Jasper Morgan, fue un sorprendente gesto de amargura.

—El viejo Winyara era la sal de la tierra, mayor Lewis.

Nadie que lo conociera le habría hecho daño ni a un pelo de su cabeza.

Pero por desgracia, hoy en día, entre los buscadores de oro hay un buen número de pícaros y rufianes.

En particular, nuevos inmigrantes que han oído historias exageradas sobre nuestros negros nativos.

Tienden a temerles y a desconfiar de ellos, así que…

—Se encogió de hombros—. Le aseguro que daría cualquier cosa por ponerle las manos encima al hombre que mató a Winyara.

¡Con mucho gusto le rompería el maldito cuello!

Vaya asunto peligroso. Morgan se apresuró a cambiar de tema.

Mientras cabalgaban juntos hacia la lejana granja de Pengallon, les habló de California y del éxito que había tenido en su búsqueda de oro en el valle de Sacramento.

Luego, con un tono más modesto que jactancioso, pasó a describir los diferentes métodos que empleaban los buscadores estadounidenses en su explotación del oro aluvial.

—Los Cuarenta y Nueve comenzaron como se está haciendo aquí, lavando en los ríos y arroyos con cualquier cosa que tuvieran a mano: viejas sartenes, platos de hojalata…

, cualquier cosa, en esencia. Pero eso pronto fue sustituido por métodos de trabajo más científicos.

Se introdujeron balancines y esclusas, y en tramos enteros de los ríos se construyeron presas que dejaban al descubierto los bancos de arena.

Si encontraban cuarzo aurífero, importaban máquinas trituradoras de mineral desde los estados del este y las llevaban a San Francisco en barcos, rodeando el cabo de Hornos.

Jasper Morgan siguió hablando, consciente de que tanto Tempest como su hijo le prestaban toda su respetuosa atención.