Capítulo 10 #5
—Timor —confirmó Claus—, ¡y gracias a Dios que me rescatasteis!
—Estudió a Red con sus ojos brillantes e inquisitivos y los labios barbudos curvados en una extraña sonrisa juvenil—.
Entonces eras guardiamarina, con tu primer parche blanco y tu primera daga.
Luego te fuiste a navegar con el capitán Stirling en el barco de Su Majestad Success y no volvimos a verte.
¡Me alegra mucho que estés de vuelta, comandante!
—Hizo una reverencia y se volvió para saludar a Jenny—.
Estáis todos invitados a cenar a bordo de mi Dolphin mañana por la noche y vuestro padre ya ha aceptado en vuestro nombre.
—Miró a uno y otro con curiosidad y, recibidos sus asentimientos, añadió con orgullo—: Tendré el placer de mostraros mi clíper y de presentaros a mi futura esposa, a quien he traído conmigo desde los Estados Unidos.
Recibió las felicitaciones con una sonrisa tímida, rechazó la oferta de Jenny de tomar un refrigerio y se dispuso a marcharse. Intercambió miradas con Justin Broome.
—Tengo entendido que esta mañana se ha producido un desafortunado incidente en el astillero naval —dijo—. Así es como nos hemos encontrado…, aunque, por supuesto, yo ya tenía intenciones de visitarte, señorita Jenny. Sin duda, el capitán Broome te contará todo cuando me haya ido.
Red lo acompañó a la salida. A su regreso al salón, encontró a su padre sentado en el sillón habitual, con una copa en la mano y sin rastro alguno del placer que mostraba cuando Claus Van Buren estaba presente.
—¿Qué ha pasado en el astillero? —preguntó Red con preocupación. Se topó con la mirada de advertencia de Jenny y recordó lo que ella le había contado sobre la conflictiva relación de su padre con su sucesor. Vaciló—: ¿El capitán Lucas…? Es decir, ¿estaba…?
Su padre lo miró con severidad.
—El capitán Lucas se ha desmayado, Red, supongo que ha sido un ataque al corazón, aunque no lo sabremos con certeza hasta que lo examinen los médicos.
Vino a mi despacho después de almorzar en su casa y empezó a enfadarse conmigo.
No tengo ni idea de por qué. Estaba tan furioso que apenas podía articular palabra y yo apenas entendía lo que me estaba diciendo.
Pero… —Se encogió de hombros con tristeza—.
Jenny ya te habrá contado que él y yo no hemos tenido muy buena relación desde su llegada.
Le ha parecido conveniente acusarme de mala administración, y, dado que Lucas no tiene ninguna prueba que aportar, me he opuesto.
Pero encuentro tan obvio que está enfermo que yo…
, bueno, he intentado no darle importancia.
Red maldijo entre dientes. Que Benjamin Lucas se vaya al diablo, pensó con amargura. Se controló, empero, y dijo sin rencor:
—Tú no tienes la culpa. Por el amor de Dios, él se lo ha buscado, igual que en nuestro viaje.
—Bueno, tal vez —admitió su padre, y suspiró—.
Lo hemos enviado en mi carruaje al hospital, y así es como he acabado con Claus.
Nos hemos encontrado cuando yo echaba a caminar para venir aquí y, por supuesto, se ha ofrecido a traerme.
Le he pedido que entrara después de que la criada me hubiera dicho que estabas aquí.
Suponía que te gustaría tener la oportunidad de renovar tu amistad con él; y también, por supuesto —añadió con una breve sonrisa—, que te encantaría ver su nueva y magnífica goleta.
Según me ha dicho, fue construida en Boston, en Massachusetts, por Donald McKay, el carpintero naval pionero en la construcción de estos veleros.
Se pusieron a hablar de los clíperes, ambos con entusiasmo, mientras Jenny escuchaba con una educada atención, si bien distraída por momentos cada vez que la conversación se volvía demasiado técnica para ella.
La tranquilidad familiar se vio interrumpida con brusquedad cuando la criada irlandesa, Biddy, anunció la llegada de un segundo visitante. George De Lancey entró muy agitado.
Los tres se levantaron para recibirlo y Jenny comenzó a decir algo, pero tuvo que cerrar la boca cuando el juez, que se había desentendido de su tímido saludo, anunció con voz vibrante de emoción:
—Justin, Red, os debo una disculpa de lo más humilde.
Mi hijo Francis, para mi infinito pesar y vergüenza, se ha fugado con la señora Lucas.
¡El maldito granuja, con vuestra venia, me ha dejado una nota en la que alega que él y esta…
mujer están enamorados y no pueden vivir el uno sin el otro!
Solo Dios sabe adónde han ido y qué pretenden hacer.
Con toda franqueza, me tiene sin cuidado.
—Hizo una pausa y dos brillantes manchas de avergonzado rubor ardieron en sus mejillas—.
No me siento capaz de expresaros la aflicción que me causa que las mentiras y evasivas de mi hijo hayan causado una ruptura entre nuestras dos familias.
Yo… Acabo de enterarme de que el capitán Lucas ha sufrido un derrame cerebral.
Supongo que es el resultado de una carta similar a la de mi hijo, solo que escrita por su esposa.
—Miró a Justin con incertidumbre—. ¿Es cierto?
¿Es cierto el rumor? ¿Lo han llevado al hospital?
Red observó con orgullo cómo su padre asentía con movimientos lentos y, después de coger a George De Lancey del brazo, lo conducía a una silla.
En voz baja, Justin le dijo a Jenny:
—Creo que a tu tío le vendría bien una copa de brandy, querida Jenny.
¿Serías tan amable de servirle una, por favor?
—Luego se volvió hacia su afligido cuñado y, todavía con el mismo tono templado y sereno, le dijo—: Todos cometemos errores, George, sobre todo cuando se trata de nuestros hijos.
Siento muchísimo lo que ha pasado, créeme; debe de haber sido una terrible conmoción para ti, y también para Rachel y Magdalen.
—Así es, Justin —confesó George De Lancey—.
Ellas han insistido en que viniera a pedirte perdón.
No es que mi contrición pudiera compensar nada, pero…
—Jenny trajo el brandy y, cuando el juez extendió una mano temblorosa para cogerlo, se encontró con la mirada de Red—.
Magdalen me ha encargado que te ruegue que la visites, Red, para que pueda expresarte su arrepentimiento por como te ha tratado.
Espero que encuentres en tu corazón un motivo para ir.
La respuesta llegó sin vacilar y, de hecho, sin que Red la hubiera pensado, siquiera.
—Estaré encantado, señor —dijo—. Yo… ¡Dios mío, estaré más que encantado!