Capítulo 9 #2
Bueno, en eso tenía razón, reflexionó Morgan, por más que hubiera logrado engañar a la mayoría de la gente desde su llegada a la adultez.
Ahora se hacía llamar mayor Lewis, mayor Joseph Lewis, por pura precaución, por si algún minero de los alrededores de Thayer, entre la gente que pudiera recordar el nombre de Jasper Morgan, llegara a unirse al éxodo de California.
Estaba seguro de haber borrado bien sus propias huellas.
Era muy improbable que alguien descubriera los cadáveres que había dejado en la mina, pues ¿a quién se le ocurriría mover las toneladas de roca bajo las que habían quedado sepultados?
Era una lástima que el joven Luke Murphy no hubiera estado con su hermano y los dos australianos, pero el muchacho era un simplón y, por mucho que sospechara, sin los cadáveres no tendría ninguna prueba de que el desprendimiento de rocas no había sido accidental.
De hecho, tanto ese chico como Ephraim Crocker, el viejo tonto que se autodenominaba alcalde del campamento minero, debían de haber picado el anzuelo, ya que no había habido ninguna persecución.
Morgan estaba seguro de que ninguno de los dos tenía la inteligencia suficiente para averiguar lo que les había ocurrido a sus antiguos socios, ya que él había elaborado sus planes con extremo cuidado y había sido muy meticuloso para llevarlos a cabo.
Y en cuanto a la chica, ¿cómo se llamaba?
¿Mercedes? ¿Mercy… Morgan? Entrecerró sus oscuros ojos.
Qué lástima que sus planes lo hubieran obligado a dejarla atrás.
Era una criatura bonita y complaciente, y una compañera de cama más entretenida que la prostituta hosca y codiciosa que lo había engañado y escamoteado en Sídney de una manera tan atroz.
En otras circunstancias podría haber traído a Mercy.
De hecho, lo había considerado con seriedad, pero eso habría supuesto correr un riesgo, algo impensable para un hombre que, a lo largo de su carrera, siempre había tenido cuidado de no arriesgarse siempre que pudiera evitarlo.
Dios, pensó con cinismo, ¿de qué otra manera podría un antiguo cabo del Vigesimotercer Regimiento de Infantería de Su Majestad haberse hecho pasar, tanto ahí como en los Estados Unidos, por un oficial apuesto y distinguido, cuyas condecoraciones incluían una Cruz de Oro española por sus servicios en la guerra Carlista, otorgada por la propia reina Isabel?
Descubrió que estaba sonriendo. ¡Era un desertor, además!
, y había robado esa cruz a su legítimo propietario en el transcurso de un atraco a mano armada en, ¡nada menos que Cardiff!
—Es hora de irnos a descansar, papá, ¿no crees?
La voz del hijo de Tempest irrumpió en sus pensamientos. Jasper Morgan se tensó y volvió a alzar el catalejo.
Bien, se dijo a sí mismo, se marchan. Por el momento, habían terminado de buscar oro.
Eso le daría la oportunidad de examinar la esclusa.
Anotaría sus deficiencias y luego, cuando hubiera oscurecido, recuperaría sus dos caballos y cabalgaría hasta la granja, donde se haría pasar por un viajero ignorante en busca de refugio.
Ahí revelaría su experiencia y conocimientos de buscador de oro en California y se ofrecería, con educada timidez, a compartirlos con el señor Tempest. Al principio no pediría ninguna recompensa; los caballeros nunca eran así de groseros, pero mantendría los ojos y los oídos abiertos en espera de la primera oportunidad que se le presentara para sacar provecho de la situación.
Él…
El gigante Dickon entró en el campo de visión del catalejo.
Llevaba consigo lo que parecía ser una roca tomada del lecho del río.
La dejó en el suelo con una sonrisa infantil en sus labios barbudos y miró a Tempest en silencio, como haciéndole una pregunta.
El hombre canoso negó con la cabeza y dijo algo que Morgan no pudo oír, tras lo cual Dickon, sin haber perdido su amplia sonrisa y sin hacer el menor sonido, dejó que la roca se deslizara de nuevo al río.
Pero ese grandullón era sordomudo, se recordó Morgan, según le había dicho el hombre de la taberna.
Podría ser otro simplón, aún menos peligroso que el torpe Luke.
Morgan se agachó detrás de los matorrales que lo encubrían y observó a los hombres recoger sus herramientas y prepararse para partir.
Dickon llevó los caballos, que habían estado amarrados cerca del lugar, y, enseguida, los tres montaron y se alejaron.
Morgan les dio diez minutos, tras los cuales se puso en pie con dificultad, deplorando el frío que llegaba con la puesta de sol.
No quedaba mucha luz, pero sí la suficiente para inspeccionar la esclusa.
La descartó por primitiva y mal construida según los estándares californianos.
Se sentía capaz de mejorar su eficiencia, si le dieran la ocasión.
No debería ser demasiado difícil convencer a Tempest para que le diera una oportunidad.
Empezó a caminar de vuelta hacia la orilla del río, pero su bota se quedó enganchada en algún obstáculo invisible.
Para su disgusto, tropezó y cayó de bruces en el agua helada.
De rodillas en el río poco profundo, Morgan escupió y maldijo.
Cerró la mano sobre la piedra que lo había hecho tropezar y, por instinto, trató de sacarla del agua.
Un sexto sentido le advirtió de que no era una roca cualquiera.
Tuvo que usar las dos manos y esforzarse para levantarla.
Cuando su hallazgo rompió la superficie, a Jasper Morgan le costó mucho contener un grito de triunfo, pues incluso en la luz que se desvanecía a gran velocidad pudo vislumbra el suave resplandor dorado que emanaba del mineral.
Volvió chapoteando hasta la orilla y se dejó caer sobre la arcilla blanda, donde podría examinar y evaluar mejor el peso y el valor del inesperado tesoro.
Debía de haber estado incrustada en el lecho del río, a gran profundidad, pensó, para haber escapado al descubrimiento de Tempest y sus compañeros.
Era probable que la roca que había recogido el sordomudo Dickon hubiera desprendido esta de su escondite centenario, tras lo cual el azar ciego o un bienvenido cambio de suerte la había hecho caer en su poder.
Temblando de emoción y ajeno al frío que sentía en el cuerpo húmedo, a pesar de su ropa empapada, Morgan sopesó la pepita en las manos extendidas.
Era casi oro macizo, desgastado por el flujo del agua del río.
Calculó que pesaba entre diez y once libras.
Al precio actual de tres libras esterlinas la onza, no era una fortuna, pero su venta bastaría para liberar al Banshee y abastecerlo con mercancías, tal y como tenía planeado, y…
Morgan se animó. Debía de haber más pepitas donde había encontrado esa, pero, con la oscuridad que se le echaba encima y sin las herramientas que había dejado en su caballo de carga, no tenía mucho sentido buscar en ese momento.
Se sentó sobre sus talones temblando mientras pensaba en la mejor manera de proceder.
Podía regresar a Sídney, afrontar sus pérdidas y dirigirse al puerto Phillip en el Banshee.
No le costaría encontrar una tripulación ni pasajeros dispuestos a pagar, una vez que se supiera el destino.
O… Contempló la oscura superficie del río, reacio, incluso entonces, a abandonar el lugar de su exitoso hallazgo.
Aún podía seguir con el plan original, se dijo a sí mismo, desempeñar el papel de viajero despistado y buscar hospitalidad en la granja de los Tempest. Si jugara bien sus cartas, eso le daría otro par de días y le permitiría examinar de cerca el lecho del río.
Podría, tal vez, enriquecer el hallazgo que acababa de hacer.
Fue el frío de la montaña lo que por fin lo hizo decidir.
De elegir la primera solución, tendría que acampar para pasar la noche y dormir metido en su ropa húmeda, con el riesgo de resfriarse.
En cambio, lo más probable era que en casa de los Tempest contara con una cama seca, una comida caliente y una bienvenida cortés…
La pepita que había descubierto de manera tan providencial podría llevarla oculta en su alforja y no decir nada al respecto.
Morgan se puso en pie con rigidez. Estiró los músculos agarrotados y tembló de nuevo.
Al volverse, vislumbró a pocas yardas de ahí una figura oscura y tuvo que reprimir un grito de alarma y sorpresa.
No se le había ocurrido que alguien pudiera estarlo observando, no había oído ningún ruido.
Había supuesto que estaba solo, pero… La figura se acercó, recortada contra el cielo nocturno, y se reveló como la de un nativo anciano, vestido con camisa y pantalones.
Sería un nativo civilizado, pensó Morgan con alivio, quizá un empleado de Tempest, a juzgar por su vestimenta.
Por lo tanto, era poco probable que resultara peligroso u obstructivo. En cualquier caso, estaba desarmado.
—¿Sí? —preguntó altivo, otra vez deslizándose con facilidad en su bien sabido papel—. ¿Qué quieres, hombre? ¿Por qué te has acercado a mí con tanto sigilo, eh? —El viejo seguía en silencio, estudiándolo con ojos brillantes como los de un pájaro. Morgan le preguntó con impaciencia—: ¿Hablas inglés?
La cabeza blanca se inclinó en señal de asentimiento.
—Hablo y entiendo su idioma, señor, sí.
—¿Trabajas para el señor Tempest? —De nuevo, el viejo asintió con la cabeza.
Entonces, cuando un rayo de luna se coló entre los árboles, Morgan vio que el brazo derecho del hombre tenía una línea de tejido cicatricial.
Parecía estar lisiado, al menos en parte, así que se relajó y su tensión se desvaneció—.
Soy el mayor Lewis —dijo con brusquedad— y estoy buscando la casa del señor Tempest. ¿Podría guiarme hasta ese lugar?
Mis caballos están atados cerca de aquí. Tráigamelos y le daré tabaco, si…