Capítulo 9
Jasper Morgan estaba tumbado, oculto entre espesos matorrales, con el catalejo pegado al ojo. Examinaba las actividades de tres hombres que, más abajo, estaban trabajando en una esclusa a la orilla del río.
Reconoció al mayor de los tres, un hombre alto y apuesto con el pelo gris acero.
Por la descripción que le habían dado, era el propietario de la gran finca de ovejas y ganado conocida como Pengallon, por la que discurría el río Macquarie a lo largo de más de dos millas.
Se apellidaba Tempest y, según el hombre que lo había descrito, era un oficial naval retirado y uno de los terratenientes más ricos de la colonia de Nueva Gales del Sur.
Sus rebaños de ovejas merinas de pura raza superaban a los de los hijos del difunto John Macarthur, el primero en introducir la raza.
Los otros dos trabajaban bajo las órdenes de Tempest, pero no parecían empleados. Por la informalidad en el lenguaje y las frecuentes risas, Morgan decidió que debían ser parientes del ganadero.
Frunció el ceño tratando de recordar lo que su informante, un buscador de oro a quien había conocido unas semanas antes en una taberna de Bathurst, le había contado sobre la familia Tempest.
Sí, ese hombre tenía un hijo de unos veinte años y una hija un poco más joven, y… Jasper Morgan dejó de fruncir el ceño.
—Y tiene un sobrino —le había dicho el buscador—.
Un tipo enorme, un gigante, que no puede oír ni hablar.
Lo llaman Dickon. Ese Dickon tiene la fuerza de diez hombres, así que no es alguien con quien meterse, aunque dicen que es bastante gentil.
Algunos creen que es medio salvaje, pero entiende la jerga de los aborígenes y se va de excursión con ellos cuando le apetece.
Y la señora Tempest… Bueno, por lo que dicen, es una señora muy agradable.
Estadounidense, por lo que tengo entendido.
Nunca rechaza a nadie que llame a su puerta en busca de comida o un lugar donde pasar la noche.
Cosa que a él también podría sucederle, pensó Morgan con amargura, si la mala suerte que lo había perseguido desde su llegada a Sídney, nueve meses atrás, no mejoraba. Suspiró con amarga exasperación y dirigió el telescopio hacia cada uno de los dos compañeros de Tempest, por turno.
El hijo era como su padre: alto, bien formado y de rostro franco y abierto.
Lucía una barba rubia bien recortada. Morgan decidió que no había nada destacable en él, salvo que iba demasiado bien vestido para la tarea que estaba realizando, con calzones cortos y botas de montar pulidas.
Pero el hombre conocido como Dickon era diferente.
Medía más de seis pies; casi siete, por lo que se podía apreciar desde la distancia.
Trabajaba con el torso desnudo. Su cuerpo grande y musculoso estaba tan bronceado que, si no fuera por su estatura, podría pasar por un nativo.
Y también tenía barba. Llevaba un sombrero de hoja de col para protegerse la cara de los rayos solares y afanaba con una habilidad prodigiosa.
Parecía no esforzarse mientras trasladaba grandes paladas de arena del río a la esclusa sin apenas detenerse para respirar.
Morgan dejó que su crítica mirada se posara en la esclusa.
Era de construcción primitiva y carecía de balancín, por lo que dependía de la gravedad y de lo que, a su juicio, debía ser una serie de filtros a lo largo del aparato.
Los filtros atraparían las partículas de oro a medida que la arena y la grava se lavaran.
A pesar del enérgico trabajo de Dickon, el trío no parecía estar encontrando mucho oro, además de que perdían polvo porque los filtros eran demasiado burdos y se obstruían con facilidad.
Bajó el catalejo y maldijo en voz baja. Sus propios hallazgos durante los últimos nueve meses habían sido escasos.
Había llegado a Sídney poco después de que Edward Hargraves y otro tipo encontraran el oro que Hargraves había jurado que estaba allí, pero el infernal gobernador lo había dilatado todo en un intento inicial por mantener el descubrimiento en secreto.
Luego, para frenar la marea, había insistido en que el geólogo del gobierno realizara una inspección y un informe antes de conceder licencias a los buscadores.
También Stutchbury, el geólogo, se había tomado su tiempo, aunque al final había confirmado el descubrimiento de Hargraves.
Con eso había comenzado la fiebre, prácticamente sin control, aumentada casi a diario por una nueva afluencia de extranjeros.
Morgan apretó los labios con fuerza, enfadado.
Recordaba los meses de frustración que se había visto obligado a soportar.
Primero se había quedado esperando a que le otorgaran la licencia.
Luego, debido a que pronto hubo en el puerto tantos barcos sin tripulaciones, no pudo vender su bergantín, el Banshee, para recuperar lo que le había costado.
Aún le quedaba dinero, por supuesto, pero el coste de la vida en Sídney había alcanzado niveles sin precedentes.
Además, una desafortunada relación con una mujer que creía honesta y digna de confianza había agotado gran parte de sus recursos, y lo mismo se podía decir de las tasas portuarias que se le exigían por el barco.
Cuando por fin le concedieron la licencia, se dirigió primero a Goulburn y al río Turon acompañado de cuatro de los hombres que había llevado desde San Francisco.
Estos, como le debían el pasaje, habían aceptado saldar sus deudas trabajando para él.
Empezaron entonces a explorar el Turon, un yacimiento nuevo y no masificado, pero tan feliz situación no les duró mucho.
Los buscadores de oro llegaron en masa, cientos más cada semana, y se fueron extendiendo como una plaga de langostas, lavando oro, excavando, dragando y, por fin, marchándose cuando a los campamentos llegaban rumores de nuevos hallazgos.
Sus cuatro trabajadores, tentados por ofertas de salarios más altos, lo abandonaron poco a poco.
Era cierto que dos de ellos habían pagado sus deudas, pero…
Morgan suspiró. A pesar de todo, se había quedado sin dinero, obligado a trajinar con sus propias manos.
Donde otros hombres habían tenido éxito, él, por alguna razón, estaba fracasando.
Había llegado a Bathurst hacía una semana, pues las habladurías decían que…
Volvió a coger el telescopio y lo dirigió hacia el rostro del canoso propietario de Pengallon.
Los rumores lo habían llevado a creer que el señor Richard Tempest, durante muchos años y antes del sensacional descubrimiento de Edward Hargraves, había estado extrayendo oro de su tramo del río Macquarie.
Era una práctica ilegal, por supuesto, ya que los derechos mineros pertenecían, por ley, al gobierno, no a los propietarios de las concesiones de tierras agrícolas.
El señor Tempest habría mantenido en secreto sus exploraciones.
Morgan frunció el ceño. Ya se le había ocurrido la idea del chantaje.
Aplicado con prudencia, podía dar sus frutos, dependiendo del tipo de hombre que resultara ser Tempest, pero…
Al estudiarlo, rechazó la idea. Tempest no parecía de los que se rinden con facilidad, y, en cualquier caso, si había logrado mantener en secreto su búsqueda ilícita de oro durante tantos años, parecía poco probable que, una vez legalizada esa minería, se asustara con amenazas de exposición.
Y, sin duda, vigilaba su tramo del río como fiera.
Solo los hombres de su elección podían explorarlo.
Una vez más, Jasper Morgan bajó el catalejo para secarse el sudor de la cara.
Una nube de moscas impertinentes ambicionaba posarse en ella.
Necesitaba dinero y lo necesitaba con urgencia, porque debía pagar los derechos portuarios del Banshee, llenarlo de mercancías y suministros para la minería y empezar de nuevo en Victoria.
Las noticias procedentes de ese lugar, publicadas primero en el Geelong Gazette y confirmadas después en los periódicos de Sídney, informaban de la apertura de nuevos y ricos yacimientos en Ballarat, a unos cincuenta kilómetros del puerto Phillip.
A esos había que sumar otros más recientes y ricos en un monte llamado Alexander, a noventa millas de Melbourne.
La experiencia y las decepciones sufridas en el río Turon lo tenían convencido de que la mejor oportunidad de obtener beneficios sustanciales era llegar pronto a ese lugar, antes de que comenzara la fiebre.
Por el momento, si había que creer a los periódicos, los yacimientos de Victoria estaban poco explotados, así que estaba decidido a llegar allí entre los primeros mientras fuera posible.
Pero, para lograr su objetivo, tenía que conseguir dinero en efectivo, ¡maldita sea! Y… Tempest lo tenía, de eso no había duda. Si tan solo pudiera idear alguna forma de quitárselo…
«Eres malvado —lo había acusado con rencor aquella mujer que lo había engañado—. A pesar de tus aires de grandeza, mayor, no eres un caballero, y dudo que lo hayas sido nunca».